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Momento clave

Ser o no ser, esa es la cuestión…, es una de las frases más conocidas de la literatura. El drama de Hamlet implica tomar una decisión. Obliga a pensar y reflexionar en medio de una tormenta de emociones.

El príncipe Hamlet sufre por la muerte de su padre, el rey de Dinamarca, cuando la reina, su madre decide casarse con su tío Claudio. Para complicar aún más las cosas, el fantasma de su padre le revela que fue asesinado por Claudio en acuerdo con la reina, quien le había sido infiel. El dolor de Hamlet se hace intolerable. Más encima su padre le pide que cobre venganza y asesine a Claudio.

Hamlet, cargado de angustia debe decidir entre convertirse en asesino, aceptando los designios del destino o terminar con su propia vida. Ser era cumplir con los deseos de su padre y vengarlo. No ser era terminar con su vida y convertirse en un cobarde. Era la cuestión, que debía resolver. Era un momento clave.

Toda decisión humana, involucra lo subjetivo, lo personal, lo individual. Involucra nuestro ser, nuestra historia y nuestros afectos. El conocido neurocientífico Antonio Damasio en su último libro Feeling & Knowing explica que sentir es la capacidad más elemental de todos los seres vivos:

Nuestros procesos, lo que percibimos o recordamos, lo que intentamos averiguar mediante el razonamiento, lo que inventamos o deseamos comunicar, las acciones que emprendemos, las cosas que aprendemos y recordamos, el universo mental constituido por los objetos, las acciones y sus abstracciones, pueden generar respuestas afectivas a medida que se van desarrollando.

Damasio, mapea nuestra historia evolutiva de cuatro mil millones de años como organismos vivos en tres etapas: ser, sentir y conocer. Nuestros abuelos más lejanos, las bacterias, ya eran capaces de reaccionar al medio ambiente. Eran capaces de percibir su entorno y decidir si se quedaban o no en ese lugar. Todos los organismos vivos, discriminan las condiciones que son más adecuadas para su supervivencia.

Sobre ese sustrato, fuimos evolucionando. Cada nuevo nivel evolutivo incorporó nuevas funciones que, actúan y modulan las anteriores. El placer y el dolor que sentimos comienza con las moléculas y receptores de nuestras células, cuyas acciones transforman los tejidos, órganos y sistemas de nuestro organismo. Nuestro cuerpo y sistema nervioso interactúan permanentemente. Una respuesta emotiva, como el miedo o la alegría, impone cambios en alguna víscera y genera, como resultado, una nueva serie de estados corporales y un nuevo conjunto de asociaciones entre la mente y el cuerpo. Las respuestas emotivas alteran nuestra homeostasis y, en consecuencia, nuestros sentimientos.

Lo que el cuerpo aporta a su unión con el sistema nervioso es su inteligencia biológica primigenia, la capacidad implícita que gobierna la vida en función de las demandas homeostáticas y que, al final, acaba expresándose en forma de sentimiento.

Imaginemos la siguiente situación, usted está conduciendo solo por una carretera con poca visibilidad, recibe una llamada y toma el teléfono para responder, de pronto un niño sale corriendo delante de su vehículo. Rápidamente suelta el teléfono y frena violentamente. Instantes después, experimenta una serie de reacciones físicas descontroladas. Finalmente, una vez que se ha recuperado del sobresalto, su centro mental se dará cuenta de lo ocurrido pensando acerca de ello, e imaginando lo que pudo haber sucedido y teorizando las posibles consecuencias.

En este relato, el evento de riesgo nos generó una emoción de miedo, la que de inmediato produjo una respuesta orgánica como el aumento de la frecuencia cardiaca, frecuencia respiratoria y aumento de la presión arterial, para permitir que nuestro cuerpo reaccione físicamente. Luego viene una manifestación expresiva, nuestro rostro cambia y toma la expresión propia y característica del miedo. Cómo toda emoción básica, la cara de miedo es siempre la misma y reconocible en todas las culturas. Es nuestro lenguaje de comunicación más primitivo. Por último, sentimos miedo; la vivencia emocional subjetiva y personal del miedo. Cuando nuestra razón, toma conciencia de la emoción y le asigna un significado lo llamamos sentimiento.

