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Efecto nocebo

Hace unos días, Julia Haas y Ted Kaptchuk publicaron el estudio Frequency of Adverse Events in the Placebo Arms of COVID-19 Vaccine Trials, que presenta los resultados de su análisis sobre una docena de ensayos clínicos en relación a las reacciones observadas frente a vacunas contra el Covid. En este caso, las personas estudiadas pertenecían a grupos placebo, es decir, se les inyectó una solución salina inactiva. No la vacuna.

Los investigadores encontraron que más del 35 % de las personas que estaban en los grupos placebo experimentaron dolor de cabeza y fatiga, y el 16 % informó dolor, enrojecimiento o hinchazón en el brazo. Los típicos síntomas que informan las noticias y los medios. Los investigadores calculan que alrededor de dos tercios de los efectos secundarios en los ensayos de la vacuna contra el Covid fueron provocados por el efecto nocebo.

El efecto nocebo, es el fenómeno en el que sustancias inertes o simples sugestiones provocan efectos negativos concretos. Es tan poderoso que podría incluso matar. En un estudio de caso, los investigadores observaron a una persona que intentó suicidarse tragando 26 pastillas, lo que no sabía, era que esas pastillas eran inofensivas. Pero como el suicida creía que había ingerido una sobredosis mortal, comenzó a experimentar una presión arterial peligrosamente baja, y fue necesario estabilizarlo clínicamente. Esta reacción biológica extrema, fue fruto de su creencia. Cuando se le reveló que había ingerido pastillas de azúcar, sus síntomas comenzaron a desaparecer.

La extraña interrelación entre el cuerpo y la mente a menudo opera de formas impredecibles y contrarias a la intuición. Lo que se nos mete en la cabeza puede acabar haciéndose realidad. Si hay algo que podemos aprender del efecto nocebo es que las ideas nunca son inocentes. Cómo escribía Gabriel García Márquez, es una Crónica de una muerte anunciada.

El historiador holandés Rutger Bregman, hace unos años sacudió la escena con su libro Utopía para realistas. En él, desafió con ideas como el ingreso básico universal, la semana laboral comprimida y un mundo sin fronteras. Según el mismo relata, partió hablando a jóvenes anarquistas y terminó explicando sus ideas en Davos y enfrentando cara a cara a los super ricos.

Hoy en su nuevo trabajo Dignos de ser humanos, Bregman propone una idea aún más radical. Afirma que la imagen que tenemos del ser humano opera como un nocebo. Si nos convencemos que las personas son poco confiables, así las trataremos. Y, con ello, hacemos que aflore lo peor de cada uno.

En última instancia, hay pocas ideas que tengan una influencia tan decisiva en el mundo como nuestra imagen del ser humano. Lo que damos por supuesto en los demás es lo que acabamos encontrando en ellos.

Bregman afirma que todos tenemos un lado bueno y un lado malo, y el resultado depende de cuál de los dos lados estamos dispuestos a desarrollar. Sin embargo, por alguna razón nuestra cultura y sistemas sociales se han ocupado de transmitir y reforzar la idea que somos egoístas, poco confiables y malos. La encuesta mundial de valores que abarca a más de 100 países, lo evidencia. Frente a la pregunta:

En términos generales, ¿crees que la mayoría de las personas son dignas de confianza o piensas que hay que ser muy precavido en el trato con los demás?

Casi en todos los países, la mayoría de la gente piensa que no podemos confiarnos de los demás. Bregman identifica algunas influencias que potencian esta idea:

  • Las noticias: En las noticias, el lado malo del ser humano gana por goleada al lado bueno, porque lo malo es excepcional y llamativo, mientras que lo bueno es corriente y aburrido. Las noticias y las redes sociales se han convertido en una especie de droga a la que la mayoría somos adictos. De hecho, el novelista suizo Rolf Dobelli, escribe:

Las noticias son para la mente lo que el azúcar es para el cuerpo.

  • La filosofía: En Occidente la idea de nuestra supuesta naturaleza egoísta no es nueva. Pensadores como Tucídides, Maquiavelo, Hobbes, Burke, Bentham, Nietzsche entre mucho otros compartían una visión cínica del hombre. Ya en la Grecia clásica, se refleja esta idea en la obra de Tucídides, cuando describe una guerra civil:

Al ver perturbadas las convenciones ordinarias de la vida civilizada, la naturaleza humana, siempre dispuesta a delinquir incluso allí donde impera la ley y el orden, mostró orgullosa su verdadero carácter.

