aprendizaje

Tierra adentro

Odiseo baja al reino de los muertos para pedir indicaciones de cómo continuar su viaje. Ha perdido casi toda su flota y, con ella, a la mayoría de sus hombres. La maga Circe le dijo que solo Tiresias, el adivino ciego de Tebas, el único entre las sombras que conserva la mente lúcida podía orientarlo en cómo volver a casa. Cuando por fin lo encuentra, Odiseo espera una ruta, vientos, corrientes, acantilados que sortear. Recibe, en cambio, su vida entera contada de golpe, con su falta, su penitencia y su final.

Solemos leer la profecía de Tiresias como un simple anticipo de la trama: cuidado con las vacas del Sol, hallarás tu casa tomada por pretendientes. Pero el discurso del ciego es mucho más profundo. Diagnostica la causa de sus males, prescribe una conducta y condiciona un modo de morir. Es menos un oráculo que una guía: la de un hombre que debe entender en qué se equivocó, deshacer el nombre que lo definía y ordenar el tiempo que le resta.

Antes de anunciar nada, lo primero que hace Tiresias es explicar a Odiseo el origen de su sufrimiento. Poseidón lo persigue porque se lo pidió su hijo, el cíclope Polifemo. El error de Odiseo no fue cegar al cíclope, ya que estaba acorralado y era una cuestión de supervivencia. El error llega después, cuando ya a salvo en su barco, no resiste la tentación y le grita a Polifemo que recuerde bien el nombre de quien lo cegó: Odiseo, destructor de ciudades, hijo de Laertes, rey de Ítaca. Ese instante de vanagloria le dio al cíclope los datos precisos para maldecirlo ante su padre divino. El hombre cuya inteligencia es su virtud suprema fracasa justamente en el dominio de sí. La excelencia humana lleva inscrita su forma más sutil de autodestrucción, que no es el fracaso, sino el éxito contemplado con orgullo. Marcel Detienne y Jean-Pierre Vernant, dos de los helenistas franceses más influyentes del siglo XX, mostraron en Les ruses de l’intelligence: la mètis des Grecs (1974) que la mêtis es una forma de inteligencia práctica: la agilidad mental, el disfraz, el cálculo, el arte de no dejarse atrapar. Odiseo es su encarnación perfecta. Pero la mêtis incluye una disciplina que él, esa vez, no ejerció: la de callar. Su astucia se desbordó en soberbia, y la soberbia se cobró diez años de naufragios.

Tiresias evidencia que esa falta no fue un accidente, sino un patrón. Porque la incapacidad de contenerse ante los instintos o la gloria reaparecerá tres veces. Pese a las reiteradas advertencias, los compañeros de Odiseo, hambrientos, devorarán las vacas sagradas del Sol, y morirán por ello. Los pretendientes devorarán su casa en Ítaca, y también pagarán. La desmesura es la enfermedad común: la de sus hombres, la de los intrusos y la del propio héroe. No son exactamente la misma falta: en los compañeros es animalidad exacerbada por el hambre; en los pretendientes, codicia que confunde el hogar ajeno con una despensa; en Odiseo, el exceso de una inteligencia que no tolera quedar sin testigos. Pero las tres comparten una raíz común.

Por eso la profecía es condicional, y no fatalista. Él y sus hombres deben aprender a controlar sus impulsos. Si os contenéis en Trinacia, hay regreso; si no, volverás solo, tarde y roto. Un oráculo cerrado no ofrecería esa bifurcación dependiente de la conducta. Tiresias no está leyendo un futuro inevitable: está enseñando una virtud. La ética griega posterior le daría el nombre de sōphrosýne: esa mezcla de temperancia y buen juicio que consiste en saber cuándo detenerse. El ciego que todo lo ve le diagnostica a Odiseo lo que ninguna astucia puede darle: la medida.

En 2009, el médico y político británico David Owen, junto al psiquiatra Jonathan Davidson, tras revisar las conductas de los primeros ministros del Reino Unido y de los presidentes de Estados Unidos del último siglo, descubrieron que el poder sostenido y sin contrapesos, deforma el juicio hacia la grandiosidad, el desdén del consejo ajeno y la convicción de encarnar una misión. A esta deformación que el tiempo acumula, la denominaron “síndrome de hubris”. Aunque la falta de Odiseo estalló en un momento de soberbia, Tiresias reveló que ese instante no era único: la desmesura reincide en Trinacia y en Ítaca como una disposición. Y ahí los dos diagnósticos coinciden en lo esencial. Owen observó que la dolencia suele remitir cuando el poder se pierde: no es un defecto de carácter, sino una intoxicación, y por eso reversible. La enseñanza para Odiseo obedece a la misma lógica. No cambia de alma; cambia de condiciones. Pierde el nombre, pierde el mar, pierde a quien lo aclame: sin testigos, la desmesura se queda sin escenario. Esta categoría es una herramienta para pensar, no un diagnóstico clínico.

