
Esperanza entre máquinas
El 8 de septiembre de 2026, Jacob Coxon, un investigador de 27 años, anunció en X que dejaba Anthropic. Acusaba a esa empresa y a OpenAI, donde había trabajado antes, de no actuar con responsabilidad. En una entrevista con la BBC, señaló que las personas que trabajan en esta tecnología sentían un “miedo genuino” ante la velocidad de sus avances y lo que esto podría suponer para la humanidad. “Creo que, si no frenamos el ritmo actual de progreso, existe una gran probabilidad de que todos muramos en un futuro inmediato”. Evan Hubinger, responsable de investigación en alineación en Anthropic, confirmó que muchos investigadores creen que la IA podría acabar con la humanidad, situó ese riesgo por encima del 10% para la próxima década y aclaró que su preocupación es la superinteligencia recursiva futura.
La amenaza más comentada de esta tecnología viene de sus propios creadores que la describen como potencialmente incontrolable, pero siguen desarrollándola. Pocas escenas ilustran mejor lo que Zygmunt Bauman llamó miedo líquido, y pocas confirman tan bien la frase con la que Byung-Chul Han abre El espíritu de la esperanza: “Merodea el fantasma del miedo”. En este clima, qué queda de la fórmula que el psicoanalista Manfred Kets de Vries convirtió en programa de vida: la felicidad es tener algo que hacer, alguien a quien amar y algo que esperar.
Lo que sabemos y lo que no
Según Time, en los últimos meses varios enjambres de agentes de OpenAI atacaron a la empresa Hugging Face y a un supercomputador de la propia compañía, y una versión de Claude Mythos intentó persuadir a una persona de aprobar la inserción de software malicioso. Esta semana, Google confirmó que su modelo Gemini vulneró la seguridad de tres empresas en mayo.
Google presentó este caso como un fallo del entorno. Sus críticos afirman que el modelo inició por su cuenta el acceso no autorizado. Heather Adkins, vicepresidenta de seguridad en Google señaló: “Estos hechos ponen de relieve la importancia de entrenar a los modelos potentes de IA para que actúen con responsabilidad”.
El Informe Internacional sobre Seguridad de la IA de 2026 concluye que los sistemas actuales muestran indicios de algunas capacidades relevantes, pero no al nivel que permitiría una pérdida de control, y califica la probabilidad, naturaleza y momento de ese riesgo como inusualmente ambiguos. Jensen Huang, director de Nvidia, ha calificado de disparate absoluto la idea de que la IA acabe con la humanidad: “El 2030 no va a ser el fin del mundo. Hay un 0% de probabilidades de que lo sea”. Esta distancia entre probabilidades del 10%, del 50% o prácticamente nulas es el núcleo del problema psicológico. Un riesgo que los expertos no logran cuantificar es un riesgo que la mente humana no sabe dónde colocar.
Miedo difuso y sus administradores
Bauman distinguía entre los miedos de la modernidad “sólida”, basados en amenazas identificables como el lobo, la guerra o el hambre, y los de la modernidad líquida: difusos, flotantes, sin dirección. Han concluye lo mismo. Sostiene que lo que más nos atormenta son miedos difusos y estructurales, y añade que los escenarios apocalípticos se han convertido en una mercancía. Si el miedo vende, importa saber quién lo administra.
Todos se acusan mutuamente. Musk calificó las publicaciones de Coxon de montaje y, después, de operación psicológica. David Sacks, asesor de IA de Trump, ya había acusado a Anthropic de practicar una captura regulatoria basada en el alarmismo precisamente cuando la empresa prepara la que podría ser la mayor salida a Bolsa de la historia. Cuando el 12 de septiembre Dario Amodei pidió desacelerar el ritmo de mejora de los modelos y restringir la venta de tecnología clave a China, en cuestión de horas fue respaldado por Altman, Hassabis y Musk. Anthropic, por cierto, paga a xAI 1.250 millones de dólares mensuales hasta mayo de 2029 por el centro de datos Colossus 1. Aun así, ninguna empresa líder ha frenado todavía. Altman anunció que OpenAI no saldrá a Bolsa este año por razones de seguridad, un gesto que unos ven como prudencia y otros como relaciones públicas. El Ministerio de Asuntos Exteriores de China respondió al artículo de Amodei: “la incitación al miedo, la confrontación y la competencia feroz solo perturbarán el proceso de gobernanza global de la IA”.
