adaptación

¡Aparta, que me haces sombra!

Era una mañana soleada del año 336 a.C. en el mercado de Corinto. Todo transcurría con normalidad. Algunos transeúntes observaban a un mendigo del lugar que yacía en el suelo. Recostado en una gran tinaja que parecía ser su hogar, vestía con un taparrabos, y estaba acompañado de unos perros. Era Diógenes de Sinope, uno de los filósofos más grandes de la historia.

Su nombre significa nacido de Zeus. Diógenes, no escribió nada, pero las anécdotas sobre su vida y sus ideas circulan por todas partes. Fue una figura controvertida. Supuestamente fue desterrado de su ciudad natal por acuñar moneda falsa, no tenía familia ni pertenecía a ninguna tribu. A esto Diógenes decía:

Ellos me condenaron a irme, pero yo los condené a quedarse.

Había hecho voto de pobreza y pasaba molestando y escupiendo a las personas, impartiendo clases a sus perros y masturbándose públicamente. A menudo recorría las calles con un farol encendido, diciendo:

Ando buscando a un hombre honesto.

Diógenes, asistía a las disertaciones de otros sabios, con el único fin de molestar e interrumpirlos comiendo ruidosamente. Platón lo llamaba Sócrates enloquecido. Diógenes, tenía fama de ser un tipo insolente, impulsivo y grosero. Sin embargo, a pesar de su mala fama, o gracias a ella, llamó la atención del hombre más poderoso del mundo en aquel tiempo: Alejandro Magno. Cuenta la leyenda, que Alejandro con veinte años, decidió visitar a este filósofo de setenta años, al que encontró tomando el sol apaciblemente en su tinaja. Alejandro, se acercó probablemente resguardado por su escolta y sin escatimar elogios, expresó su admiración por él. Le ofreció concederle cualquier cosa que deseara. Diógenes alzó la vista, le hizo un gesto a Alejandro y le dijo:

¡Aparta, que me haces sombra!

Otra versión de la anécdota, cuenta que Diógenes estaba escarbando una pila de huesos humanos, y le dijo a Alejandro:

Estoy buscando los huesos de tu padre, pero no puedo distinguirlos de los esclavos.

Plutarco, comenta que Alejandro quedó impresionado con Diógenes, admiró tanto la altivez y la grandeza de este viejo grosero, que le dijo a sus seguidores mientras se alejaba:

Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes.

El encuentro de Diógenes de Sinope y Alejandro Magno es una de las anécdotas más discutidas de la historia filosófica. Ha generado múltiples interpretaciones, por el choque de visiones de mundo que representa el encuentro de estos personajes. Alejandro un joven príncipe que no está satisfecho hasta que conquiste el mundo entero y un viejo Diógenes, sin nada, pero capaz de disfrutar de las cosas más simples. Alejandro, obsesionado por demostrar su valor ante el mundo mediante la conquista y la emulación de los actos heroicos de Aquiles y Hércules, y Diógenes que no necesitaba demostrar su valía a nadie, había alcanzado un modo superior de satisfacción. Su esencia.

Como mucha historia antigua, esta anécdota está sujeta a debate sobre su veracidad. Algunos creen que en realidad sucedió en la India cuando Alejandro interactuó con los filósofos ascéticos de ese lugar. Martin Puchner, profesor de literatura de la Universidad de Harvard en su monumental obra The Written World: The Power of Stories to Shape People, History, and Civilization, explica que Alejandro de Macedonia recibió el nombre de Magno porque consiguió unificar a las ciudades-estado griegas, conquistar en menos de trece años todos y cada uno de los reinos existentes entre Grecia y Egipto, derrotar al poderoso ejército persa y crear un imperio que se extendía sin interrupción hasta la India. Puchner, reflexiona, sobre los motivos de Alejandro por este afán de conquista. Propone como pista para entender su mentalidad, considerar los tres objetos que llevaba durante su campaña militar:

El primero era una daga, junto a ella guardaba una caja, y en su interior había depositado el objeto más apreciado de los tres: una copia de su texto favorito, la Ilíada.

