
Y si fueras mi mamá…
Las imágenes de Punch, un macaco bebé en el zoológico de Ichikawa (Japón), se han vuelto virales después de que su madre lo rechazara, fuera “acosado” por otros monos y formara un vínculo con un orangután de peluche. En el artículo “The tragedy of Punch the monkey” (2026), publicado en The Guardian, la primatóloga Alison Behie, de la Universidad Nacional Australiana, explica que, aunque inusual, este abandono puede ocurrir. “En el caso de Punch, su madre era primeriza, lo que indica inexperiencia”. Los cuidadores del zoológico argumentan que Punch nació durante una ola de calor, lo que representa un entorno de alto estrés. “Cuando la supervivencia se ve amenazada, algunas madres priorizan su propia salud y su futura reproducción en lugar de seguir cuidando una cría cuya viabilidad podría estar comprometida”.
Desde su nacimiento, las crías de macaco se aferran al cuerpo de su madre para sentirse seguras. Behie explica: “El juguete que Punch tiene puede estar sirviendo como una figura de apego, especialmente considerando que tiene seis meses, por lo que todavía necesita ser amamantado”. Aclara que, el comportamiento de los otros monos hacia Punch “no es acoso, sino una interacción social normal”. Los macacos japoneses tienen estrictas jerarquías matrilineales, donde las familias de mayor rango ejercen su dominio. Incluso con su madre, Punch probablemente enfrentaría agresiones. Sin embargo, sin su madre, “Punch podría no aprender las respuestas apropiadas para encajar en su estructura social, lo que puede tener implicaciones permanentes en la forma en que se integre al grupo cuando sea adulto”.
Ya en los años cincuenta, el psicoanalista John Bowlby propuso que la relación entre la madre y su hijo viene definida en todos los seres vivos por el concepto de vínculo afectivo. Bowlby impulsó la investigación sobre el apego y la separación en primates (monos y humanos). Según Bowlby podemos aprender mucho del comportamiento de los animales, enfatizando la importancia de la psicología evolutiva. Como analogía, Punch ilustra tres ideas clave para abordar el trauma infantil humano: a) necesidad de contacto y seguridad, b) amortiguación social, y c) vínculo, pérdida y duelo. Sin embargo, Punch ilustra una lección comunicacional fundamental: las analogías pueden sensibilizar, pero deben usarse con límites explícitos, evitando convertir el sufrimiento humano o animal en espectáculo. Rigor más compasión es parte de la reparación cultural que el estudio del trauma infantil demanda. En su libro El apego (2024), Bowlby escribió:
Los niños pequeños, que por cualquier motivo se ven privados del cuidado y la atención continuos de una madre o de una madre sustituta, no solo sufren perturbaciones temporales por dicha privación, sino que en algunos casos pueden sufrir efectos a largo plazo que persisten.
El trauma infantil puede entenderse como un conjunto de experiencias y condiciones (agudas o crónicas) que sobrepasan la capacidad de afrontamiento de niñas, niños y adolescentes y alteran su desarrollo socioemocional, cognitivo y físico, con efectos que dependen de la edad de exposición, la duración (repetición), el tipo de adversidad y, fundamentalmente, la presencia de relaciones protectoras. Gabor Maté, uno de los médicos más reconocidos en torno al trauma, en El mito de la normalidad (2023), define el trauma como “herida interna” y enfatiza que el daño no es el evento en sí, sino su efecto en la conexión con uno mismo y con los otros. “El trauma no es lo que nos pasó, sino lo que pasó dentro de nosotros como resultado”. No es el golpe en la cabeza, sino la conmoción que provoca. Maté nació en Budapest, Hungría, en enero de 1944 y en mayo de ese año comenzó la deportación de judíos a Auschwitz. Cita el diario de su madre:
Mi querido hombrecito […] nos trasladaron a la fuerza al gueto vallado de Budapest, […] te puse en manos de una perfecta desconocida para que te llevara con tu tía Viola, porque vi que tu pequeño cuerpecito no podría soportar las condiciones de ese edificio.
