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Era de la longevidad

El botánico y ecologista australiano David Goodall el día que cumplió 104 años, declaró:

Mi calidad de vida se ha deteriorado. No soy feliz, quiero morirme.

Goodall no era un enfermo terminal ni estaba deprimido. Simplemente no quería seguir experimentando la decrepitud de su cuerpo. En mayo de 2018, viajó a Suiza para que lo ayudaran a morir. Falleció mediante suicidio asistido en la ciudad de Basilea.

En enero de 2014, Robert Marchand, logró el récord de la hora en ciclismo de pista para deportistas de 100 a 104 años, recorriendo una distancia 26.927 kilómetros. Actualmente el récord mundial de la hora lo tiene el ciclista belga Victor Campenaerts con una distancia de 55.089 kilómetros. Marchand, con más de 100 años, tuvo una disminución de rendimiento de 51.1 por ciento.

Romuald Lepers, de la Universidad de Borgoña en Francia en Centenarian athletes: Examples of ultimate human performance? explica que Marchand tiene una función muscular y cardiorrespiratoria excepcional en comparación con otras personas de su edad. Su disminución de rendimiento relacionada con la edad era menor a un 8 por ciento por década durante más de 60 años. Véronique Billat, en su artículo Maximal oxygen consumption and performance in a centenarian cyclist, informó que la eficiencia aeróbica, y la potencia máxima de Marchand, aumentaron a medida que envejecía. A los 105 años, después de entrenar para otro intento de récord, su capacidad aeróbica era comparable a la de una persona sana de 50 años. Billart concluye:

Es posible mejorar el rendimiento incluso después de cumplir 100 años.

Robert Marchand nació en 1911, en Amiens, al norte de Francia. A la edad de 14 años, armó su primera bicicleta. Sus rutas de entrenamiento eran las carreteras alrededor de París y el velódromo de Hiver. En una entrevista Marchand comentó:

En ese momento, el ciclismo era el deporte rey […] Las competencias de pista de seis días atraían a enormes multitudes.

En su juventud participó como ciclista amateur, sin embargo, su entrenador le aconsejó que dejara el ciclismo, porque con su altura de 1.52 metros y 52 kilogramos de peso, no tenía posibilidades competitivas. Marchand, dejó el ciclismo. En 1948, se fue a Venezuela a trabajar como camionero y en plantaciones de caña de azúcar. En 1957 emigró nuevamente, esta vez a Canadá, para trabajar como leñador. Marchand recuerda:

Era un muerto de hambre.

Regresó a Francia en 1960, y no fue hasta 1978, a la edad de 67 años, que retomó el ciclismo. En una entrevista expresó:

Vi a un grupo de ciclistas y por envidia me compré una bici, y retomé los pedales de nuevo.

A la edad en que muchos comienzan a bajar la intensidad deportiva, Marchand, estaba de regreso sumando desafíos; ocho Bourdeaux-Paris, cuatro Paris-Roubaix, tres Marmotte sportives y un viaje París- Moscú a los 82 años. En 2012, cuando Marchand cubrió 24.251 kilómetros en el velódromo de Aigle, Suiza, la Unión Ciclista Internacional (UCI) creó oficialmente la categoría Masters sobre 100. Cuatro años más tarde, la UCI tuvo que crear la categoría Masters sobre 105 cuando Marchand logró en una hora cubrir 22.547 kilómetros en la pista local. Después de realizar esta prueba Marchand comentó:

Podría haberlo hecho mejor. No vi el reloj durante los últimos 10 minutos. De lo contrario, habría ido un poco más rápido.

La ciencia y la medicina están ayudando a envejecer de mejor manera. La esperanza de vida ha pasado de alrededor de 43 años a principios del siglo pasado, a más de ochenta a principios de este. El informe Ageing: Science, Technology and Healthy Living advierte que, a mediados de este siglo, por primera vez en la historia de la humanidad los mayores de 60 años superarán en número a los menores de 18 años. Para el 2050, se espera que en Japón la población de más de 65 años alcance a un 40 por ciento.

Los científicos y empresarios de la longevidad focalizados en la idea de hacernos vivir por siglos o más tienden a hablar efusivamente de prosperidad y posibilidad. En su opinión, mantener la vida y promover la salud son intrínsecamente buenos y, por lo tanto, también lo son las intervenciones médicas y científicas que lo logren. Según ellos la longevidad biomédica ampliada no solo revolucionará el bienestar general al minimizar o prevenir las enfermedades del envejecimiento, sino que también enriquecerá enormemente la experiencia humana.

