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Pensamiento científico

NIS Jakarta/NOW!JAKARTA

Aristóteles, en el año 350 a.C., escribió en Historia animalium que las mujeres tienen menos dientes que los hombres. Hoy sabemos que esto es un disparate, sin embargo, por cerca de dos mil años lo aceptamos sin reparos. El filósofo Bertrand Russell, comentó al respecto:

Aristóteles decía que las mujeres tenían menos dientes que los hombres, y aunque estuvo casado dos veces, nunca se le ocurrió examinar la boca de sus esposas.

La capacidad intelectual no garantiza la flexibilidad mental. Carecer de la habilidad, de cuestionar nuestras creencias, repensar y cambiar de opinión, puede hacernos perder oportunidades. Una inteligencia superior aumenta la habilidad de reconocer patrones. Leonardo Da Vinci, por ejemplo, veía todo tipo de patrones en la naturaleza, y cuando Einstein se entrampaba en sus reflexiones, sacaba el violín, tocaba a Mozart, y se aclaraban sus ideas. Sin embargo, después de revolucionar la física, el genio creativo de Einstein, se opuso obtusamente a la revolución cuántica. Señaló:

Para castigarme por mi desprecio a la autoridad, el destino me ha convertido precisamente en una autoridad.

La inteligencia incrementa también la probabilidad de crear estereotipos que dificultan actualizar las convicciones. George Bernard Shaw, en Everybody’s Political What’s What? Advierte:

El progreso es imposible sin el cambio, y aquellos que no pueden cambiar de opinión no pueden cambiar nada.

Bertrand Russell, examinó la relación entre la experiencia individual y el conocimiento científico. Se preguntó ¿Cómo los seres humanos logran conocer tanto? ¿Es parcialmente ilusoria la creencia en nuestro conocimiento? En su libro El conocimiento humano, realizó un análisis lógico y sistemático de los múltiples campos del saber humano, desde la biología y la psicología a la astronomía. En la última frase de su libro, concluye:

Todo conocimiento humano es incierto, inexacto y parcial.

Entonces, ¿Por qué cargamos con tantos dogmatismos intelectuales religiosos, pseudocientíficos o políticos? Philip Tetlock, profesor de la Universidad de Pensilvania es considerado uno de los científicos sociales más importantes del mundo. En su artículo Social Functionalist Frameworks for Judgment and Choice: Intuitive Politicians, Theologians, and Prosecutors descubrió que cuando hablamos y pensamos, casi siempre tomamos la actitud de tres personajes diferentes: predicador, fiscal o político. En cada uno de estos modos adoptamos una identidad concreta y usamos la batería de herramientas del personaje en cuestión:

  • Modo fiscal: Entramos en el modo fiscal acusador, cuando queremos hacer cumplir las normas sociales. Detectamos puntos débiles en el razonamiento de los demás, y nos ocupamos de reunir los argumentos necesarios para demostrar su equivocación. Percibimos lo que ocurre como un obstáculo.
  • Modo predicador: Activamos el modo predicador cuando sentimos amenazadas nuestras creencias más sagradas. Intentamos proteger nuestros valores de las invasiones seculares y soltamos sermones invocando creencias intransables. Percibimos lo que ocurre como un enemigo.
  • Modo político: Cambiamos al modo político cuando queremos ganarnos la aprobación de grupos relevantes en nuestra vida. Hacemos campaña y movemos los hilos necesarios para obtener la aprobación de nuestros electores. Percibimos lo que ocurre como un medio para un fin.

El problema con estos modos de reacción automáticos, es que podemos terminar tan obsesionados con predicar que tenemos la razón, de fiscalizar a quienes cometen errores y politiquear en busca de aceptación, que no nos ocupamos de reconsiderar la validez de nuestros puntos de vista. Adam Grant profesor en la Escuela Wharton de la Universidad de Pensilvania, tomó estas ideas y las desarrolló en su reciente libro Piénsalo otra vez, en el cual explica que hay al menos dos sesgos que potencian este tipo de conductas:

El primero es el sesgo de confirmación: ver lo que esperamos ver. El segundo es el sesgo de deseabilidad: ver lo que queremos ver.

