adaptación

La empatía es insuficiente

Yuval Noah Harari, publicó hace unos días en The Guardian un artículo de opinión que denominó Why Vladimir Putin has already lost this war. Harari, sostiene que Putin puede ganar todas las batallas, pero aun así perder la guerra.

La guerra en Ucrania dará forma al futuro del mundo entero. Si se permite que la tiranía y la agresión ganen, todos sufriremos las consecuencias. No tiene sentido seguir siendo solo observadores.

Un ser vulnerable es el que tiene la capacidad de ser herido física o moralmente. Todos los seres vivos son vulnerables, por lo tanto, los seres humanos también lo somos. El coronavirus evidenció la fragilidad y la vulnerabilidad de las personas y de toda la sociedad; nadie es autosuficiente, todos somos altamente interdependientes a nivel local y mundial. Adela Cortina, profesora de Ética de la Universidad de Valencia, en su más reciente libro Ética cosmopolita, analizó el efecto ético de la pandemia y planteó dos preguntas:

  1. ¿Saldremos de ésta?
  2. ¿Habremos aprendido algo para el futuro?

En su análisis, Cortina dice que saldremos delante de la pandemia, pero lo que sucederá en el futuro dependerá de cómo ejerzamos nuestra libertad: si desde un nosotros incluyente, o desde una fragmentación.

Ante una catástrofe social y económica como la que vivimos con la pandemia se requiere de una ética potente, no solo de la mano invisible del Estado o de la mano invisible de la economía sino -y muy especialmente- de la mano intangible de las virtudes cívicas.

Responder a su segunda pregunta es complejo, ya que, nuestra capacidad de aprendizaje de las catástrofes sociales, ha demostrado ser limitada. La pasada semana en una entrevista, en relación a la actual invasión a Ucrania, Adela Cortina señaló:

No hemos aprendido nada del siglo XX […] Ante lo sufrido con autocracias y totalitarismos en el siglo XX, no nos ha servido de nada, no hemos aprendido nada.

En su intervención, Cortina, destacó la fortaleza y resiliencia del pueblo ucraniano, así como a los ciudadanos rusos que, sin ser mayoría se la han jugado en las calles para oponerse abiertamente a la guerra.

Nuestra esperanza está en esas personas que en cualquier lugar del mundo dicen: Esto no se pude permitir.

Aplaudió la acogida de muchos países a los refugiados ucranianos, pero instó también a extender esa actitud a otros refugiados y otros emigrantes. Vulnerable es entonces el que no se basta a sí mismo, el que no es autosuficiente y, por lo tanto, depende de otros, depende de la fortuna interna o externa a lo largo de su vida.

El reconocimiento recíproco es fundamental para querer dialogar en serio sobre la justicia de las normas. A ese tipo de reconocimiento Cortina, lo denomina reconocimiento compasivo. Compasión, no entendida como condescendencia, sino como la capacidad de compadecer la alegría y el sufrimiento de los que se reconocen como autónomos y a la vez vulnerables. Aclara:

Con todo, es preciso entender bien la verdadera compasión, que es un sentimiento activo, transformador, y no pasiva condescendencia hacia los peor situados. Es un impulso hacia la acción.

Rasmus Hougaard y Jacqueline Carter en su reciente libro Compassionate Leadership, explican que, frente al sufrimiento y vulnerabilidad, utilizamos expresiones como lástima, simpatía, empatía y compasión. Todas representan rasgos positivos y altruistas, pero no se refieren a la misma experiencia.

  • Cuando experimentamos lástima, tenemos poca voluntad de actuar y poco entendimiento de la experiencia de los demás. Es una reacción de simpatía y conmiseración. Puede activar una disposición a ayudar, tal vez con una limosna.
  • Con la empatía, tenemos una comprensión más profunda del sufrimiento de la otra persona. Asumimos las emociones del otro. Aunque es algo noble, no necesariamente ayuda, excepto para hacer que la otra persona se sienta menos sola en su dolor.
  • La compasión ocurre cuando nos preguntamos qué podemos hacer para apoyar a la persona que está sufriendo. De esta manera, la compasión es una intención de acción. Aprovechamos nuestra conciencia emocional y la comprensión racional. Nos motiva positivamente a la acción.

