
Cuánto costó el discurso
El 20 de enero de 2026, en Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, centró su discurso en las guerras comerciales, la expansión territorial y sus efectos sobre los países que no deciden nada. Carney se inspiró en Václav Havel, el dramaturgo disidente que, tras el hundimiento del Bloque del Este y sin haberlo pretendido, terminó siendo el presidente de Checoslovaquia. Recordó que en 1978 Havel escribió El poder de los sin poder, un ensayo que se preguntaba cómo lograba sostenerse el sistema comunista. El ejemplo era un verdulero que cada mañana coloca en su escaparate un cartel que dice “Proletarios del mundo, ¡uníos!”. No cree en ello, pero lo hace para evitarse problemas. Y como todos los verduleros de todas las calles hacen lo mismo, el sistema persiste.
Havel llamó a eso vivir en la mentira. Afirmaba que el poder del sistema no proviene de su verdad sino de la disposición de todos a actuar como si fuera cierta. Por lo mismo, es frágil, ya que basta que uno deje de actuar. Carney instó a las potencias medianas a “vivir en la verdad” y dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si aún funcionara. Afirmó que vivimos en un período de intensificación de la rivalidad entre grandes potencias, donde los más fuertes usan la integración económica como arma de coerción. Carney concluyó que había llegado la hora de que las empresas y países medianos retiraran sus carteles. Recibió una inusual ovación de pie. La ovación duró unos minutos. La cuenta llegó después, y la sigue pagando gente que no estaba en la sala.
Lo que pasó después de la ovación
La réplica llegó al día siguiente. Desde el mismo escenario, Trump declaró que “Canadá vive gracias a Estados Unidos”, que los canadienses deberían estar agradecidos y añadió: “Recuérdalo, Mark, la próxima vez que hagas tus declaraciones”. Dos días después anunció en su red social que retiraba la invitación a Ottawa para incorporarse a su Junta de Paz, “la junta de líderes más prestigiosa jamás reunida”. El sábado siguiente amenazó con aranceles del 100 % sobre todos los productos canadienses si Ottawa cerraba un acuerdo con Pekín, advirtiendo que China devoraría a Canadá y que si Carney pensaba convertir el país en un “puerto de descarga” para los productos chinos estaba muy equivocado.
Días antes, el mismo Trump había elogiado ese mismo acuerdo diciendo que era justo lo que Canadá debía hacer. Ottawa aclaró que no buscaba un tratado de libre comercio con China, sino resolver asuntos arancelarios puntuales. Cuando el secretario del Tesoro estadounidense afirmó que Carney, en una llamada con Trump se había retractado de sus dichos, el primer ministro lo desmintió y declaró: “Lo dije en serio cuando hablé en Davos”.
La ruptura definitiva llegó en agosto. Las negociaciones colapsaron la noche del 21, y el 22 entraron en vigor aranceles estadounidenses del 50 %. Esto grava alrededor del 5 % de las exportaciones a Estados Unidos (acero, lácteos, maquinaria agrícola, papel, electrónica). Carney calificó las exigencias de Washington de injustas, antieconómicas y que ponían en duda la confiabilidad de cualquier acuerdo, y anunció represalias “dólar por dólar”. Declaró: “Estás en guerra cuando te atacan; a nosotros nos atacaron”.
El impacto es medible. La cuota de exportaciones canadienses a Estados Unidos es cercana al 67 %. El 21 de septiembre, el gobernador del Banco de Canadá, advirtió que de mantenerse los nuevos aranceles el crecimiento del cuarto trimestre podría reducirse a la mitad y caer por debajo del 1 %, con daño a la inversión y al empleo. Sin embargo, el respaldo interno fue abrumador: un 76 % de los canadienses consideró que el país hizo lo correcto al romper las negociaciones. En septiembre la aprobación de Carney superó el 60 %.
Canadá comenzó a mover sus redes. La presidenta de la Comisión Europea propuso que Canadá se convierta en el primer “miembro asociado” y en septiembre Canadá firmó con India, la Unión Europea, Brasil, Australia, Kenia y Barbados una declaración conjunta en defensa del multilateralismo que advierte contra el proteccionismo, la coerción y el uso de la interdependencia económica como fuente de influencia. Sin embargo, el texto no menciona a ningún país. La coalición de potencias medianas existe, pero sigue sin atreverse a decir de quién se defiende.
La escena de Davos y sus consecuencias es una buena ocasión para profundizar en la vida e ideas de Václav Havel, el singular dramaturgo disidente que alcanzó las cimas del poder político, ya que tiene mucho que decir cuando las certezas se desmoronan.
