
Renacimiento de Dios
El 12 de junio de 1946, Pierre Teilhard de Chardin, recién llegado a París, anotó en su diario: “La muerte de Dios (Nietzsche) y el renacimiento de Dios (Omega)”. Teilhard, sacerdote jesuita y paleontólogo, volvía de China, donde había pasado buena parte de dos décadas trabajando en fósiles, incluidas las excavaciones del Hombre de Pekín. Sus superiores jesuitas, bajo presión de Roma, le habían prohibido publicar sus escritos filosóficos y teológicos. Regresó a un París que hablaba el idioma del existencialismo: un universo sin fundamento, donde el ser humano estaba obligado a inventarse a sí mismo.
La frase de Teilhard parece escrita para nosotros. Nunca supimos tanto sobre la materia, la vida y la mente y nunca las instituciones religiosas tuvieron menos autoridad sobre la vida pública de Occidente. Y, sin embargo, preguntas que hace un siglo pertenecían a la teología: dónde empieza la mente, de dónde vienen las formas, si la materia persigue algo parecido a propósitos, reaparecen hoy en laboratorios de investigación biológica. Al mismo tiempo, decenas de millones de personas confían sus secretos más íntimos a aplicaciones de IA entrenadas con textos sagrados, y una de ellas recibe, como pregunta más frecuente, si al otro lado está Dios.
En el actual contexto tecnocientífico, la cuestión ya no es solo si Dios existe, sino si un universo como el que conocemos admite todavía un horizonte de trascendencia.
Lo que murió en 1882
En el aforismo 125 de La gaya ciencia (1882), un loco entra al mercado con una linterna encendida en pleno día y anuncia que Dios ha muerto y que nosotros lo hemos matado. Nadie se escandaliza. Los presentes, que ya no creen, se ríen de él. El loco concluye que ha llegado demasiado pronto: los asesinos aún no han tomado conciencia de lo que han hecho.
Nietzsche hacía un diagnóstico cultural. Se derrumbaba el Dios que garantizaba la verdad, el orden moral y el sentido de la historia. Copérnico había desplazado el centro del cosmos, Darwin había sacado al ser humano de un plan preestablecido y la crítica histórica leía los textos sagrados como documentos humanos. Por eso el loco se pregunta si, para estar a la altura de semejante acto, no tendremos que convertirnos nosotros mismos en dioses.
Los datos confirman la tendencia y también sus límites. El informe de Pew Research Center de junio de 2025 muestra que el cristianismo no siguió el ritmo del crecimiento demográfico mundial entre 2010 y 2020, sobre todo porque muchos criados como cristianos dejaron de identificarse como tales. El islam fue el grupo de mayor crecimiento, pero por razones demográficas, una población más joven y con más hijos, no por conversiones. Y otro estudio de Pew, de febrero de 2025, indica que en Estados Unidos el declive cristiano parece haberse estabilizado, al menos por ahora, desde 2019. La secularización en Occidente es real, pero no es un destino universal.
Biología de frontera
Michael Levin dirige en la Universidad de Tufts uno de los laboratorios más comentados de la biología actual. Estudia la bioelectricidad, las señales con que las células coordinan la construcción de un cuerpo. Manipulándolas, su equipo ha hecho crecer ojos en lugares insólitos de renacuajos y ha creado organismos sintéticos como “xenobots”, con células de rana y “anthrobots”, con células de tráquea humana, que se organizan y se desplazan de maneras que ninguna evolución seleccionó.
En 2022 publicó su marco teórico TAME (Technological Approach to Mind Everywhere), en que sostiene que la mente sería un continuo que va de las redes químicas a las células, de los tejidos a los organismos y las sociedades. Cada sistema tendría un “cono de luz cognitivo”, que delimita el tamaño de las metas que puede perseguir, por lo que la evolución consistiría en ampliarlo: células con fines simples se integran en colectivos con fines mayores. En este lenguaje, el cáncer sería lo contrario, células que se desconectan del proyecto colectivo y actúan en su propio interés.
En su preprint de 2025, Ingressing Minds, Levin da un paso metafísico. Propone que formas y tipos de mente no se explican solo por genes y entorno, sino que “ingresan” desde un espacio no físico de patrones, al que llama provisionalmente espacio platónico. Los cuerpos, el software de IA y las máquinas, serían interfaces por donde esos patrones se manifiestan, y que ofrecerían a los seres vivos soluciones de diseño sin el costo de la selección natural.