  • La religión: La imagen negativa del hombre caló en el cristianismo desde el comienzo. Agustín de Hipona, contribuyó a difundir la idea de que el ser humano es un pecador congénito: Nadie está libre de pecado, ni siquiera el niño que ha vivido un solo día. La noción del pecado original conservó su vigencia incluso tras la Reforma. Según Juan Calvino:

La naturaleza humana no solo está vacía de bien, sino que es fértil en todo género de males.

  • La economía: El Homo economicus, es un ser que solo piensa en su propio interés y actúa impulsado por su egoísmo y conveniencia, sobre estos cimientos los economistas han construido teorías y modelos que han servido de base para infinidad de leyes y regulaciones. El economista Robert Frank concluyó que cuanto más tiempo sus alumnos llevaban estudiando teorías económicas basadas en esta idea, se volvían más egoístas. Concluye:

Somos lo que nos enseñan.

  • La ciencia: En la ciencia también, ha predominado una imagen negativa del ser humano. Obras como El gen egoístaMachos demoniacos o The Murderer Next Door han expandido esta idea. En biología se observa el mismo sesgo. El biólogo Michael Ghiselin, en The Economy of Nature and the Evolution of Sex, escribe:

Lo que parece cooperación es en realidad una mezcla de oportunismo y explotación […] Araña a un altruista y verás cómo sangra un hipócrita.

Bregman advierte que la continuidad en el pensamiento occidental de esta imagen negativa de la naturaleza humana es muy llamativa. Por ejemplo, Nicolás Maquiavelo, fundador de la ciencia política, escribió:

En general, se puede decir que el ser humano es desagradecido, veleidoso e hipócrita.

John Adams, uno de los fundadores de la democracia en Estados Unidos, señaló:

Todos los hombres serían tiranos si tuvieran la oportunidad de serlo.

Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, pensaba:

Descendemos de una serie interminable de generaciones de asesinos que llevaban en la sangre el placer de matar.

Sin embargo, en los últimos años, cada vez son más los investigadores que, trabajando desde disciplinas y puntos de vista completamente distintos, llegan a la conclusión de que nuestra imagen negativa del ser humano requiere una profunda revisión. Durante mucho tiempo hemos partido de la idea de que somos egoístas, salvajes o cosas peores. Hemos creído que la civilización no es más que una fina capa de barniz que se resquebraja a la mínima ocasión para dejar al descubierto nuestra real naturaleza perversa. Los hechos y los datos, sin embargo, demuestran que esa imagen del ser humano y esa lectura de la historia no se corresponden con la realidad.

Bregman revisa, deconstruye y reinterpretar diferentes estudios e investigaciones y con esa evidencia concluye que al parecer la evolución de nuestra especie se basa más en la supervivencia del más amistoso que el más apto. Así nos eleva a la categoría de Homo Cachorrito. Yuval Noah Harari comentó al respecto:

Me ha hecho ver la humanidad desde una perspectiva novedosa.

Bregman opina que creer en la bondad y el altruismo humanos es en realidad una forma mucho más realista de pensar, y lo propone como fundamento para lograr un verdadero cambio en nuestra sociedad.

Lo que creemos que somos es lo que acabamos siendo. Lo que buscamos es lo que encontramos. Y lo que predecimos es lo que acaba ocurriendo. En 1963, Robert Rosenthal, psicólogo de la Universidad de Harvard, separó a ratas de laboratorio en dos jaulas. En una puso un letrero que indicaba que eran ratas inteligentes y especialmente entrenadas. En la otra jaula, el cartel indicaba que eran ratas torpes y lentas. Rosenthal les encargó a sus estudiantes que metieran las ratas en un laberinto y observaran cuánto tiempo tardaban en encontrar la salida. Lo que los estudiantes no sabían era que ninguna de las ratas estaba especialmente entrenada ni era más inteligente que las demás. Todas eran ratas comunes y corrientes.

Sin embargo, los resultados fueron sorprendentes, las ratas que los estudiantes creían que eran más inteligentes y rápidas ganaron por paliza. Parece magia. Las ratas supuestamente más inteligentes, lograron resultados casi dos veces mejores que las ratas torpes.

Rosenthal descubrió que esto no era magia, sino que se produjo por la forma en que los estudiantes se relacionaron y trataron a las ratas inteligentes. Las acariciaron con más delicadeza y depositaron en ellas mayores expectativas, lo que influyó en el comportamiento de los animales e hizo que obtuvieran mejores resultados.