Las experiencias emocionales fuertes como la descrita, no son solo registradas en nuestra memoria, sino que, las almacenamos en nuestro cuerpo, así creamos y mantenemos los relatos de nuestra vida, y vamos construyendo nada menos que el armazón de nuestra individualidad. Todo surge cuando los estímulos desencadenan mensajes que viajan desde los tejidos y órganos del cuerpo, a través de las terminales nerviosas, hacia el sistema nervioso central y el cerebro, produciendo imágenes mentales que nos brindan información que experimentamos como emociones. En el mejor de los casos, en un futuro, cuando recibamos otra llamada telefónica mientras manejamos, sentiremos en nuestro cuerpo la tensión de la experiencia vivida y tendremos la opción de actuar adecuadamente.

En el libro Emoción y Sentimientos, Daniel López Rosetti, explica que las emociones y los sentimientos, son dos formas de procesamiento de información distintos, que operan a diferentes velocidades. Las emociones son reacciones orgánicas rápidas e intensas, mientras que los sentimientos son interpretaciones mentales menos intensas, pero más duraderas.

Diría que nuestro pensamiento, como proceso cognitivo, busca intencionalmente presentar en nuestro mundo social una explicación entendible y, a la vez, defendible desde la razón.

Como seres sociales, utilizamos nuestra razón para explicar a los demás nuestras reacciones emocionales. La emoción decide y la razón justifica. En última instancia, somos marionetas tanto del dolor como del placer, ocasionalmente liberados por la creatividad. Luego de esto la pregunta obvia, es ¿para qué sirven los afectos?, la respuesta, en el sentido más amplio, es que los afectos sirven nada más y nada menos que para vivir. Sin embargo, pueden ser fuente de sufrimiento o de bienestar según sea el caso.

Las emociones se iniciaron con la vida misma. Nos preceden en nuestros antecesores en la escala evolutiva y nos constituyen en nuestra esencia más profunda. La clasificación más simple y aceptada de las emociones, es que pueden ser positivas o negativas. Las emociones positivas son aquellas que nos acercan a las cosas, mientras que las emociones negativas nos alejan de las cosas. En los humanos, las emociones cumplen tres funciones:

  • Adaptativa: hacen que nos acerquemos o alejemos de una circunstancia. La finalidad es cuidarse, preservarse, no sufrir. Esta función condiciona la continuidad de las especies.
  • Social: nos permiten comportarnos en sintonía con nuestros pares del entorno, condicionar y adecuar nuestras acciones, entender a los demás, predecir y controlar conductas, comunicar afectos; en definitiva, promueven relaciones interpersonales.
  • Motivacional: nos impulsan a la acción, ya que dirigen y orientan nuestro comportamiento en busca de satisfacer nuestras necesidades y dar sentido a nuestra existencia.

Las emociones básicas universales más ampliamente aceptadas, fueron popularizadas en la película de Pixar Intensa-Mente, a través de cinco simpáticas personitas que habitaban y dialogaban en la mente de la pequeña Riley Anderson: Miedo, Ira, Tristeza, Asco y Alegría. Al crecer y cambiar, Riley debe experimentar el delicado equilibrio entre sus emociones para que su vida funcione. Así como las bacterias, nosotros buscamos siempre lo mismo: sobrevivir. Esa condición se ha mantenido constante.

La experiencia humana del dolor y el sufrimiento ha sido responsable de una extraordinaria creatividad, focalizada y obsesiva, encargada de inventar todo tipo de instrumentos capaces de contrarrestar los sentimientos negativos que iniciaban el ciclo creativo.

