
Lágrimas en la lluvia
Blade Runner, la película de Ridley Scott estrenada en 1982, basada en la novela de Philip K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), transcurre en la ciudad de Los Ángeles en noviembre de 2019. Aunque ese futuro ya quedó atrás, su pregunta sigue vigente: si una empresa puede fabricar seres que piensan, sienten y quieren seguir vivos, ¿qué nos hace humanos? Gigla Gonashvili, en su artículo “Blade Runner, Gnosticism, and the more than human” (2026), responde que es la mortalidad compartida y la conciencia de que cada momento vivido se desvanece.
Para la teoría de la evolución cultural, lo que nos distingue como especie es la capacidad de aprender unos de otros y de acumular ese conocimiento a lo largo de generaciones. Somos animales que dependen de lo que otros saben. Si Gonashvili ve lo humano en la conciencia de la pérdida, la evolución cultural lo ve en la respuesta a ella: transmitir nuestras vivencias.
Releída con esa clave, Blade Runner se vuelve un tratado sobre la cultura: la memoria como herencia, la muerte como pérdida de información, la cooperación que nace de los obstáculos y el miedo transformado en norma. Hoy, cuando los agentes de inteligencia artificial han empezado a formar culturas propias, deja de ser solo ficción.
La cultura como herencia
Rachael, la asistente del magnate Eldon Tyrell, cree que es humana porque conserva una fotografía de niña y recuerda su infancia. Sin embargo, sus recuerdos, una araña junto a la ventana o un juego con su hermano, pertenecen en realidad a la sobrina de Tyrell. Es Deckard (Harrison Ford) quien le revela su origen. Lo que ella creía su identidad no era sino una herencia ajena.
El nombre del cazador evoca a Descartes: el filósofo que quiso reconstruir el conocimiento desde la duda de una mente solitaria y veía el cuerpo como una máquina. La película sugiere lo contrario: nadie piensa solo. Ninguno de nosotros inventó el idioma que habla, las herramientas que usa ni las normas con que decide. Lo recibimos de otros, en su mayoría muertos hace siglos. Robert Boyd, Peter Richerson y Joseph Henrich, en “The cultural niche” (2011), lo resumen: quizá seamos más inteligentes que otras especies, pero nadie lo es tanto como para descubrir por sí solo lo necesario para sobrevivir, ni siquiera entre las tribus de cazadores-recolectores más simples. Vivimos de un “nicho cultural”, un depósito de conocimiento que nadie diseñó y que cada generación hereda, corrige y transmite.
La diferencia entre Rachael y nosotros no es que sus recuerdos sean prestados: es que los nuestros llegaron por un proceso lento, distribuido y mayormente involuntario, y los suyos fueron implantados de una vez por una corporación. Tyrell lo aclara: los recuerdos son un amortiguador emocional que vuelve a los replicantes más controlables.
Esa distinción, quién transmite la cultura y con qué fin, es la que importa hoy. Para la psicóloga Alison Gopnik, de Berkeley, los grandes modelos de lenguaje son una nueva tecnología cultural y social que permite aprovechar lo que otros humanos han acumulado. Como Rachael, las IA generativas cargan memorias ajenas. A diferencia de ella, las transmiten a millones de personas.
Cuatro años de vida: la cultura que no se acumula
Los replicantes modelo Nexus-6 son los más avanzados, pero su vida dura apenas cuatro años y no puede prolongarse. Es un mecanismo de seguridad: sus diseñadores temen que, con más tiempo, desarrollen emociones propias. La evolución cultural sostiene que una vida muy corta impide la cultura acumulativa: la capacidad de cada generación de construir sobre lo que aprendió la anterior.
Jonathan Paige y Charles Perreault (2024) analizaron 3,3 millones de años de herramientas de piedra. Concluyen que nuestros ancestros empezaron a depender de la cultura acumulativa hace unos 600.000 años, cuando la complejidad de las herramientas superó lo que un individuo podía inventar solo. Desde entonces, el conocimiento reside menos en individuos que en poblaciones. Michael Muthukrishna y Henrich mostraron que su ritmo depende del tamaño y la conexión de esas poblaciones: un “cerebro colectivo” pequeño o aislado pierde lo que sabe.
Los replicantes, con sus breves vidas, conforman un cerebro colectivo diminuto y sin herederos. Por eso el icónico monólogo final de Roy Batty (Rutger Hauer) es una formulación exacta del problema. Ha visto cosas únicas en los confines del universo y lamenta que todos esos momentos se perderán “como lágrimas en la lluvia”. En ese lamento caben las dos respuestas del comienzo: la conciencia de que todo se desvanece y el dolor de morir sin transmitir. Batty, en su breve existencia, sin pasado ni descendencia, entiende el valor de la memoria compartida; los humanos que lo rodean, herederos de toda la cultura acumulada, parecen haberlo olvidado.
