
Salvo, quizá, ser humano
En julio de 2026, Elon Musk, en una entrevista con la directora de The Economist describió el paraíso. En unos cinco años, dijo Musk, la inteligencia artificial superará la suma de toda la inteligencia humana. Hacia 2036, con ejércitos de robots humanoides la capacidad de producir bienes y servicios será casi infinita por lo que no se necesitarán personas que trabajen y el dinero dejará de tener sentido. Será una era de abundancia asombrosa, donde cualquiera podrá tener cualquier cosa que se le ocurra. Musk concedió, que existe un 10 a 20 por ciento de probabilidad que esto termine en catástrofe. Y soltó, a la pasada la frase: no habrá nada que la IA no haga mejor que los humanos, salvo, quizá, ser humano.
Es una profecía deslumbrante, Musk se presentó como una Casandra moderna: mejor que casi todos leyendo el futuro, pero condenado a que lo desestimen. Esta oferta no es nueva. Tiene tres mil años. Y el primero a quien se le hizo la rechazó.
En el canto V de la Odisea, Odiseo lleva siete años retenido en la Isla de Ogigia por la ninfa Calipso. Ella deseaba “tomarlo por esposo” y le ofreció un trato: quédate conmigo y te haré inmortal, para siempre joven, libre de la vejez y de la muerte. Era una gran oferta, el fin de todo deseo porque todos los deseos estarían colmados. En Ogigia, no hay carencia, no hay trabajo, no hay riesgo: solo un presente perfecto que no se acaba nunca. Los dioses homéricos son precisamente eso, rheîa zṓontes, “los que viven fácilmente”, inmortales, sin fatiga ni dolor, en un banquete eterno. Calipso le está ofreciendo a Odiseo convertirse en un dios. Sin embargo, él, cada día, se sienta en la orilla a llorar mirando el mar. Prefiere volver a Ítaca, su pequeña isla pedregosa, con una esposa que envejecerá y morirá, a vivir por siempre con una diosa sin arrugas, por lo que responde a Calipso:
Sé muy bien que la prudente Penélope es inferior a ti en belleza y en estatura. Ella es mortal, mientras que tú eres inmortal y no envejeces. No obstante, deseo y anhelo cada día volver a mi casa y ver el día de mi regreso.
La elección de Odiseo es casi una tesis filosófica. Prefiere lo limitado y perecedero a lo perfecto e ilimitado. ¿Por qué? Porque intuye lo que el poema entero demuestra: que el sentido nace del límite, no de la infinitud. La identidad divina es un estado fijo, mientras que la identidad humana es una construcción que se realiza continuamente. Calipso es siempre la misma, la que oculta, la diosa de la isla. Odiseo se hace a través de sus pruebas, sus errores, su sufrimiento y sus elecciones. Un dios no puede ser héroe, porque no puede arriesgar ni sacrificar nada. La astucia, el coraje, la paciencia de Odiseo solo valen porque se ejercen al filo de la muerte. Su fama imperecedera, el kléos que Homero le concede al cantar sus hazañas, depende paradójicamente de su mortalidad: solo una vida que termina puede ser una historia que se cuenta. Aceptar la inmortalidad de Calipso habría sido dejar de ser Odiseo para convertirse en una presencia anónima, sin trama, sin desenlace, sin propósito. Bernard Williams en su ensayo El caso Makropulos: reflexiones sobre el tedio de la inmortalidad (1973) argumentó que una vida infinita agotaría tarde o temprano los deseos que la hacen mía, y se hundiría en el tedio. La inmortalidad, vista de cerca, es una forma sutil de muerte. “La inmortalidad, o un estado en que no existe la muerte, no tendría sentido; de algún modo, la muerte es lo que da sentido a la vida”.
El personaje más inteligente de la literatura griega, el de los mil recursos, es también el único al que se le ofreció ser dios y dijo que no. Silicon Valley propone hoy universalizar la oferta de Calipso. Homero ya la puso a prueba, y prefirió la muerte en Ítaca.
