China

Estados combatientes

En la segunda semana de mayo de 2026, Donald Trump fue recibido en Pekín con banda militar, guardia de honor y decenas de niños ondeando banderas chinas y estadounidenses. Apenas cuatro días después, Vladímir Putin aterrizaba ante un escenario casi idéntico para reunirse con Xi Jinping, y luego advirtieron contra un mundo regido por “la ley de la selva”. En diez días, Pekín exhibió su capacidad de recibir a potencias rivales, sin que ninguno pudiera reclamar exclusividad.

Mientras tanto, la guerra en Ucrania mantiene un riesgo real de escalada nuclear. En Oriente Medio, el conflicto abierto con Irán ha reducido al mínimo el flujo de crudo por el estrecho de Ormuz; en abril el petróleo llegó cerca de los 140 dólares, en lo que la Agencia Internacional de la Energía ha calificado como ‘la mayor disrupción de suministro en la historia del mercado petrolero mundial’. Taiwán denunció este sábado que China desplegó más de 100 buques de guerra y de guardia costera en aguas de la región durante los últimos días. Cuba sobrevive tras el bloqueo de Washington y el fin de los envíos de petróleo venezolano después de que la operación ‘Resolución Absoluta’ capturara a Nicolás Maduro. En Gaza, el Ministerio de Salud reportó el 19 de mayo al menos 72.757 personas fallecidas desde octubre de 2023, incluidos 20.179 niños. El escenario global de mayo de 2026 entrelaza tensiones y conflictos armados con un riesgo nuclear latente y la mayor crisis energética jamás registrada.

El 13 de abril, el South China Morning Post publicó un artículo titulado “A medida que comienza una era global de los Estados Combatientes, China debe planificar para el futuro”. En él se revelaba que, en Pekín, las élites estratégicas habían empezado a leer la política mundial como un deslizamiento desde un período de “Primavera y Otoño” (orden nominal y rituales compartidos) hacia una fase más peligrosa: la de los Estados Combatientes. En aquella era, hace unos 2.500 años, la autoridad central de la dinastía Zhou decayó y los estados compitieron sin restricciones, “regidos por la dinámica del poder y el puro interés propio”. La analogía con el contexto actual es evidente. El 27 de abril de 2026, el Stockholm International Peace Research Institute informó que el gasto militar mundial alcanzó los 2.887.000 millones de dólares en 2025, undécimo año consecutivo de crecimiento. Estados Unidos, China y Rusia concentraron el 51% del total. En Davos 2026, el primer ministro canadiense Mark Carney señaló:

Permítanme ser directo: nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición…la ruptura del orden mundial, el final de una bella historia y el comienzo de una realidad brutal donde la geopolítica entre las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción.

La analogía con los Estados Combatientes captura la fragmentación de una autoridad central, la lógica de suma cero y la coexistencia de pugna y diplomacia. Hoy, como entonces, los acuerdos internacionales se desmoronan; la OMC ha visto colapsar su sistema de apelación; los aliados europeos y asiáticos se rearman, para protegerse “contra la incertidumbre sobre el compromiso a largo plazo de Washington”. La ironía es que, en el momento de máxima interdependencia técnica de la historia, la cooperación política se halla en sus niveles más bajos desde la Guerra Fría. El economista serbio Branko Milanović afirma:

El mundo no volverá a ser como antes de Trump. Las tensiones geopolíticas, el declive de la globalización y la fragmentación del poder han llegado para quedarse.

El taoísmo como respuesta. Robin Wang, profesora de filosofía en la Universidad Loyola Marymount, en su contribución a How to Live a Good Life (2024) argumentó que el taoísmo surgió como una respuesta pragmática a un mundo caótico. Su tesis:

Una de las principales preocupaciones del taoísmo es el modo de gestionar la incertidumbre. Laozi ofrece remedios para nuestros caóticos problemas personales, sociales y políticos. Como alguien que cultiva el tronco y las raíces de un árbol floreciente, Laozi dirige su atención al fundamento de la vida misma.

Wang elige una lectura “operativa” de Laozi, sin agotarlo. Tres conceptos resultan particularmente pertinentes para la coyuntura actual:

  • Qi: la energía que conecta. El sinólogo Nathan Sivin lo define como “la base material de la actividad, aunque la propia actividad también se describe a menudo como Qi”. Para la mente moderna, acostumbrada a separar materia y función, esto resulta paradójico; sin embargo, guarda afinidad con la noción contemporánea de información en los sistemas complejos. El Qi es lo que fluye y conecta los componentes, haciendo imposible aislar al observador de lo observado.
  • Fractalidad: el todo en la parte. Los antiguos sabios taoístas percibieron que en los sistemas el todo se refleja en cada parte y nivel. El ser humano es un microcosmos del universo circundante. La implicación práctica es que las dinámicas de crisis y renovación que observamos en una escala (personal, organizacional, nacional, mundial) son estructuralmente análogas a las que operan en otras escalas.
  • Wuxing: las cinco fases del cambio. La contribución más operativa del taoísmo al análisis sistémico es el modelo Wuxing, que identifica cinco modalidades básicas de movimiento energético: Tierra: representa la estabilidad y la sustentabilidad, Madera: simboliza el crecimiento y la expansión, Fuego: representa la energía, la pasión y la transformación, Metal: simboliza la contracción, la estructura y la disciplina y el Agua: representa la adaptabilidad, la profundidad y la regeneración. No son entidades fijas, sino patrones dinámicos que se generan y se controlan mutuamente en ciclos continuos.

