Trabajador del conocimiento

Exocerebro, cosas e identificación

En el prólogo de Armas, gérmenes y acero, el biólogo y geógrafo Jared Diamond relata que a principios de los 70:

…caminaba por una playa de la isla tropical de Nueva Guinea con Yali un excepcional político local…cuando…con otra mirada penetrante de sus ojos relampagueantes, me preguntó: “¿Por qué ustedes, los blancos, desarrollaron tanto “cargo” y lo trajeron a Nueva Guinea, pero nosotros, los negros, teníamos tan poco “cargo” propio?

La expresión “cargo”, era utilizada por los neoguineanos para referirse a las cosas, bienes y avances tecnológicos que veían que tenían los blancos, así con esta pregunta, Yali quería entender, la razón de la enorme diferencia que observaba entre la forma de vida del neoguineano medio y la del europeo o estadounidense medio. Diamond en este libro reformula la pregunta de Yali para explicar por qué el desarrollo humano se produjo a ritmos tan diferentes en los distintos continentes.

Sin embargo, “tanto cargo”, tiene su lado oscuro, al parecer estimula que muchas personas agoten buena parte de su vida en la preocupación obsesiva por las cosas. Uno de los males de nuestro tiempo es la proliferación de objetos, y la identificación que tenemos con ellos, “mi celular”, “mi juguete”, “mis cosas”, “mi Instagram”. “Identificación” viene del latín “ídem” que significa “igual” y “facere” que significa “hacer”. Así, cuando nos identificamos con algo, lo “hacemos igual” a nosotros.

En Antropología del cerebro. Conciencia, cultura y libre albedrío, Roger Bartra, sostiene que, en la evolución de los homínidos, para su adaptación y supervivencia, fue necesario establecer una prótesis externa de la conciencia. Ésta se desarrolló conjuntamente con la prótesis tecnológica, es decir con el uso de herramientas, y constituye también una sustitución, aunque de orden simbólico.

De esta forma la conciencia no es una función restringida al cerebro, sino que está extendida o codificada en una amplia red simbólica de naturaleza cultural, esta prótesis cultural no funciona sólo como un apéndice inerte de una conciencia confinada al cráneo, sino que es parte de la conciencia como si fuera un circuito neuronal externo: “un exocerebro”.

Bartra sostiene que existen “plantillas cognitivas” no sólo en los circuitos neuronales o en las redes simbólicas del mundo cultural, sino que las mismas plantillas cognitivas tienen una dimensión externa y una interna a cada persona. Las plantillas externas en las que se codifica la conciencia a través del lenguaje, contienen información trascendental que sobrevive a las personas y pueden trascender el tiempo y espacio.

Entendido así, para Bartra el lenguaje no sólo se constituye mediante un mecanismo neurológico y un sistema de signos sociales, sino que es un puente de doble vía entre ambos sistemas. Más que explicarse como un sistema gramatical innato alambrado en el cerebro, sobre el que se inscribe el sistema del léxico semántico adquirido culturalmente, el lenguaje tendría componentes cerebrales y sociales intrínsecos de carácter bidireccional.

Es decir, la identificación con las cosas a través del lenguaje es estructural, el contenido puede cambiar, el juguete de niños, luego se convierte en el auto, la profesión, la ropa, la casa, el barrio, la nacionalidad, etcétera.

Quienes trabajan en la industria de la publicidad saben muy bien que para vender cosas que las personas realmente no necesitan deben convencerlas de que esas cosas aportarán algo a la forma como se ven a sí mismas o como las perciben los demás, en otras palabras, que agregarán a su sentido del ser.

La dicha simple pero profunda aparece cuando nos desprendemos de las identificaciones, para andar más ligeros de equipaje.

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