Maté explica que su trauma no fue que su madre lo entregara a un extraño. Su trauma fue pensar que él “no valía” como ser humano, que no importaba, que no merecía afecto. Para Maté, “no sentirse visto” era una situación de amenaza vital, ya que lo separaba de su madre. “Ese es mi detonante. Si alguien no está de acuerdo conmigo, genial, no me importa. Pero que me vean”. Para un niño, existen eventos traumáticos brutales que incluyen cosas como el abuso o la pérdida de sus padres; sin embargo, se puede herir a un niño también no satisfaciendo sus necesidades de afecto y reconocimiento. En palabras de Maté:
La culpa paralizante; el odio hacia uno mismo y sus primos hermanos: el autorrechazo, el autosabotaje y los impulsos autodestructivos, son mucho más que pensamientos; viven en nuestra neurofisiología y en nuestra mente.
El trauma no resuelto afecta la autoestima, las relaciones, la percepción del mundo y puede manifestarse en enfermedades. La investigación con primates respalda las intuiciones de Bowlby y Maté, pero también matiza el determinismo del trauma. El estudio pionero “Building an Inner Sanctuary: Complex PTSD in Chimpanzees” (2008), documentó por primera vez síntomas de trastorno de estrés postraumático complejo en chimpancés (Jeannie y Rachel) rescatados de laboratorios de investigación. Sometidos a décadas de confinamiento, aislamiento y procedimientos invasivos, presentaban síntomas idénticos a los de humanos traumatizados: hipervigilancia, disociación, ataques de pánico, autolesiones y conductas ritualizadas. Este hallazgo confirma que el sufrimiento psicológico profundo hunde sus raíces en nuestra biología compartida.
Sin embargo, la evidencia más reciente es esperanzadora. El estudio “Early Trauma Leaves No Social Signature in Sanctuary-Housed Chimpanzees” (2022), con 78 chimpancés huérfanos en África reveló que, en entornos seminaturales, eran socialmente indistinguibles de los criados por sus madres, con mismo tamaño de grupos, proximidad social y conductas de acicalamiento. Esto sugiere que, en entornos socialmente ricos y estables, los primates pueden superar aparentemente las secuelas de sus experiencias traumáticas tempranas. En la misma línea, el estudio longitudinal de diez años: “Factors shaping socio-emotional trajectories in sanctuary-living bonobos” (2024), en el santuario Lola ya Bonobo (República Democrática del Congo), demostró que, aunque los bonobos huérfanos mostraban habilidades sociales ligeramente reducidas en comparación con sus congéneres criados por madres, sus capacidades empáticas y sociales se mantenían dentro del rango normal de la especie. Los bonobos huérfanos consolaban a otros, participaban en juegos sociales y formaban vínculos, lo que indica que el “instinto maternal” o cuidador puede ser suplido por el grupo social. Como señaló la investigadora Stephanie Kordon, de la Universidad de Durham, “los huérfanos demuestran una capacidad para superar desafíos”, y los centros de rehabilitación juegan un papel vital en este proceso. Esta capacidad de recuperación no implica que el trauma no deje huella. Estudios en santuarios europeos confirman que las experiencias traumáticas tempranas, como presenciar la muerte de la madre o el aislamiento prolongado, producen un impacto duradero en el comportamiento social. Pero la clave, coinciden los expertos, es el entorno: conexión social, espacio físico y reintegración gradual. Esto permite que incluso individuos gravemente traumatizados, como la chimpancé Jeannie, que llegó con convulsiones diarias y conductas autolesivas graves, experimenten mejoras significativas.
Boris Cyrulnik, mundialmente conocido por su trabajo sobre la resiliencia y los traumas de la infancia, en su libro Los patitos feos (2001), explica cómo un cierto número de niños traumatizados son capaces de soportar sufrimientos inimaginables y, a veces, incluso utilizarlos para volverse más humanos. Cyrulnik argumenta que el sufrimiento, por terrible que sea, para una persona puede ser la causa de su creación en lugar de su destrucción. Incluso los niños que parecen estar carentes de toda oportunidad pueden salvarse, y tiene evidencias. Cyrulnik, al igual que Maté, habla con propiedad: es su historia de vida. En su libro Me acuerdo…: El exilio de la infancia (2010), escribe:
Mi padre desapareció en Auschwitz. Mi madre y gran parte de mi familia también desaparecieron en Auschwitz. Yo fui detenido por la Gestapo, cuando tenía seis años y medio.