Homero no tenía la palabra “síndrome”, pero conocía el mecanismo. La parte más enigmática de la profecía de Tiresias es también la que mejor ilumina la hipótesis de que estamos ante un aprendizaje o, si se prefiere, ante una cura, aunque esta palabra no sea de Homero, que no conoce medicina del alma sino restitución del límite ofendido. Una vez de vuelta en Ítaca, ya muertos los pretendientes, Odiseo deberá emprender un último viaje. Tomará un remo al hombro y caminará tierra adentro, lejos del mar, hasta llegar a un pueblo que ignora por completo la navegación: gente que no sazona la comida con sal, que jamás ha visto un barco. La señal de que ha llegado al lugar correcto será cuando un caminante, al cruzarse con él, piense que el remo es una “pala de aventar”, la que los campesinos usan para separar el grano de la paja. Allí, y solo allí, Odiseo clavará el remo en la tierra y ofrecerá un sacrificio a Poseidón.

El folclorista William Hansen mostró que este episodio es una leyenda marinera que aún se contaba en el siglo XX, la del viejo lobo de mar, harto del océano, que camina hacia el interior cargando un remo hasta encontrar a alguien que no sepa qué es, y allí se retira, por fin lejos del agua. Homero inserta ese relato y lo convierte en un rito. Llevar el símbolo del hombre de mar al lugar donde el mar no existe; plantar en tierra firme el instrumento de su travesía; implantar el culto de Poseidón donde nadie lo conoce: todo el gesto es una reconciliación con el dios ofendido, ejecutado precisamente en su ausencia.

Pero hay algo más, y toca el segundo eje de esta guía: la identidad. Recordemos que Odiseo, en la cueva del cíclope, cuando el monstruo le pregunta su nombre, responde que se llama “Nadie”. Así, cuando los demás cíclopes acuden a sus gritos de auxilio y preguntan quién lo ataca, Polifemo contesta que Nadie lo hace, por lo que todos se marchan. Fue una artimaña genial. Pero el griego esconde un juego que las traducciones rara vez capturan: Outis (nadie) suena en griego casi exactamente a mê tis, (ninguna astucia). El nombre falso que Odiseo escogió para engañar al cíclope contiene la negación de aquello que lo define: su mêtis, su inteligencia escurridiza. Lo que empezó como un truco para burlar al monstruo termina cumpliéndose como un destino. Para sanar, el héroe deberá volverse, auténticamente, aquello que fingió ser: nadie. Caminar hasta un lugar donde su historia sea incomprensible, donde su remo, símbolo de todo lo que fue, no tenga significado, donde no lo aclamen como el hombre que destruyó Troya. La transformación de la identidad no llega reafirmando el nombre, sino soltándolo.

Es exactamente lo contrario de lo que nuestra época promueve. Vivimos rodeados de invitaciones a ser “la mejor versión de nosotros mismos”, a acumular y exhibir. “Volverse nadie” no es la aniquilación del yo, sino liberarse de la tiranía del nombre. La guía de Tiresias apunta en dirección inversa: hacia el interior, hacia el anonimato, hacia el punto donde uno deja de ser reconocido por sus hazañas para poder, quizá, ser acogido por lo que es. Soltar el nombre es más fácil para quien ya tuvo su Troya; el anonimato se elige mejor desde la fama que desde la invisibilidad, y la renuncia puede ser, ella misma, una forma más de destacar, pues el asceta también se hace notar por aquello que rechaza. Odiseo no camina hacia la nada de quien nunca fue alguien, sino hacia la de quien lo fue todo. Que la penitencia sea un privilegio no la invalida, pero le quita inocencia. No se puede vivir en paz mientras se necesite ser alguien, ni morir en paz mientras no se haya soltado el nombre que uno ha construido.

Cumplido el rito, dice Tiresias, Odiseo envejecerá rodeado de un pueblo próspero y la muerte le llegará dulce, suave, en una vejez serena. No la muerte violenta y temprana de Aquiles, sino la del anciano que ha cerrado todas sus cuentas. El helenista Jasper Griffin vio en este pasaje la expresión más alta del ideal homérico de una vida humana plena: no la inmortalidad, sino la integridad de una existencia completada.

