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Sin diosa y sin amnesia

El 27 de febrero de 2026, en Ginebra, el ministro de Exteriores de Omán anunció que Irán había aceptado no acumular uranio enriquecido, lo que describió como un avance que podía evitar la guerra.Trump dijo que no había tomado una decisión final. El sábado 28 al amanecer, fuerzas estadounidenses e israelíes lanzaron cerca de 900 ataques en doce horas contra misiles, defensas aéreas e infraestructura militar iraní. La primera oleada mató al líder supremo Alí Jamenei, a decenas de funcionarios, y también a unas 170 personas, cuando un misil estadounidense Tomahawk alcanzó una escuela de niñas contigua a una base naval en Minab. La operación la llamaron Epic Fury. La hipótesis era simple: bastaría con aniquilar al líder para que la estructura entera se desplomara.

Cuatro meses y medio después, se estrena en cines de todo el mundo la adaptación de Christopher Nolan de la Odisea. Por supuesto, Nolan no intenta replicar la Odisea. En su versión, Odiseo no es castigado por cegar al cíclope Polifemo ni por la soberbia de gritarle sus logros desde el mar: fue maldecido por los dioses porque su treta del Caballo de Troya violó la Ley de Zeus. Así, traicionó el pacto de civilidad entre anfitriones y huéspedes que impide usar un obsequio para tender una trampa. Los diez años de naufragios, los monstruos, la tripulación devorada: todo es la factura de esa transgresión. Y al llegar a Ítaca, Odiseo confiesa a Penélope y a Telémaco que la caída de Troya fue la caída de la civilización, y que él la provocó.

Esta lectura es interesante. La xenía homérica, la hospitalidad, la “amistad de huésped”, era una infraestructura de confianza en un mundo sin Estados, sin tribunales ni pasaportes. Se ofrecía comida, techo y protección antes de preguntar el nombre del visitante. Zeus la garantizaba porque nada más podía hacerlo. En ese mundo, usar un regalo como arma destruía el único protocolo con el que se terminan las guerras. Ganas Troya e invalidas el instrumento de la paz. La mêtis, la astucia, esa inteligencia práctica, la salida brillante, era la virtud más celebrada de Odiseo y la causa de todas sus desgracias. La misma ocurrencia que abrió las puertas de Troya lo dejó diez años dando vueltas para llegar a casa.

En el poema, en el canto 24, luego que Odiseo matara a los pretendientes ocurre lo inevitable: los padres y hermanos de los muertos se arman. El padre de Antínoo convoca la venganza y más de la mitad de los hombres de Ítaca marchan contra la tierra de Laertes, el padre de Odiseo. La justicia retributiva, impecable, merecida, ratificada por Zeus, produce de inmediato una revancha. Y entonces sucede lo insólito: Atenea desciende, ordena el fin del derramamiento de sangre, impone un juramento, y Zeus decreta el olvido de la matanza. Los nobles dejan las armas, se retiran y hay paz.

Este final ha incomodado por más de dos milenios. Casi todas las adaptaciones se detienen en el reencuentro de Odiseo con Penélope. El canto 24 parece un apéndice torpe, forzado, un deus ex machina, un remiendo. Pero es la tesis del poema.

Durante veinticuatro cantos Homero construye toda una arquitectura para dar legitimidad a la venganza. Los pretendientes violan la xenía, devoran sus posesiones, planean matar a su hijo: merecen morir. Y luego, en el canto 24, el poema demuestra que esa justicia perfecta no puede detenerse a sí mismaPorque para que uno de los bandos duerma tranquilo, el otro debe ser borrado de la faz de la tierra. La retribución carece de condición de término: cada muerto justo fabrica un vengador justo. Para cortar el ciclo de venganza hace falta algo que no se deduce de sus propias premisas: una intervención externa, arbitraria, con voz de mando, que imponga un pacto. Cuando la nodriza Euriclea iba a gritar de alegría sobre los cadáveres de los pretendientes, Odiseo la detiene. El poema prohíbe celebrar la masacre. No es un texto que exalte al vengador. Es un texto que entiende sus consecuencias. En el siglo VIII a.C. eso solo podía imaginarse como intervención divina. La respuesta homérica al problema de la violencia recíproca tenía que bajar del Olimpo.

Que la venganza carece de freno interno no es una intuición poética. En 2026, es un dato. La guerra de Ucrania entra en su quinto año con las líneas del frente sustancialmente congeladas: Rusia ocupa alrededor del 20% del país, causando 9,6 millones de ucranianos desplazados, y cerca de 16.000 civiles muertos según Naciones Unidas. Pero, el 66% de los ucranianos cree que su gobierno debería negociar el fin de la guerra cuanto antes, y alrededor del 64% de los rusos apoya negociaciones de paz. Dos poblaciones que mayoritariamente quieren que esto termine. Y, el Kremlin declaró la semana pasada que no hay perspectiva inmediata de reanudar las conversaciones. Es el canto 24 sin Atenea.

