
Un auténtico ser humano
Antón Chéjov fue un maestro del cuento, dramaturgo y médico en la Rusia zarista, considerado uno de los autores más importantes de la literatura universal. Introdujo un realismo y una profundidad que transformaron el teatro, apostando por un enfoque auténtico y alejado del melodrama. Eduardo Galeano, en Los hijos de los días (2011), resumió: “Escribió como diciendo nada. Y dijo todo”. Su obra es un espejo de la vida real y de la condición humana en toda su complejidad y ambigüedad. Un espejo en el que todos podemos reflejarnos. En Sobre literatura y vida (2019), Jesús García recoge un fragmento de una carta que Chéjov escribe a su hermano Aleksandr: “No imagines sufrimientos que no hayas experimentado y no dibujes cuadros que no hayas visto, pues la mentira en un cuento es mucho más aburrida que en una conversación”. Su vida estuvo teñida de estoicismo, deber y compasión. Donald Rayfield, en Antón Chéjov. Una vida (2021), afirma que, en el mundo de Chéjov, nadie gana el debate: la partida ideológica termina en tablas.
Chéjov solía decir con ironía que su vida se dividía en dos partes: “el período en que su padre lo golpeaba y el período en que había dejado de hacerlo”. La escritora italiana Natalia Ginzburg, en su obra Antón Chéjov: Vida a través de las letras (2006), realiza un análisis literario en el que entrelaza la vida del autor con su obra, mostrando cómo sus experiencias personales moldearon su capacidad para capturar la belleza de lo ordinario y su profunda percepción de la naturaleza humana. Escribe Ginzburg:
Tanto la figura del padre como de la madre aparecen con frecuencia en los cuentos de Chéjov: el humor despótico y colérico de uno, la apática resignación de la otra, los cuartos en los que reinaba el miedo. La madre trataba de defender a los hijos de la cólera y los correazos del padre, pero su protección era débil, aterrorizada, resignada a lo peor.
Chéjov nació en 1860 en Taganrog, al sur de Rusia, en una antigua familia de siervos. Su abuelo paterno, Yegor, era el único que sabía leer y escribir en la familia. Logró comprar su libertad tras treinta años de ahorro. Era, según Chéjov, un “tirano impenitente” que impulsó el ascenso social de sus tres hijos, entre ellos Pável, el padre de Antón. Pável fue designado comerciante, pero tenía alma de artista. Fue un fanático cristiano ortodoxo y llegó a ser director del coro. Estaba frustrado con su destino de tener que administrar una tienda y cuidar de seis hijos. Su padre lo había golpeado, así que él también golpeaba a sus hijos. En una carta Chéjov escribió:
Recuerdo que mi padre se ocupaba de mi educación, o, dicho de otro modo, aunque todavía no alcanzaba los cinco años ya me pegaba. Me apaleaba, me tiraba de las orejas, me daba golpes en la cabeza. De manera que cada mañana mi primer pensamiento era: ¿tendré hoy mi paliza?
Aunque Pável ya no era siervo, se inclinaba y besaba la mano de todos los funcionarios y terratenientes locales. Seguía siendo siervo en su corazón. Por el lado materno, la historia era similar. Eran campesinos ucranianos, que también habían comprado su libertad. Evguenia, la madre, era una mujer fuerte y abnegada, con un talento natural para contar historias. Mientras Pável imponía el canto en el coro a sus hijos a golpes, Evguenia intentaba protegerlos como podía y los consolaba con sus cuentos. Ese contraste marcó al escritor para siempre. Ginzburg escribe:
De este ambiente nació la profunda aversión que el escritor sintió toda la vida hacia las prácticas religiosas y su constante preocupación por el dinero, aunque no en forma de pasión avara y ávida, como le ocurría a su padre, sino como una necesidad apremiante y obsesiva, como le ocurría a su madre.
Decepcionado por lo mal que marchaba la tienda, Pável quiso que sus hijos estudiaran. Pero, con frecuencia, no podían ir a la escuela por falta de pago, de zapatos o de ropa adecuada. De niño, Antón estuvo gravemente enfermo de peritonitis y se salvó gracias a la paciencia de un médico, un recuerdo que más tarde influiría en su decisión de estudiar medicina. En 1876, el padre quebró y, amenazado de cárcel, huyó a Moscú. El resto de la familia lo siguió. Antón, con dieciséis años, se quedó solo en Taganrog, decidido a terminar sus estudios secundarios. Durante tres años sobrevivió dando clases particulares y realizando toda clase de trabajos para pagar su sustento y algunas deudas paternas. En la escuela comenzó a producir la revista El tartamudo, que escribía a mano. También escribió artículos breves que intentó publicar a través de su hermano mayor en Moscú. Gracias a su infatigable capacidad de trabajo, ingenio y resiliencia, logró graduarse y obtener una beca para estudiar medicina en Moscú.
