Ciencia
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En su último libro, Brief Answers to the Big Questions, el físico británico Stephen Hawking sostiene que las leyes de la naturaleza son el descubrimiento más grande que la humanidad ha realizado y que estas leyes son las que nos dirán si necesitamos un Dios para explicar el universo. Según Hawking la “receta de cocina” para crear un universo, requiere de solo tres ingredientes básicos: materia, energía y espacio.

Según la física todo comenzó con el Big Bang hace unos 13.800 millones de años, instante en que surgió la materia, energía, espacio y comenzó el tiempo. Unos 300.000 años después, la materia y la energía empezaron a crear átomos que se combinaron en moléculas, sus interacciones las estudia la química. Hace unos 3.800 millones de años, algunas moléculas se combinaron para formar estructuras particularmente grandes y complejas para formar organismos vivientes, estudiados por la biología. Hace unos 70.000 años, en la especie Homo Sapiens se produjo un “gran salto adelante”, la revolución cognitiva, en que la mente dio origen a la conciencia… ¿o no?

El flujo evolutivo engendra novedad, que, aunque lógicamente compatible con las estructuras precedentes, no puede ser explicada por ellas. Los niveles emergentes se integran con los anteriores, generando estructuras progresivamente más complejas.

El universo se muestra entonces como una jerarquía de sistemas de complejidad creciente que han surgido en una trayectoria con saltos evolutivos. Estos saltos o brechas son un problema para la ciencia. El filósofo Joseph Levine en su libro Purple Haze lo denomina “brecha explicativa”, y señala:

No tenemos ni idea de cómo un objeto físico podría constituir un sujeto de experiencia, que disfruta —y no simplemente representa— una serie de estados con todo tipo de caracteres cualitativos. Cuando ahora miro mi caja de disquetes de color rojo, estoy teniendo una experiencia visual de carácter rojizo. La luz de una determinada composición se refleja en la caja de disquetes y estimula mi retina de una determinada manera. Esa estimulación retiniana genera nuevos impulsos a través del nervio óptico, provocando en última instancia varios acontecimientos neuronales en la corteza visual. ¿En qué parte de todo esto se pueden ver los acontecimientos que explican que yo tenga una experiencia rojiza? No parece haber una conexión discernible entre la descripción física y la mental y, por ende, tampoco una explicación de esta última en términos de aquella.

Michael Gazzaniga en su libro The Consciousness Instinct: Unraveling the Mystery of How the Brain Makes the Mind, señala que la conciencia es una de las verdades fundamentales de la existencia del ser humano, pero al mismo tiempo es el fenómeno más misterioso del universo. La ciencia, por naturaleza, es objetiva. La conciencia, por naturaleza, es subjetiva.

En 2012, durante una conferencia en la Universidad de Cambridge, un grupo de científicos incluido Stephen Hawking, firmaron un manifiesto afirmando la existencia de “conciencia” en diversos animales no humanos:

De la ausencia de neocórtex no parece concluirse que un organismo no experimente estados afectivos. Las evidencias convergentes indican que los animales no humanos tienen los sustratos neuroanatómicos, neuroquímicos, y neurofisiológicos de los estados de la conciencia junto con la capacidad de exhibir conductas intencionales. Consecuentemente, el grueso de la evidencia indica que los humanos no somos los únicos en poseer la base neurológica que da lugar a la conciencia. Los animales no humanos, incluyendo a todos los mamíferos y pájaros, y otras muchas criaturas, incluyendo a los pulpos, también poseen estos sustratos neurológicos.

En este punto entonces, la conciencia ha dejado de ser un fenómeno exclusivo de los seres humanos y se extiende a todos los seres vivos. Marcello Barbieri en su libro Code Biology: A New Science of Life, señala que el código genético ha revelado que poseemos un lenguaje mucho más antiguo que los jeroglíficos, un lenguaje tan antiguo como la vida misma, un idioma vivo y sus palabras están enterradas en las células. Para Barbieri la biosemiótica es el vínculo evolutivo entre las ciencias y las humanidades.

Esto es lo que hacen los científicos, crean un modelo y luego lo ajustan constantemente, basados en nueva información, hasta que dicho modelo parece explicar mejor el problema que intentan resolver.