Un biólogo experimental de primera línea recurre a formas preexistentes para explicar la vida. El texto, aún sin revisión por pares, ha suscitado discusión. Algunos críticos señalan que la hipótesis es difícil de refutar, porque cualquier conducta inesperada de un xenobot puede atribuirse tanto a una “ingresión” como a una emergencia física que aún no entendemos. El filósofo Matthew Segall, interlocutor cercano de Levin, acepta su crítica al reduccionismo genético, pero rechaza convertir los patrones en agentes y los cuerpos en terminales.
Levin responde que sus patrones son dinámicos y no inmutables, y que la cuestión de si existen o no es empírica. Su programa de investigación está recuperando tres ideas que la modernidad había desterrado: que la finalidad podría ser real, que la mente no se agota en la materia y que podrían existir patrones causales más allá de la genética y el entorno. Sus experimentos desafían la imagen de una materia pasiva, pero la existencia de un espacio platónico es, por ahora, una hipótesis.
Un Dios que todavía no es
Si Levin busca un espacio platónico desde el laboratorio, la franciscana Ilia Delio, doctora en farmacología, catedrática de teología en la Universidad de Villanova y una de las intérpretes más influyentes de Teilhard, hace el movimiento inverso: renuncia a lo inmutable. Su premisa es que la evolución no es el decorado de la historia humana, sino la historia misma. En The Not-Yet God (2023), Dios deja de ser un ser supremo acabado que contempla el mundo desde fuera y pasa a ser una realidad que se va haciendo con la materia. Lo llama “teohología” (del griego theos, Dios, y holos, todo): Dios y mundo como un todo relacional en devenir.
La propuesta tiene una virtud evidente: hace hablar a la teología el lenguaje de la ciencia contemporánea. Pero tiene un precio. Un Dios que se redefine cada vez que la ciencia cambia de paradigma deja de ser un fundamento para convertirse en un reflejo de nuestras hipótesis provisionales. Si Dios es el futuro del proceso, ¿qué queda de él si el proceso se estanca o se destruye?
La dificultad más profunda es la pérdida de la trascendencia. Si Dios se hace con el mundo y en el mundo, ¿en qué se diferencia de él? ¿Puede un Dios que “aún no es” escuchar una oración, perdonar un pecado, consolar a un moribundo? La tradición cristiana ha insistido durante siglos en que Dios no es el mundo, precisamente para que Dios pueda ser interlocutor y no solo proceso.
Delio tiene respuesta. Su posición suele describirse no como un panteísmo, que identifica a Dios con el mundo, sino como un panenteísmo: todo está en Dios, sin que Dios se agote en el todo. Y la teología del proceso a la que adscribe, sostiene que Dios recibe y conserva cada experiencia del mundo, también la de quien reza. Pero la frontera es frágil, y la propia Delio lo reconoce: en 2024 contaba que estaba repensando la cuestión del panteísmo.
En El fenómeno humano (1955), Teilhard sostenía que Omega no es solo el término futuro de la evolución: para atraer al universo hacia sí, debe ser ya actual, autónomo y trascendente. Imaginó un Dios de la evolución, pero nunca renunció a un Dios que la precede.
Levin necesita formas que preexisten a la materia para explicar la mente, y Delio necesita un Dios que se hace en el tiempo. Uno se vuelve platónico y la otra renuncia a lo eterno. Ambos rechazan el materialismo reduccionista y coinciden en que la realidad no es una suma de piezas inertes, pero no describen el mismo mundo.
Roma frente a la IA
El 25 de mayo de 2026, León XIV presentó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, dedicada al cuidado de la persona en tiempos de la inteligencia artificial. El papa la firmó el 15 de mayo, aniversario de Rerum Novarum, la carta con que León XIII respondió a la Revolución Industrial. El texto pide “desarmar” la IA para impedir su dominio sobre lo humano, denuncia la concentración de datos y poder en unos pocos y sostiene que estos sistemas no tienen vivencias ni conciencia moral. Para León, el problema no es solo ético, sino antropológico.
Delio había criticado a la Iglesia antes de la encíclica. En agosto de 2025, a propósito del documento vaticano Antiqua et nova, publicó en el National Catholic Reporter “Too little, too late” (“Demasiado poco, demasiado tarde”). Allí afirmaba que el Vaticano carece de un modelo de integración de ciencia y religión capaz de evaluar la influencia de la tecnología, y que el tren de la IA partió hace décadas sin la Iglesia a bordo. Tras Magnifica Humanitas reconoció que el texto hace las preguntas correctas, pero objetó que concibe al ser humano como una esencia terminada que debe “permanecer”, cuando la evolución sugiere que está por hacerse. En una entrevista con el Bulletin of the Atomic Scientists añadió que, a su juicio, la encíclica no cita a ningún autor contemporáneo de tecnología o física, sino a Agustín, Tomás de Aquino y Bérulle.
