
Actitud frente a la vida
En Así habló Zaratustra (1883-1885), Nietzsche propuso una de las imágenes más célebres de transformación personal. “Cómo el espíritu se convierte en camello, cómo el camello se convierte en león, y cómo finalmente el león se convierte en niño”. Cada etapa simbolizaba un estado distinto de actitud frente a la vida. En forma complementaria, el psiquiatra Claudio Naranjo en diferentes charlas y escritos como en Cosas que vengo diciendo (2015), afirmaba que la realización personal está íntimamente ligada a nuestra capacidad de amar. Por un lado, nuestras carencias afectivas infantiles dejan heridas; por otro, la excesiva necesidad de ser amados, consciente o inconscientemente, interfieren luego en todas las dimensiones de nuestra experiencia vital. Así, muchos terminan buscando desesperadamente ser queridos, en lugar de amar auténticamente. Según Naranjo, comprender la naturaleza del amor, en sus diversas facetas, es fundamental para mejorar nuestra calidad de vida. Naranjo afirmaba que nuestra mente “tricerebrada” marcada por el instinto, la emoción y el intelecto, expresa el amor en tres formas: amor deseo (eros, hijo interior), amor compasivo (caritas, madre interior) y amor admirativo (philia, padre interior).
- Amor deseo: es el amor pasional, instintivo y corporal, vinculado a la búsqueda de placer, satisfacción de anhelos y necesidades propias. Naranjo hablaba de “amor dionisíaco” en lugar de “eros” para enfatizar éxtasis y vitalidad más allá de lo meramente sexual. Es fundamental para el vigor, entusiasmo y autoestima física.
- Amor compasivo: es el amor altruista y desinteresado dirigido al prójimo. Satisface la necesidad humana de afecto, conexión y vínculo.
- Amor admirativo: es el amor hacia valores trascendentes, conciencia y respeto. Satisface la necesidad de ideales, inspiración, competencia y dignidad.
Naranjo proponía que, así como en una familia sana, hay armonía entre el padre, la madre y los niños, para la plenitud de nuestra experiencia vital, también es condición necesaria el equilibrio de estas tres formas de amar de nuestra “familia interior”. Sin embargo, solemos tener desequilibrios. Es común desarrollar en exceso un tipo de estos amores y tener déficit en otro, “busco ser amado en vez de amar” o “sobrecargo de ‘caritas’ para compensar falta de ‘eros’”. De esta forma, siguiendo a Naranjo, las tres metamorfosis propuestas por Nietzsche se pueden leer como un itinerario de sanación:
El camello: la carga del deber y la sumisión. En la primera metamorfosis el espíritu se convierte en camello. Nietzsche lo presenta como aquel que “se arrodilla, al igual que un camello, y quiere ser bien cargado”, buscando voluntariamente lo más pesado para sentirse orgulloso de su propia fortaleza. El camello se realiza al decir: ‘Yo puedo’. El camello acepta sin cuestionar los valores heredados, las normas culturales y las exigencias morales; vive sometido al imperativo del “tú debes” y renuncia a sí mismo en nombre de la obediencia y el respeto a otros. Esta etapa simboliza el desequilibrio más frecuente en nuestra cultura: exceso de “admiración” (philia) distorsionado y de “altruismo” (caritas) falsificado, con un déficit marcado de “amor propio” (eros).
- Amor deseo: En esta etapa, está reprimido o directamente negado. El camello sacrifica sistemáticamente sus deseos, placeres y necesidades propias en aras del deber. Nietzsche es claro: “¿No es acaso esto: rebajarse, para ofender a la propia arrogancia?”. El “hijo interior” que solo quiere ser feliz queda sofocado. Como señala Naranjo, nuestra cultura ha eclipsado durante siglos el derecho legítimo a la felicidad personal, privilegiando la obediencia moral sobre la vitalidad instintiva.
- Amor compasivo: Aquí, aparece ambivalente y casi siempre distorsionado. El camello practica una abnegación aparente: carga con las responsabilidades ajenas, “ama a quienes lo desprecian” y soporta la ingratitud. Sin embargo, esta compasión es forzada por el deber, no brota de una empatía genuina. Naranjo advierte que desde la infancia se nos programa para ser “buenos”; ello genera una caridad moralista motivada por culpa o costumbre más que por verdadero amor al prójimo. Además, al faltarle amor propio (déficit de eros), este “caritas” resulta incompleto e insostenible.
- Amor admirativo: En esta fase, se manifiesta en exceso, pero deformado en sumisión acrítica. El camello venera los “valores milenarios” que brillan en las escamas del gran dragón “Tú debes”. Adora ideales externos, tradiciones y autoridades como si fueran sagrados, anulando su propia voz. Es una admiración pervertida que se transforma en devoción por el deber y anula nuestra conciencia.