Grant afirma que estos sesgos no solo nos impiden aplicar nuestra inteligencia, sino que la convierten en un arma contra la búsqueda de la verdad. Encontramos motivos para predicar nuestra fe con más convicción, defender nuestro caso con más pasión y dejarnos arrastrar por las masas de nuestro partido político. La tragedia es que perdemos la oportunidad de ocupar nuestra inteligencia, en algo mucho más útil; repensar y desaprender. Grant afirma:

La inteligencia se considera tradicionalmente como la capacidad de pensar y aprender. Sin embargo, en un mundo turbulento, hay otro conjunto de habilidades cognitivas que podrían ser más importantes: la capacidad de repensar y desaprender […] Preferimos la comodidad de la convicción sobre la incomodidad de la duda.

En 2004, un equipo de ingenieros, diseñadores y comerciales de Apple habían detectado que los celulares estaban empezando a incluir en sus características un reproductor de música. Decidieron presentar a Steve Jobs un proyecto para transformar su producto estrella, el iPod, en un teléfono. La reacción de Jobs no se hizo esperar:

¿Por qué mierda íbamos a querer hacer algo así? Es la idea más estúpida que he oído en mi vida.

El Jobs predicador, reaccionó de inmediato pensando que con esto estaban destruyendo el próspero negocio del iPod. El Jobs fiscal, detestaba a las empresas de telefonía, a veces destrozaba el celular por su frustración cuando se cortaban sus llamadas telefónicas o el software del teléfono se bloqueaba. No quería diseñar productos que estuvieran supeditados a las restricciones que imponían las operadoras. El Jobs político, en reuniones privadas y presentaciones, juraba una y otra vez que nunca fabricaría un teléfono. Sin embargo, después de seis meses de debates, sintió la curiosidad necesaria para bendecir el proyecto. En 2007, un Steve Jobs entusiasmado realizó la icónica presentación del iPhone. Cuatro años después el iPhone representaba la mitad de los ingresos de Apple. Grant comenta:

Una de las señas distintivas de la sabiduría es saber cuándo ha llegado el momento de abandonar algunas de las herramientas que más aprecias, y algunas de las partes más queridas de tu propia identidad.

Para Bertrand Russell, la curiosidad, el espíritu de libertad y aventura y la amplitud de criterio son las cualidades a las que se debe aspirar para acceder al conocimiento. Russell escribe:

El espíritu científico exige, en primer término, el deseo de encontrar la verdad; cuanto más ardiente sea este deseo, mejor.

Uno de los ejemplos más notables de esta forma de pensar es Leonardo Da Vinci, según el historiador Kenneth Clark, Leonardo fue el hombre más tercamente curioso de la historia. De hecho, el credo de Leonardo era que uno tenía que comprobarlo todo y experimentarlo por sí mismo. Se definía como discípulo de la experiencia. Clark escribe:

Esto nos da una pista sobre todo lo que atraía su atención, ya que se negaba a aceptar cualquier teoría o idea que se hubiera propuesto antes. En lugar de aprender algo, quería probarlo.

Brendon Burchard en su libro High Performance Habits, afirma que las personas de alto rendimiento se caracterizan por su infinita curiosidad, su obsesión por comprender y dominar diferentes temas, hacen cosas solo porque son interesantes, disfrutan con ellas y les son satisfactorias. Escribe:

Es la curiosidad la que desarrolla su conocimiento, sus habilidades y sus capacidades. La curiosidad impulsa su examen de conciencia.

Grant afirma que aceptar nuestras limitaciones abre la puerta a la duda. A medida que vamos cuestionando nuestros conocimientos, sentimos mayor curiosidad por la información que nos estamos perdiendo. Esta búsqueda nos conduce a nuevos descubrimientos, que a su vez nos ayudan a conservar la humildad porque refuerzan la idea de que aún nos queda mucho por descubrir y aprender.