En una reciente charla TED, el filósofo David Chalmers señaló que cuando se trata de la conciencia, las preguntas sobre el comportamiento están entre los problemas fáciles. Pero el problema difícil, es la pregunta de ¿por qué es que todo comportamiento está acompañado de una experiencia subjetiva?:

la física explica la química, la química explica la biología, la biología explica parte de la psicología. Pero la conciencia no parece encajar en este esquema. Por un lado, es un hecho que somos conscientes. Por otro, no sabemos cómo acomodar esa idea a nuestra visión científica del mundo. Creo que la conciencia, ahora mismo, es una especie de anomalía, algo que necesitamos integrar a nuestra visión del mundo, pero no sabemos todavía cómo. Con una anomalía como esta, se pueden necesitar ideas radicales. Creo que necesitamos ideas que al principio parecerán locas, antes de poder lidiar con la conciencia de una manera científica.

Einstein advertía que no podemos resolver los problemas empleando el mismo tipo de pensamiento que usamos cuando se crearon, por lo que Chalmers propone incorporar dos ideas absurdas a nuestra concepción del universo:

  1. Sumar la conciencia como otro ladrillo fundamental de la naturaleza del universo, es decir, agregarlo a los ingredientes básicos: espacio, tiempo, energía, materia y conciencia.
  2. La conciencia puede ser universal. Cada sistema puede tener un grado de conciencia.

El filósofo Philip Goff en su libro Galileo’s Error: Foundations for a New Science of Consciousness indica que la visión panpsíquica, es una teoría que actualmente está ganando credibilidad académica:

En nuestra visión estándar de las cosas, la conciencia existe sólo en los cerebros de organismos altamente evolucionados, y, por lo tanto, la conciencia existe sólo en una pequeña parte del universo y sólo en la historia muy reciente. Según el panpsiquismo, en contraste, la conciencia impregna el universo y es una característica fundamental del mismo. Esto no significa que, literalmente, todo sea consciente. El compromiso básico es que los componentes fundamentales de la realidad, quizás los electrones y los quarks, tienen formas de experiencia increíblemente simples. Y la experiencia muy compleja del cerebro humano o animal se deriva de alguna manera de la experiencia de las partes más básicas del cerebro.

El neurocientífico, Giulio Tononi, tomó estas ideas y con lenguaje matemático, se propuso explicar la naturaleza básica de la consciencia. Así, en el marco de la teoría de la información integrada (IIT) la consciencia debe cumplir dos condiciones:

  1. Generar información.
  2. La información tiene que estar integrada.

Con estas dos variables Tononi creó una métrica que llama “phi”, y propone que tiene que ver con el grado de conciencia de un sistema. Entonces un cerebro humano tiene un alto grado de phi. Alto nivel de conciencia, aquí la conciencia es un tema de grado.

El panpsiquismo se parece mucho a la cosmovisión budista. En el budismo, la conciencia es lo único que existe. El budismo plantea a la conciencia como un fenómeno interdependiente de causas y condiciones, como un flujo dinámico, momentos ligados en una relación de causalidad. Conciencia primaria, un continuo de la conciencia fundamental. El reconocido biólogo, investigador en el ámbito de las neurociencias y ciencias cognitivas Francisco Varela advierte:

Es aquí donde el budismo aparece como una fuente sobresaliente de observaciones que se ocupan de la mente humana y la experiencia, acumulada durante siglos con un gran rigor teórico, y, lo que es aún más importante, con ejercicios y prácticas muy precisos para la exploración individual. Este tesoro de conocimientos es un asombroso aporte para la ciencia. Donde el refinamiento material de la ciencia es incomparable en estudios empíricos, el nivel experiencial todavía es inmaduro e ingenuo, comparado con el tiempo que la tradición budista le ha dedicado a estudiar la mente humana.

La visión panpsíquica, tiene el potencial de transformar nuestra relación con la naturaleza, y puede tener consecuencias sociales y éticas fundamentales. Acorta la brecha explicativa entre el cerebro material y la mente inmaterial. Sin embargo, la brecha originaria, la verdadera fuente del problema, la madre de todas las brechas es la que existe entre la materia viviente y la no viviente.

El problema fundamental surge con el origen de la vida. Así pues, tal vez, la obsesión científica por identificar el ladrillo faltante para explicar la división entre el cerebro físico y la mente subjetiva, nos permita entender la diferencia entre los conglomerados de materia que producen un objeto sin vida y los conglomerados de materia que se autogeneran y evolucionan llenos de vida.

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