El verdulero no es Davos
El verdulero de Havel no es un villano ni un mártir en potencia: es un hombre corriente que cuelga el cartel por un miedo difuso a las consecuencias. Havel no lo condena, lo comprende. El sistema no se sostiene sobre el terror de unos pocos, sino sobre millones de gestos menores de sumisión, ninguno grave por separado. De ahí también su fragilidad: cuando uno deja de aceptar, surgen grietas.
Pero el verdulero es a la vez cómplice y víctima del orden que reproduce, ya que el cartel que cuelga lo oprime a él. Buena parte del auditorio de Davos no está en esa posición. Los fondos, los bancos y las grandes compañías que escuchaban a Carney no son oprimidos por el sistema que sostienen: son sus beneficiarios. El verdulero arriesga su empleo y, en última instancia, su libertad. Un fondo soberano arriesga cuota de mercado. Igualar ambas situaciones concede a los poderosos la justificación moral del subordinado.
Esto no invalida el uso que hizo Carney de la parábola de Havel. Los poderosos también aceptan órdenes que no comparten del todo, y basta con que uno deje de fingir para que el sistema se agriete. Pero exige una corrección de escala. Havel sostenía que las “palabras vacías” son una herramienta de opresión política y alienación burocrática.
Una esperanza sin pronóstico
Havel pasó casi cinco años en prisión, la mayor parte cumpliendo condena por “subversión de la república”. Desde la cárcel escribió a su esposa las Cartas a Olga bajo estrictas reglas: debían ser legibles y sin tachaduras, y estaban prohibidas las comillas, las expresiones extranjeras, el subrayado y el humor. En 1986, en las conversaciones con el periodista Karel Hvížďala publicadas como Interrogatorio a distancia, Havel formuló su distinción más citada: “La esperanza, no es la convicción de que algo salga bien, sino la certeza de que algo tiene sentido, independientemente del resultado”. Para Havel, la esperanza es una “orientación para el espíritu”, no un pronóstico. Funciona admirablemente bien para el disidente, a quien solo se exige integridad. Para el gobernante es otra cosa, porque a un presidente se lo juzga precisamente por los resultados. Havel lo comprobó con la separación de Checoslovaquia. Se opuso, pero no pudo evitarla. El 3 de julio de 1992 los diputados eslovacos bloquearon su reelección. Renunció el 20 de ese mes, antes de presidir una disolución que no quería.
Demasiado burgués
Havel nació en 1936 en una familia burguesa de Praga. Su padre y su abuelo eran empresarios de la construcción, su tío un productor de cine destacado, su abuelo materno un diplomático. Creció con servicio doméstico, entre negocios, arte y diplomacia. El mismo confesó, que era un niño mimado de una familia rica.
Tras el golpe de 1948 la familia fue declarada enemiga de clase y perdió buena parte de sus bienes. A Václav se le impidió cursar la secundaria a tiempo completo, de modo que trabajó como aprendiz y luego como técnico de laboratorio, pero su vocación estaba clara y resolvió dedicarse al teatro tras estudiar Arte Dramático por correspondencia. Michael Žantovský, colaborador suyo y autor de Havel. Una vida (2016), sostiene que Havel tenía un complejo de clase y eso le afectó mucho. Veía su condición social como una especie de defecto. Su austeridad no era pose, era una disposición a la discreción, al servicio público y al desprecio de la ostentación, ejercida desde la exclusión.
Su célebre “política antipolítica”, la idea de que la política verdadera no es la de los partidos sino la de la sociedad civil que se organiza desde abajo, provocó fricciones. Los partidos que se formaron después de 1989 provenían de una clase política emergente que no compartía la formación y cultura de Havel. La desconfianza de Havel hacia ellos coincidió, sospechosamente bien, con el desdén heredado de su clase social por la política partidista. Esa desconfianza junto a la convicción de que la dimensión moral era esencial, lo pusieron en rumbo de colisión directa con los pragmáticos y técnicos del poder, que acabarían sucediéndolo. Su origen explica los recursos de que disponía. Pero también explica por qué su lenguaje sonaba a muchos de sus compatriotas como elitista, y por qué su prestigio fue siempre mayor en el extranjero.
No puedes tenerlo todo
El 1 de enero de 1990, en su primer mensaje de Año Nuevo, Havel dijo a sus conciudadanos que el país no prosperaba, que vivían en un ambiente moral contaminado, y que nadie había sido solo víctima del régimen, porque todos habían sido en alguna medida sus cocreadores. Ese mismo día firmó una amnistía que liberó a unos 23.000 presos de una población penal cercana a los 31.000. Quedaron excluidos los reincidentes y los clasificados como de alto riesgo. Esa exclusión desató revueltas que dejaron un muerto y decenas de heridos. Al aumentar la delincuencia, muchos se lo reprocharon. En 1991 firmó, pese a sus reservas, una ley que apartaba de ciertos cargos a antiguos colaboradores de la policía secreta.