Alejandro, dormía sobre una daga porque, temía repetir la historia de su padre que fue asesinado. En cuanto a la caja, se la había arrebatado a Darío, su adversario persa. Mientras que la Ilíada, era el relato a través del cual interpretaba su propia vida, un texto que cautivó su mente, que no se detendría hasta conquistar el mundo. Su padre, el rey Filipo, orgulloso con los éxitos de Alejandro, había convencido al filósofo vivo más prestigioso de la época: Aristóteles, para que se transformara en el tutor de su hijo. La copia de la Ilíada de Alejandro tenía anotaciones de su maestro Aristóteles.

A medida que su reino se expandía, el ego de Alejandro también. Como Aquiles se empezó a creer un semidiós, y exigió que las ciudades-estado griegas le otorgasen el estatus divino. Sin embargo, cuantos más territorios conquistaba, más problemas tenía para conservarlos. Así es que, para mantener el dominio de estos territorios, Alejandro adoptó costumbres locales. Comenzó a vestir sus ropas, admitió extranjeros en el ejército griego, rendía culto a sus dioses e incluso se casó con una princesa afgana. Sus generales griegos y macedonios que le habían seguido con lealtad se sentían desplazados. Alejandro quería continuar su camino de conquistas y habría llegado a China, pero el descontento de su ejército se lo impidió. Puchner escribe:

Divididos entre los generales griegos y macedonios cada vez más resentidos y una mescolanza de legiones extranjeras, sus soldados querían regresar a casa. Su propio ejército logró, a la postre, lo que ningún ejército extranjero había sido capaz de hacer: que Alejandro diese media vuelta.

Alejandro, castigó a sus tropas con una marcha forzada a través del desierto que fue dejando un reguero de muertos. Empezó a trazar planes para una invasión de Arabia y el continente africano. Tras una noche de borrachera, cayó enfermo y murió a los pocos días por causas desconocidas. Quizás asesinado como su padre. Tenía treinta y dos años.

En 1965, un desconocido psicoanalista canadiense, Elliott Jaques, publicó un artículo académico en una revista igualmente desconocida llamada International Journal of Psychoanalysis. Jaques había estudiado la biografía de destacados personajes históricos, y observó que muchos de ellos habían muerto aproximadamente a la edad de treinta y siete años. Sobre esta intuición propuso la siguiente teoría:

En el curso del desarrollo del individuo hay fases críticas que tienen un carácter de puntos de cambio, o períodos de rápida transición. Y la menos conocida, pero la más crucial de estas fases, llega en torno a los treinta y cinco años, lo que denominaré crisis de la mediana edad.

Robert Kegan, profesor en aprendizaje de adultos en Harvard, afirma que crecer implica desarrollar un sentido independiente de sí mismo y alcanzar rasgos asociados con la sabiduría y la madurez social. Es decir, volvernos más conscientes de nosotros mismos, en control de nuestro comportamiento, así como cada vez más conscientes y más capaces de manejar nuestras relaciones y los factores sociales que nos afectan. La investigación de Kegan muestra que la complejidad mental tiende a aumentar con la edad, pero que existe una variación considerable:

Kegan ilustra el resultado del análisis cuantitativo de cientos de transcripciones de personas entrevistadas y vueltas a entrevistar una sucesión de años de investigación. Los resultados demuestran que:

  • Existen niveles cualitativamente diferentes que representan diferentes formas de conocer el mundo.
  • El desarrollo oscila entre períodos de estabilidad y períodos de cambio.
  • Los intervalos entre transformaciones a nuevos niveles se hacen cada vez más largos.
  • En los niveles más altos hay cada vez menos personas.

De los datos, emergen tres niveles en el desarrollo de los adultos, que son indicativos de las diferentes relaciones que establecemos con el mundo, cada uno con una lógica que proporciona un marco para extraer significado de las experiencias de la vida. Estas etapas son:

  • Mente socializada, en esta etapa el enfoque se centra en cómo nos ven los demás: ser percibidos como competentes, capaces y confiables. Aquí, las normas sociales definen los límites del yo y determinan a qué es importante prestar atención.
  • Mente auto creadora, esta etapa surge cuando comenzamos a darnos cuenta que es posible establecer nuestros propios principios para decidir y priorizar. En este nivel de desarrollo, las personas construyen su sistema de valores para tomar decisiones. Son autodirigidos, automotivados y autoevaluativos.
  • Mente auto transformadora, en las etapas anteriores las personas consideran que hay solo una forma correcta de interpretar los eventos. En este nivel de desarrollo son capaces de considerar al mismo tiempo los sistemas de valores convencionales como los contraculturales. Alcanzan una perspectiva más allá de los límites individuales. Una visión multidimensional. En lugar de ver a los demás como separados y diferentes, ven similitudes tras las diferencias.