Por fin en 1879, el joven Chéjov se pudo reunir con su familia en Moscú e ingresó a la carrera de Medicina. Vivían hacinados en una pieza en el sótano de una casa en el sector de prostitución. Su padre bebía más que antes y sus hermanos ya no estudiaban. Así que, con diecinueve años, Antón asumió la responsabilidad de la familia. Rodeado del bullicio y los deberes académicos, empezó a escribir relatos humorísticos y viñetas satíricas en revistas bajo seudónimos como “Antosha Chejonté”. Le pagaban por línea. Esos primeros cuentos, parodias y relatos breves los escribía a un ritmo frenético. La muerte de un funcionario (1883) o El camaleón (1884) presentan situaciones ridículas de la burocracia y la picardía provinciana. No pretendía predicar ningún mensaje grandilocuente; escribía con descaro, riéndose de los vicios humanos sin vanas idealizaciones. “Algo me dice que hay más amor a la humanidad en la energía eléctrica y la máquina de vapor que en la castidad y la negativa a comer carne”. Los más de cuatrocientos cuentos de esa época financiaron los estudios de sus hermanos y la estabilidad familiar.
En 1884 se graduó y comenzó a ejercer la medicina en varias poblaciones simultáneamente mientras seguía escribiendo. Confesó: “Escribo para ganar dinero y para no aburrirme”. Solía decir que en realidad era médico y que pronto dejaría de escribir: “La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra”. Y añadía que no tardaría en abandonar a esa amante. Sin embargo, su prestigio literario crecía. En 1886, recibió una carta del reconocido escritor Dmitri Grigórovich. En ella le manifestaba su admiración y le aseguraba: usted tiene un deber moral con su desbordado talento. Aquel reconocimiento hizo que Chéjov tomara conciencia de su dimensión artística y abandonara gradualmente la escritura fácil que le daba dinero rápido. Fruto de esta nueva seriedad creativa, su obra se volvió más profunda. Comenzó a escribir contra la injusticia, la crueldad y la estupidez que observaba en su entorno. En Relatos de colores variados (1886) abundan personajes ilusos, humillados y fracasados, y emerge con más fuerza la denuncia social. En Enemigos (1887) explora la amargura, la enfermedad y la incomunicación, anticipando la visión desencantada de su madurez. En 1888, la Academia de Ciencias le concedió el Premio Pushkin por la colección En el crepúsculo (1887): la primera consagración de su nueva seriedad, que él, fiel a su carácter, recibió sin darse demasiada importancia.
Atendiendo pacientes, contrajo tuberculosis. La enfermedad, entonces incurable, la ocultó y se negó a reconocerla durante años. En 1897, sufrió una gran hemorragia en un restaurante de Moscú y, con dificultad, aceptó ingresar en la clínica, donde se le confirmó el diagnóstico. Tenía entonces 37 años. La tuberculosis lo obligó a abandonar la medicina activa, pero profundizó su compromiso social. Las cosas para Chéjov no son fáciles: su salud no mejora, su pobreza y la de su familia siguen allí. Debe hacerse cargo de las deudas de su hermano Nikolái, pintor de talento, pero alcohólico. En 1889, Nikolái muere víctima de la tuberculosis a los treinta y un años. Antón había cuidado de él durante su agonía y su pérdida lo dejó deshecho; sabía que él mismo tenía los días contados. Esa conmoción precedió a una de las decisiones más sorprendentes de su vida: viajar por cuenta propia a la remota isla de Sajalín. A pesar de su enfermedad, emprendió el viaje de casi tres meses a la colonia penal siberiana para documentar las condiciones inhumanas en que vivían los presos y sus familias. Ese era como un estado oculto de Rusia; nadie sabía realmente qué pasaba allá. Las condiciones de vida de los niños lo indignaron. Las escuelas no funcionaban y carecían de todo. Telegrafió a sus amigos solicitando donaciones de libros y otros materiales. En 1892 publicó El pabellón n.º 6, un relato estremecedor sobre un médico insensible que dirige un manicomio opresivo y acaba convirtiéndose en víctima de su propio manicomio: una alegoría de la crueldad institucionalizada y la locura de la indiferencia ante el dolor ajeno. Chéjov definió su travesía a Sajalín como viaje al infierno. Comentaba que los rusos debían ir a Sajalín igual que los turcos van a La Meca. Debían conocer el horror para no ignorarlo. Su libro La isla de Sajalín (1895) fue un hito del periodismo científico y la denuncia social, atrajo la atención del público y contribuyó a mejoras sustanciales en la isla. En una carta escribió: “Cuando Dios creó ese lugar, lo que menos tenía en mente era al ser humano”.
Desde Sajalín hasta su muerte prematura, Chéjov alcanzó la cumbre de su arte tanto en el cuento como en el teatro, y su cosmovisión se transformó. La enfermedad y la cercanía de la muerte disolvieron su antigua frivolidad: la muerte dejó de ser un recurso cómico para convertirse en una presencia existencial. Miraba con severidad la escritura de sus años de “Antosha Chejonté”. Se propuso retratar a las personas tal como son, con sus claroscuros, evitando dividirlas en buenos y malos. “Los dramaturgos contemporáneos llenan sus obras solamente con ángeles, pícaros o bufones… Yo he querido hacer algo original: no he creado un solo pícaro ni ángel […] No he condenado a nadie y no he justificado a nadie”. Chéjov comprendió que el mundo real está lleno de preguntas sin resolver. Su literatura renuncia a las respuestas fáciles y a los juicios. “El artista no debe convertirse en juez de sus personajes ni de lo que hablan, sino en un testigo imparcial”. Por ello, en sus cuentos y obras tardíos abundan finales abiertos y situaciones ambiguas que invitan a la reflexión, en lugar de sentencias morales.
