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Pide que el camino sea largo

La actual crisis mundial no es una emergencia transitoria que volverá a la “normalidad”. Toda travesía de liderazgo personal comienza con una crisis que resquebraja las certezas heredadas. Robert Thomas y Warren Bennis, en su artículo Crucibles of Leadership (2002), estudiaron a líderes de distintas generaciones y hallaron un patrón común: todos habían atravesado un “crisol”, una experiencia intensa, una pérdida, un fracaso, una injusticia, de la que emergieron con un sentido transformado de quiénes eran. Escriben:

La vida nos pone a prueba a todos, pero son muy pocos los que logran extraer fuerza y sabiduría de las experiencias más difíciles. A esas personas se les conoce como líderes.

La capacidad de gobernar nuestra propia vida se ha convertido en una necesidad existencial. Pocas metáforas iluminan mejor esta búsqueda que la Odisea de Homero. Nuestra época actual ofrece un crisol individual y colectivo de proporciones homéricas. El Global Risks Report 2026 del Foro Económico Mundial, recoge la percepción de más de 1.300 expertos y describe la incertidumbre como tema dominante: la mitad anticipa un horizonte turbulento o tormentoso a dos años. La desinformación se mantiene entre los principales riesgos de corto plazo (segundo puesto), tras encabezar el ranking los dos años previos; la confrontación geoeconómica es el detonante más temido para una crisis material; y la desigualdad aparece como el riesgo más interconectado.

Pero la crisis no es solo geopolítica o ambiental. El informe State of the Global Workplace 2026 de Gallup encontró que el compromiso laboral global cayó al 20% en 2025, su nivel más bajo desde 2020, con gigantescos costos en pérdida de productividad. Cuatro de cada diez trabajadores reportan estrés diario y uno de cada cinco se siente solo. Millones de personas pasan la mitad de su vida en actividades que no las convocan, que no parecen ir hacia ningún lugar.

La tercera capa es aún más profunda. El 30 de junio de 2025, la Comisión de la OMS sobre Conexión Social publicó From Loneliness to Social Connection, que evidencia que una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad, asociada a unas 871.000 muertes anuales, cerca de cien por hora, con un impacto especialmente duro entre adolescentes y jóvenes (en torno a uno de cada cinco) y en los países de menores ingresos. Tres informes, tres escalas, un mismo hilo: un mundo hiperconectado tecnológicamente y, sin embargo, profundamente desorientado. La paradoja central de nuestro tiempo es que nunca tuvimos tantos mapas y tan poca brújula.

El giro subversivo. En la Odisea, Ítaca es la meta: Ulises lucha, sufre, pierde a sus hombres y desafía a los dioses durante diez años con el solo objetivo de regresar a casa. Su isla es el premio; el viaje, el obstáculo por superar. Pero en uno de los gestos literarios más subversivos de la modernidad, Constantino Cavafis leyó la Odisea desde el final, donde Ítaca deja de ser un lugar y se transforma en una estructura de la conciencia. En su poema de 1911 escribió:

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras, lleno de experiencias.

La isla de Ítaca representa lo que todos creemos desear, esa Ítaca que cada uno imagina con sus deseos, con sus ideales, con sus logros. Sin embargo, Cavafis, se empeña en recordarnos que lo importante no es llegar, sino lo que el viaje nos va dejando. Ítaca no tiene nada que darte que no sea el viaje mismo. Comprendida así, la Odisea deja de ser un poema de regreso para volverse un manual de transformación. La meta se consigue y se agota; el propósito orienta sin clausurar, y por eso moviliza. En un mundo donde la automatización borra empleos, las instituciones pierden legitimidad y los vínculos se vuelven efímeros, tener una dirección interna deja de ser un lujo filosófico para convertirse en competencia de supervivencia. Cada prueba del periplo representa una fijación que debe disolverse y una virtud que nace al superarla.