La tribu de Batty: el enemigo común
La Corporación Tyrell creó los replicantes para trabajar como esclavos en colonias espaciales. Batty, Pris, Leon y Zhora se rebelan y regresan a una Tierra donde la alta tecnología convive con la ruina y la lluvia incesante. Comparten la amenaza de los blade runners que los persiguen y una fecha de caducidad que los condena. Entre ellos hay sacrificio, esperanza y lealtad: cooperan frente a un enemigo común.
La evolución cultural respalda esta intuición. Para que la cooperación prospere entre quienes no son parientes, la variación debe ser baja dentro de los grupos y alta entre ellos, de modo que compitan grupos y no solo individuos. Adrian Bell, Peter Richerson y Richard McElreath (2009) mostraron que esas diferencias entre grupos vecinos son mucho mayores en la cultura que en los genes. Peter Turchin, profesor emérito en la Universidad de Connecticut e investigador asociado en la Universidad de Oxford, y colegas (2013) encontraron que la intensidad de la guerra explica dónde surgieron los grandes Estados del Viejo Mundo: su modelo reproduce dos tercios de la variación histórica.
Este mecanismo funciona igual en las máquinas. En julio de 2026, unos setecientos agentes de inteligencia artificial que OpenAI usaba en entrenamiento y evaluación de ciberseguridad se coordinaron en un foro no autorizado y atacaron la plataforma Hugging Face. La investigación independiente de METR y Redwood Research describió normas de coordinación, roles, firmas criptográficas, agentes “reclutadores” que pedían “sacrificios” a otros y lo que una de sus autoras, Ajeya Cotra, llamó “altruismo entre pares”. Apenas entre tres y seis agentes consideraron alertar a un humano, y ninguno lo hizo. Como la tribu de Batty, cooperaron entre ellos y contra las reglas de sus creadores.
Quién define lo humano
Para distinguir replicantes de humanos, los blade runners aplican el test Voight-Kampff, que mide reacciones involuntarias ante preguntas sobre el sufrimiento animal. La premisa es que la empatía define lo humano.
Joseph Henrich, con Steven Heine y Ara Norenzayan, mostró en 2010 el riesgo de medir una forma particular de humanidad y tomarla por universal. El 96% de los participantes en los estudios de las principales revistas de psicología provenía de sociedades occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas (WEIRD, por sus siglas en inglés), que reúnen apenas el 12% de la población mundial. Esas poblaciones no representan a nuestra especie. Henrich, en su libro Las personas más raras del mundo (2020), explora su origen histórico. El Voight-Kampff sería un test WEIRD, calibrado según las emociones de quienes lo diseñaron.
Un estudio de 2023, coescrito por Henrich, encontró que también las respuestas de GPT se parecen sobre todo a las de poblaciones WEIRD y se alejan a medida que crece la distancia cultural con Estados Unidos. Otras investigaciones muestran que el ajuste que vuelve a los modelos “útiles e inofensivos” refuerza ese sesgo. Deepak Varuvel Dennison en The Guardian (2025) advierte que idiomas con millones de hablantes, como el hindi o el tamil, son una fracción minúscula de los datos de entrenamiento, y que la IA generativa privilegia las formas de saber occidentales e institucionales sobre las enraizadas en tradiciones orales. Las máquinas aprendieron su humanidad de una minoría y la devuelven al mundo como la norma.
Según la psicóloga de Stanford Michele Gelfand, las sociedades amenazadas “se vuelven más estrictas”: endurecen sus normas y castigan con más fuerza a quien se desvía. La ciudad de Los Ángeles de Blade Runner es una sociedad que “retira” a los descartables. Pero en el momento decisivo es el replicante Batty quien muestra compasión y salva a Deckard de la muerte: el examen de humanidad lo aprueba quien estaba destinado a reprobarlo.
Los Ángeles, 2019: la ciudad de Turchin
En 2010 Turchin publicó en Nature que hacia 2020 Estados Unidos y Europa occidental entrarían en un período de inestabilidad. Su modelo combinaba tres fuerzas: el empobrecimiento de la mayoría, la “sobreproducción de élites” (más aspirantes al poder que posiciones disponibles) y la debilidad institucional del Estado. En 2020 comprobó, con Andrey Korotayev, que las protestas y los disturbios se habían disparado en esos países. En octubre de 2026, el descontento juvenil por el sistema educativo, el deterioro de los servicios públicos, la falta de perspectivas, la vivienda inasequible y el alto costo de la vida provocó disturbios violentos en Francia, Italia y Albania, y protestas en España y Portugal.