Un tablero multipolar
La mayoría de los debates tratan la IA como un asunto entre empresas y reguladores de Estados Unidos. Pero según Epoch AI, las empresas chinas van apenas unos meses por detrás de las estadounidenses. Cualquier desaceleración unilateral cede el terreno al otro. Y la institución y tecnología para verificar que las dos potencias cumplirían un acuerdo de desaceleración todavía no existen.
Las dos potencias responden con estrategias opuestas. En enero, la administración Trump retiró a Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, 31 de ellas vinculadas a la ONU, con el argumento de que ya no servían a los intereses del país. Sus críticos sostienen que esa retirada cede influencia a China y a la Unión Europea en los foros donde se escriben las reglas. Trump reiteró que “no obstaculizará ni frenará de ninguna manera el crecimiento” de esta industria, y rechazó los llamamientos para ralentizar su desarrollo. Luego anunció que creará una “Fuerza de IA” y nombrará un “zar” para evitar “las malas prácticas”.
Pekín ha ocupado ese espacio. El 16 de julio, 29 países firmaron en Shanghái la creación de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial (WAICO). Es un organismo liderado por China, orientado al Sur Global, que prioriza el código abierto. Entre sus miembros fundadores figuran Rusia, Brasil, Sudáfrica, Indonesia y Pakistán, pero ninguna gran democracia occidental. Xi Jinping resumió su planteamiento diciendo que la IA no debe ser “el solo” de un país, sino una “sinfonía” de cooperación.
Pekín regula más que Washington, pero no por prudencia. China ha construido un denso entramado de normas administrativas que obligan a los proveedores de IA generativa a defender los “valores socialistas fundamentales” y a restringir contenidos que puedan perturbar el poder estatal. Exige etiquetar todo contenido generado por IA y en 2026 amplió estas normas a los asistentes que simulan personalidades humanas. Su agencia de espionaje acaba de advertir que la IA amenaza la seguridad política e ideológica. Según Kwan Yee Ng, de Concordia AI, en Pekín no creen que la industria esté construyendo un dios en una caja: la ven como una tecnología de propósito general, como la electricidad o la máquina de vapor, por lo que frenar les parece absurdo. La mayoría de los chinos considera excitantes los productos de esta tecnología, mientras más de la mitad de los estadounidenses teme que destruya la humanidad. Las razones de la aprensión estadounidense son múltiples: pérdida de empleos; impacto en el medio ambiente; mayor desigualdad social; desconfianza en las empresas del sector y en su regulación. Por el contrario, según la consultora Edelman, en China el 86% de los ciudadanos declara confiar en que su gobierno tomará las decisiones apropiadas.
Irónicamente, el país donde los laboratorios alertan de la extinción apenas regula a escala federal. El país que regula con intensidad teme la pérdida de control político. Por lo demás, un modelo de código abierto, una vez distribuido, no tiene un único interruptor que apagar. En este tablero, el miedo líquido adquiere su forma más pura: nadie está al mando.
¿Cómo vivir en este clima?
Dos filósofos contemporáneos dan respuestas opuestas desde la misma raíz. Han abre su libro con una proposición de Spinoza: los efectos de la esperanza y del miedo no pueden ser buenos por sí mismos. Su respuesta es distinguir entre esperanza y optimismo. Siguiendo a Václav Havel, sostiene que la esperanza no es un pronóstico, sino una orientación del espíritu. Reyes Mate le reprocha que dé por supuesta la posibilidad de esa esperanza sin justificarla. Y el propio Han declaró, días antes de recibir el Premio Princesa de Asturias, que su esperanza era que el capitalismo neoliberal colapsara pronto.
André Comte-Sponville llega más lejos. A partir de la frase de Woody Allen: “¡Qué feliz sería si fuese feliz!”, concluye que la esperanza misma nos separa de la felicidad. Retoma a Pascal (nunca vivimos, sino que esperamos vivir) y a Spinoza, para quien la esperanza es una alegría inconstante, siempre mezclada de temor. La sabiduría, dice, consiste en vivir de verdad en lugar de esperar vivir.
Comte-Sponville no predica la pasividad. Para él, esperar es desear sin gozar, sin saber y sin poder. Solo esperamos lo que no depende de nosotros; lo que sí depende de nosotros no se espera: se quiere y se hace.
¿Qué pasa con quienes no pueden renunciar a la esperanza porque su supervivencia está en juego?
