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Sapere aude: ¡incipe!

El poeta romano Horacio, le escribió una carta a su amigo Lolius, quien, estaba pasando por momentos muy difíciles en su vida personal. En la carta, Horacio explica que la hazaña más grande de Ulises no fue conquistar Troya, sino ser capaz de abordar cada una de las dificultades que la vida le presentaba como oportunidades para perfeccionar su carácter, ver nuevas perspectivas y sobre todo comprender mejor la vida. El consejo de Horacio a su afligido amigo, para animarlo a alcanzar la felicidad, fue:

Sapere aude: ¡incipe!, Atrévete a ser sabio: ¡empieza!

¿Qué es la sabiduría?, la sabiduría tiene relación con la inteligencia, el conocimiento y el saber. Frecuentemente se asemeja sabiduría con inteligencia; pero ser inteligente y ser sabio son cosas muy diferentes. Aunque la sabiduría requiere educación, la educación no necesariamente hace a las personas más sabias. Charles I. Gragg de la escuela de negocios de Harvard, en su artículo Because Wisdom Can’t Be Told, señala que el mero acto de escuchar declaraciones sabias y recibir consejos no asegura la transferencia de sabiduría. Montaigne advertía:

Aunque podamos ser eruditos por el saber de otro, sólo podemos ser sabios por nuestra propia sabiduría.

Para Aristóteles, la sabiduría no era ni una ciencia, ni una técnica, no tenía que ver con la verdad y la eficacia, sino con la ética, el bien para uno mismo y para con los demás. La sabiduría, por lo tanto, si es un saber, pero un saber vivir bien. André Comte-Sponville en Présentations de la philosophie, señala:

¿Cómo he de vivir? Ésta es la cuestión con la que la filosofía se enfrenta desde su mismo inicio. La respuesta sería la sabiduría, pero una sabiduría encarnada, vivida, en acto: corresponde a cada cual inventar la suya. Éste es el punto en el que la ética, que es un arte de vivir, se distingue de la moral, que se refiere únicamente a nuestros deberes.

Los griegos frecuentemente oponían la sabiduría teórica o contemplativa (sophia) a la sabiduría práctica (phronesis). Sin embargo, ambas son inseparables o, mejor dicho, la sabiduría es el resultado del conocimiento teórico desplegado en la experiencia práctica. En Wisdom Beyond Rationality: A Reply to Ryan Iskra Fileva y Jon Tresan, profundizan esta idea:

La sabiduría tiene un lugar especial entre las virtudes: otras virtudes suelen permitir un mal uso o excedentes indeseables. Por lo tanto, una persona con dotes intelectuales puede usar su inteligencia para cometer fraude, y una persona ingeniosa puede usar su ingenio para ridiculizar a otros. Uno puede ser amable hasta el extremo, valiente hasta el punto de la temeridad, demasiado paciente o demasiado generoso. Pero, al parecer, uno no puede ser demasiado sabio o hacer un mal uso de la propia sabiduría. Cuando se trata de sabiduría, el buen uso es parte de la noción misma de sabiduría.

Robert Nozik, filósofo de la Universidad de Harvard, en The Examined Life: What is Wisdom and Why Do Philosophers Love It So?, desarrolla una interesante lista de lo que en su opinión una persona sabia debe saber:

Lo que una persona sabia necesita saber y comprender constituye una lista variada: las metas y valores más importantes de la vida: la meta final, si la hay; qué medios lograrán estos objetivos sin un costo demasiado alto; qué tipo de peligros amenazan el logro de estos objetivos; cómo reconocer y evitar o minimizar los peligros; cómo son los diferentes tipos de seres humanos en sus acciones y motivos (ya que esto presenta peligros u oportunidades); lo que no es posible o factible de lograr (o evitar); cómo saber qué es apropiado y cuándo; saber cuándo se alcanzan suficientemente ciertos objetivos; qué limitaciones son inevitables y cómo aceptarlas; cómo mejorar uno mismo y las relaciones con los demás o con la sociedad; saber cuál es el valor verdadero y no evidente de las cosas; cuándo tener una visión a largo plazo; conocer la variedad y la obstinación de los hechos, las instituciones y la naturaleza humana; comprender cuáles son los motivos reales de uno; cómo afrontar y manejar las principales tragedias y dilemas de la vida, y también las principales cosas buenas.

