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Valores

Ramón Riera en su libro Herencia Emocional, advierte que hay una pregunta de la Encuesta Mundial de Valores que resume la velocidad y profundidad del cambio cultural que estamos experimentando.

Se presenta a los encuestados dos frases y se les pregunta con cuál de las dos están más de acuerdo:

  1. Independientemente de los defectos y cualidades de nuestros padres, hay que amarlos y respetarlos siempre.
  2. No tenemos el deber de amar y respetar a los padres que no se lo hayan ganado con su actitud y comportamiento.

En 1990, el 51 por ciento de los suecos eligieron la primera frase, pero en 2008, solo el 26 por ciento de los suecos escogieron la primera posibilidad. En solo dieciocho años el porcentaje de suecos que estaban a favor del amor incondicional a los padres se había reducido a la mitad. Sin embargo, en países como Turquía, aun el 92 por ciento de la población seguía eligiendo la primera opción.

Los valores son los convencimientos y las creencias que nos indican por qué somos queridos y por qué somos rechazados, de qué podemos sentirnos orgullosos y de qué debemos avergonzarnos, qué nos hace sentir valiosos y qué nos hace sentir despreciables.

El historiador Ian Morries en su libro Foragers, Farmers, and Fossil Fuels: How Human Values Evolve, sostiene que existe una correlación directa entre los valores y los sistemas productivos de una sociedad. Es decir, lo que consideramos bueno o malo, justo o injusto, son ideas que se van adaptando según convenga de acuerdo con la forma en que obtenemos los recursos y la cantidad de energía disponible. Con esta idea, Morris distingue tres grandes tipos de sociedades en la historia humana:

  • Cazadores recolectores.
  • Agricultores y ganaderos.
  • Combustibles fósiles.

Los datos revelan que los valores de las sociedades consumidoras de energía de combustibles fósiles se asemejan más a los de los primitivos cazadores recolectores que a las de las sociedades agrarias.

Tanto en las sociedades cazadoras-recolectoras como en las de combustibles fósiles, interpretar la justicia como que todo el mundo es bastante igual y que debería ser tratado de manera más o menos igualitaria tiende a funcionar bien. En cambio, las sociedades agrarias que tratan de forma diferente a campesinos y aristócratas, a reyes y esclavos, a hombres y mujeres, tienden a sobrevivir y las que no lo hacen, no.

En efecto, con el surgimiento de la agricultura, la obediencia y respeto a la autoridad marcó un punto de inflexión, a partir del cual se desarrolló todo un conjunto de valores y estructuras sociales para organizar las relaciones humanas.

  • La mujer es inferior al hombre y, por lo tanto, le debe obediencia.
  • Los niños nacen salvajes y hay que domesticarlos a través del castigo y el escarmiento.
  • La unidad de la familia es sagrada, el divorcio es un atentado a la unidad familiar.
  • La sexualidad especialmente la de las mujeres es mala y peligrosa porque es una amenaza al orden dentro de la familia patriarcal.
  • Los homosexuales desafían la supuesta ley natural.
  • La libertad es mala porque genera desorden.
  • La unidad del estado es sagrada.
  • Los líderes grandiosos proporcionan seguridad y nos defienden de los malos que vienen de fuera.

Aunque la lista de los valores autoritarios que se introdujeron con la agricultura sería interminable, solemos ser poco conscientes de cómo estas ideas continúan definiendo nuestra visión de mundo. Los valores los absorbemos y aprendemos desde nuestra infancia y los compartimos en todas nuestras actitudes, comportamientos y discursos. Riera afirma:

Los valores tienden a ser una mezcla de creencias y convicciones emocionales. Las creencias son ideas y, por lo tanto, pueden pensarse y expresarse con palabras. Por el contrario, las convicciones emocionales se expresan a través de reacciones emocionales espontáneas.

El recientemente fallecido Ronald Inglehart en su ya clásica obra The Silent Revolution, propuso una teoría empírica que explica los conflictos sociales contra las élites. Inglehart demostró que los conflictos sociales son el resultado de una brecha entre los valores culturales de la sociedad y el sistema institucional en el que existen.

El crecimiento económico desencadena un proceso de cambio cultural, ya que las personas acceden a una mejor educación y tienden a manifestar valores de autoexpresión, demandar libertad, autonomía y emancipación. Pero las estructuras e instituciones sociales tienen inercia. Así surgen conflictos cuando se produce un desajuste entre la demanda social y las estructuras sociales tradicionales.

Inglehart en 1981 fundó la Encuesta Mundial de Valores, como un proyecto de investigación global para explorar los valores y creencias de las personas, cómo cambian con el tiempo y qué impacto social y político tienen. Hoy consolida información de más de 120 países, y se ha convertido en una de las herramientas de investigación en ciencias sociales longitudinales más duraderas y referenciadas del mundo.