En contraste, investigadores como Paul Root Wolpe, director del Centro de Ética de la Universidad de Emory, sostienen que prolongar la vida humana, incluso en nombre de la salud, es una iniciativa cuestionable. La preocupación más común es el potencial de superpoblación, especialmente considerando la larga historia de la humanidad de acaparamiento y despilfarro de recursos y las tremendas desigualdades socioeconómicas que dividen nuestro mundo.

Querámoslo o no, a medida que la población mundial se acerca a los ocho mil millones de habitantes, el fenómeno de la sociedad que envejece, como resultado de un aumento en las expectativas de vida, bajas tasas de nacimiento, y los incesantes hallazgos científicos para retrasar o revertir el envejecimiento, seguirán aumentando. Solemos ver con mayor frecuencia personas que superan los 80 o inclusive los 90 años, el problema es que las políticas, los sistemas sociales y las percepciones generales y actitudes culturales en relación con la vejez siguen siendo las mismas que cuando la expectativa de vida promedio era de sesenta años.

Nacemos, crecemos, estudiamos, conseguimos trabajos, formamos familias y vivimos hasta que envejecemos y morimos. Sin embargo, Lynda Gratton y Andrew Scott en su libro The 100-Year Life explican que ese ciclo está colapsando por lo que independiente de la edad que tengamos, tenemos que hacer las cosas de manera muy diferente a generaciones anteriores. A nivel individual, muy pocas personas tienen metas o planes para sus vidas después de los 70 u 80 años, más allá de simplemente seguir vivos. Como resultado, estamos ingresando a la era de la longevidad sin una preparación individual y menos colectiva. Eso nos deja con 20 o 40 años de vida a la deriva, con impactos sociales y personales sin precedentes. La vida en etapas avanzadas ya es un problema existencial concreto para muchas personas y un desafío político y social que tendremos que abordar seriamente más temprano que tarde.

Ilchi Lee, en su libro I’ve Decided to Live 120 Years sostiene que la mayor parte de nuestras vidas, trabajamos y nos esforzamos por buscar el éxito, hasta que nos enfrentamos a la jubilación. Si se jubila a los 65 años, en el mejor de los casos es posible pensar que tendremos uno 20 años más para relajarnos y disfrutar. Pero, ¿y si vivimos más tiempo? ¿y si vivimos otros 40 o 50 años? Lee, nos invita a considerar el periodo que vivimos hasta los sesenta años, como la primera mitad de nuestra vida y el periodo después de los sesenta años como la segunda mitad de nuestra vida:

  • Primera mitad de nuestra vida: En este periodo impera el paradigma del éxito. Dedicamos nuestra vida a la producción de resultados a través de nuestras profesiones, organizaciones y deberes. Estamos absortos en una carrera persiguiendo a aquellos que tenemos delante para no quedarnos atrás en la competencia. Cuando ganamos, nuestro valor existencial crece, pero cuando perdemos, es como si nuestro valor se desvaneciera instantáneamente. Es un tiempo de acumulación de logros, experiencias y conocimientos.

Para algunos esta intensidad cambia dramáticamente con la jubilación. Los ingresos, las actividades que le daban un ritmo a la vida, el intenso sentido de logro experimentado a través del trabajo, el estatus social y las relaciones asociadas al trabajo desaparecen. Eras ingeniero, empresario, profesor, gerente. ¿Qué eres ahora que no haces ese trabajo? ¿Qué te hace la persona que eres?

  • Segunda mitad de nuestra vida: Lee, propone la plenitud como el propósito que deberíamos buscar en la segunda mitad de nuestras vidas. Para lo cual tendremos suficiente tiempo. Plenitud entendida como completar nuestra vida. Se trata de desarrollar nuestra consciencia. Impulsar una experiencia que nos permita sentir lo que está sucediendo dentro de nosotros. Un sentido de totalidad que llene nuestros corazones, como el orgullo, la satisfacción, el sentido del ser y la paz. La satisfacción interna que viene de hacer realidad nuestros valores más preciados. Una plenitud que nos permita en el momento de nuestra muerte mirar hacia atrás y sentir satisfacción y logro, para despedirnos en paz y felices.