En la primera parte de nuestra vida, impera el paradigma del éxito. Dedicamos nuestra vida a la producción de resultados a través de nuestras profesiones, organizaciones y deberes. Estamos absortos en una carrera persiguiendo a aquellos que tenemos por delante para no quedarnos atrás en la competencia. Cuando ganamos, nuestro valor existencial crece, pero cuando perdemos, es como si nuestro valor se desvaneciera instantáneamente. Es un tiempo de acumulación de logros, experiencias y conocimientos. En esta etapa de la vida, cuesta estar en paz, debido a que nuestro sentido de identidad deriva de cosas externas como las posesiones materiales, el trabajo, el nivel social, el reconocimiento, el conocimiento y la educación, la apariencia física, las habilidades especiales, las relaciones, la historia personal y familiar, los sistemas de creencias y también a menudo identificaciones políticas, nacionalistas, raciales, religiosas y otras de carácter colectivo.

Vivimos en una cultura que estimula los relatos de genios obsesivos y visionarios que reconstruyeron el mundo a su imagen a punta de una fuerza casi irracional. Nuestra sociedad individualista, competitiva al extremo e insegura, influye en nuestra forma de pensar y en los rasgos de personalidad: el sistema favorece la confusión entre la seguridad en uno mismo y el ego patológico. El cambio de mentalidad ocurre cuando logramos alcanzar un punto de observación más alto para interpretar el mundo. Un punto desde el cual interpretamos los eventos desde una perspectiva más amplia. Adquirir una nueva perspectiva requiere dejar de identificarnos con los paradigmas previos. Ser capaces de dar un paso atrás y reflexionar sobre nuestros apegos y puntos ciegos. No es de extrañar que Diógenes dijera:

La educación es sensatez para los jóvenes, consuelo para los viejos, riqueza para los pobres y adorno para los ricos.

Querámoslo o no, la población mundial ha superado los ocho mil millones de habitantes. La esperanza de vida ha pasado de alrededor de 43 años a principios del siglo pasado, a más de ochenta a principios de este. El fenómeno de la sociedad que envejece, como resultado de un aumento en las expectativas de vida, bajas tasas de nacimiento, y los incesantes hallazgos científicos para retrasar o revertir el envejecimiento, seguirán aumentando. Robert Kegan, sostiene que cuando una especie duplica su esperanza de vida, debemos poner atención. Kegan llama a esto:

Un fenómeno completamente nuevo en la larga historia de ser un ser humano… Ninguna otra especie vive diez, veinte, treinta, cuarenta años después de la edad de reproducción… nuestra especie está trabajando colectivamente, tratando de resolver algo… ¿Y por qué cualquier especie hace lo que hace? Para sobrevivir.

¿Más viejo? sí, siempre, por desgracia. ¿Más sabio? Algunas veces. ¿Más creativo? Depende… Plutarco y Diógenes Laercio informan que Alejandro y Diógenes de Sinope murieron el mismo día, en el 323 a.C. Aunque esta coincidencia es sospechosa, la relación entre estos personajes es parte de la reflexión sobre nuestra visión de mundo. Diógenes, denunció y rechazó la obsesión por las apariencias exteriores. Despreció el lujo y el dinero, hasta la desconfianza por las cosas y las personas, y por supuesto la imperturbabilidad frente a la opinión de los demás. Este fue Diógenes, capaz de luchar diariamente en la búsqueda de la virtud. Una virtud consistente en la autonomía, la imperturbabilidad frente a lo externo, el autogobierno y el dominio sobre sí mismo. A quienes le decían eres ya viejo, descansa ya; les contestó:

Si corriera la carrera de fondo, ¿debería descansar al acercarme al final, o más bien apretar más?

Ha habido hombres más sabios que Diógenes, pero eran demasiado sabios para ser notados.

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