Su madre y su hermana María fueron pilares en su vida. En una carta escribió: “para nosotros, nada es más valioso que nuestra madre en este desordenado mundo”. En obras como En el barranco (1900), los padres aparecen como víctimas de un sistema opresivo. Lejos de la venganza o el resentimiento, Chéjov practicó una comprensión radical de las flaquezas humanas. Con los años llegó a mirar a su padre menos como al verdugo de su infancia que como a otra víctima: un hombre a quien la servidumbre había deformado y que nunca llegó a ser del todo libre. No lo absolvió, pero tampoco lo condenó. En esa mirada late una de sus convicciones más hondas, la misma que recorre toda su obra: que lo que de verdad importa no es juzgar, sino comprender; que en un mismo corazón la herida y la ternura pueden convivir sin anularse, y que tal vez la compasión es más fuerte que el rencor.
Chéjov se instaló en una finca rural en Mélijovo, donde ejerció de médico rural. Atendía gratis a los campesinos y alzaba una bandera en su casa para avisar que el “doctor Chéjov” estaba disponible. Participó activamente en la ayuda durante la hambruna de 1891-92 y la epidemia de cólera de 1892. En 1902 renunció a su nombramiento en la Academia Imperial de las Ciencias en protesta por la censura a Maksim Gorki. En el invierno de 1904, ya muy enfermo, quiso hacer un último viaje en trineo abierto. Escuchar las campanas y aspirar el aire frío era uno de sus mayores placeres, y necesitaba sentir esa libertad una vez más, sin importar las consecuencias. En julio de ese año, para tratarse, viajó al balneario alemán de Badenweiler, pero consumido por la tuberculosis, llamó al médico y le dijo, en alemán: “Ich sterbe” (“Me muero”). El médico quiso mandar a buscar oxígeno. Chéjov replicó que era inútil: cuando lo trajeran, ya habría muerto. Entonces, el médico, siguiendo la tradición frente a la muerte de un colega, le ofreció una copa de champán. Chéjov la aceptó agradecido. Antón Chéjov falleció el 15 de julio de 1904, a los cuarenta y cuatro años. Tras su muerte, se coordinó el envío de su cuerpo a Moscú. No se sabe por qué llegó en un tren destinado al transporte de ostras. Los amigos y familiares que esperaban vieron llegar un tren de color verde, uno de cuyos vagones llevaba un cartel con la palabra “Ostras”. En el andén de la estación, una banda militar tocaba una marcha fúnebre. Los amigos pensaron que las autoridades habían querido saludar a Chéjov con aquella banda. Así que se formó el cortejo y todos lo siguieron. Pero de repente se dieron cuenta de que ese no era el funeral de Chéjov, sino el de un general que había fallecido en Manchuria. Su muerte fue el epílogo perfecto para un “cuento de Chéjov”. Janet Malcolm, en Reading Chéjov (2001), escribe:
Su vida fue su obra maestra inacabada: un relato sobre la dignidad en la derrota, donde el héroe nunca se da por vencido, pero tampoco gana.
Chéjov convirtió esa tensión irresuelta en el centro mismo de su arte. En una carta a su editor, imaginó un cuento que jamás redactó: la historia de un joven que exprime de sí, gota a gota, la sangre de esclavo hasta despertar una mañana sintiendo que ya no corre por sus venas sangre servil, sino la de un auténtico ser humano. No lo escribió. Tal vez porque intuyó que esa liberación, si acaso existe, no se deja encerrar en un relato con punto final. Su literatura no ofrece un método para superar el pasado ni instrucciones para perdonar al verdugo. Más bien sostiene un espejo donde cada lector enfrenta sus propias contradicciones sin que el autor dicte sentencia. Chéjov no se erigió en juez de su padre ni en ejemplo de superación: observó, con precisión clínica y una compasión exenta de sentimentalismo, que la herida y la ternura pueden coexistir sin anularse. ¿Logró exprimir hasta la última gota de sangre servil? Sus biógrafos más rigurosos, como Donald Rayfield, muestran a un hombre que convivió hasta el final con la inseguridad económica, la enfermedad y una íntima soledad afectiva. La libertad que alcanzó no fue una meta conquistada, sino una manera de habitar el mundo sin exigirle respuestas. Tal vez por eso, su obra sigue interpelándonos. Porque sus cuentos nos recuerdan que la vida está hecha de preguntas sin resolver. Y que, en ese acto de mirar sin juzgar, de decirlo casi todo diciendo nada, puede esconderse la más profunda forma de honestidad.