El taoísmo anima a navegar la incertidumbre, lo que requiere tomar perspectiva. En una historia, Huizi, amigo de Zhuangzi, le cuenta que le habían regalado una semilla de la que había crecido una enorme calabaza, demasiado endeble para transportarla, pero muy grande para cocinarla. Incapaz de encontrarle un uso, Huizi la destruyó. Zhuangzi, le preguntó: ¿por qué no la convertiste en una barca para navegar por el río? Zhuangzi criticó la incapacidad de Huizi para percibir la utilidad de la calabaza desde una perspectiva distinta y le dijo que tenía “maleza enmarañada que obstruía su mente”.

Los doce factores de Diamond. Desde una tradición empírica radicalmente distinta, el biólogo y geógrafo Jared Diamond, llega a conclusiones similares. En Sociedades comparadas (2016), escribió:

Las personas y los grupos humanos de todos los niveles, desde los individuos a los países y el mundo entero, se enfrentan a crisis y a presiones en favor del cambio. Las crisis pueden deberse a presiones externas o a presiones internas. Para sobrellevar adecuadamente esas presiones externas e internas es preciso introducir cambios selectivos. Así es tanto en el caso de las naciones como en el de los individuos.

Si el taoísmo ofrece una filosofía de la incertidumbre, Diamond proporciona una taxonomía de la resiliencia. En Crisis: Cómo reaccionan los países en los momentos decisivos (2019), Diamond tomó doce factores que la psicoterapia de crisis había identificado para la resolución de problemas personales y los aplicó al análisis de siete países: Finlandia frente a la Unión Soviética, el Japón Meiji, el Chile de Allende a la transición, la Indonesia post-1965, la Alemania de posguerra, la Australia del repensamiento identitario y los Estados Unidos contemporáneos.

Los doce factores son: (1) reconocimiento de la crisis; (2) aceptación de la responsabilidad personal; (3) delimitación del problema; (4) apoyo externo material y emocional; (5) adopción de modelos exitosos ajenos; (6) fortalecimiento de la confianza e identidad; (7) autoevaluación honesta; (8) experiencia de crisis previas; (9) paciencia ante la incertidumbre; (10) flexibilidad táctica; (11) afirmación de creencias y valores fundamentales; (12) liberación de restricciones limitantes.

Diamond explica que estos factores no son una lista de verificación secuencial sino un sistema interdependiente: el fracaso en uno solo puede sabotear el proceso entero. Esa cualidad los acerca a la lógica del Wuxing. Su énfasis está en el cambio selectivo: la primera tarea en cualquier crisis es la “construcción de un cercado”, identificar el problema y separarlo. Hay que reconocer que no todo está roto. Así evitamos que la persona, organización o nación se vea como “un fracaso total y se paralice”. Aunque el “yo” colectivo es mucho más opaco que la conciencia individual, la heurística es útil.

Wuxing como organizador de los doce factores. Propongo aquí una correspondencia práctica entre las cinco fases del Wuxing y los doce factores de Diamond, para mostrar cómo los factores se alimentan y equilibran mutuamente en un ciclo de renovación continuo.

  • Tierra (centro estabilizador): factores de diagnóstico: reconocer la crisis (1), delimitar el problema (3), autoevaluarse honestamente (7) y fortalecer la confianza e identidad (6). Sin un “terreno firme”, cualquier acción posterior se desmorona.
  • Madera (impulso expansivo): factores de movilización: asumir responsabilidad (2), buscar apoyo externo (4), adoptar modelos ajenos (5). Es la fase de la iniciativa y la conexión.
  • Fuego (energía ascendente): la afirmación de creencias y valores fundamentales (11). Aquí se ilumina la dirección de sentido: principios constitucionales en una nación, propósito en una organización, convicciones irrenunciables en una persona.
  • Metal (consolidación disciplinada): flexibilidad táctica (10) y liberación de restricciones (12). Es la fase más dolorosa: podar lo superfluo, soltar dependencias paralizantes y desprenderse de lo caduco.
  • Agua (profundidad adaptativa): experiencia de crisis previas (8) y paciencia (9). La sabiduría taoísta enseña que el Agua, aunque blanda, erosiona la roca: la transformación profunda requiere persistencia, no velocidad.

