
Clavar el remo
El error más célebre de la literatura antigua es también el más humano. Odiseo acaba de cegar al cíclope Polifemo y ha escapado de la cueva agarrado al vientre de un carnero. Ya está a salvo, mar adentro, con el monstruo lanzando peñascos a ciegas contra el oleaje. Bastaría con callar. Pero necesita que el mundo sepa quién es. “¡Cíclope! Si algún mortal te pregunta quién te cegó, dile que fue Odiseo, el destructor de ciudades, el hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca”. El cíclope, que hasta ese momento solo sabía que un tal “Nadie” lo había cegado, tiene por fin el dato que le faltaba, y se lo entrega a su padre Poseidón. Ese instante de arrogancia desencadena la maldición, que ensombrecerá el resto de su largo regreso: una década de naufragios, pérdidas y soledad. La Odisea, con ojos contemporáneos, puede leerse como una de las primeras teorías del cambio adaptativo y una advertencia para los líderes atrapados en la pulsión del reconocimiento y la fama.
Leer el poema homérico a la luz de la psicología del desarrollo adulto y del liderazgo adaptativo, permite interpretar nuestro tiempo. Porque si algo nos enseña el héroe de los mil recursos es que la inteligencia, sin transformación interior, puede convertirse en la forma más sofisticada de autosabotaje.
La trampa del reconocimiento. En el mundo homérico, la búsqueda de gloria, el kleos, era una obligación cultural y casi religiosa. La fama era la única inmortalidad posible para los mortales. Odiseo le grita a Polifemo desde un código que equipara existencia con reconocimiento. Sin embargo, el poema muestra cómo aquello que una cultura considera virtud puede estar profundamente equivocado.
Los modelos contemporáneos de evaluación del liderazgo, como el Leadership Circle de Bob Anderson o las escuelas de desarrollo vertical de Robert Kegan y William Torbert, denominan a esta conducta “reactividad”. La reactividad es la manifestación conductual de estar gobernado por supuestos no examinados. Odiseo no elige gritar; es “gritado” por una necesidad imperiosa de que cada hazaña que realiza sea reconocida. La pregunta incómoda es por qué un hombre tan inteligente actúa así incluso cuando lo destruye.
La respuesta es a la vez antigua y contemporánea: actúa así porque lo hace existir. El reconocimiento externo no es un premio adicional; es el terreno sobre el que se asienta su identidad. En la era de las redes sociales, el kleos se ha democratizado y degradado. Los “me gusta”, los reenvíos y los titulares funcionan como una forma de gloria instantánea. Los líderes contemporáneos: políticos, empresarios, celebridades, no gritan a un cíclope, pero publican, comparecen, “performan”. La economía de la atención convierte el reconocimiento en moneda universal y, al mismo tiempo, en adicción. La Odisea nos recuerda que esa necesidad no es nueva: solo ha encontrado nuevas plataformas.
Saboteadores internos. Robert Kegan y Lisa Lahey, psicólogos de Harvard, dedicaron décadas a descifrar por qué fracasamos en objetivos que sinceramente deseamos. Su respuesta, en Immunity to Change (2009), es contraintuitiva: no es falta de voluntad. Tenemos un “sistema inmunológico psicológico” que, de manera inconsciente, nos protege de una ansiedad existencial. Aunque el cambio anhelado sea bueno, si amenaza nuestra identidad actual, nuestras creencias profundas lo sabotean con una eficacia que nada tiene que ver con la debilidad de carácter.
Kegan distingue entre “sujeto”: algo que no podemos ver porque operamos desde ahí, y “objeto”: algo que podemos mirar y cuestionar. El desarrollo psicológico consiste, precisamente, en transformar en objeto lo que antes nos sujetaba. Consiste en reorganizar la manera de dar sentido al mundo.
Ronald Heifetz en Leadership Without Easy Answers (1994) y Leadership on the Line (2002), distingue entre problemas técnicos: que se resuelven con conocimiento, autoridad o recursos y problemas adaptativos: que exigen cambiar valores, creencias y hábitos. Odiseo aplica soluciones técnicas: astucia, control, fuerza, a un problema que requiere una transformación de su identidad. Por eso fracasa una y otra vez. Su meta visible es volver a casa con su tripulación. Sus conductas contrarias son la vanagloria, la desmesura y la desconfianza. Sus compromisos ocultos: no ser un “Nadie” y no perder el control. Y su gran supuesto, la creencia raíz que lo gobierna: si no pronuncian mi nombre, no existo; mi vida solo vale si deja una estela de gloria, y sin testigos me disolveré como una sombra entre los muertos.