Ambas decisiones reflejan cuando una autoridad moral adquirida en la cárcel se convierte en poder administrativo. Havel tenía una legitimidad incuestionable para hablar del sistema penal comunista porque lo había padecido, pero no tenía por ello el criterio técnico para calcular las consecuencias de excarcelar a veintitrés mil personas, ni para decidir qué funcionario de bajo rango que había firmado por miedo merecía perder su empleo veinte años después.
La película Havel (2020), del cineasta checo Slávek Horák explora las paradojas que marcaron su vida. En una escena, Havel, vigilado por agentes de la policía secreta, invita a su esposa y a su amante a un restaurante de lujo y les propone vivir todos juntos. La amante, molesta, le reprocha: “No puedes decidirte”. Olga, le responde: “Amante, esposa, teatro, política… ¿Sigues pensando que puedes tenerlo todo?”.
Después de toda fiesta hay una resaca
La explicación simple dice que las virtudes del disidente no sirven para gobernar. El disidente resiste y le basta la integridad. El gobernante decide con información incompleta, negocia con adversarios y administra la frustración colectiva. Pero la antipolítica de Havel presuponía que existía una sociedad civil vigorosa. Lamentablemente, cuarenta años de régimen habían destruido el tejido social, y lo que emergió después no fue una ciudadanía organizada, sino individuos ocupados en rehacer sus vidas privadas. Havel quiso apoyar su autoridad sobre una base social inexistente, y no la construyó.
Tampoco tenía muchos medios para hacerlo. Desde 1993 presidió una república parlamentaria donde el cargo es casi ceremonial. Se le reprochó haber permanecido demasiado tiempo en el poder, y así haber limitado el espacio para el surgimiento de nuevos liderazgos. Se le reprocha también no haber convertido su capital moral en instituciones que le sobrevivieran. Lo que dejó fue un ejemplo, y un ejemplo no se hereda.
En política exterior fue difícilmente reemplazable. Posicionó a la nueva República Checa en las instituciones euroatlánticas y recordó a Occidente los peligros de una Europa dividida. Fiel a sus convicciones, apoyó en contra del criterio mayoritario de sus compatriotas el bombardeo de Yugoslavia en 1999 y la invasión de Irak en 2003. En el plano interno fue casi el único contrapeso al cinismo. Se suele resumir, que su mandato fue un éxito moral y fracaso político.
Quién paga la cuenta
El 23 de septiembre, en una entrevista con The New York Times, Carney reconoció que su gobierno ha examinado la posibilidad de una acción militar estadounidense contra Canadá. “Creo que en estos cargos uno tiene la responsabilidad de analizar riesgos extremos. Es simplemente gestión de riesgos. No es el escenario base, pero sería irresponsable no prepararse”. Esto es bastante más de lo que suele costar un discurso.
Conviene mirar, con todo, quién está pagando. El verdulero de Havel asume el costo en primera persona y al contado. Su empleo, su expediente, eventualmente su libertad. El costo canadiense es difuso, diferido, y recae sobre trabajadores y ciudadanos que no estaban en la sala de Davos ni fueron consultados sobre el contenido del discurso. El primer ministro que lo pronunció terminó con una aprobación superior al 60 %, los trabajadores afectados, con un arancel del 50 % sobre lo que fabrican.
Esto define el oficio. Un gobernante siempre decide sobre costos ajenos, y ese es precisamente el motivo por el que la integridad del disidente no basta para gobernar. Havel podía prometer que el gesto del verdulero tenía sentido con independencia del resultado porque el único patrimonio en juego era el suyo. Quien arriesga el de otros contrae, además, la responsabilidad de las consecuencias.
Un país que retira su cartel debe construir después algo que soporte su decisión cuando el entusiasmo pase. Havel no pudo hacerlo y su ejemplo se disolvió sin heredero. Sin embargo, la parábola del verdulero sigue vigente. Su destinatario nunca fue el poderoso. Era el empleado que firma un informe que sabe falso, el investigador que ajusta un hallazgo según quien lo financia, el directivo que repite un valor corporativo que en privado no comparte. Para ellos el precio se paga el lunes. Y el lunes, en Davos como en Praga, es cuando se sabe quién retiró su cartel y quién se limitó a aplaudir.