
¿Quién responde por lo que dicen?
El 17 de agosto de 2026, The Economist publicó un artículo titulado “El economista más influyente del mundo resulta extrañamente poco convincente”. El blanco era Daron Acemoglu, Nobel de Economía en 2024, y apuntaba a tres frentes: la fragilidad empírica de su trabajo de 2001 sobre los orígenes coloniales del desarrollo, su teoría institucional y su pesimismo sobre la IA “llevado hasta perder credibilidad”. El artículo abría con un gesto revelador: denle unas copas a un economista y algunos dirán lo que de verdad piensan del coloso.
Acemoglu respondió a los dos días: le parecía un ataque personal, con un trasfondo más preocupante que compartiría en su momento, y pidió espacio para replicar. Su objeción no es que se le critique, sino cómo, ya que el veredicto descansa sobre opiniones de economistas anónimos.
El 20 de agosto ocurrieron dos cosas en la misma casa. La revista sentó a Yuval Noah Harari frente a su editora, Zanny Minton Beddoes, en The Insider, su programa en vídeo para suscriptores premium, donde el historiador defendió que las inteligencias artificiales acabarán controlando la civilización porque han aprendido a manipular el lenguaje, que es “el sistema operativo de nuestra cultura”. Y publicó un editorial sosteniendo que Gran Bretaña sería insensata si rescindiera su contrato de 330 millones de libras con Palantir para la plataforma de datos de la sanidad pública, dos meses después de que una comisión parlamentaria calificara esa dependencia como una debilidad inaceptable.
Al día siguiente, el economista Ibrahim Ozturk documentó un dato que conviene tener presente sobre The Economist Group. Paul Deighton preside el grupo editor y también Goldman Sachs International. Mustafa Suleyman, director ejecutivo de Microsoft AI, es consejero desde 2019 e integra el comité de inversiones en tecnología, igual que la directora de operaciones de Exor, el mayor accionista. Y el lanzamiento de Insider se anunció con el apoyo declarado de Claude, el modelo de Anthropic. Ozturk es explícito: no existe evidencia pública de que nadie encargara, editara o aprobara aquel artículo. Su tesis es que la independencia editorial no equivale a neutralidad institucional ni a distancia de los sectores analizados.
El 26 de agosto, Meta aceptó pagar hasta 18.000 millones de dólares para zanjar la demanda de unos fiscales estadounidenses que la acusaban de diseñar Instagram y Facebook para que fueran adictivos para menores.
Cinco fechas, una revista, un mes. A quien sostiene que los efectos económicos de la IA serán modestos y que su dirección debe decidirse políticamente se le impugna su reputación con testigos anónimos. A quien anuncia que la IA acabará gobernándonos se le concede el programa premium, patrocinado por una empresa de IA. Y entre ambas cosas, la misma voz defiende un contrato público concreto con una tecnológica cuestionada.
Criticar a un Nobel es legítimo. Un mes no demuestra una conspiración. Demuestra que los discursos sobre la IA son un campo de intereses, y que la forma de la advertencia decide quién queda obligado a actuar. El apocalipsis cósmico nombra el riesgo; la advertencia práctica exige leyes antimonopolio, derechos laborales y reparto.
Para pensar esa diferencia sirve una herramienta antigua: la del filósofo Paul Ricoeur.
Quién habla cuando habla la máquina
Ricoeur no creía que el lenguaje fuera un tubo por el que pasan pensamientos ya formados. Es el lugar donde el pensamiento nace, se tuerce y se pierde. Si es eso, una máquina que lo produce con fluidez no solo redacta textos: interviene en la fabricación de sentido. Y no necesita quererlo: le basta con generar signos que nosotros interpretamos.
Un modelo de lenguaje no comprende lo que dice, pero tampoco es un loro. Produce textos sin experiencia, sin mundo y sin interlocutor, y funcionan: instruyen, convencen, hieren. Lo nuevo no es que la máquina hable. Es que el lenguaje humano, que evolucionó entre seres frágiles que necesitaban prometer y pedir ayuda, lo produce ahora también un sistema sin ninguna de esas motivaciones. La palabra nació de la necesidad y el límite; hoy la genera algo que no puede ser herido.