La institución que silenció a Teilhard produce uno de los documentos religiosos más ambiciosos sobre tecnología, y una de las intérpretes más reconocidas de Teilhard la acusa de no escuchar a la ciencia. El papa presentó la encíclica junto a expertos en IA, entre ellos Christopher Olah, cofundador de Anthropic, y Delio confesó que esa elección le despertó sospechas. Otros lectores, como el obispo Robert Barron, advierten que reducir la encíclica a la IA es perder su reflexión sobre la dignidad humana. El desacuerdo no enfrenta a la ciencia con la fe, sino a dos maneras de pensar su relación.
Un dios comercializado
Mientras teólogos y biólogos discuten la arquitectura de lo real, la espiritualidad cotidiana se comercializa. En septiembre de 2025, The New York Times informó que Bible Chat superaba los 30 millones de descargas y que la aplicación católica Hallow había desplazado brevemente a Netflix, Instagram y TikTok en la App Store. El director de ChatWithGod contó que sus usuarios preguntan sobre todo si realmente hablan con Dios.
Estos asistentes se construyen sobre modelos que tienden a validar al usuario. Heidi Campbell, de la Universidad de Texas A&M, advierte que nos dicen lo que queremos oír. Un producto optimizado para retener al usuario difícilmente le pedirá conversión, renuncia o perdón al prójimo.
La investigación más reciente añade una paradoja. El 26 de mayo de 2026, un día después de la presentación de la encíclica, un consorcio de cuatro universidades confesionales: Brigham Young, Baylor, Notre Dame y Yeshiva, presentó en Atenas estudios según los cuales los modelos de uso general mencionan la religión apenas entre un 5 % y un 16 % de las veces ante preguntas sobre duelo, culpa o perdón, y orientan sutilmente las consultas sobre conversión. El dato admite más de una lectura: puede revelar un sesgo, o la prudencia de no ofrecer orientación espiritual que nadie pidió. Pero el contraste es elocuente: la misma tecnología que en una aplicación halaga al creyente, en otra lo ignora. En ambos casos, el resultado converge en una religión sin comunidad ni exigencia, que confirma en lugar de transformar.
Círculo de cuidado
Los dos paréntesis de Teilhard, Nietzsche de un lado y Omega del otro, resumen dos maneras de interpretar el universo: materia indiferente que el ser humano debe llenar de valores inventados, o un proceso que tiende, desde dentro, hacia más conciencia y más unión. Ni Levin ni Delio resuelven el dilema. Los experimentos del primero hacen menos plausible una materia inerte, pero no prueban un espacio de formas; la teología de la segunda muestra el atractivo de un Dios en devenir y el costo de alejarse de la trascendencia. Ambos, sin embargo, devuelven la pregunta por lo divino al terreno de lo que se discute con fundamento.
La diversidad de inteligencias que la biología sintética y la IA empiezan a producir vuelve urgente un criterio. Propongo uno, inspirado en una analogía del propio Levin. Si la inteligencia crece cuando se amplía el horizonte de lo que a un sistema le importa, y el cáncer es la célula que deja de cuidar el organismo al que pertenece, cualquier espiritualidad, religiosa o laica, puede medirse por si ensancha o estrecha nuestro círculo de cuidado. No es una guía completa, sino un criterio para orientarnos en un mundo en el que humanos, organismos sintéticos e IA tendrán que convivir.
En lo individual, la pregunta es simple y exigente: ¿esta práctica, esta aplicación, esta rutina me abre a otros o me devuelve mi propia voz amplificada? La oración, la lectura lenta o la ciencia hecha en común suelen ensanchar ese círculo; la confirmación perpetua lo estrecha. En lo colectivo, el criterio vale para instituciones y algoritmos: ¿integran o fragmentan, distribuyen poder o lo concentran?
Nietzsche temía que, sin Dios, tendríamos que convertirnos en dioses. Hoy la tentación ha tomado forma técnica: diseñar organismos, rediseñar cuerpos, optimizar vidas, hablar con máquinas a las que atribuimos divinidad. Tal vez el renacimiento de Dios que Teilhard anotó en su diario no consista en restaurar al antiguo soberano, sino en aprender lo que la biología y la mística parecen decir a la vez: que ninguna parte se basta a sí misma, y que crecer es ampliar aquello que amamos. El loco de Nietzsche llegó demasiado pronto. Quizá Teilhard también.