Tan niño y solo, no entendía lo que estaba pasando,logró escapar con vida en unas condiciones surrealistas. Al terminar la guerra, cuando les contaba a las personas lo que había vivido, se reían de él, creían que lo había inventado todo. Apenas había ido al colegio, pero recuperó el retraso. Logró estudiar medicina en la Universidad de París. “Necesitaba comprender lo que me había pasado. Estoy siguiendo mi propio camino, simplemente haciendo lo que tengo que hacer para ser considerado normal”. En la década de 1980, luego de publicar su primer libro, fue entrevistado en televisión, y una señora llamó por teléfono al canal. “¿Ese no es el pequeño Boris al que ayudé a escapar?”. Esa mujer, había sido enfermera de la Cruz Roja. En una redada, le hizo señas a Boris para que se escondiera bajo el cuerpo de una mujer moribunda. De las 1.700 personas arrestadas esa noche solo hubo dos supervivientes: la señora moribunda y Boris. “Ahora podemos hablar de ello sonriendo, podemos intentar comprender”. Cyrulnik se dio cuenta que podía aplicar su propia experiencia para ayudar a otros. Se le considera el padre de la etología humana. Un etólogo estudia el comportamiento animal, que lo ve como instintivo. “No es tanto que tenga nuevas ideas […] pero sí ofrezco una nueva actitud”. Escribe:
La resiliencia es iniciar un nuevo desarrollo después de un trauma […] Consiste en abandonar la huella del pasado. […] es el hecho de superar el trauma y volverse bello a pesar de todo […] La resiliencia está en marcha toda la vida, pero los primeros años son muy importantes. Es como una partida de ajedrez. Los primeros movimientos son muy importantes, pero, mientras la partida no haya terminado, siguen quedando buenos movimientos.
Cyrulnik considera la resiliencia como un proceso, un conjunto de fenómenos armonizados en el que las personas interactuamos en un contexto afectivo, social y cultural. La resiliencia es el arte de sobrevivir en aguas turbulentas. Un trauma nos arrastra a una dirección a la que nunca nos hubiera gustado ir. La corriente nos lleva dando tumbos y golpes a una cascada de muerte, pero el resiliente es capaz de recurrir a todos sus recursos internos para luchar y no dejarse arrastrar, hasta el momento en que aparece una mano que nos ofrece ayuda, un recurso externo, una relación afectiva, una institución social o cultural que nos permite salir airosos. Cyrulnik distingue tres factores en la resiliencia:
- El temperamento personal, carácter y recursos internos que explican la forma de reaccionar ante los golpes, agresiones o carencias.
- El significado cultural, que el contexto familiar y social da posteriormente a la herida recibida.
- El apoyo social, que posibilita acceder al afecto y recursos necesarios para que el herido prosiga con su vida.
Cuando las heridas están en carne viva, es mejor no pensar mucho en ellas. Con la perspectiva del tiempo, la emoción que provocaron los golpes tiende a apagarse y a dejar en la memoria solo la interpretación del golpe. Esta interpretación depende de la manera en que damos un sentido histórico, cultural y social a lo que ocurrió. A veces, la cultura en que estamos inmersos hace de ello una herida vergonzosa, mientras que, en otras, le da el significado de un acto heroico. El tiempo aporta a suavizar la memoria, y los relatos transforman los sentimientos. A fuerza de intentar comprender, a veces, el herido consigue vendar la herida y modificar la interpretación de su trauma. Este conjunto constituido por un temperamento personal, una significación cultural y un sostén social, explica la asombrosa diversidad de los traumas humanos. Según Cyrulnik lo más importante es entender que la resiliencia no es un rasgo de carácter; las personas no nacemos más o menos resilientes. Explica:
La resiliencia es una red, no una sustancia. Nos vemos obligados a tejernos a nosotros mismos, usando las personas y las cosas que encontramos en nuestros entornos emocionales y sociales. Cuando todo termine y podamos mirar hacia atrás a nuestras vidas desde el cielo, nos diremos a nosotros mismos: ‘Las cosas por las que he pasado. He recorrido un largo camino. No siempre fue un viaje fácil’.
El apego y el afecto ayudan a desarrollar la resiliencia; el cariño les da confianza a los niños y luego, cuando les pasa algo malo, pueden recuperarse. Incluso si un niño ha sufrido mucho, su cerebro es maleable. “Los escáneres cerebrales muestran que los niños traumatizados pueden sanar. En las condiciones adecuadas, el cerebro vuelve a la normalidad en un año”. Cyrulnik sostiene que ningún niño está condenado por su pasado; su lema es: una persona nunca debe reducirse a su trauma. A sus 88 años, Boris Cyrulnik se deleita enormemente con su esposa Florence, su hija Natasha, su hijo Iván, y sus nietos.