Paul Bloom, profesor de ciencias cognitivas y psicología en la Universidad de Yale, en su libro Against Empathy, sostiene que la empatía es uno de los principales motivadores de la desigualdad y la inmoralidad en la sociedad. Bloom sostiene que la empatía es una emoción caprichosa e irracional que apela a nuestros prejuicios más arraigados. Confunde nuestro juicio y a menudo conduce a la crueldad.

Bloom argumenta que algunas de las peores decisiones que toman los individuos y las naciones, por ejemplo, a quién dar dinero, cuándo ir a la guerra, cómo responder al cambio climático y a quién encarcelar, son a menudo motivados por emociones honestas, aunque fuera de lugar. Con su investigación, demuestra cómo la empatía distorsiona nuestro juicio en todos los aspectos de nuestras vidas, desde la filantropía y la caridad hasta el sistema de justicia; desde la atención médica y la educación hasta la paternidad y las relaciones personales.

Rutger Bregman, en su libro Dignos de ser humanos, explica la diferencia entre empatía y compasión, a través del relato de la investigación realizada por Tania Singer directora del Laboratorio de Neurociencia Social del centro Max Planck en Berlín. Singer, trabajó con el conocido monje budista Matthieu Ricard. A petición de Singer, Ricard vio un documental sobre huérfanos en Rumania. Luego escanearon su cerebro, mientras le pedían que imaginara como se sentían los niños del orfanato. Ricard se concentró con la máxima intensidad posible en cómo se sentían los huérfanos rumanos. Al cabo de una hora estaba devastado. La empatía es agotadora.

Luego Singer le pidió a Ricard, que meditara en los huérfanos rumanos cómo lo hacía frecuentemente. Ricard, tal y como había practicado durante años, se concentró en producir la mayor cantidad de sentimientos de calidez, cariño y atención para con los niños. En vez de tratar de meterse en su piel, los observó desde su punto de vista. El escáner de Singer reveló inmediatamente la diferencia. Esta vez se activaron partes del cerebro completamente distintas.

En la primera sesión, la empatía activó principalmente la ínsula anterior, que está justo encima de nuestros oídos. En la segunda sesión se activaron el cuerpo estriado y la corteza orbitofrontal. Ricard había activado la compasión. Al contrario que la empatía, la compasión no consume energía. De hecho, el monje se sentía mejor después del ejercicio. La compasión es más controlada y más constructiva. La empatía nos ayuda a compartir el sufrimiento del otro, mientras que la compasión nos ayuda a verlo y, como consecuencia nos mueve a la acción. La compasión, en definitiva, energiza. Una de las definiciones de compasión más frecuentemente citadas es la propuesta por el Dalái Lama:

La compasión consiste en el deseo de que todos los seres sintientes estén libres de sufrimiento.

Sin embargo, el siquiatra e investigador Javier García Campayo, en su libro La ciencia de la compasión, explica que, en español, la palabra compasión proviene de la palabra latina compati, que significa sufrir con. El Diccionario de la RAE define la compasión como el:

Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias.

Esta es una definición fuertemente enraizada en la tradición judeocristiana, en que predomina el sentimiento de lástima, lo que implica una sensación de superioridad hacia la persona que sufre. Esta visión de la compasión que tenemos en español es radicalmente diferente de la cultura budista, donde se presupone que es un sentimiento entre iguales, y tampoco coincide con el concepto mayoritario en los países anglosajones. Campayo, sostiene que este hecho, explica por qué es muy habitual que en las ediciones en español se adapte el título de los libros que incluyen la palabra compasión para evitar mencionar este término, a sabiendas del rechazo que produce el concepto compasión en la población hispanohablante.

Con el objetivo de resolver esta limitación, un grupo de profesionales de la salud está proponiendo a la Real Academia Española una nueva definición para la palabra compasión, que sustituya la actual. Esa nueva definición remite al reconocimiento del sufrimiento que mueve a procurar aliviarlo, y ojalá incluya también la capacidad de alegrarse con el bien ajeno. Lo definitorio de la compasión es el deseo de aliviar el sufrimiento de todos, incluyendo el propio. Por eso, la compasión no es solo una emoción, sino que es una motivación que orienta la conducta humana. Los dos elementos clave de la compasión son:

  • La sensibilidad al sufrimiento.
  • El compromiso de aliviar ese sufrimiento.

