adaptación

Huida y regreso

¿Y por qué habiendo mundos más evolucionados yo tenía que nacer en este?, ¿Y no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?, ¡Resulta que, si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!

Estas son reflexiones y preguntas existenciales de Mafalda, la caricatura que creó Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino. Las historietas de Mafalda están llenas de humor, pero también de preocupación por la desigualdad y la injusticia de nuestro mundo. Pero una frase que tal vez sea la más famosa que se le atribuye a Mafalda es falsa: Paren el mundo que me quiero bajar. Quino en una entrevista en 2012, precisó:

Yo jamás hubiera puesto en boca de Mafalda esa frase, porque Mafalda no quiere que el mundo pare y ella bajarse, ella quiere que el mundo mejore. Entonces jamás se le pudiera haber ocurrido eso.

El confinamiento ha cuestionado nuestro modo de vivir, personas y familias que buscan una mejor calidad de vida han decidido huir a ciudades menos pobladas y lugares menos contaminados. En una reciente encuesta el 51% de los jóvenes franceses de 18 a 30 años quieren dejarlo todo y partir a la aventura.

El 6 de septiembre de 1992, dos cazadores hallaron un cadáver dentro de un autobús abandonado. El cuerpo era de un joven de 24 años, que había fallecido entre dos y tres semanas antes. Su nombre era Christopher McCandless, pero se hacía llamar Alexander Supertramp. A los 22 años, había decidido renunciar a su exitosa carrera, familia acomodada e identidad para irse a vivir solo a Alaska. Su historia fue documentada por Jon Krakauer en el libro Hacia rutas salvajes, que luego Sean Pen, llevó al cine como Into the Wild. A Christopher le afligía la pobreza espiritual de nuestra sociedad de consumo. Estaba convencido que, la única forma de desintoxicarse era mediante un aislamiento total, romper todo vínculo con la civilización. Su proyecto consistía en vivir solo y confundirse con la naturaleza. En una inscripción que dejó en el autobús en que fue encontrado, decía:

Hace dos años que camina por el mundo. Sin teléfono, sin piscina, sin mascotas, sin cigarrillos. La máxima libertad […]. Y ahora, después de dos años de vagar por el mundo, emprende su última y mayor aventura. La batalla decisiva para destruir su falso yo interior y culminar victoriosamente su revolución espiritual.

Huir del mundo, es una idea que solo una pequeña minoría de monjes, artistas, ascetas, filósofos e inadaptados lleva a la práctica. Sin embargo, ejerce fascinación, provoca nostalgia y callado remordimiento en muchos de nosotros.

Sergio Larraín, a finales de los 50, era el fotógrafo estrella de la prestigiosa agencia Magnum. Había deslumbrado al mundo entero con su trabajo, al capturar imágenes de la mafia siciliana. Logró infiltrarse, hacerse amigo cercano y fotografiar al capo Giussepe Russo. Larraín decía que la fotografía era el ejercicio de encontrar ese instante eterno, en donde el movimiento se detiene y queda en evidencia su lugar en el espacio. Larraín, es un mito, un referente mundial de la fotografía, su obra ha estado expuesta en los muros más prestigiosos del mundo, como el Centro Pompidou de Paris o el MOMA de Nueva York. En el Tate Modern de Londres, es parte de la muestra permanente donde una de sus fotos está al lado de un Picasso. Sin embargo, a pesar de todo ese reconocimiento, en 1962, envió la siguiente carta a Henri Cartier Bresson, el fundador de la agencia Magnum:

Me encanta la fotografía como arte visual…, así como un pintor ama la pintura. Ésa es la fotografía que me gusta. Pero el trabajo que se vende (fácil de vender), me obliga a adaptarme. Es como hacer carteles para un pintor… No me gusta hacerlo, es una pérdida de tiempo.

Hacer buena fotografía es difícil, lleva mucho tiempo. Intenté adaptarme en cuanto me incorporé al grupo de ustedes. Para aprender y conseguir que me publicaran. Pero me gustaría volver a hacer algo más serio. El problema son los mercados, lograr que te publiquen y ganar dinero….