De esa asimetría se derivan dos sospechas, y Ricoeur dejó el mapa. En Freud, una interpretación de la cultura (1965) llamó maestros de la sospecha a Marx, Nietzsche y Freud: detrás de los valores hay intereses de clase, detrás de la virtud hay voluntad de dominio, detrás de la conciencia racional y serena hay deseos reprimidos. Los tres suspenden la confianza en la apariencia para leer lo que lo sostiene, y los tres asumen su precio: quien desenmascara queda expuesto a ser desenmascarado. Esa reversibilidad es lo que separa la sospecha de la guerra de descréditos.
La sospecha material
Existe la tentación de leer a Acemoglu como un marxista tardío. No aporta. Es un economista convencional y su tesis no es que las ideas oculten intereses de clase, sino algo comprobable: la tecnología no es una fuerza sino una herramienta, y su dirección depende de decisiones institucionales. Su estimación de 2024 fue deliberadamente sobria (seis décimas de punto de productividad en diez años, lejos de la refundación que prometía el sector) y esa cifra incomoda.
Pero conviene no idealizarlo, y aquí él mismo es mejor testigo que sus defensores. Preguntado por la objeción de que su cálculo ignoraba un posible progreso científico acelerado, respondió que la crítica es válida, que no previó la IA agéntica y que no la incorporó a sus predicciones. Y defendió a la vez su propósito: inyectar realismo en las promesas de mejoras gigantescas. Corregir la cifra sin abandonar la pregunta distingue a un científico de un profeta, y es lo que The Economist trató como debilidad. Sus otras limitaciones son reales, empezando por una teoría institucional que roza la tautología. Pero eso refuerza la pregunta central: si incluso un economista moderado con Nobel resulta molesto, algo dice sobre los límites que el debate de la IA acepta.
En febrero firmó con David Autor y Simon Johnson un ensayo para Brookings sobre cómo construir una IA pro-trabajador: máquinas que amplíen las capacidades humanas en lugar de sustituirlas, con reglas fiscales y de competencia que hagan atractiva esa opción. La revista lo despachó con dos palabras: obvio, evidentemente. Si tan obvio es, habría que explicar por qué los incentivos favorecen lo contrario. Y esa es la razón de fondo del malestar. Anunciar que la IA nos dominará no obliga a nadie a cambiar un contrato. Sostener que su efecto será mediano y su forma negociable convierte cada despliegue en una decisión política con responsables identificables. La pregunta: quién se beneficia, quién paga, qué relato justifica el reparto, molesta porque tiene respuesta.
Una sospecha sin sujeto
Harari traslada el gesto de la sospecha a la máquina, y ahí el lenguaje traiciona. Decimos que el algoritmo seduce, manipula, nos conoce mejor que nosotros mismos. No es cierto. Un sistema de recomendación no desea nuestra atención: optimiza una función. No interpreta nuestro deseo: correlaciona. Es una operación formalmente idéntica a la sospecha (detectar bajo el discurso patrones que el hablante no ve) ejecutada por algo que no puede responder por lo que hace.
Una sospecha sin sujeto, una crítica sin responsabilidad. Ese es el fenómeno nuevo, y es más grave que la fantasía de la máquina malévola. No es que el sistema no pueda ser leído: puede serlo, y para eso existen la interpretabilidad, la auditoría algorítmica y el reglamento europeo que obliga a las plataformas a abrir sus datos a investigadores. El problema no es la opacidad metafísica: es que un sistema no responde salvo que una institución lo obligue. La reversibilidad no desapareció; dejó de ser condición del diálogo y pasó a ser conquista jurídica.
Cabe ser justos en dirección contraria. El capitalismo de vigilancia que describió Shoshana Zuboff es un hecho; su omnipotencia persuasiva, una hipótesis débil. Y frente a Harari cabe cautela, no caricatura: en esa entrevista dijo que las IA tomarán el control en diez años si continúa el ritmo actual, y añadió de inmediato que no es inevitable, que seguimos teniendo el control y que qué hacer es decisión nuestra. El problema es que atribuye a la tecnología una agencia que pertenece a quienes la financian, y esa gramática dificulta nombrar a los sujetos reales.
El círculo y sus fragmentos
Ricoeur heredó de Gadamer el círculo hermenéutico: comprendemos el todo desde las partes y las partes desde el todo, en una espiral que nunca se cierra. La objeción contemporánea es que la personalización algorítmica lo quiebra, porque entrega a cada uno un mundo a medida de su atención y no de su comprensión. La formulación más seria de esa objeción vino, otra vez, de Acemoglu, con Dingwen Kong y Asuman Ozdaglar. En un modelo de febrero de 2026 proponen que acertar exige combinar conocimiento general compartido y conocimiento local, y que el esfuerzo de aprender produce ambos: una señal privada y otra pública, delgada, que se acumula en el acervo común. Cuando la IA decide por nosotros ese esfuerzo deja de ser rentable, la señal pública se adelgaza y el conocimiento general puede desvanecerse pese a que el consejo personalizado sea excelente. Dos resultados importan: el bienestar no crece de forma continua con la precisión de los sistemas, hay un óptimo intermedio; y ampliar la capacidad de compartir lo eleva siempre.