En 1968, Robert Rosenthal y Lenore Jacobsen replicaron este estudio en una escuela de California. Los resultados fueron los mismos, y demostraron que las expectativas tienen un impacto directo en el desempeño de una persona. O como lo describe Rosenthal:

Lo que una persona espera de otra puede convertirse en una profecía autocumplida.

Rosenthal lo llamó efecto Pigmalión, en referencia al personaje mitológico que se enamora de tal forma de la mujer que él ha esculpido en mármol, que los dioses deciden darle vida a la estatua. Dov Eden, en Self-Fulfilling Prophecy And Te Pygmalion Effect in Management, señala que el efecto Pigmalión se ha puesto a prueba en cientos de ocasiones en todo tipo de contextos, y una y otra vez ha demostrado que las expectativas son influencias extremadamente significativas.

Por desgracia, la otra cara del efecto Pigmalión se conoce como efecto Gólem, que hace referencia a la leyenda judía del coloso de barro que crearon los ciudadanos de Praga para protegerse, pero que terminó transformándose en un monstruo. Cuanto menores son nuestras expectativas de alguien, menos lo miramos, mayor distancia guardamos con él, menos le sonreímos y le consideramos. Hacemos, en definitiva, lo mismo que hicieron los estudiantes de Rosenthal con las ratas supuestamente torpes del experimento del laberinto.

Franklin Silverman, en su artículo The Monster Study, reporta que, en 1939, el psicólogo Wendell Johnson dividió a veinte huérfanos de Davenport, Iowa, en dos grupos. A unos les dijeron que hablaban muy bien y tenían grandes aptitudes comunicativas, y a los otros, que iban a acabar siendo tartamudos. El impacto fue tal, que varios niños del estudio, desarrollaron trastornos del habla que no fueron capaces de superar en toda su vida.

El efecto Gólem es un tipo de nocebo que tiene consecuencias devastadoras: los malos alumnos quedan cada vez más atrás del grupo, los pobres abandonan toda esperanza de mejorar, los trabajadores de bajo desempeño siguen de mal en peor, etc. Aquellos de quienes menos se espera obtienen peores resultados, lo cual redunda en un nuevo descenso de las expectativas y, por tanto, en resultados aún peores. Caemos en un círculo vicioso. John Edwards, William McKinley y Gyewan Moon, en su artículo The enactment of organizational decline: Te self-fulfilling prophecy, reportan que el efecto Gólem puede demoler organizaciones enteras.

Nuestro lenguaje corporal revela continuamente todo tipo de expectativas. Mis expectativas sobre ti determinan mi actitud contigo, y mi forma de comportarme contigo, a su vez, influye en tus expectativas sobre mí, las cuales determinan tu actitud conmigo. Es la esencia de las relaciones humanas. Estamos continuamente sintonizados con las señales que envían los demás.

Cómo explica David Livingstone en su libro On Inhumanity: Dehumanization and How to Resist It, los seres humanos somos una especie ultrasocial. No hay otro animal que sea tan implacablemente sociable como nosotros, y dado este hecho, cualquier descripción de la historia, la psicología y la sociedad que no otorgue a esta característica un lugar central es, en el mejor de los casos, incompleta y, en el peor, profundamente engañosa.

Debido a que somos ultrasociales, no estamos dispuestos a hacer violencia a los demás. Pero también al ser animales tan inteligentes, reconocemos el valor instrumental de matar y explotar a otros, y hemos desarrollado prácticas culturales para cortocircuitar nuestras inhibiciones viscerales contra la perpetración de tales actos. La cultura es decisiva aquí. Una gran parte de la naturaleza humana es nuestra capacidad de utilizar la cultura para diseñar nuestra propia naturaleza humana, para bien o para mal. Somos en gran medida los arquitectos de nuestra propia naturaleza. Tanto nuestro legado evolutivo como primates ultrasociales como nuestra capacidad para trascender los límites que este legado nos impone son aspectos de lo que significa ser humano.

Bregman, nos anima a actualizar nuestra visión de la naturaleza humana. Ya con eso, creo que su propuesta aporta y mucho. Esa visión tiene implicaciones fundamentales. Cómo escribía Ana Frank:

Es un milagro que no haya abandonado mis ideales. Parecen tan absurdos e inalcanzables… Pero me aferro a ellos porque, a pesar de todo, sigo creyendo que las personas son buenas en el fondo de su corazón.

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