
El hombre que aprendió a ser Nadie
Hay una escena en la Odisea de Homero que pocas veces se cita y que, sin embargo, lo contiene todo. Odiseo llega, náufrago y sin nombre, a la corte de los feacios. Durante el banquete, un aedo ciego empieza a cantar sobre la guerra de Troya: el caballo de madera, el saqueo, la astucia de los héroes. Canta, sin saber que el propio héroe al que alaba está presente. Y ese hombre, el más ingenioso de los griegos, el que ideó el engaño que destruyó Troya, se cubre el rostro y rompe a llorar.
Es un detalle desconcertante. ¿Por qué llora un héroe al oír su propio elogio? La respuesta no es la nostalgia. Llora porque el hombre que logró todas esas hazañas ha dejado de existir. Algo ocurrió en el largo camino de regreso a Ítaca que lo dejó fuera de su propia leyenda.
Conviene no pasar por alto una ironía. Buena parte de las aventuras que conocemos de Odiseo: el cíclope, las sirenas, el descenso al Hades, no las narra Homero en orden cronológico: las pone en boca del propio héroe ante la corte feacia. Es un Odiseo ya herido, ya transformado, quien cuenta su relato. La metamorfosis no está solo en las peripecias, sino en la mirada desde la cual lo recuerda.
Llevamos casi tres mil años leyendo la Odisea como la gran metáfora del héroe que lucha, sufre, pierde a sus hombres y desafía a los dioses con un solo objetivo: regresar a casa. Pero, en el fondo, es un viaje de transformación interior. Decimos que los viajes nos cambian, y casi siempre mentimos un poco: volvemos con anécdotas, con fotos, con algún hábito nuevo, pero, intactos en lo esencial. Lo que le ocurre a Odiseo es de otro orden. Y para entenderlo conviene un rodeo por la antropología del siglo XX.
Tres maneras de cambiar. En 1972, el antropólogo Gregory Bateson presentó en Pasos hacia una ecología de la mente una idea engañosamente simple: no todos los aprendizajes son iguales. Hay, dijo, distintos niveles, y entre ellos median abismos.
El primero es el más familiar. Aprendemos a hacer mejor lo que ya sabíamos: corregimos el tiro, afinamos la técnica, repetimos lo que funciona. Es el aprendizaje del oficio y de la costumbre. El segundo es más raro y profundo: ya no mejoramos una jugada, sino que cambiamos las reglas del juego; aprendemos a elegir entre opciones que antes ni siquiera considerábamos. Cambia la mirada, cambia la estrategia.
Y luego está el tercero, que Bateson describió casi con pudor. No consiste en saber hacer más cosas ni en ver nuevas opciones, sino en transformar el sistema mismo de premisas desde el cual construimos nuestro modo de ser. Es un terremoto en los cimientos del yo. Bateson lo asoció con experiencias como la conversión religiosa, la terapia que llega al fondo o ciertas formas de locura: eso que algunas tradiciones llaman, sin más, sabiduría. Advirtió que era rarísimo, que muchos pasan la vida entera sin rozarlo, y que cuando ocurre suele doler, porque para que nazca un yo nuevo el anterior tiene primero que disolverse.
Medio siglo después, esa intuición ha encontrado eco en la ciencia cognitiva. Markus Peschl, de la Universidad de Viena, ha reelaborado ese tercer nivel bajo la noción de triple-loop learning: no “aprender algo nuevo”, sino un cambio que reorganiza los modos mismos de conocer y ensancha el campo de lo que puede percibirse como posible. En Human innovation and the creative agency of the world in the age of generative AI (2024), Peschl insiste en que la cognición no se limita a recombinar lo dado: puede hacer emerger “posibles adyacentes” antes invisibles para la persona. Es un cambio de orden existencial, en el que el sujeto se replantea sus intenciones, su propósito, su voluntad. La psicología del desarrollo adulto habla, en términos parecidos, de una “mente autotransformadora”, capaz de poner en duda su propia manera de dar sentido al mundo. Es el cambio más infrecuente y profundo que un ser humano puede atravesar.
La tesis de este ensayo, una lectura entre otras posibles es que la Odisea muestra precisamente ese tercer tipo de aprendizaje, y que el momento exacto en que Odiseo empieza a transformarse es aquel en que renuncia a su nombre y a lo que ese nombre significa.