Gaza vive bajo un alto al fuego mediado por Estados Unidos desde octubre de 2025 que se viola con regularidad. A principios de julio, un bombardeo sobre una tienda de desplazados en Al-Mawasi, zona que el propio Israel había designado como humanitaria, mató a dos personas e hirió a quince. En Líbano se reactivó el conflicto con Hezbolá.

El alto al fuego entre Estados Unidos e Irán, vigente desde el 8 de abril tras cuarenta días de combate, se desmoronó. La semana pasada, Trump ordenó la reanudación de los ataques contra objetivos militares y de infraestructura iraníes. Irán ha respondido con ataques de drones y misiles contra aliados estadounidenses en el Golfo. En Jordania, dos soldados estadounidenses murieron y uno permanece desaparecido. Quienes diseñaron Epic Fury leyeron mal el poema. El líder fue aniquilado y la estructura no se desplomó. Mojtaba Jamenei ocupó el puesto de su padre mientras Irán enterraba a sus muertos y reanudaba los ataques. La decapitación no cerró el ciclo; le entregó un mártir, un sucesor y una lista de agravios a vengar. Como advertía René Girard la venganza es un ciclo vicioso e interminable, incluso infinito. Es la aritmética del canto 24.

El Uppsala Conflict Data Program registró en 2025 el mayor número de conflictos con participación estatal desde que hay datos. Los conflictos entre Estados se duplicaron por segundo año consecutivo. Murieron unas 244.600 personas en violencia organizada, el segundo año más letal desde el genocidio de Ruanda. Cada alto al fuego de esta lista fue una Atenea sin autoridad. Un tercero con voz de mando imponiendo un juramento. Y cada uno se rompió.

La modernidad ha intentado durante dos siglos y medio reemplazar a los dioses por artefactos humanos: tribunales, convenciones, organismos, procedimientos. Intentos imperfectos de sustituir el papel que en Homero cumple la divinidad. El 7 de enero de 2026, Trump firmó un memorando presidencial ordenando la salida de Estados Unidos de 66 organizaciones internacionales, 31 de ellas entidades de la ONU, incluidas la Convención Marco sobre Cambio Climático y el IPCC. La administración Trump las considera despilfarradoras, ineficaces y dañinas para la soberanía, las libertades y la prosperidad de su país. Sus críticos ven un golpe a décadas de fijación de normas internacionales. La semana pasada, el Departamento de Estado estadounidense anunció una respuesta de todo el gobierno para inhabilitar sistemáticamente la capacidad operativa de la Corte Penal Internacional.

Por su parte, el V-Dem 2026 informa que la democracia global ha retrocedido a niveles de 1978; el Estado de derecho se deteriora en veintidós países y mejora en siete; los controles legislativos al ejecutivo empeoran en veintiuno y mejoran en cuatro. Estados Unidos cayó del puesto 20 al 51 en el Índice de Democracia Liberal en un solo año, la mayor caída anual de toda la serie, comparable solo a países que sufrieron golpes militares.

El Congreso de Estados Unidos ha destinado más de 240.000 millones de dólares a control migratorio hasta 2029, de los cuales 45.000 millones son solo para detención. La población detenida por ICE superó las 68.000 personas. 2025 fue el año más letal registrado en detención migratoria, con seis muertes solo en diciembre. Este mes, dos personas murieron por disparos de agentes. No es solo una historia estadounidense. El Pacto Europeo de Migración y Asilo entró en plena aplicación el 12 de junio; el 17, el Parlamento Europeo aprobó por 418 votos contra 218 el reglamento que permite enviar a rechazados a terceros países mediante “hubs de retorno” y detenerlos hasta dos años en la UE o indefinidamente en centros extraterritoriales. Tras la votación se coreaba “send them back” en el hemiciclo. Seis de los diez nuevos países en autocratización que identifica V-Dem están en Europa y Norteamérica: entre ellos Italia, el Reino Unido, Croacia, Eslovaquia y Eslovenia. Nadie está desmontando el andamiaje desde fuera. Se está destruyendo desde dentro. Atenea es genuinamente externa: su autoridad no depende del consentimiento de los bandos, no la financian los pretendientes ni la elige el pueblo. La ONU, la Corte, los tratados, en cambio, son criaturas que los mismos Estados deberían contener. Que el árbitro sea imperfecto, parcial y revocable demuestra que requiere esfuerzo. Cuidar y vigilar al vigilante.