Leonard Mlodinow, en Elastic, advierte que las emociones negativas como el miedo, la ira, la tristeza y el asco están asociadas a reacciones automáticas y predeterminadas. Por ejemplo, la ira nos insta a atacar, el miedo nos impulsa a huir, el asco nos hace escupir lo que hemos ingerido. Las emociones negativas reducen el alcance de nuestras posibilidades, actúan como filtros cognitivos y desalientan la creatividad. No ocurre lo mismo con las emociones positivas.

No hay una reacción automática distintiva para las emociones positivas. No hay un impulso específico que resulte de la felicidad, no hay una reacción automática para la serenidad, no hay una respuesta reflexiva a la gratitud.

Barbara Fredrickson de la Universidad de Michigan en su artículo The Value of Positive Emotions sugiere que las emociones positivas nos impulsan a considerar una gama más amplia de opciones, ideas y acciones que las que consideramos comúnmente. Nos alientan a crear relaciones nuevas, ampliar nuestra red de apoyo, explorar nuestro entorno y abrirnos a la absorción de información. Esas actividades aumentan la resistencia y reducen el estrés, por lo que una disposición positiva contribuye a la supervivencia y la creatividad.

La emoción y el sentimiento son fenómenos integrales, que resuenan en todo nuestro cuerpo. Una experiencia emocional intensa queda grabada en el cuerpo. Ante una circunstancia similar, se vuelve a manifestar por medio de reacciones inconscientes.

En el libro Equilibrio, Daniel López Rosetti, explica que desde nuestra primera infancia y a lo largo de toda nuestra vida, vamos acumulando en nuestra memoria las experiencias que vivimos relacionadas con nosotros mismos, los demás y el entorno. Aunque casi la totalidad de esas experiencias las olvidamos, recordamos las que nos resultan particularmente relevantes; en especial, las que nos han impactado.

Cualquier experiencia que vivamos se recordará según la intensidad de la carga emocional que la acompañe. Lo que vivimos emocionalmente nos queda grabado para siempre.

Aprender a regular nuestras emociones, requiere analizar conscientemente nuestro archivo emocional de las experiencias o circunstancias vividas. Detenernos el tiempo necesario, para observar lo ocurrido y evaluar qué es lo que hemos sentido en ese momento con la mayor precisión posible, cuáles fueron las repercusiones, cuál fue el balance, la duración de la experiencia, las reacciones positivas o negativas y por qué creemos que actuamos de tal o cual modo.

Regular nuestras emociones nos ayuda, entre otras cosas, a diferir nuestras reacciones automáticas, y abrirnos a la opción de explorar acciones más adecuadas, ya que el factor tiempo en el procesamiento de los afectos, clarifica nuestro horizonte y minimiza la posibilidad de errores. Tomar distancia y tiempo es fundamental en un estado de alta carga emocional, esperar lo necesario para ser capaces de analizar y reflexionar adecuadamente. La regulación emocional posibilita no descontrolar ni desorganizar nuestra toma de decisiones ante emociones intensas.

No todas las decisiones que tomamos en la vida son tan determinantes como las de Hamlet. Sin embargo, decidir con quién formar una familia, quiénes son nuestros amigos, nuestras relaciones personales, nuestro trabajo, profesión, estudios, proyectos de vida son decisiones relevantes que no se toman todos los días. Son momentos clave. Distinguir cuándo estamos en presencia de esas oportunidades, tomar conciencia de ello y dedicar el tiempo necesario para analizar las posibilidades y así tomar una decisión marcará la diferencia. Este proceso cognitivo, como siempre, tiene presente a la emoción para encontrar la respuesta más adecuada y tomar la decisión más sabia.

En las actuales circunstancias de nuestro mundo, un adecuado equilibrio entre la razón y la emoción es la única alternativa para alcanzar el bienestar personal, social y planetario, y la educación emocional sigue siendo una asignatura pendiente. Damasio advierte:

La ciencia y la razón no salvarán al mundo: lo que necesitamos es la negociación combinada con sentimientos. A través de la negociación podemos llegar a un consenso para garantizar la supervivencia de la humanidad; si no, podemos entrar en una espiral de destrucción absoluta.

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