Casandra profetizaba la verdad, nadie le creía y no podía hacer absolutamente nada para cambiar lo que veía venir. Su maldición era la impotencia total ante el saber. Musk es su contrario. Es el hombre más rico, más financiado y más escuchado del planeta y sobre todo es el que construye aquello que dice temer. Es el que avisa del incendio mientras sostiene la antorcha. Fundó una empresa de IA como contrapeso a otra que le preocupaba, y ha terminado acelerando la carrera que antes quería frenar. Señaló: “Todos los caminos llevan a la aceleración de la IA… bueno, puedes simplemente ponerte triste por ello o unirte al club”.
Musk, encarna al empresario-profeta que anuncia la gravedad de un desastre que el mismo provoca. En la misma línea, el director de Anthropic, Dario Amodei, advirtió en 2025 que la IA podría eliminar la mitad de los empleos administrativos de nivel inicial en cinco años mientras construía los sistemas capaces de hacerlo. El propio Sam Altman y OpenAI, el 6 de abril de 2026, publicaron Industrial Policy for the Intelligence Age: Ideas to Keep People First, un documento de trece páginas que propone, entre otras medidas, un fondo de riqueza pública financiado en parte por las propias empresas de IA, una reforma fiscal orientada a gravar la automatización, una semana laboral de cuatro días como “dividendo de eficiencia”, redes de protección social adaptativas y monitoreo de modelos peligrosos. Hasta Altman, al proponer repartir la abundancia, admite que no basta con producirla: hace falta política, redistribución, gobierno. La profecía es también su publicidad.
El otro profeta ciego de esta historia, Tiresias, también le habla al futuro de un hombre; pero le enseña cómo terminar bien: camina tierra adentro con un remo al hombro, le dice a Odiseo, hasta llegar donde nadie sepa qué es el mar, clava allí el remo y vuelve a casa a morir en paz, de una muerte dulce, en la vejez. La sabiduría de Tiresias es una pedagogía del final. La de Musk es abundancia sin límites, dinero sin sentido, una vida que no necesita completarse porque no se acaba.
Yuval Noah Harari, ya en Homo Deus(2015) argumenta que conquistadas en buena medida el hambre, la peste y la guerra, la humanidad se ha fijado una agenda de dioses: vencer la muerte, fabricar la felicidad, adquirir poderes divinos. Aspira a convertir al Homo sapiens en un Homo Deus. Musk ejecuta ese programa. Pero podríamos, advierte Harari, alcanzar el poder de los dioses y perder por el camino lo que le da sentido a una vida. Hemos desacoplado la inteligencia y la consciencia: una máquina puede ser incomparablemente más capaz que nosotros sin ser consciente de nada. Efectivamente, Musk habla únicamente de inteligencia: su analogía es comparar al chimpancé y el humano, una jerarquía de cómputo; jamás de consciencia. Su propio residuo: “salvo, quizá, ser humano”, es exactamente lo consciente, lo vivido, lo que la IA no toca. Nombra la excepción como una minucia. Pero, es el corazón del problema.
Harari advierte que la retórica de la abundancia barre bajo la alfombra: la clase inútil. El peligro es que las máquinas nos vuelvan irrelevantes: miles de millones de personas económicamente superfluas. Y lo peor, insiste, no es ser explotado; es ser innecesario. Una economía de IA y robots que todo lo producen no promete dignidad: promete prescindibilidad con las necesidades cubiertas. Ogigia con Starlink. La abundancia material puede convivir perfectamente con la miseria del sentido.
Hannah Arendt vio esto venir en 1958. En La condición humana temía el advenimiento de “una sociedad de trabajadores sin trabajo”: una humanidad liberada de la labor que ya no recuerda las actividades más elevadas para las que valía la pena esa libertad. Es el escenario de Musk descrito con setenta años de antelación. Pero Arendt añade: liberarse de la necesidad no es una desgracia; la pregunta es hacia qué se libera uno. Su respuesta fue la acción: aparecer entre iguales, iniciar algo nuevo, revelar quién se es en un mundo común, la dimensión política y creadora que ninguna máquina puede vivir por nosotros. La visión de Musk no contiene ninguna teoría de la acción. Es consumo abundante, el banquete perpetuo de los dioses, que ni construye un mundo durable ni hace florecer a nadie.