Aunque algunos mapeos son discutibles y conviene tratarlos como provisionales, el modelo, leído como heurística, permite vislumbrar las dependencias y las interacciones: la consolidación (Metal) no se opone a la expansión (Madera), sino que la complementa; la paciencia (Agua) no es inacción, sino reconocimiento de que los sistemas complejos se cultivan, no se fuerzan. La antigua China era una sociedad profundamente relacionada con la naturaleza y basada enteramente en la agricultura. El agua no solo era un elemento vital, sino que también podía causar daños catastróficos. El lado bueno del agua es evidente, sin embargo, también tenía un lado brutal y dañino. Wang escribe:

Un buen ejemplo es la historia centenaria de cómo el legendario Dayu afrontó una inundación. En lugar de levantar diques para contenerla, redirigió el agua, dragando nuevos canales en el río para canalizarla de acuerdo con su flujo natural.

Zygmunt Bauman acuñó la expresión miedo líquido para describir la condición estructural de nuestro momento histórico: una ansiedad ya no anclada en amenazas concretas, sino difusas, una sensación constante de vulnerabilidad ante riesgos abstractos, globales y difíciles de prever. Bauman escribió que este miedo nace de la percepción de la fragilidad de los vínculos sociales y la desconfianza hacia las instituciones. Las crisis múltiples y superpuestas no hacen más que reforzar este ambiente de desamparo y precariedad. La sabiduría taoísta ofrece aquí un antídoto: el wu wei, entendido como acción sin forzamiento. Es alinearse con el flujo natural de las circunstancias. Como enseñaban los estoicos, implica distinguir entre lo que puede cambiarse y lo que debe aceptarse. Comprender nuestras circunstancias cambia el enfoque de nuestras acciones y de nuestro potencial y, nos orienta hacia lo que resulta accesible en una situación específica. En diferentes condiciones, debemos averiguar en qué tipo de cosas podemos confiar. ¿Cuáles son los recursos disponibles? Como dice un refrán chino: “Si vives en la montaña, serás alimentado por la montaña; si vives en el río, serás alimentado por el río”.

El jardín y la observación. La analogía del actual contexto con los Estados Combatientes encierra una advertencia y una promesa. La advertencia es que la fragmentación del orden internacional puede profundizarse hasta extremos catastróficos. La promesa es que aquella época turbulenta vio nacer las herramientas filosóficas para navegarla. El taoísmo, funciona como una heurística de la incertidumbre. Combinado hoy críticamente con las prácticas de ejemplos concretos identificadas por Diamond ofrece una guía para tres escalas simultáneas.

  • Para las personas, la trampa principal es el aislamiento y la negación. Buscar apoyo (4), aprender de quienes han atravesado crisis similares (5) y tolerar la incertidumbre sin precipitarse (9) no son signos de debilidad sino de inteligencia. El wu wei invita a una acción que no fuerza, sino que se adapta, que distingue lo que depende de nosotros de lo que no. Frente al miedo líquido de Bauman, la respuesta no es más información, sino más comunidad y mayor atención a lo esencial.
  • Para las organizaciones, el desafío es doble: mantener una identidad clara (Fuego) que dé sentido a la acción colectiva mientras se practica una flexibilidad táctica (Metal) que permita pivotar cuando las circunstancias cambian. Las organizaciones que sobreviven no son las que mejor planifican sino las que mejor aprenden y aceptan su exposición controlada a la volatilidad.
  • Para los países, la lección más incómoda es que la responsabilidad (factor 2) no puede externalizarse indefinidamente. Culpar a potencias extranjeras o a circunstancias imprevistas puede ser electoralmente rentable a corto plazo, pero bloquea la capacidad de respuesta. Los países que renacieron de crisis existenciales como Finlandia frente a la URSS, Alemania tras 1945 o el Japón Meiji, lo lograron porque asumieron, colectivamente, la responsabilidad de su propia transformación, sin renunciar a sus valores fundamentales y sin negarse a aprender de modelos ajenos.

La actual crisis mundial no es una emergencia transitoria que volverá a la “normalidad”. Es la condición estructural de un orden que dejó atrás la pretensión unipolar sin construir todavía un sustituto legítimo. El cambio es una condición intrínseca de todas las estructuras, con independencia del deseo, la voluntad o la planificación humana. Como enseñó Laozi hace dos mil quinientos años, “el camino del Tao es un camino de retorno”. No un retorno a un pasado idealizado, sino al fundamento: a las raíces. La resiliencia no consiste en resistir el cambio, sino en fluir con él preservando lo esencial. En palabras de Wang:

Las nociones de orden, estabilidad, discreción, control, igualdad, certeza y permanencia deben ir acompañadas de desorden, flujo, interpenetración, dispersión, diferencia e incertidumbre. Aunque no invitamos a la incertidumbre a nuestra vida, nunca podremos eliminarla. El mundo no se trata de control racional, sino de ritmo natural.

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