El Hades. Odiseo ha perdido casi toda su flota y, con ella, a la mayoría de sus hombres. La maga Circe le dijo que solo Tiresias, el adivino ciego de Tebas, el único entre las sombras que conserva la mente lúcida podía orientarlo en cómo volver a casa. El descenso de Odiseo al reino de los muertos es el punto de inflexión del viaje. Busca indicaciones prácticas para continuar, pero encuentra algo más perturbador: un testimonio que desmiente su supuesto fundamental. La Ilíada, cuenta que, a Aquiles, el más grande de los guerreros, cuando era muy joven, le habían ofrecido una vida corta, intensa y llena de gloria, o una vida larga, pacífica y anónima en su hogar. En el Hades, le confiesa a Odiseo: preferiría ser el jornalero más humilde entre los vivos que reinar sobre todos los muertos.
Esa confesión es una refutación brutal del supuesto de Odiseo. La gloria, una vez alcanzada, no consuela, no sacia, no redime. El poema coloca en su centro la evidencia de que el gran supuesto es falso: no solo para la vida, sino incluso para la muerte. Es una ironía profunda: el héroe que más fama obtuvo declara que es mejor tener una vida tranquila y agradable y que nadie sepa que existes, que ser un gran héroe coronado de gloria, ya que todo eso pasa.
Luego, Tiresias, el ciego que todo lo ve, le explica a Odiseo que Poseidón lo persigue por el grito ante Polifemo, señalando que el error no fue cegar al cíclope, eso era supervivencia, sino la vanagloria posterior. Y le advierte que ese patrón reaparecerá: en los compañeros que devorarán las vacas del Sol, en los pretendientes que devorarán su casa y en el propio héroe, cuya inteligencia no tolera quedar sin testigos. Sin embargo, la profecía es condicional: si se contienen, hay regreso; si no, volverá solo, tarde y roto. El ciego que todo lo ve le diagnostica lo único que ninguna astucia puede darle: la medida.
Kegan y Lahey insisten en que la revelación de supuestos no basta. Los supuestos deben ser sometidos a pruebas empíricas. La consigna es: diseñe un experimento que ponga a prueba su supuesto y observe qué sucede. Kegan y Lahey llaman a esto “convertir el supuesto de sujeto a objeto”. Así, pasamos de estar atrapados por un supuesto a mirarlo como una hipótesis más.
El experimento. El episodio de las sirenas es, quizá, la escena más citada del poema. Circe le ha advertido qué harán las sirenas, cómo evitar el desastre y por qué el canto es irresistible. Odiseo no confía en su fuerza de voluntad: tapa con cera los oídos de sus hombres y se hace atar al mástil, con la orden de que, si suplica o forcejea, aprieten más las cuerdas. Sabe que su deseo de escuchar el canto puede destruirlo. “Ven aquí, célebre Odiseo, gloria de los aqueos”. Y, efectivamente, cuando escucha este canto de las sirenas, pierde la razón, pero su estrategia funciona.
La madurez, sugiere el poema, es conocer nuestras debilidades lo bastante como para construir, en frío, la estructura que nos protegerá de nosotros mismos. En términos contemporáneos, es lo que hacen los protocolos de seguridad: reconocen el deseo y lo encauzan. En la era de las plataformas digitales, diseñadas precisamente para explotar la reactividad, atarse al mástil equivale a desactivar notificaciones, regular algoritmos, crear espacios de deliberación pausada. Pero también aquí el poema es más honesto que la mayoría de los manuales de autoayuda.
Los límites del líder. En la isla del Sol, Odiseo recuerda a sus compañeros la prohibición divina de no comerse las vacas sagradas, y los hace jurar, pero se duerme. Una tormenta los mantiene atrapados durante un mes. El hambre apremia. Mientras el héroe sube a la montaña a orar, sus hombres sacrifican las vacas. Zeus fulmina la nave. Toda su tripulación muere.
La Odisea no oculta el fracaso; lo anuncia desde la primera línea: “pero no salvó a sus compañeros, aunque lo anhelaba, pues su propia insensatez los destruyó”. El narrador atribuye la culpa a los compañeros. Pero los riesgos innecesarios, los silencios, dormirse, matizan esa versión oficial. La madurez del líder no garantiza la salvación del equipo, pero tampoco la exculpación homérica lo exime de responsabilidad.
Aquí el marco de Heifetz resulta indispensable. El liderazgo consiste en movilizar a la organización para que ella misma desarrolle sus capacidades y conciencia. Odiseo nunca moviliza a su tripulación hacia la conciencia; la manda, la engaña, se distancia. La fuerza y el control son insuficientes. No es solo desobediencia: es el cuerpo, la tormenta, el encierro, el hambre. Hay límites biológicos y estructurales que ninguna conciencia individual puede suspender. La lección es incómoda para cualquier modelo de desarrollo que idealice al líder evolucionado: la transformación debe ser colectiva. Un líder iluminado dentro de un sistema disfuncional seguirá naufragando.