La Encuesta Mundial de Valores mide, monitorea y analiza el apoyo a la democracia, la tolerancia a los extranjeros y las minorías étnicas, el apoyo a la igualdad de género, el papel de la religión y los niveles cambiantes de religiosidad, el impacto de la globalización, las actitudes hacia el medio ambiente, el trabajo, la familia, la política, identidad nacional, cultura, diversidad, inseguridad y bienestar subjetivo. Con esta información se construye un mapa:

  • El eje X mide los valores de autoexpresión: cuánta libertad y autonomía exigen los ciudadanos.
  • El eje Y mide el nivel de democracia efectiva: cuánta libertad y autonomía ofrece la institucionalidad.
  • Cuadrante inferior izquierdo: Sociedades tradicionales donde la gente está mayormente ocupada de la supervivencia. La baja demanda de autonomía por parte de los ciudadanos se corresponde con la baja oferta de autonomía por parte de las instituciones políticas. Es un equilibrio estable.
  • Cuadrante superior derecho: Democracias ricas. La alta demanda de autonomía por parte de los ciudadanos se corresponde con una alta oferta de autonomía por parte de las instituciones políticas. Es un equilibrio estable.

La máxima expresión de los valores tradicionales y patriarcales se da en las economías basadas en la agricultura y los recursos naturales, es decir, en la riqueza que proporciona la tierra, mientras que el mayor despliegue de los valores seculares y de autoexpresión solo es posible en las sociedades del conocimiento.

Durante la mayor parte de la historia, los lentos progresos de la humanidad no han servido para mejorar la calidad de vida de la mayoría de la población, sino solo para mejorar el bienestar de los poderosos. Sin embargo, en los últimos cincuenta años todos los países, sin excepción, tienden a expresar valores menos autocráticos y menos patriarcales. La brecha percibida entre la autonomía exigida por los ciudadanos y la autonomía ofrecida por las instituciones políticas, explica en parte la escalada global de los actuales conflictos sociales.

La transformación de los valores se expresa en dos aspectos principales:

  • Los valores tradicionales se transforman en valores seculares: Se entienden por valores tradicionales aquellos que promueven la creencia de que las fuentes de autoridad son incuestionables; autoridades religiosas, políticas, familiares, militares, judiciales, etc. Los valores seculares son aquellos que promueven la creencia contraria.
  • Los valores de supervivencia se transforman en valores de autoexpresión: Los valores de supervivencia promueven la superioridad de los hombres sobre las mujeres en el acceso a la educación, los puestos de trabajo y el poder político; la autoridad estricta de los padres sobre los hijos; la alta valoración de la disciplina, la ley y el orden; que la obediencia sea una cualidad deseable en los hijos, y la no aceptación del divorcio, el aborto y la homosexualidad. Los valores de autoexpresión promueven todo lo contrario.

De forma muy simplificada, la mejora en las condiciones de vida de las sociedades produce una transformación de los valores tradicionales en seculares, que generan presiones para un cambio en el régimen político de autocrático a democrático.

Christian Welzel en su libro The Civic Culture Transformed ha analizado las condiciones necesarias para que la libertad sea útil, es decir, para que los valores de autoexpresión sean adaptativos. Observa que en todas las sociedades que hay un aumento de los valores de autoexpresión subyacen tres factores:

  • Seguridad material: que permite priorizar la libertad por encima de la búsqueda de protección a cambio de obediencia.
  • Acceso a una educación variada y de calidad: posibilidad de escoger la opción formativa más adecuada para cada uno.
  • Conectividad: existencia de una red de transportes que facilita el intercambio comercial y el desplazamiento de las personas y el acceso a tecnologías de información y comunicaciones.

La idea según la cual necesitamos valores nuevos para afrontar grandes cambios en la manera de vivir no debería ser nueva. Durante toda nuestra existencia como especie, hemos utilizado valores para sobrevivir y dar sentido a las transformaciones que experimentamos. La modernidad conlleva cambio y disrupción constante, así como la apertura a opciones y desafíos que antes no existían.

En el Congreso Futuro de 2018, Claudio Naranjo estrenó un video con algunas de sus reflexiones de su visión de la civilización al que denominó Del paradigma patriarcal al paradigma holístico triunitario. Triunitario porque tenemos una mente que es, básicamente, intelecto, emoción e instinto. Naranjo insistía que para recuperar la capacidad de amor al prójimo y salir de nuestra condición de violencia colectiva, primero debemos ser capaces de recuperar el amor por nosotros mismos.

Los padres aspiran a que sus hijos triunfen en este mundo de competencia económica, no importa que también sea un mundo de pobreza creciente mientras que no les toque a ellos. Tenemos el mundo que tenemos por el tipo de conciencia que se desarrolla a través de la educación, que es una educación implícitamente explotadora.

La percepción que tenemos de nosotros mismos depende totalmente de los demás. Cuanto más inmersos estamos en los valores de nuestro entorno, más difícil es que seamos conscientes de cómo esos valores han moldeado nuestra visión de mundo y comportamiento. El filósofo Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio sostiene:

Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado.

Vivimos con la angustia de no hacer siempre todo lo que se puede, y si no se triunfa, es nuestra culpa. Y la consecuencia, peor: Ya no hay contra quien dirigir la revolución, no hay otros de donde provenga la represión.

Un primer paso es reconciliarnos con la incertidumbre. Aceptar nuestra propia vulnerabilidad y falibilidad, para luego empatizar con la vulnerabilidad y falibilidad de los otros. Esta espiral de potenciación recíproca es una capacidad inherente a la biología de nuestra naturaleza humana.

Sólo podemos sanar el tejido social a través de las personas. Y para eso tenemos que partir por amarnos a nosotros mismos, para luego sembrar la semilla en la infancia y la educación, teniendo en cuenta los tres aspectos de nuestra condición humana: el conocimiento, la salud amorosa y la salud instintiva.

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