Es un milagro que tenga esta familia […] Era mi sueño de adolescente. Recuerdo haber soñado con todas las cosas que quería. Así fue como fue mi pensamiento: si puedo ser psicólogo, lo entenderé todo. Lamentablemente, esto no fue cierto […] Entonces pensé: si llego a vivir junto al mar, a tener un bote y un jardín, seré feliz. Esto era parcialmente cierto. Luego: si tengo amigos y familia, estaré completo. Y esto es lo que me pasó. No es fácil lograr esa felicidad en el mundo moderno, pero lo he conseguido.
Mientras existan los mecanismos de defensa y existan manos dispuestas a ayudar a otros, ninguna lesión es irreversible. El transcurso de la vida nunca carece de problemas y dificultades, pero la elaboración de los conflictos y el trabajo de resiliencia nos permiten retomar el camino, pese a todo. A veces, basta una minúscula señal, una palabra, una sonrisa, un gesto, para transformar a un patito feo en cisne.
Un refrán africano dice que “se necesita una aldea entera para criar a un niño”. Los santuarios de primates parecen confirmar esta sabiduría ancestral. Las investigaciones con chimpancés rehabilitados sugieren que la mezcla de individuos de diferentes orígenes geográficos, combinada con las oportunidades de aprendizaje social que ofrecen los entornos naturales, pueden actuar como un catalizador para adquirir nuevos conocimientos y habilidades, un fenómeno al que los investigadores denominan “Super Chimpancé”. De manera similar, los bonobos huérfanos demuestran que, aunque sus habilidades sociales puedan verse afectadas, la capacidad de cuidar y establecer vínculos persiste. Esta lección trasciende las especies. En mayo de 2020, un ataque terrorista a un hospital en Kabul dejó a muchos bebés huérfanos. Algunas mujeres acudieron para ayudar. Una joven señaló: “He venido aquí hoy para amamantar a estos bebés, porque perdieron a sus madres en este ataque sangriento. Tengo un bebé de cuatro meses… y vine aquí para darles amor de madre”. Maté comentó: “Puede ser que el instinto maternal sea tan natural como el de la maternidad misma”.
El zoológico de Ichikawa actualiza constantemente el estado del pequeño Punch en redes sociales. En sus publicaciones más recientes, informó que Punch ha ido dejando de lado el peluche, que juega con otros macacos bebés y que ha sido “adoptado” por otros adultos del grupo. “Punch está mejorando su interacción con la tropa. Le acicalan, intenta molestar a los demás, le regañan. Aprende día a día a vivir como un mono dentro de la tropa”.
Los seres humanos somos animales sociales. Nos necesitamos unos a otros y estamos destinados a estar cerca de otras personas. Necesitamos ser vistos. Las relaciones cercanas nos ayudan. Nuestros cerebros están programados para que nos importe lo que la gente piensa de nosotros; por eso sentirse juzgado o rechazado es tan angustiante. Sin embargo, necesitamos rodearnos de una comunidad. Necesitamos desprendernos de cualquier sentimiento de vergüenza por un maltrato del que fuéramos víctima. Todos los seres humanos compartimos estas mismas necesidades y, en nuestra cultura y sociedad, muchos de estos factores se subestiman. Únicamente escuchando nuestro dolor seremos capaces de rastrear su origen, y solo una vez ahí, frente a sus causas verdaderas, podremos empezar a superarlo. En palabras de Maté:
Todo empieza por el despertar: el despertar a lo que es real y auténtico dentro y alrededor de nosotros y a lo que no lo es; despertar a quiénes somos y a quiénes no somos; despertar a lo que expresa nuestro cuerpo y a lo que suprime nuestra mente; despertar a nuestras heridas y a nuestros dones; despertar a lo que creíamos y a lo que realmente valoramos; despertar a lo que ya no estamos dispuestos a tolerar y lo que ahora podemos aceptar; despertar a los mitos que nos atan y a las interconexiones que nos definen; despertar al pasado tal como fue, al presente tal como es y al futuro tal como aún puede ser; y, ante todo, despertar a la diferencia entre lo que pide nuestra esencia y lo que nos ha exigido la ‘normalidad’.