En 1971, Larraín, decidió aislarse del mundo y dedicarse a la contemplación, el yoga y la ecología. Se retiró a Tulahuén, un pueblo al interior de Ovalle. En 2013, el cineasta Sebastián Moreno decidió comenzar a descifrar este enorme enigma. El resultado es el documental Sergio Larraín: El instante eterno. En este trabajo se observa la incomodidad de Sergio con los roles que la sociedad le exige cumplir. Anhela lograr su propia libertad, incluso a expensas de abandonar la comodidad del estatus profesional, el reconocimiento de los pares y vínculos familiares. En el artículo Los claroscuros de Sergio Larraín, el chileno que tocó la cima de la fotografía,Sebastián Moreno señala:

Sergio buscó permanentemente su propia utopía hasta que encuentra su lugar en Tulahuén, donde podía estar más tranquilo, ser anónimo, donde nadie le pedía entrevistas o autógrafos, aunque llegaban de todas partes a buscarlo; pero creo que ese fue el patrón: escapar y renunciar hasta llegar a una vida sencilla, vivía en una casa muy humilde, y creo que ahí fue bastante feliz esos años de su vida, que hay que decir fue casi la mitad: él llega como a los 40 años y murió a los 81.

Los ejemplos de huida del mundo son muchos, a fines de los ochenta un joven trader francés, tras haber logrado una enorme fortuna con sus operaciones bursátiles, decide meterse a monje cisterciense. En 2008, en Japón, una profesora de arte moderno deja su trabajo y decide vivir en un campamento de sin techo en centro de Tokio.

El escritor y jurista español Antonio Pau en su Manual de Escapología. Teoría y práctica de la huida del mundo explica que la palabra huida, refiere a tres conductas muy distintas. La primera es la huida de un peligro actual, es un acto reflejo, una reacción a un estímulo externo. La segunda es la huida de un peligro inminente, provocada por la percepción de sufrir un daño futuro. Es la huida del acosado, el perseguido, el refugiado, el exiliado, el evadido, el prófugo.

La tercera es la huida de un entorno hostil. Es completamente distinta de las anteriores. Esta tercera huida es fruto de la reflexión. No es una fuga o escape que se emprenda necesariamente deprisa, sino que se elabora con calma, reflexivamente. El individuo se encuentra incómodo en su entorno y opta alejarse de él para refugiarse en un lugar más propicio. Pero la mayor diferencia entre esta huida y las anteriores radica en que esta huida produce felicidad. En las otras huidas, el individuo logra, en el mejor de los casos, un precario cobijo. En esta, sin embargo, su vida se ensancha, su horizonte se abre y logra mayor alegría. Tiene el valor de huir, y logra ser más feliz.

Huir es, en la mayoría de los casos, un acto de valor. No se trata de huir de los deberes y responsabilidades, sino huir de una circunstancia vital que resulta hostil. Huir es de valientes. Nada produce más felicidad que la huida. Para ser feliz hay que huir. Pau escribe:

Irse a un lugar remoto, o encerrarse en un cuarto, o buscar a los amigos para hablar o viajar, o pasear por el campo, o recorrer una isla, o adentrarse en un bosque, o estar en silencio y no pensar en nada, o subir a una cima y sentirse en armónica comunión con el Universo, o notar cómo pasa lentamente el tiempo en un pueblo perdido, o sentarse con un libro junto a una ventana y adentrarse despacio en un mundo distinto.

La necesidad de liberarse de toda inquietud para alcanzar la serenidad, la ausencia de pasiones, el dominio de uno mismo, la felicidad o la paz espiritual recorre la filosofía occidental. Una tradición hindú sostiene que un hombre cría y sostiene a su familia, y cuando los hijos han crecido, se marcha para ir en busca de su camino espiritual. Las religiones y filosofías orientales propugnan una elevación del espíritu para alejar el dolor consustancial a toda existencia. Pero hay una diferencia esencial: en estas últimas no se trata de alcanzar un estado anímico superior, sino de que la individualidad se diluya en la nada o en el vacío. La huida no es tanto una liberación como un vaciamiento.

Los maestros zen chinos desarrollaron una gran creatividad a la hora de transmitir el proceso de evolución espiritual. Uno de sus métodos fue una serie de imágenes acompañadas de poemas y comentarios destinados a clarificar las etapas del proceso de despertar de la conciencia. Para poder comprender nuestra propia vida no tenemos más remedio que comprender nuestra propia mente. El ternero, el toro o el buey fueron imágenes que usaron. La búsqueda del buey entonces, es la búsqueda de nuestra propia mente. Diferentes versiones e imágenes de la Doma del buey o las Etapas del Despertar surgieron en China entre los siglos XI y XII. En Occidente, Alan Watts incluyó una descripción en su libro The Spirit of Zen.

Recientemente el traductor y maestro zen español, Francisco Villalba, en su libro La doma del buey, compara y comenta dos versiones al parecer contemporáneas, pero sustancialmente diferentes sobre el proceso de desarrollo espiritual.