Nietzsche describe el espíritu del camello como un coleccionista de cargas, conquistas y cicatrices. Esta autoexigencia arriesga a envenenarnos de amargura, desesperación y ganas de venganza. Nietzsche, había experimentado en carne propia esta etapa. Cuando el camello cargado va solo por su desierto se da cuenta que “No todas las cargas son suyas”. En soledad, comienza a cuestionar los valores y las reglas que ha internalizado, dimensiona el peso de los fardos que ha cargado y se da cuenta de las heridas que le han provocado. El camello encarna el desequilibrio que Naranjo advierte como habitual en nuestra cultura. Es la etapa de la herida del niño interior olvidado y del padre interior rígido o ausente. Esa carga insoportable termina generando el anhelo de liberación que da paso a la rebelión del león.
El león: rebelión y autoafirmación. Cuando el camello se interna en el desierto en soledad, ocurre la segunda transformación: el espíritu se convierte en león. El león representa la negación y la ruptura. Es el alma que, habiendo cargado demasiado tiempo con mandatos ajenos, se rebela para conquistar su libertad y ser “señor en su propio desierto”. Nietzsche describe que el león busca al “último amo”, el gran dragón. El dragón es la imagen que Nietzsche utiliza para representar el poder de la cultura y las normas sociales. Ese dragón personifica el “¡Tú Debes!”, la suma de todos los valores establecidos que dicen cómo se debe vivir. El león ruge “¡Yo Quiero!”, y le declara la guerra a muerte al dragón. Es el espíritu crítico e independiente que rompe con la autoridad interiorizada. Este estado rebelde tiene consecuencias claras en la dinámica de los tres amores interiores:
- Amor deseo. En la fase del león, el amor propio largamente reprimido, resurge con fuerza. El león reivindica su voluntad y sus pasiones. Su grito “¡Quiero!” es la afirmación del yo contra la negación del “debes”. Aquí el amor propio y la autoafirmación pasan al primer plano. Desde la perspectiva de Naranjo, tras tanta frustración de sus necesidades, el individuo puede caer en el extremo opuesto de “hipertrofia” de Eros. Quien ha estado hambriento de afirmación a veces deriva en un hedonismo desmedido, incapaz de dar o admirar. El león encarna este exceso de amor propio. Es valiente, orgulloso y vital, pero corre el riesgo de volverse egocéntrico. Esta etapa es indispensable para la liberación, pero aún está desequilibrada, ya que está en oposición a los otros amores.
- Amor compasivo: Durante la rebelión del león, el amor compasivo hacia el prójimo suele estar disminuido o ausente. El león está en guerra, su energía es combativa y resentida. Más cercana a la ira o la indignación que a la compasión. La compasión se percibe como debilidad de la moral que acaba de rechazar. Nietzsche habla del león como portador de una “santa negación” frente al deber ser, un “No sagrado” que destruye, pero no puede crear valores nuevos. El león dice “no” al amor servicial que le habían impuesto. Esta aridez emocional deja atrás la hipocresía de la falsa bondad, pero genera aislamiento e intolerancia.
- Amor admirativo: En el león, el amor admirativo se convierte en desafío y rechazo. El león desacraliza los valores e ideales existentes y mata simbólicamente al dragón. Esto significa que la antigua devoción hacia las normas se transforma en desilusión e irreverencia. Deja de someterse a “ídolos” externos para lograr su autonomía. Su capacidad de amor admirativo queda temporalmente suspendida o se vuelve hacia sí mismo (auto admiración) en lugar de hacia algo superior. Este vacío es necesario para derribar ídolos falsos, pero deja al león sin referentes significativos. Como advierte Naranjo, la pérdida del amor a “algo superior” es una de las fuentes más frecuentes de vacío existencial en la modernidad.
Donde el camello se anulaba, el león se exalta. El león contempla los valores del mundo y dice: ‘Ya no quiero esto’. Tiene un exceso de autoafirmación y fuerza de voluntad, pero déficits de compasión a los demás y devoción a algo superior. Nietzsche señalaba que esta etapa es necesaria para “crear libertad para nuevas creaciones”. Esta liberación destructiva prepara el terreno para la tercera transformación.
El Niño: inocencia creativa. Finalmente, Nietzsche describe que el espíritu liberado por el león “debe convertirse en Niño”. El Niño es la tercera metamorfosis y simboliza el renacimiento del espíritu. Después de la carga del camello y la feroz negación del león, emerge el “santo decir Sí”: la afirmación inocente de la vida y de uno mismo. “Inocencia y olvido es el niño, un nuevo comienzo, un juego…una rueda que gira por sí misma”. Esta figura sugiere la recuperación de la pureza original del espíritu, combinada con la experiencia, fuerza y libertad ganadas. Aquí los tres amores ya no están en conflicto, sino que se equilibran e integran sanamente.