Grant propone que, para evitar caer en los modos rígidos de pensar de predicador, fiscal y político debemos desarrollar deliberadamente un pensamiento científico. Grant escribe:

Piensa como un científico. Cuando empieces a crearte una opinión, resiste la tentación de predicar, fiscalizar o politiquear. Trata tu opinión recién nacida como una intuición o una hipótesis, y ponla a prueba con los datos.

Cada vez que salimos del modo de pensamiento científico, damos paso a la autosuficiencia. El filósofo francés Antoine Fabre d’Olivet, en Histoire philosophique du genre humain, ou l’homme describió en forma magnífica esta dinámica:

El hombre pertenece a una triple naturaleza; por tanto, puede vivir una triple vida: instintiva, emocional o intelectual. Cuando se desarrollan estas tres vidas, se mezclan en una cuarta que es la vida individual y volitiva de este ser maravilloso cuya fuente inmortal está en la vida y la voluntad divina.

Para d´Olivet, la voluntad humana, se expresa en la acción. Es la determinación consciente de modificar lo existente, crear nuevas oportunidades y prepararse para el futuro. Explica que es un error confundir una idea con un pensamiento. Para d´Olivet una idea es un simple estímulo, una intuición. Sin embargo, un pensamiento es resultado de un proceso voluntario. Explica:

Tener ideas es sentir; tener pensamientos es actuar.

El modelo de naturaleza humana, que proponía d´Olivet está representado por una esfera con tres esferas interiores. La esfera inferior representa nuestra vida instintiva; la esfera del medio la vida emocional y la esfera superior la vida intelectual. Estas tres esferas están envueltas por una cuarta esfera que representa nuestra voluntad. Este modelo permite representar nuestros modos de pensar:

Para Grant, ser científico es mucho más que una profesión, es un estado de ánimo: una forma de pensar que no tiene nada que ver con reacciones rígidas de predicar, fiscalizar y politiquear. Entramos en el modo científico cuando buscamos la verdad en forma deliberada: realizamos experimentos para comprobar hipótesis y obtener nuevos conocimientos. Las herramientas de la ciencia no son exclusivas de los laboratorios. Desde esta perspectiva, en la empresa la estrategia es una teoría, las entrevistas con los clientes permiten desarrollar hipótesis y el prototipo de productos y servicios es un experimento con el que validamos nuestros supuestos.

Es mucho más fácil predicar las virtudes de nuestras decisiones pasadas, fiscalizar los riesgos de las nuevas alternativas y politiquear complaciendo a los que deben tomar decisiones. El pensamiento científico, requiere medir con rigor los resultados y tomar decisiones a partir de la confirmación o la refutación de las hipótesis. Grant comenta:

Empiezo a creer que la capacidad de decisión está sobrevalorada… pero me reservo el derecho de cambiar de opinión.

Ramon Bayés, profesor emérito de la Universidad de Barcelona, con sus lúcidos más de 90 años, en su libro Un largo viaje por la vida, escribe que la vida es cambio. Por lo tanto, debemos evitar un apego excesivo a nuestras creencias, no somos nuestras opiniones. Bayés, sostiene que la persona no es el cerebro, no es el cuerpo, no es la familia, no es el grupo con el que comparte ilusiones y vínculos, gustos o valores, no es el contexto físico, cultural, social y emocional en que nace y transcurre su vida. Bayés afirma la persona es el viaje:

Un viaje siempre único, irrepetible, interactivo, continuamente cambiante, una biografía en constante evolución desde el nacimiento hasta la muerte, a menudo a través de niebla, espejismos, ansiedad o dudas, de destellos de conocimiento, felicidad, libertad, justicia o amor, en búsqueda del mapa de nuestras particulares minas del rey Salomón.

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