Ya en 1930, Keynes en su ensayo Posibilidades económicas para nuestros nietos, imaginó que en el futuro la humanidad resolvería la escasez material, por lo que temía que una humanidad jamás educada para el ocio sufriera una especie de crisis nerviosa colectiva al quedarse sin la lucha que estructuraba sus días. Homero, Keynes, Arendt y Harari postulan una idea incómoda: el gran enemigo del sentido no es la carencia, es la abundancia sin límite.
Entonces: ¿la gente liberada de la necesidad florece o se pudre? El mayor estudio reciente de renta garantizada, financiado por el propio Altman, entregó mil dólares mensuales durante tres años a una muestra de 3.000 personas de bajos ingresos en Texas e Illinois. El estudio partió con la pregunta ¿La gente se dedicará a holgazanear o usará el tiempo y el dinero para construir algo nuevo? El resultado desafió las expectativas. El grupo estudiado trabajó, en promedio, 1,3 horas menos a la semana y gastaron el dinero extra, sobre todo, en lo básico: arriendo, comida, transporte. No hubo renacimiento de artistas y grandes ciudadanos como sueñan los optimistas, ni la legión de holgazanes que temen los agoreros. Ocurrió algo mucho más gris y humano: gente que usó un respiro económico para estabilizar una vida precaria. La abundancia no reveló una esencia; reveló que casi todos estamos, antes que nada, apagando incendios.
Los dioses de Homero “viven fácilmente” y los mortales mueren jóvenes, de parto, de peste, en guerras. Buena parte del esfuerzo humano no es la noble resistencia que forja el carácter, sino dolor puro y duro, el que con toda razón querríamos eliminar. Convertir la escasez en requisito del significado puede volverse un argumento para no aliviar el sufrimiento y la miseria del mundo. La postura honesta sostiene las dos cosas a la vez: que la abundancia amenaza realmente la arquitectura del sentido, y que la carencia extrema puede transformarse en crueldad.
Por muchos robots que fabriquen zapatos, la tierra, el tiempo y la atención seguirán siendo finitos y seguirán teniendo un costo. Aun en la economía casi infinita que profetiza Musk, la escasez que no se elimina es la homérica: el tiempo, la muerte, el hecho de que una vida termine y por eso pueda ser una historia memorable. El dinero quizá pierda su sentido en 2036. La mortalidad, no. Mientras haya un final, seguirá habiendo un remo que clavar.
Tiresias le enseñó a Odiseo cómo terminar su vida: planta el remo, vuelve a casa, muere en paz. Musk le anuncia a la humanidad que no hará falta terminar. Y, sin embargo, en la misma frase en que promete que las máquinas lo harán todo mejor que nosotros, el profeta de la abundancia nombra sin querer la única excepción: ser humano, y la despacha con un “quizá”. Ese “quizá” es todo el poema. Es Ítaca reducida a una nota al pie.
La aceleración tecnológica puede traer curas, tiempo, holgura, y sería una necedad despreciarlo; el propio Odiseo, hombre de mil recursos, no era enemigo de las herramientas. El punto es otro, y más antiguo: ninguna cantidad de abundancia contesta la pregunta de “para qué”. Esa sigue siendo tarea nuestra, intransferible, y quizá se vuelva más urgente, cuando ya no tengamos la excusa de la necesidad para posponerla. El poema más viejo de Occidente desechó ser un dios que vive fácilmente, y prefirió ser hombre porque la mortalidad, lejos de ser una maldición, es el horizonte que confiere peso, urgencia y significado a la existencia. Ser hombre significa tener una historia que contar, un amor que construir, un error que enmendar y una muerte que recibir como consumación, no como derrota. En esa elección dejó planteada la única pregunta que una economía casi infinita no puede responder por nosotros: cuando cualquiera pueda tener lo que se le ocurra, ¿qué quedará que merezca ser vivido?