- Amor deseo: En la etapa de Niño, el Eros recupera su forma más pura y equilibrada. Ya no es el deseo reprimido del camello ni el egoísmo desbordado del león, sino el gozo inocente de vivir, crear y disfrutar. Nietzsche asocia al niño con el juego y la creatividad. Ese juego es una expresión de un Eros sano: amor a la vida y a la propia existencia sin culpa. Naranjo subraya que la felicidad humana depende en gran medida de recobrar nuestra naturaleza amorosa espontánea, nuestro “niño interior” que desea ser feliz. Tras la transformación en niño, el individuo se permite desear y gozar sin las ataduras del “deber ser” ni las amarguras del desenfreno y rebeldía. El niño ama la vida con entusiasmo natural, sin remordimiento ni violencia. Este amor propio sano se convierte en la base desde la cual todo lo demás florece.
- Amor compasivo: En la transformación final, el amor compasivo alcanza su expresión más genuina. El Niño, al ser inocente y estar en paz consigo mismo, puede amar a los demás de forma natural y sincera. Nietzsche describe al niño como “inocente y olvidadizo”, no guarda rencores y es capaz de conectar con los otros sin prejuicios. Naranjo afirma que la bondad y la compasión son una cualidad intrínseca de la naturaleza humana que hay que recuperar más que adquirir. Cuando el espíritu logra la libertad y la inocencia del niño, el individuo se siente completo y en conexión con la vida, lo que le permite ser compasivo sin dejar de ser él mismo.
- Amor admirativo: En la etapa de Niño, el amor admirativo se restaura y reorienta de manera auténtica. Libre de la obediencia ciega del camello y del cinismo del león, el niño admira y reconoce la belleza, la verdad y la bondad de los valores que él mismo siente, descubre y elige. Nietzsche sugería que el niño conquista “su propio mundo”. Naranjo plantea que la salud emocional plena incluye un “amor a Dios en sentido amplio”, es decir, amor a algo trascendente, mayor que nosotros mismos. El individuo, seguro de sí, gracias a un Eros sano y abierto a los demás, gracias a un amor compasivo sincero, puede proyectar su amor admirativo hacia ideales trascendentes escogidos libremente.
Para Nietzsche, el espíritu verdaderamente libre se parece a los niños que juegan, que descubren el mundo por primera vez, sin la carga del pasado. El niño representa la integración sana de los tres amores. El espíritu recupera el amor completo: se ama a sí mismo, ama al prójimo y ama algo superior que le da sentido. La vida se convierte en una celebración, un acto sostenido de afirmación pura. El espíritu infantil conoce la alegría de vivir y la inocencia de la creatividad. Una alegre aceptación. Naranjo, afirmaba que “la felicidad que anhelamos depende de sentirnos seres completos, lo que se traduce en un equilibrio de los tres tipos de amor”.
Conclusión: El cambio de actitud frente a la vida propuesto por Nietzsche desde el camello al niño puede leerse, con ayuda de Naranjo, como un viaje de sanación e integración del amor humano. En el Camello, el amor está distorsionado por la sumisión, prima el deber sobre el deseo, el individuo se ama poco a sí mismo y ama de forma exagerada e impostada los ideales externos. En el León, nos vamos al extremo contrario: el yo se ensalza en forma desafiante y excluyente, rechazando la compasión y el respeto de los valores que habíamos abrazado. Aunque esta es una fase necesaria de autoafirmación, está marcada por la negación. Finalmente, en el Niño, el espíritu trasciende la negación y encuentra un nuevo equilibrio: amor propio, amor al otro y amor a la vida dejan de excluirse mutuamente y coexisten en armonía. Este itinerario refleja también una maduración psicológica. Muchos de nosotros empezamos cumpliendo expectativas ajenas (camello), luego cuestionamos y rompemos con lo impuesto (león), para idealmente llegar a construir nuestros propios valores y relacionarnos armónicamente desde la autenticidad (niño). Naranjo afirmaba que “el autoconocimiento significativo implica entender la propia vida desde la perspectiva de los tres amores”. La plenitud no está en eliminar ninguno, sino en reconocerlos y equilibrarlos. Solo entonces recuperaremos la “inocencia creativa” que Nietzsche consideraba fruto de haber cargado pesos y haberlos soltado, y así ser capaces de una afirmación incondicional de la vida tal cual es. En palabras de Naranjo:
Conocerse a sí mismo es conocer al falso ser, a ese idiota que llevamos dentro que constantemente nos hace sufrir. Cuando uno logra verlo, está comenzando a hacerse sabio. Es duro el autoconocimiento, pero es importante saber lo que uno experimenta, tener conciencia de lo que se siente. Es sanador tomar conciencia de la agresividad inconsciente, del dolor inconsciente, del miedo inconsciente. Para sanar el odio, que es una plaga generalizada, inseparable del hiper deseo, de la codicia, de la necesidad neurótica de más, es necesaria la aceptación sincera de esos sentimientos en uno.