Todos sufrimos, no solo los otros, eso nos incluye, somos parte de la trama de la vida, estamos en el mismo barco. Kristin Neff, en su artículo Self-Compassion: An Alternative Conceptualization of a Healthy Attitude Toward Oneself, nos incluye, y explica que la autocompasión implica:

Dejarse tocar y estar abierto al propio sufrimiento, no evitándolo o desconectándonos de él, generando el deseo de aliviarlo y de curarnos a nosotros mismos con amabilidad.

El ejercicio de la compasión es inclusivo, incluso con nosotros mismos. Nos permite contextualizar nuestro dolor y nuestros errores dentro de la experiencia humana global, permitiendo que desarrollemos una comprensión no enjuiciadora hacia nosotros mismos y los demás. Es importante destacar que ser autocompasivo no implica ser egoísta o estar centrado de manera exclusiva en uno mismo y nuestras propias necesidades, sino que nos permite sentirnos parte del todo. Neff aclara:

La autocompasión implica ver la propia experiencia a la luz de la experiencia humana común, reconocer que el sufrimiento, el fracaso y los defectos son parte de la condición humana y que todas las personas –incluido uno mismo-, son dignas de compasión.

La propuesta de Neff para compasión, considera tres componentes:

  • Conciencia: consiste en hacerse consciente del sufrimiento propio y de los otros, sin juicios ni críticas. No negar el sufrimiento o huir de él, pero tampoco quedamos atrapados por él. No sobre identificarnos con el dolor. La sobre identificación, solo genera empatía, no compasión, y terminamos agotados.
  • Humanidad compartida: es tomar conciencia de que el sufrimiento que experimentamos nosotros, lo están experimentando millones de personas en este momento, y lo han experimentado en el pasado y lo experimentarán en el futuro otras muchas personas, porque cualquier tipo de sufrimiento que estemos experimentando es consustancial a la naturaleza humana, y esto nos permite desarrollar un sentimiento de ecuanimidad frente al sufrimiento. Lo contrario de la humanidad compartida es el aislamiento, ensimismarse en lo que nos ocurre creyendo erróneamente que nuestra situación es única. Esto nos lleva, necesariamente, a la culpa y/o la vergüenza, sentimientos absolutamente destructivos e inútiles que cronifican la depresión.
  • Autocompasión: implica afecto, amabilidad y comprensión hacia nosotros mismos cuando experimentamos sufrimiento, en lugar de autocriticarse, culparse o negar el propio dolor. Consiste en tratarnos a nosotros mismos tal y como trataríamos a un niño indefenso o a un amigo muy querido. Lo contrario sería la autocrítica destructiva, culpa, vergüenza, ira con nosotros mismos o la proyección de nuestra ira con otros.

En 2019, en la Harvard Business Review se publicó el artículo The Dalai Lama on Why Leaders Should Be Mindful, Selfless, and Compassionate. En el artículo el Dalai Lama explica que las emociones destructivas están relacionadas con la ignorancia, mientras que la compasión es una emoción constructiva relacionada con la inteligencia. En consecuencia, se puede enseñar y aprender. La fuente de una vida feliz está dentro de nosotros. Advertía a los líderes:

Los alborotadores de muchas partes del mundo suelen estar bien educados, por lo que no solo necesitamos educación. Lo que necesitamos es prestar atención a los valores internos.

Las acciones motivadas por la ira y la codicia suelen ser violentas, mientras que las motivadas por la compasión y la preocupación por los demás suelen ser pacíficas. El Dalai Lama explicaba que no vamos a lograr la paz en el mundo simplemente orando por ella; tenemos que tomar medidas para hacer frente a la violencia y la corrupción que generan disrupción a la paz. No podemos esperar cambios si no actuamos.

Como propone Adela Cortina, es desde esta compasión lúcida desde la que podemos abordar la catástrofe en Ucrania. Requiere una ética cosmopolita, que se encarne en la vida cívica, económica, jurídica y política. Las historias de valentía ucraniana inspiran no solo a los ucranianos, sino al mundo entero. Si los ucranianos se atreven a detener un tanque con sus propias manos, todos podemos motivarnos para atrevernos a hacer algo, ya sea hacer una donación, dar la bienvenida a los refugiados o ayudar con la lucha informática. La empatía es insuficiente.

Todos estamos en el mismo barco, pero, aunque no estemos en el mismo barco, importa la dignidad del otro.

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