Los lotófagos: la parálisis del olvido. El viaje comienza con la pérdida de sentido. Ulises y sus guerreros arriban a una costa donde los habitantes les ofrecen el loto, una flor que induce un olvido placentero y anula el deseo de regresar. Quienes la prueban dejan de preguntarse por Ítaca; flotan en una ataraxia vegetativa. Cavafis lo advierte desde el primer verso: “no apresures el viaje en absoluto”. Quien se detiene aquí, quien prefiere la inercia cómoda al dolor de la travesía, ha confundido el fin con la parálisis. Ulises resuelve la crisis arrastrando a sus hombres de vuelta a las naves. La virtud que inaugura el periplo es la memoria activa, ese tirano interno que nos prohíbe olvidar quiénes queremos ser. Vivir, es preferir la nostalgia del horizonte a la anestesia del presente.

Polifemo: la vanidad del ego. En la cueva del cíclope, Ulises descubre que la fuerza bruta solo puede vencerse con astucia. Le dice a Polifemo que su nombre es “Nadie”, una negación del yo que le permite escapar. Pero al huir comete el error que Cavafis nos exhorta a evitar: la vanidad. Ulises grita su nombre verdadero, su estirpe y su patria, y ese acto de jactancia convierte la huida en condena: Poseidón lo perseguirá durante años. La fijación aquí es la necesidad de reconocimiento; la virtud que debe nacer es la humildad. El héroe tendrá que reaprender, etapa tras etapa, a ser “Nadie”, no por astucia sino por sabiduría. Solo al final, en su propio palacio, disfrazado de mendigo, Ulises encarnará esa lección.

Eolo y los lestrigones: la ilusión del control. El dios Eolo entrega a Ulises un odre donde encierra todos los vientos adversos. Ítaca está cerca, pero la tripulación, corroída por la sospecha, abre el odre creyendo que estaba lleno de oro, y la tempestad los devuelve al mar. Luego, en la tierra de los Lestrigones, caníbales gigantes destrozan once de sus doce naves. El mensaje es devastador: la pretensión de control absoluto es la antesala del naufragio. Ni la tecnología (el odre) ni las estructuras (el puerto) garantizan el viaje. Cavafis escribió: “No temas a los lestrigones, ni a los cíclopes, ni al salvaje Poseidón. Seres tales no hallarás en tu camino si tu pensar es elevado y selecta es la emoción que albergan tu espíritu y tu cuerpo”. Los monstruos externos son, en buena medida, proyecciones de nuestro pensamiento. La virtud necesaria para esta prueba es la prudencia: aceptar que el viajero no domina el mar, sino que negocia su fragilidad con él.

Circe y el inframundo: la integración de la sombra. Hasta aquí, Ulises ha combatido enemigos externos. Con Circe y el Hades, el viaje se interioriza. Circe transforma a los hombres en cerdos: surge la animalidad cuando la razón se rinde al instinto. Ulises, protegido por la planta moly (símbolo de un conocimiento que inmuniza), restaura la forma humana. Pero Circe prescribe el necesario descenso al Inframundo. Allí, Ulises habla con su madre muerta, escucha a Aquiles que confiesa preferir la vida a la fama póstuma y recibe del adivino Tiresias las instrucciones para su regreso. La fijación que se disuelve es la nostalgia de la gloria; la virtud que se aprende es la piedad y la conciencia e integración de la propia sombra. Quien no dialoga con sus muertos no asciende a la plenitud.

Las sirenas: el deseo de saberlo todo. El canto de las Sirenas ofrece conocimiento absoluto: “Sabemos todo cuanto ocurre sobre la tierra fecunda”. Su voz es la promesa de una belleza que anula la voluntad. Ulises se hace atar al mástil mientras sus compañeros se tapan los oídos con cera. Es la división entre quien goza el sentido y quien ejecuta la acción. Ulises desea oír la belleza del mundo, pero no quiere que esa belleza lo destruya. La virtud es la previsión, la disciplina de aferrarse a valores y principios sólidos porque uno conoce su debilidad. No se trata de evitar toda tentación, sino de ser conscientes para evitar que la atracción por lo absoluto nos desvíe.