Extenso listado de saberes sabios, sin embargo, ser sabio es una búsqueda personal. Solo a través de nuestras propias experiencias, aprendiendo a enfrentar adecuadamente las tragedias y dilemas, descubriremos nuestras capacidades y adquiriremos nuestra sabiduría.

Cicerón, en el diálogo De Finibus, usa la metáfora de un arquero para explicar que la meta del sabio, es disparar su arco hábilmente. Pero, una vez que la flecha es disparada, que llegue o no a su objetivo, no depende de él. El arquero, puede controlar cómo apuntar, pero no el vuelo de la flecha, ni menos los cambios del viento, así que hace su mejor esfuerzo y acepta las consecuencias. La virtud consiste en hacer lo mejor con nuestras capacidades y circunstancias, y no angustiarnos si volvemos a casa con las manos vacías luego de la cacería.

Las dificultades de la vida, son experiencias de crecimiento que contribuyen a una comprensión más profunda de nosotros mismos y permiten elevarnos por encima de nuestros paradigmas.

Aceptar las circunstancias, aprovecharlas y usarlas para hacer algo positivo con ellas, es lo que hizo el periodista británico Johann Hari, quien, con solo 18 años, comenzó a consumir antidepresivos recetados por un médico que le explicó, que su depresión se debía a descompensaciones en su química cerebral. Trece años después, Hari ya estaba tomando la dosis más alta permitida. Lo peor era que seguía con depresión, malestar, miedo, tristeza y vergüenza. Así que comenzó a investigar en profundidad todo lo que la ciencia había descubierto sobre su condición y descubrió que casi todo lo que se dice sobre la depresión y la ansiedad está mal. En Lost Connections: Why You’re Depressed and How to Find Hope, resume sus hallazgos y concluye:

En cierta manera, la depresión y la ansiedad quizá sean las reacciones más cuerdas a tu situación. Es una señal que te indica que no tienes por qué vivir de esta manera, y que, si no recibes ayuda para encontrar un camino mejor, te perderás buena parte de lo más gratificante que encierra la condición humana.

La inteligencia sólo se aproxima a la sabiduría en la medida en que transforma nuestra existencia. No basta con manejar teorías y conceptos; éstos son solamente medios. El sabio no ama más la vida porque sea más feliz que nosotros. Es más feliz porque la ama más. Nietzsche sostenía:

Mi fórmula para expresar la grandeza en el hombre es amor fati: no querer que nada sea distinto ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad. No solo soportar lo necesario, y aún menos disimularlo ―todo idealismo es mentira frente a lo necesario― sino amarlo.

Esto es vivir la vida, en vez de esperar vivirla. Lo que hace que la sabiduría sea más importante que el conocimiento es que nos permite vivir bien, más serenos, incluso más felices. Nuestra salud física y mental florece cuando somos congruentes con nuestras creencias y valores. Como dijo Mahatma Gandhi:

La felicidad es cuando lo que piensas, lo que dices y lo que haces están en armonía.

El psicoterapeuta indio Swami Prajnanpad, reformula la imagen del sabio, y sostiene que el sabio es un hombre de acción, capaz de afrontar lo que es y nos aconseja:

Lo que acabó es ya pasado, no existe ahora. Lo que ha de llegar es futuro, no existe ahora. Entonces, ¿qué existe? Lo que es aquí y ahora. Nada más … Permaneced en el presente: ¡actuad, actuad, actuad!

Después de la lectura de la carta de Horacio, Lolius, entendió que no basta con ser fuerte, hábil o bien parecido para triunfar, hace falta esfuerzo y mucho trabajo, fe en sí mismo y a veces alejarse de las voces empecinadas en vernos caer; después de mucho analizar, Lolius llegó a la conclusión que sus problemas no se resolverían lamentándose, ni victimizándose, sino que la única forma de retomar el camino era levantarse, sacudirse el polvo, secar las lágrimas y pasar a la acción. Tal como el emperador filósofo Marco Aurelio se escribió a sí mismo en Meditaciones:

No desperdicies tiempo discutiendo sobre cómo debería ser un hombre bueno; solo sé uno.

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