Y, sin embargo, esa promesa descansa sobre una frase irresoluble. El texto griego dice que la muerte le vendrá ex halós, y la preposición es ambigua: puede significar “lejos del mar” o “proveniente del mar”. ¿Morirá Odiseo tierra adentro, por fin a salvo del agua que lo hostigó? ¿O el mar, reconciliado, será el que le envíe una muerte apacible? El propio verso que promete la paz siembra la duda sobre de dónde vendrá.

La tradición posterior no resistió la tentación de llenar este vacío. En la Telegonía, un poema épico posterior, Telégono, un hijo que Odiseo habría tenido con Circe llega navegando a Ítaca sin saber dónde está, se enfrenta a su padre y lo mata con una lanza que tiene el aguijón de una raya. La “muerte suave” de Tiresias se cumple como parricidio venido de las aguas. Otras tradiciones prefirieron, en cambio, honrar la vejez serena que Tiresias predice.

El problema es que ese último viaje tierra adentro, el clavar el remo, la reconciliación con Poseidón, la vejez dichosa: nada de eso ocurre dentro de la Odisea. El poema termina antes. Tiresias entrega una guía cuyo cumplimiento Homero no narra. Es un horizonte, no un desenlace; una instrucción que queda abierta.

Y esa apertura ha resultado ser, paradójicamente fértil. Durante veintiséis siglos, la humanidad ha vuelto a ese remo clavado para completar el viaje que faltaba, y cada época lo ha hecho a su imagen. Dante, en el canto XXVI del Infierno, imagina a un Ulises que no soporta detenerse y zarpa de nuevo más allá de los límites del mundo conocido, hasta naufragar: para él, el impulso de ir siempre más lejos es una transgresión que se castiga. Tennyson, en cambio, celebra ese mismo impulso como grandeza romántica: su Ulises anciano parte “a buscar un mundo más nuevo”. El poeta griego Nikos Kazantzakis lo llevó al extremo donde su Odiseo muere abrazado a un iceberg, congelado en un paisaje que es agua y es tierra al mismo tiempo, lejos de toda navegación humana y sin embargo entregado al mar.

Y luego está Constantino Cavafis, que en 1911 leyó toda la Odisea desde su final e invirtió su sentido. En su poema Ítaca aconseja al viajero que pida un camino largo, que no se apresure en llegar; y le advierte que, aun si encuentra la isla pobre, no lo habrá defraudado, porque regresará colmado de experiencias. Ítaca no era el premio: era el pretexto del viaje. La guía de Tiresias, en manos de Cavafis, deja de ser un itinerario hacia un lugar y se vuelve una manera de habitar el tiempo.

¿Qué clase de guía es, entonces, la que un muerto le entrega a un vivo en el canto XI de la Odisea? No la de un adivino que revela un porvenir fijo, sino algo más parecido a un mapa moral. Tiresias convierte el sufrimiento disperso de Odiseo en un itinerario legible: una causa (la desmesura que ofende al dios), una disciplina correctiva (contenerse cuando todo empuja a no hacerlo), una penitencia (llevar el mar tierra adentro para volverse nadie) y un final reconciliado. Es para él y para sus hombres. Es moral y política, requisito de la vida en comunidad. Es la condición para que su reino deje de ser devorado por dentro. En ese sentido, sí es una guía para comprender el error, sanar la identidad y ordenar la vida que resta.

Pero es una guía deliberadamente incompleta y ambigua, y ahí reside su honestidad. No promete una paz sin sombra: la misma frase que anuncia la muerte dulce no aclara de dónde vendrá. No muestra el viaje cumplido: lo deja como tarea, fuera del relato, en un futuro que cada lector tendrá que completar. Y no ofrece atajos: para volver a casa no basta con navegar bien; hay que desembarcar del propio mito, caminar hasta que el remo pese como una carga ajena y, en la tierra más extraña, levantar el altar de una paz que solo llega cuando aceptamos soltar quiénes hemos sido.

El mayor enemigo de la inteligencia, la belleza o el poder no es una debilidad externa, sino la propia imagen reflejada en el espejo de la gloria. Quizá por eso la Odisea no se agota. Tiresias no le enseña a Odiseo a evitar el dolor, sino a comprenderlo; no a conservar su nombre, sino a saber cuándo soltarlo; no a esquivar la muerte, sino a recibirla en paz. Es una sabiduría áspera, y está sin terminar. Casi tres mil años después, seguimos caminando tierra adentro sin haber llegado al final; y quizá esa sea la guía de Tiresias. La sabiduría, como casi siempre, está en el camino vacío que se aleja del ruido, cargando un remo, hasta el punto en que nadie recuerde ya para qué servía.

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