Escila y Caribdis: la pérdida inevitable. Inmediatamente después, el estrecho de Escila y Caribdis impone una lección más dura. Aquí no hay cera ni mástil que valga. Escila puede comerse a seis hombres y Caribdis tragarlos a todos. Ulises debe elegir el mal menor: pasar junto a Escila y perder seis vidas, sabiendo que no hay salida sin costo. Si las Sirenas enseñan a dominar el deseo, Escila y Caribdis enseñan a aceptar el sufrimiento inevitable. La virtud es la sabiduría: madurar es aceptar que ciertas encrucijadas de la vida mutilan, y aun así ser capaces de decidir.

La isla del Sol: la impaciencia y la hybris. La isla del Sol contiene una prohibición radical: no tocar el ganado sagrado de Helios. Pero el hambre, la desesperación y el nihilismo empujan a la tripulación a sacrificar las vacas. El resultado es la aniquilación total: Zeus fulmina la nave. Solo Ulises, que no participó, sobrevive aferrado a un madero. La fijación es la satisfacción inmediata contra toda ley, la hybris de quien prefiere morir devorando lo prohibido antes que esperar. Es la antítesis de la paciencia de Cavafis: “Mejor que dure muchos años”. La virtud que aquí se forja es la paciencia, la capacidad de posponer la gratificación en nombre de un bien mayor.

Calipso: la tentación del absoluto. Aferrado a un madero, el náufrago Ulises llega a la isla de Calipso. La diosa le ofrece inmortalidad, juventud y amor eterno. Es la tentación del Absoluto, el fin de todo deseo porque todos los deseos estarían colmados. Pero Ulises pasa siete años llorando en la playa. Sabe que el paraíso sin Ítaca es una cárcel dorada. Su decisión de construir una balsa y lanzarse al mar, eligiendo el riesgo del naufragio a la seguridad de la eternidad, es el acto supremo de la voluntad humana. La virtud es la renuncia consciente, la aceptación de la finitud como condición del sentido.

Ítaca: el regreso del “Nadie”. Tras veinte años, Ulises pisa Ítaca. Pero encuentra una nueva prueba: los pretendientes de su esposa que devoran su hacienda. Disfrazado de mendigo, Ulises soporta humillaciones, insultos y es capaz de contener su ira. Lo que en la cueva del cíclope fue táctica de supervivencia, aquí es sabiduría adquirida: el héroe se ha vuelto verdaderamente “Nadie”. Ha integrado todas las virtudes del viaje: sabiduría, justicia, templanza y coraje.

La Odisea de Homero intenta enseñar a no ceder a lo que nos aparta de la verdadera esencia y a usar la astucia del espíritu contra la fuerza de nuestras pasiones. Cavafis, en su lectura, agrega que, si viajamos limpios de vanidad, miedo y rencor, la vida deja de ser una guerra y se convierte en una travesía. El viajero debe coleccionar experiencias, saberes, olores, ciudades, como quien va tejiendo su alma con los hilos de cada encuentro. En cambio, el dinero, los bienes, el éxito quedan reducidos a la nada frente al verdadero tesoro, que es la mirada transformada.

Por más largo que sea el vagabundeo por los mares de la vida, la Ítaca interior espera fielmente. Ítaca no decepciona nunca, porque su función es darnos la motivación para vivir. Ítaca es la metáfora del sentido de la vida misma. El final solo tiene valor por el camino que lo ha precedido. Tal vez la tarea de este siglo, individual y colectiva, sea tan sencilla de enunciar como difícil de cumplir: pedir que el camino sea largo. Cavafis cierra su poema con un mensaje:

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado. Así, sabio como te has vuelto, enriquecido con tanta experiencia, entenderás por fin qué significan las Ítacas.

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