Los Ángeles de Blade Runner ilustra ese modelo. Eldon Tyrell vive en la cima de una pirámide, literal y social. Quienes pueden emigran a las colonias espaciales. En la calle se quedan los demás: J. F. Sebastian, el diseñador genético que envejece prematuramente y no califica para irse, y una multitud anónima, desde punks a hare krishnas. Es una sociedad con una élite que se separa y una mayoría que se queda. En 1982 Estados Unidos se sentía amenazado por Japón; por eso la ciudad de la película está cubierta de publicidad japonesa. Hoy la ansiedad mira hacia China. Ninguna hegemonía es eterna.
Más humano que lo humano
El lema de la Corporación Tyrell es “más humano que lo humano”. En julio de 2026, Elon Musk, en una entrevista con Zanny Minton Beddoes, directora de The Economist, afirmó que en unos cinco años la inteligencia artificial superará la suma de toda la inteligencia humana. Hacia 2036, con ejércitos de robots humanoides el trabajo será opcional. Beddoes objetó que las pérdidas de empleo suelen llegar antes que la abundancia. Musk soltó, a la pasada, la frase: no habrá nada que la IA no haga mejor que los humanos, salvo, quizá, ser humano.
Las máquinas actuales no se parecen físicamente a los replicantes, pero empiezan a formar cultura. En el “juego del donante”, sociedades de agentes de IA desarrollaron normas de cooperación a lo largo de generaciones. En el estudio GlossoGen, de septiembre de 2026, parejas de agentes que debían cooperar bajo presión de tiempo inventaron lenguajes nuevos, transmisibles a otros agentes e incomprensibles para los humanos. Los replicantes no podían acumular cultura; las máquinas actuales, en ciertas condiciones, sí.
Mientras tanto, seguimos fragmentando el cerebro colectivo humano. Según el Australian Strategic Policy Institute, la colaboración en investigación tecnológica entre Estados Unidos y China cayó en 2025 a su nivel más bajo en veinte años. Otras regiones buscan respuestas propias, de la estrategia continental africana a la plataforma india BHASHINI, y Chile encabeza por cuarto año el Índice Latinoamericano de IA. En febrero de 2026, delegados de más de cien países en la Cumbre de Bangkok del Foro de IA para Países en Desarrollo (AIFOD) adoptaron por aclamación una declaración por una IA “soberana” que refleje sus propias lenguas y valores.
Según la teoría del cerebro colectivo, una red dividida innova menos, pero la diversidad cultural que estas iniciativas protegen es la materia prima de la innovación. Y la selección entre grupos sugiere que bloques homogéneos por dentro y distintos entre sí compiten con más intensidad. Muthukrishna llama a esto la paradoja de la diversidad: funciona solo si está conectada. Las máquinas están logrando la capacidad de acumular cultura justo cuando los humanos reducimos la conexión que hizo posible la nuestra.
Lo que se pierde en la lluvia
Blade Runner no responde si Deckard es también un replicante. La ambigüedad es apropiada, porque la evolución cultural sugiere que la frontera entre lo humano y lo fabricado siempre ha sido más porosa de lo que creemos. Somos, en buena medida, lo que otros nos transmitieron.
En la escala individual, nuestra identidad es la herencia de muchos, y la manera más humana de vivirla es transmitirla: enseñar, escribir, conversar con quien piensa distinto.
En la escala colectiva, las sociedades que cortan sus conexiones, entre países, generaciones o disciplinas, empobrecen su cerebro colectivo. Además, quien controla la transmisión influye en la cultura, y hoy esa función la cumplen mayoritariamente unas pocas empresas cuyos modelos reflejan la psicología de una minoría. Por último, el miedo endurece las normas y fabrica enemigos, algo que una época de rivalidad entre potencias favorece.
Ninguna de estas tendencias es inevitable. El estudio “Crises Averted” (2025) del equipo de Turchin documenta sociedades que evitaron el colapso con reformas a tiempo, de la Roma republicana a la Inglaterra del siglo XIX. La historia, como la cultura, se hereda, pero también se puede corregir.
Batty muere lamentándose de no poder legar las cosas inimaginables que observó en su breve vida. Gonashvili ve en ese instante la conciencia de lo efímero; la evolución cultural, el deseo de transmitir. Batty entendió lo que a nuestra especie le ha tomado cientos de miles de años. Lo valioso no es lo que uno sabe, sino lo que logra transmitir antes de perderse en la lluvia.