Los límites de la astucia. Odiseo no es el más fuerte, ni el más veloz, ni el más bello de los héroes griegos. Aquiles lo supera en furia guerrera; Áyax, en fuerza bruta. Lo que lo distingue es su mêtis. Marcel Detienne y Jean-Pierre Vernant, dos de los helenistas franceses más influyentes del siglo XX, mostraron en Les ruses de l’intelligence: la mètis des Grecs (1974) que la mêtis es una forma de inteligencia práctica: la agilidad mental, la simulación, el disfraz, el engaño. Odiseo es su encarnación perfecta.
Durante media obra, no aprende nada fundamental. Aplica, una y otra vez, su repertorio de ingenio y salidas brillantes. Ante el cíclope Polifemo recurre a su truco más conocido: cuando el monstruo le pregunta su nombre, responde “Nadie”. Así, cuando los demás cíclopes acuden a sus gritos y preguntan quién lo ataca, Polifemo contesta que “Nadie” lo hace, y todos se marchan: si nadie lo ataca, nada pueden hacer. Odiseo escapa. Para Odiseo, “Nadie” es la estrategia que mejor define su forma de estar en el mundo, porque la mêtis siempre actúa desde la invisibilidad, la ambigüedad, la negativa a dejarse fijar en una categoría.
Pero fijémonos en lo que no ocurre. Odiseo no ha aprendido nada nuevo sobre sí mismo: ha comprobado, una vez más, que su ingenio funciona. Confía tanto en él que, ya a salvo en el barco, no resiste la tentación de llevarse la gloria y le grita a Polifemo que recuerde bien quién lo cegó: Odiseo, el destructor de ciudades, el hijo de Laertes, rey de Ítaca. Ese gesto de soberbia le costará diez años de penurias: Polifemo es hijo de Poseidón, y el dios del mar perseguirá su nave por todo el Mediterráneo. La fama sigue siendo, para Odiseo, el valor supremo. Aún no ha cambiado nada.
El primer giro llega en el reino de los muertos. El adivino Tiresias le revela el camino de regreso y le advierte que necesitará una capacidad que no es técnica, sino casi moral: contener el deseo, el suyo y el de los suyos. Hasta entonces, la astucia de Odiseo consistía en vencer lo de fuera; ahora se le pide frenarse por dentro. El problema ya no es “cómo supero este obstáculo”, sino “cómo soporto la espera, la renuncia, la pérdida”.
Es un aprendizaje de segundo nivel: un cambio de estrategia, y Odiseo lo ejecuta magistralmente. Ante las sirenas, cuyo canto enloquece a quien lo oye, no se tapa los oídos: pide a sus hombres que lo aten al mástil y que, si suplica que lo suelten, aprieten más las cuerdas. En frío, diseña la salvaguarda para cuando su propia voluntad flaquee. Sabe que va a querer arrojarse al mar, y levanta de antemano la estructura que se lo impedirá. Frente a Escila y Caribdis aprende a elegir, ya no la victoria absoluta, sino el mal menor: sacrificar a unos pocos para no perder la nave entera. Es un cálculo que su viejo código no contemplaba.
Y, sin embargo, este segundo aprendizaje también tiene su techo. Cuando sus hombres, hambrientos, devoran las vacas sagradas del dios Sol pese a la advertencia, Zeus fulmina la nave con un rayo y todos mueren. Solo Odiseo sobrevive, porque no participó. La lección es amarga: el conocimiento no basta para transformar el núcleo de lo que somos. Para eso hace falta otra cosa. Algo más parecido a morir.
Convertirse en Nadie. La segunda mitad del poema es una larga ceremonia de vaciamiento. Aquel “Nadie” que Odiseo inventó como artimaña empieza a revelarse como una profecía sobre sí mismo. El héroe va perdiendo, uno tras otro, todos sus atributos.
La tentación más extrema se la ofrece la ninfa Calipso, que lo retiene siete años en su isla. Le propone lo que cualquier mortal soñaría: inmortalidad y juventud eternas, a su lado, para siempre. Aceptar sería disolver su identidad de esposo, de padre, de rey, de ser humano sujeto al tiempo. Odiseo elige envejecer, sufrir y morir. Elige, sobre todo, regresar junto a una mujer que ha envejecido, en una pequeña isla pedregosa. No es un cálculo astuto: es una renuncia a la pulsión más honda del héroe, la de no tener límites, la de ser como un dios. Ahí empieza a disolverse el yo antiguo de Odiseo.
Por eso llora en Feacia al oír su propia gesta. El hombre que destruyó Troya ya no cabe en el relato de Troya. El yo guerrero ha quedado atrás, y el nuevo todavía no ha nacido. Odiseo atraviesa una tierra de nadie interior, ese tránsito por el vacío que Bateson describió como el lado peligroso de toda transformación profunda: de él se sale convertido en otro, o no se sale.