En 2008, una persona de 95 años, publicó la siguiente carta en un diario de Corea:

Realmente trabajé muy duro cuando era joven. Como resultado, fui reconocido y respetado por mis habilidades. Pude retirarme, de forma confiada y orgullosa, a los 65 años gracias a eso. Treinta años después he derramado muchas lágrimas de arrepentimiento, en mi cumpleaños número 95.

Mis primeros 65 años fueron honrados y orgullosos, pero los 30 años de mi vida desde entonces han estado llenos de arrepentimiento y amargura. Después de retirarme, pensé: “ya he vivido mi vida. Los años que tenga por delante son solamente un bono”.

Con ese pensamiento en la mente, simplemente he esperado una muerte dolorosa. Una vida sin sentido y sin esperanzas, he vivido esta vida durante 30 años. Treinta años son un largo tiempo, un tercio de mis 95 años de vida. Cuando me retiré, si hubiera pensado que viviría 30 años más, realmente no hubiera vivido de esa forma. Fue un gran error para mí pensar que era una persona vieja, que era muy tarde para mí comenzar algo nuevo. Ahora tengo 95 años, pero mi mente está muy clara. Puedo vivir 10 años o 20 años más.

Ahora comenzaré a estudiar un idioma extranjero, que es algo que siempre he querido hacer. Solamente tengo una razón para esto… para que en mi cumpleaños número 105, dentro de 10 años, no me arrepienta de no haber comenzado algo nuevo cuando tenía 95 años.

Esta carta fue escrita por Seokgyu Kang, el fundador de la Universidad Hoseo de Corea. Luego de su reinvención y con más de 100 años, seguía enseñando y compartiendo su visión y experiencia acumulada en su larga vida; murió a los 103 años.

Casi medio siglo antes de la era cristiana, Cicerón escribió De senectute, una obra estructurada como un diálogo entre Catón el Viejo y dos jóvenes:

Deseo que tú y yo mitiguemos este peso, común: la inminente llegada de la vejez. Con toda seguridad sé que tú, la vives con dignidad, y eres capaz de afrontar todos los problemas que conlleva.

Cicerón sostiene que la vejez por sí misma no supone nada más que la experiencia de haber vivido muchos años, pues todas las vidas, las más ilustres, las más humildes, las más fáciles y las más difíciles o aparentemente injustas, son una experiencia única de la cual se puede aprender. Cicerón exalta la vejez, como un momento de creatividad fructífera, si existe el interés y la disciplina por seguir aprendiendo y dando fruto:

De manera tranquila, sosegada, plácida y soportable, como hemos oído decir de Platón, quien murió a los 81 años, cuando escribía un libro. Isócrates escribió a los 94 años el libro que tituló Panatenaicos y se sabe que vivió un quinquenio más. Su maestro, Leontino Gorgias, cumplió 107 años y nunca cejó en su estudio ni en su trabajo. Cuando le preguntaron por qué quería seguir viviendo, él contestó: “No tengo nada que reprochar a la vejez”.

Todos envejecemos, es un proceso inexorable y es mejor prepararnos para hacerlo lo mejor posible. La ciencia y la medicina pueden ayudarnos y de hecho ya lo están haciendo. El organismo humano nace con una fecha de caducidad. Variable, pero caducidad al fin: alrededor de 120 años. Pero independiente del número de años que sumemos, el desafío es contar con un adecuado nivel de autonomía, maestría y propósito.

Pedro Olalla en su ensayo De senectute política. Carta sin respuesta a Cicerón, defiende el buen envejecer y señala:

Ser viejo ya no será lo mismo que ha sido hasta hace poco. Seremos jóvenes durante mucho tiempo. Viviremos en una sociedad insólita de jóvenes de todas las edades, con pocos niños, pero también con pocos ancianos decrépitos. Hemos de romper, la idea de que vejez es igual a decrepitud. No siempre lo es. […] La mayor longevidad no se traduce en un alargamiento de la decrepitud, de la decadencia, sino que se traduce en una expansión de la época de plenitud y mayor madurez.

Aún no sabemos cómo vivir bien durante tanto tiempo; los modelos a seguir para esta nueva condición son extraños. Seguimos buscando entre las ideas que hemos heredado sobre la vejez y las posibilidades nuevas que surgen. Aunque todo confluye en ideas como reinventarse, recomenzar, reemprender, redirigir o renacer.

Luego de marcar su último récord mundial en pista, Robert Marchand señaló:

No estoy aquí para ser campeón. Estoy aquí para demostrar que a los 105 años todavía se puede andar en bicicleta.

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