Es una hipótesis con condiciones, pero convierte una intuición humanista en algo discutible con datos y encaja con lo que Miranda Fricker llamó injusticia hermenéutica: el daño de quien carece de recursos compartidos para nombrar su experiencia. Cuando el acervo se estrecha, ciertas experiencias dejan de poder decirse. Y sugiere la respuesta: el círculo no se recompone solo. Requiere escuelas, revistas, tribunales, bibliotecas, comunidades de lectura que ningún algoritmo tiene incentivos para sostener. El modelo llega por las matemáticas adonde llega la hermenéutica: lo que hay que financiar es la agregación.
Escuchar a distancia
En Del texto a la acción (1986) Ricoeur defendió la distanciación como función productiva: un texto se emancipa de la intención de su autor, y esa autonomía es lo que hace posible y necesaria la interpretación. Discutió durante décadas contra la nostalgia de la presencia. Un modelo de lenguaje es el caso extremo: texto sin autor, sin intención, sin contexto. Tomarlo en serio impide limitarse a lamentar la desaparición del hablante. La distanciación no cancela la interpretación: redistribuye la responsabilidad. Si nadie quiso decir esto, alguien debe responder por sus efectos, y ese alguien no es la máquina sino quienes la construyeron, la entrenaron y la desplegaron con determinados fines. Esa responsabilidad se reconstruye caso a caso, con instrumentos toscos. El acuerdo de Meta enseña más por su forma que por su cifra: casi un tercio del dinero queda condicionado a que los competidores adopten las mismas restricciones, lo que convierte a la sancionada en agente de presión sobre su sector. Imperfecto, pero reversibilidad al fin: alguien leyó al sistema y el sistema tuvo que responder.
Ahí se reconcilian las dos exigencias. La distancia frente al texto y la vulnerabilidad frente a la persona no se contradicen: la primera es la condición de leer bien lo que no tiene autor; la segunda, lo que no debemos delegar en lo que no siente. Leer una máquina como si fuera alguien y hablar con alguien como si fuera una máquina son la misma equivocación en dos direcciones.
Quién sospecha de quién
Ricoeur evocaba a Heráclito: el dios de Delfos ni afirma ni oculta, da señales. Vale para el símbolo y quizá para estos sistemas, que producen signos vacíos hasta que una conciencia los acoge y se deja modificar por ellos. Agosto dejó un ejercicio práctico. Sospechar de la máquina, sí. De quienes la venden, también. Y de quienes la temen en voz alta sin pedir nada a cambio, porque la alarma cósmica y la fe en el progreso comparten un efecto: ambas nos eximen de decidir.
El artículo del 17 de agosto en The Economist terminaba con una pregunta buena y la usaba mal. Ante una declaración firmada por decenas de economistas que pedía orientar la IA hacia usos que complementen a los humanos, preguntaba quién es exactamente ese “nosotros” y quién decide qué complementa. La objeción es pertinente: los gobiernos se capturan, los reguladores carecen de experiencia, la regulación empuja la inversión hacia jurisdicciones permisivas. Pero se formuló para cerrar el debate, no para abrirlo. La dificultad de identificar al sujeto no devuelve la decisión a la nada: la devuelve a los ejecutivos y los dueños de plataformas que ya la están tomando. La ausencia de gobernanza democrática no es neutralidad; es gobernanza privada. Alguien ya decide. Lo que está en juego es si esa dirección se fija con reglas de competencia, incentivos fiscales y auditorías verificables, o si se fija sola.
Ricoeur llamó segunda ingenuidad a la posibilidad de volver a creer después de haber dudado. Trasladarla sin más a la tecnología sería un abuso, pero su forma sirve: hay una confianza que no es la de antes de la crítica, sino la de después. No una fe en las máquinas, que no la merecen, sino una confianza reconstruida en el trabajo humano de interpretar.
Somos los animales del símbolo, los seres que necesitamos interpretar para vivir y que por eso mismo somos vulnerables. Las máquinas hablan.
¿Quién responde por lo que dicen?