Aquí la neurociencia ofrece una analogía, no una explicación. Investigadores como Robin Carhart-Harris, del Imperial College de Londres, han estudiado cómo, en estados de meditación profunda o bajo el efecto controlado de sustancias como la psilocibina, se aquietan las redes cerebrales que sostienen la narración del yo, y cómo el sistema se reorganiza después de un modo más flexible. La forma en que se derrumba Odiseo, y su posterior recomposición, hoy resulta reconocible.
Aprender a ser reconocido. De ese desierto, Odiseo sale convertido en mendigo. Y el disfraz de pordiosero no es un nuevo truco para colarse en su palacio: es la forma exterior de un cambio interior. El hombre que ha regresado a Ítaca ya no se presenta desde el poder, sino desde la vulnerabilidad. Y desde ahí ve cosas que, como rey, no podía ver.
Hay un instante mínimo y perfecto. Cuando llega como mendigo a la cabaña del porquerizo que le fue fiel, los perros guardianes se le echan encima ladrando. Un guerrero habría desenvainado; un rey habría exigido respeto. Odiseo se sienta en el suelo y suelta el bastón. Se hace pequeño, se desarma, deja caer su última defensa. Es un gesto que ningún Odiseo anterior habría sido capaz de hacer. Pertenece a alguien que ya ha pasado por la nada.
Y entonces comienzan los reconocimientos. Ninguno llega por el nombre, el aspecto, las riquezas o el rango. Lo reconoce su viejo perro Argos, que, moribundo en un estercolero, mueve la cola y deja caer las orejas antes de morir. Lo reconoce su anciana nodriza cuando, al lavarle los pies, sus dedos tropiezan con una cicatriz de la infancia. Esta es la escena a la que Erich Auerbach dedicó el célebre primer capítulo de Mimesis (1953). El reconocimiento no viene por la vista ni por los signos del poder, sino por el olfato de un perro fiel y el tacto de una nodriza sobre una vieja herida. Odiseo ha aprendido algo que no se parece a ninguno de sus trucos: ha aprendido a ser reconocido. Y ser reconocido es muy distinto de ser visto.
La última prueba la pone Penélope, la más astuta de todos. Atenea ha devuelto a Odiseo el esplendor de sus mejores días, pero ella no se fía de las apariencias: ordena a una sirvienta que saque del dormitorio el gran lecho nupcial y lo prepare para el huésped. Odiseo replica: es imposible, porque él mismo talló ese lecho sobre el tronco de un olivo vivo; no podrían moverlo sin cortarlo. Al oír que el mendigo conoce el secreto que solo la pareja compartía, Penélope por fin lo abraza. Homero compara entonces su dicha con la del náufrago que, tras ver hundirse su barco, alcanza la tierra firme.
Esto es, en el vocabulario de Peschl, una reconfiguración del campo perceptivo: en el mundo del nuevo Odiseo han aparecido relaciones que en el del viejo no existían. El guerrero que solo veía hazañas y tesoros percibe ahora una red invisible hecha de fidelidad: un perro, una nodriza anciana, una esposa sabia. Ítaca es la misma roca de siempre. Pero el hombre que ha llegado a ella es otro.
Constantino Cavafis leyó la Odisea desde su final, allí donde Ítaca deja de ser un lugar para volverse un estado de la conciencia. En su poema Ítaca (1911) aconseja al viajero que pida un camino largo, que no apresure la llegada; y le advierte que, aun si encuentra la isla pobre, no lo habrá defraudado: regresará tan colmado de experiencia, tan sabio, que comprenderá al fin qué significan las Ítacas. La isla no era el premio. Era el viaje.
Quizá por eso la Odisea sigue interpelándonos. Vivimos rodeados de promesas de transformación instantánea, de versiones mejoradas de nosotros mismos que no exigen perder nada por el camino. La Odisea dice lo contrario, y lleva tres milenios diciéndolo: que el cambio verdadero, el que nos transforma, se paga siempre con una pérdida; que aprender de la manera más profunda no es acumular respuestas, sino atreverse a una sola pregunta: ¿quién es el que aprende? y dejar que esa pregunta nos vacíe. Odiseo descubre, al final, que Ítaca nunca fue un destino. Fue una forma de mirar que solo pudo conquistar el hombre que, para volver a casa, tuvo que aprender a ser Nadie.