Clavar el remo. La profecía final de Tiresias es la parte más enigmática del poema. Después de Ítaca, Odiseo deberá emprender un último viaje. Tomará un remo al hombro y caminará tierra adentro, lejos del mar, hasta llegar a un pueblo que ignora por completo la navegación: gente que no sazona la comida con sal, que jamás ha visto un barco. La señal de que ha llegado al lugar correcto será cuando un caminante, al cruzarse con él, piense que el remo es una “pala de aventar”, la que los campesinos usan para separar el grano de la paja. Allí, Odiseo clavará el remo en la tierra y ofrecerá un sacrificio a Poseidón. Cumplido el rito, dice Tiresias, Odiseo envejecerá rodeado de un pueblo próspero y la muerte le llegará dulce, suave, en una vejez serena. No la muerte violenta y temprana de Aquiles, sino la del anciano que ha cerrado todas sus cuentas. El helenista Jasper Griffin vio en este pasaje la expresión más alta del ideal homérico de una vida humana plena: no la inmortalidad, sino la integridad de una existencia completada.
El remo, la identidad de Odiseo se resignifica. Las tendencias reactivas se transforman en competencias creativas. Clavar el remo es pasar del destructor de ciudades al constructor de comunidades prósperas. Es entender que la fuerza siempre necesita oponerse, defenderse y probar su valía, mientras que la autoridad con propósito no necesita alardes.
Cuando Occidente eligió su Odiseo, eligió al que iza la vela. El Ulises de Dante no soporta detenerse y zarpa nuevamente: cruza las columnas de Hércules empujado por un hambre de mundo que no acepta límites, y naufraga. El de Tennyson, ya anciano parte “a buscar un mundo más nuevo”. Durante siglos hemos romantizado al líder imparable, al que cruza fronteras, al que no puede detenerse. Nos cuesta más imaginar la grandeza del remo plantado que la de la vela desplegada, y esa preferencia, sigue intacta.
Porque en la era tecnocientífica el remo son los algoritmos, la biotecnología, la robótica, la IA, los sistemas de optimización. Las herramientas nacidas de la navegación, del dominio del mar. El desafío es que dejen de ser armas de dominación, plantarlas en tierra y convertirlas en herramientas de prosperidad para todos. Pasar de la conquista al cuidado, de la extracción a la regeneración. Pero, además, Odiseo debe arrodillarse y hacer las paces con Poseidón, ya que no lo puede integrar ni derrotar, solo honrar. En un mundo que enfrenta crisis climática, desigualdad y desconfianza extrema, honrar el límite es quizá la forma más alta de inteligencia.
A lo largo del viaje, Odiseo ha ido convirtiendo en “objetos” las creencias que lo gobiernan: el reconocimiento, el control, la conquista. Dejó de estar sujeto a ellas y pudo, por fin, mirarlas. Pero quedaba un último amo: su propia agencia. La certeza de que él era el único autor de su historia y de que el mundo es materia dócil que su astucia puede modelar. Ninguna de las pruebas anteriores pudo examinar esta hipótesis, porque ningún experimento que uno diseña puede examinar al que diseña. Clavar el remo es la solución que Tiresias le da para poner delante ese último supuesto. Lleva al héroe al punto donde, por sí solo, no alcanza. Reconciliarse con el límite. Ninguna técnica fabrica este estado: se recibe. En ese lugar, Odiseo dejaría de ser sujeto de la identidad que gritó su nombre.
La ironía, al final, es doble. Por un lado, el truco de llamarse “Nadie” para engañar a Polifemo termina cumpliéndose como destino: para transformarse, el héroe deberá desembarcarse de su propio mito, volverse, auténticamente, aquello que fingió ser. Por otro, en la era donde todo se convierte en información, mercancía y objeto de exposición pública, muchos líderes hacen lo contrario: fingen ser alguien, construyen una marca personal, necesitan que el mundo pronuncie su nombre para sentirse reales. El poema sugiere que esa dependencia es una forma de esclavitud.
El silencio fértil. La Odisea no termina con la matanza de los pretendientes ni con el abrazo de Penélope, sino con la promesa de un viaje tierra adentro que Homero no relata. Tal vez por eso la Odisea no se agota. Ese final abierto es, en sí mismo, una enseñanza. Como aconseja Tiresias, el verdadero desenlace en paz del héroe está en el camino vacío que se aleja del ruido, cargando un remo, hasta el punto en que nadie sepa para qué servía.
En la actual era tecnocientífica, marcada por la sobrecarga informativa, la polarización y la aceleración, el desafío es darnos cuenta de por qué hacemos lo que hacemos. Explorar nuestras creencias más profundas y mirarlas como objetos. Construir estructuras que nos protejan de nosotros mismos. Descender al Hades para escuchar a los muertos que nos dicen que la gloria no salva. Aceptar los límites biológicos y estructurales que ninguna conciencia individual puede suspender. Y, sobre todo, plantar el remo: resignificar la inteligencia para que sirva a la vida, no a la conquista.
Quizá el verdadero liderazgo no consista en saber hacia dónde se navega, sino en saber cuándo clavar el remo y dejar que la tierra hable.