La Odisea de Nolan omite el canto 24: no hay juramento ni amnistía. Odiseo abdica el trono en su hijo, asume el exilio como penitencia autoimpuesta y zarpa al oeste con Penélope a curarse de la culpa por el daño que causó en el mundo. Homero, sin embargo, resuelve la violencia recíproca con un dispositivo colectivo, externo y vinculante. Nolan la resuelve con uno individual, interno y voluntario: un hombre reconoce su culpa, renuncia al poder y se va a sanar. Sustituye la amnistía por la terapia; el juramento por el duelo; el derecho por el carácter.

No es un reproche al cineasta: es el único final que nuestra época entiende. Podemos imaginar sin esfuerzo a un poderoso asumiendo su responsabilidad moral. Pero, ya casi no podemos imaginar una institución vinculante que obligue a los enemigos a dejar de matarse y sobreviva a quienes no la quieren. Hemos privatizado el canto 24.

Y hay una razón simple para que esto se repita. La masacre de los pretendientes es espectáculo; la amnistía es un procedimiento. Un acuerdo no vende. Esta asimetría es también la razón por la que los organismos que cortan los ciclos de sangre se desmantelan sin que nadie salga a defenderlos. El novelista y ensayista israelí, Amos Oz, en su última novela Judas (2014), escribió:

Todo el poder del mundo no puede transformar a alguien que te odia en alguien que te aprecia… puede convertir a un enemigo en esclavo, pero no en amigo.

Eso lo sabía Homero, y lo resolvió haciendo que Atenea ordenara el fin de la matanza y Zeus hiciera olvidar a los hijos muertos. Hoy el problema no es que Atenea ya no baje. El problema es que la modernidad se propuso construir un canto 24 sin diosa y sin amnesia: detener el ciclo de venganza con tribunales en vez de epifanías, y recordando en vez de olvidando. Kant lo intentó en 1795 con el derecho del extranjero a no ser tratado con hostilidad. La Convención de los refugiados de 1951 lo intentó con firmas. La Corte Penal Internacional lo intentó con jueces, ocho de los cuales están hoy sancionados por la mayor potencia del planeta. Son artefactos imperfectos, hipócritas y a menudo indignos; su erosión no se explica por ningún despertar atávico. La votó un parlamento, la firmó un presidente. Pero ¿se detiene la venganza recordando u olvidando? Sospecho que la disyuntiva es falsa, y que el propio poema da la pista: Zeus no borra los hechos, borra el derecho a cobrarlos. Los padres de los pretendientes no olvidan que sus hijos murieron; olvidan que esa muerte los autoriza a matar. Hannah Arendt en La condición humana (1958) afirmaba que el perdón y la promesa son los actos humanos fundamentales que nos permiten vivir juntos. Y los estamos desmontando.

Nolan nos entrega el diagnóstico exacto del problema, pero no la solución de Homero, porque esa receta ya no cabe en nuestra cultura. Su Odiseo se cura solo, mar adentro, dejando Ítaca a su hijo. Pero es insuficiente. El exilio de un hombre culpable no impide que los padres de los muertos se armen y quieran vengarse. Eso solo lo impide un pacto que nadie pueda romper unilateralmente.

Ojalá alguien, al salir del cine, no solo comente las espectaculares imágenes IMAX o si Nolan hizo una versión woke de la Odisea. Ojalá comente que el canto que faltó no era el más espectacular sino el más indispensable, y que su ausencia en la pantalla es la misma que estamos viviendo en los actuales conflictos interminables. ¿Podemos lograr con acuerdos, procedimientos y sin dioses, que la venganza se detenga? Homero sabía lo difícil que es, por lo que tuvo que llamar a una diosa.

Y, sin embargo, conviene resistir la tentación de leer todo esto como un destino. El propio poema lo desmiente: el mismo código de hospitalidad produce a Polifemo, que devora a sus huéspedes, pero también produce a Eumeo, el porquerizo pobre que comparte con un mendigo desconocido lo poco que tiene. No es la abundancia la que decide, ni la sangre, ni la época: es la elección. La evidencia contemporánea, con toda la cautela que merece un hallazgo reciente, apunta en la misma dirección: un estudio publicado en iScience en diciembre de 2025 halló que la hostilidad hacia el extraño no es uniforme, sino que varía según de quién se trate, un resultado que sus propios autores calificaron de inesperado. Pero no hacen falta estudios: en 2022, millones de ucranianos fueron acogidos en semanas por las mismas sociedades europeas que habían cerrado la puerta a los sirios. No hay una costra que se resquebraja para revelar una fiera dormida. Hay una clasificación del extranjero que se aprende, y que por tanto puede reaprenderse. El camino a la paz pasa por una transformación. No es imposible, ha ocurrido cuando enemigos históricos se tendieron la mano tras reconocer su humanidad compartida. Nelson Mandela en su autobiografía El largo camino hacia la libertad(1994) señaló que nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, su origen o su religión; y si la gente aprende a odiar, se les puede enseñar a amar. No hay determinación. Hay decisión.

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