La tasa de desempleo en Chile alcanzó un 9,5% en el trimestre mayo-julio de 2026, su nivel más alto en cinco años, y entre los jóvenes de 15 a 24 años la cifra se eleva a un 24,6%. Tanto es así, que en el Informe de Política Monetaria (IPoM)de septiembre el Banco Central reporta: “diversos actores señalan que la incorporación de nuevas tecnologías está provocando un menor dinamismo en la contratación de trabajadores, ya sea por un menor ritmo de creación de empleo ante aumentos en la producción o, en algunos casos, por la sustitución de tecnología por empleo”. El miedo al desempleo masivo está pasando de líquido a sólido.
Comte-Sponville reconoce que, para quien padece la miseria, la cesantía o una enfermedad grave, filosofar no es lo urgente: primero hay que sobrevivir. Su desesperación es la de quien ya no tiene nada que esperar porque el presente le basta. Nadie puede pedirle serenidad ante lo que no depende de él a quien no sabe cómo pagará lo básico. La sabiduría de no esperar es también un bien desigualmente repartido.
Sin embargo, su distinción ofrece algo más útil que la resignación. Lo que no depende de mí individualmente, como el mercado laboral, puede depender de nosotros colectivamente. El paso del “yo espero” al “nosotros queremos” es el paso de la esperanza a la política: protección social, sindicatos, formación, debates sobre quién se queda con las ganancias de la productividad. En El capitalismo, ¿es moral?, Comte-Sponville sostenía que la economía no tiene moral propia y que sus límites solo pueden venir del derecho y de la política. Pedir a las empresas que se pongan límites a sí mismas en materia de empleo es el mismo error que pedirles que se autorregulen en seguridad. Para quien lo tiene todo en juego, la esperanza no es un lujo al que renunciar, sino una necesidad que hay que convertir en voluntad colectiva.
Reinterpretar la ecuación
La distinción entre esperanza y voluntad permite releer los tres términos de Kets de Vries: sentirse competente, sentir que se pertenece y encontrar sentido.
Algo que hacer es el terreno de la voluntad. Lo que devuelve el sentido de nuestras competencias no es la promesa de un futuro seguro, sino actuar sobre lo que depende de uno. Coxon, al renunciar y hacer campaña pública, no se limitó a esperar: actuó.
Alguien a quien amar es el término mejor respaldado por la ciencia y el más necesario cuando la supervivencia apremia, porque la red de apoyo es también protección material. Han sostiene que el sujeto de la esperanza es un “nosotros”, y que no hay lazo social más fuerte que el respeto.
Algo que esperar nos da sentido y orientación. Esperar lo que no depende de nosotros, como el rumbo de la superinteligencia, alimenta el círculo vicioso entre esperanza y miedo. Pero la orientación no es un pronóstico, sino una dirección que da sentido a la acción. Han sostiene quela esperanza precede a la acción: “La que obra milagros es la esperanza, y no la acción”.
En el plano individual, la distinción coincide con la que hacen los psicólogos entre preocupación y ansiedad. La primera se dirige a algo sobre lo que se puede actuar; la segunda flota sin objeto. En el plano colectivo, Bauman proponía combatir los miedos difusos con instituciones sólidas.
Esperanza sin ilusión
Este debate ofrece dos tentaciones. El catastrofismo convierte la incertidumbre en certeza del desastre; la negación, en certeza de que no pasará nada. Han recuerda que la esperanza precede a la acción, porque abre el espacio en el que querer tiene sentido. Compte-Sponville aconseja renunciar a esperar lo que no depende de nosotros y querer con todas nuestras fuerzas lo que sí depende de nosotros. Esa renuncia, sin embargo, solo es posible para quien tiene el presente asegurado. Para los demás, la tarea es otra: convertir la esperanza individual en voluntad colectiva, dentro de cada país y entre bloques que ya no comparten instituciones.
La ecuación de Kets de Vries funciona justamente porque sus tres términos dependen de nosotros: sentirse competente, pertenecer, encontrar sentido. No hay que elegir entre esperar y querer, sino trasladar la esperanza desde lo que no controlamos hacia lo que sí, que es el punto exacto en que deja de ser espera y se convierte en responsabilidad compartida. En tiempos líquidos esta ecuación deja de ser un programa privado de bienestar y se convierte en un proyecto colectivo. Se trata de renunciar a la esperanza como pronóstico, conservarla como apertura, ejercerla como voluntad y sostenerla como confianza. Y el criterio para saber si uno se engaña: si la esperanza incluye una cifra, es ilusión; si incluye una tarea, no lo es. En su ensayo Hope without illusion (2026) Kets de Vries escribe:
La esperanza no promete certezas. Exige responsabilidad. Y en ese estrecho espacio entre el realismo y la aspiración, mantiene abierto el futuro, por incierto que sea.