  • El maestro zen Seikyo (Ching-chuh, en chino), ilustra el proceso de desarrollo espiritual por el blanqueo progresivo del buey. El proceso concluye con la desaparición en la vacuidad tanto del domador como del animal domado. Seikyo utilizó cinco imágenes. Para Seikyo, la culminación de la vida espiritual implica la disolución del ser humano, es decir, la absorción de cualquier forma perceptible en la totalidad.
  • El maestro zen chino Kakuan Shien (1100-1200), fue el autor de las Diez Etapas del Despertar, tanto del diseño original de las ilustraciones como de los poemas que las acompañan. Para Kakuan, la culminación de la vida espiritual no consiste en una disolución o un abandono del mundo. Así como otros maestros zen, propone que el vacío no es la meta. De aquí que, después de haber visto el vacío de la esencia eterna en la etapa de la Nada, el hombre realizado retorna a la Plaza del Mercado.

Para Kakuan, la concepción de Seikyo expresa una especie de enfermedad espiritual y obedece a una comprensión incorrecta por incompleta. Propone alcanzar una alta realización espiritual a ras del suelo, es decir, en total contacto con la realidad ordinaria.

Huir es una cosa seria. Quien busque la soledad tiene que hacerlo para encontrarse a sí mismo y dejar lejos todas esas adherencias de fingimiento y superficialidad con que la sociedad va recubriendo y ocultando el yo más verdadero. Pero, la soledad no es para un hedonismo narcisista que solo signifique autocomplacencia y orgullo. La verdad empieza con dos; uno solo nunca tiene razón. Escribe Pau:

El hombre es un ser bidimensional. Necesita a la vez soledad y compañía. Y la huida es el instrumento con que el hombre ha conseguido siempre el equilibrio entre esas dos dimensiones. Cuando le ha abrumado la soledad ha huido hacia la compañía. Cuando le ha abrumado la compañía ha huido hacia la soledad.

Hay muchas formas de soledad y muchas formas de compañía a las que huir. Cada cual puede elegir la suya. Y más encima la elección es revocable. Siempre se puede volver. Siempre se puede elegir una huida distinta.

El sociólogo francés Rémy Oudghiri en su libro Pequeño elogio de la fuga del mundo, afirma que retirarse del juego social, renunciar al prestigio que conlleva, a sus normas y reglas y rituales, dejar de dar importancia a sus costumbres acartonadas y de tomarse en serio su ridícula seriedad, equivale a abrir la puerta a la posibilidad de vivir más en coherencia con nosotros mismos. El retorno a la simplicidad tiene al menos esta virtud, que vuelve obsoleta la búsqueda de la fama y la cacería de honores.

Tal vez este es el mensaje que comunica la vida de Sergio Larraín. De hecho, nunca abandonó la fotografía. En una de sus cartas relata un viaje que hace a Valparaíso en los años 90, viajando toda la noche en un bus. Vuelve al lugar donde comenzó todo, donde toma su icónica imagen de las niñas gemelas y pasa todo un día tomando fotos. Nada es tan definitivo en la vida, siempre están las idas y los regresos, todos nos arrepentimos a veces de las decisiones que tomamos y tratamos de recuperar el tiempo perdido. Luego Sergio Larraín, integra su visión espiritual con estas nuevas fotografías y nos dice cómo miraba el mundo, la que finalmente se termina publicando en 2016.

Intervenir en el mundo tal vez sea un empeño inútil, porque nuestras capacidades son limitadas y frecuentemente no tenemos forma ni manera de modificar el enredo de los pequeños y grandes conflictos de la humanidad. Y, puesto que esto es así, solo hay una alternativa: huir del mundo para vivir lo más serenamente posible, al margen de la agitación, y gozar de la belleza sencilla que nos regala, de vez en cuando, algún que otro instante. Aceptar la huida, instalarse en la orilla del mundo, esfumarse. Confundirse poco a poco con el paisaje.

Sergio Larraín, en su aislamiento, autoexilio, en su vida de ermitaño, optó por el camino enseñado por Kakuan y retornó a la Plaza del Mercado. Sebastián Moreno, señala:

Pese a todas sus dificultades y complejidades, Larraín fue un tipo humilde que convivió y ayudó a mucha gente. Desinteresada y anónimamente, a veces Larraín les abría cuentas de ahorro y les depositó un millón de pesos a personas que necesitaban o a la vecina que se le cayó el techo para un invierno, les financió el cambio completo, a otra gente le compraba terrenos para que se construyeran sus casas. Entonces, iba calladito ayudando y tratando de integrarse a ese mundo al cual él no pertenecía, porque Sergio venía de una familia muy rica, de una aristocracia muy culta y de carácter filántropa que la verdad extrañamos en este país, gente con visión, con conciencia y con recursos, que no dudaban de poner a disposición de los intereses de Chile.

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