Ansiedad

El poder de los sin poder

Václav Havel (1936-2011) fue un dramaturgo, ensayista y líder de la oposición al régimen comunista en Checoslovaquia. En 1989 tras la caída del muro de Berlín y el fin del dominio soviético en Europa del Este, fue elegido presidente de la República de Checoslovaquia y luego de la República Checa. Hay pocos ejemplos en la historia de escritores que hayan alcanzado, sin haberlo pretendido, las cimas del poder político. El desafío intelectual de Havel era conceptualizar “la mejor manera de resistir a un sistema totalitario”. Esto se convirtió en el eje central de su ensayo El poder de los sin poder (1978), en que acuñó el término “post-totalitarismo” para diferenciar estos regímenes de los totalitarismos clásicos de Stalin o Hitler. Para Havel, los sistemas post-totalitarios se basan en una ideología ritualizada que permea la vida cotidiana, fomentando una conformidad pasiva impulsada por el miedo y la ansiedad existencial. Este miedo no es solo al castigo físico, sino a la exclusión social, la pérdida de seguridad material y la erosión de la dignidad humana. Havel argumentaba que los sistemas post-totalitarios generan una “automatización” de la vida, donde los individuos “viven en la mentira” para evitar el conflicto. Esta desconexión produce ansiedad porque el individuo pierde su valor como persona, convirtiéndose en un engranaje más de un sistema ideológico vacío. John Keane en la biografía Václav Havel (1999), profundizó en la definición del mundo post-totalitario:

Dentro del sistema, cada individuo está atrapado en una densa red de los aparatos estatales de gobierno… los cuales a su vez están legitimados por una ideología flexible pero integral, una ‘religión secularizada’… las relaciones de poder… se describen mejor como un laberinto de influencia, represión, miedo y autocensura que engulle a todos los que se encuentran en su interior.

En su ensayo Stories and Totalitarianism (1990), Havel describió cómo los sistemas totalitarios invisibilizan las “historias” individuales, uniformándolas, lo que provoca una “nihilización social e histórica”. Esto genera una ansiedad crónica, que describe como un “asma” social. “En el fondo de todo esto hay un estrés vago: la gente está nerviosa, ansiosa, irritada o apática. Parecen esperar ser golpeados por un lado inesperado”. Havel enfatizaba que el miedo y la ansiedad desincentivan el compromiso socialIncluso los poderosos temen el colapso del sistema. Asociaba el miedo y la ansiedad no solo al sistema político, sino a una crisis existencial más amplia. Esta crisis implicaba la alienación del individuo con su valor fundamental como ser humano y su arraigo en el mundo. En el reciente Foro Económico Mundial (WEF) en Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, centró su discurso en la coyuntura geopolítica actual, marcada por la expansión territorial estadounidense, sus guerras comerciales y repercusiones globales. Carney empezó su discurso con una referencia directa a Havel afirmando que frente al abuso de los fuertes “El poder de los menos poderosos comienza con la honestidad”. “No se puede ‘vivir dentro de la mentira’ del beneficio mutuo mediante la integración cuando la integración se convierte en la fuente de tu subordinación”. Andrea Rizzi, en un artículo publicado en El País (2026) afirma que el discurso de Carney “se parece mucho a la brújula moral y geopolítica más cristalina disponible para afrontar esta embestida imperialista”. Carney señaló “Permítanme ser directo: nos encontramos en medio de una ruptura, no de una transición”“Comienza una realidad brutal dominada por la geopolítica entre grandes potencias que no está sujeta a ningún límite”. Carney siguiendo a Havel planteó “¿Qué significaría para las potencias medianas ‘vivir en la verdad’?:

Significa nombrar la realidad. Dejar de invocar el “orden internacional basado en normas” como si aún funcionara. Llamar al sistema por lo que es: un período de intensificación de la rivalidad entre grandes potencias, donde los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como arma de coerción.

Carney animó a los “países medianos”, que están en riesgo de ser subyugados por las grandes potencias, como Estados Unidos o China, a forjar alianzas. “Las potencias medianas deben actuar juntas porque, si no estás en la mesa, estás en el menú”. El discurso de Carney recibió una ovación de pie y provocó reacciones. El historiador económico Adam Tooze señaló “El discurso de Mark Carney en Davos fue de lejos la reacción más contundente que hemos visto hasta ahora de cualquier jefe de gobierno a la crisis desatada en las relaciones internacionales de Occidente por la agresión de la presidencia de Trump”. Paul Krugman, premio Nobel de Economía, escribió en su blog que el discurso de Carney “fue valiente”. Y añadió: “Canadá se encuentra justo al lado de Estados Unidos, cuya economía es 12 veces mayor. La naturaleza quiere que Canadá y Estados Unidos estén estrechamente entrelazados. Y por esta razón, Canadá está posiblemente más expuesta a las consecuencias de la ira trumpiana que cualquier otra nación”. De hecho, al día siguiente del discurso de Carney, Trump declaró que Canadá “vive gracias a Estados Unidos”. Y luego, amenazó a Canadá con subir los aranceles en un 100%, si firma un acuerdo comercial con China. La Reunión Anual en Davos es el escenario principal donde se lanza el Informe de Riesgos Globales. El informe de 2026, publicado el 14 de enero, destaca una “era de competencia” marcada por la fragmentación geopolítica, la incertidumbre y un alejamiento de la cooperación multilateral, con el 57% de los expertos prediciendo tiempos “turbulentos o tormentosos”. Vivimos en una atmósfera de ansiedad colectiva sin precedentes. Como señaló Alfred Hitchcock, “no hay terror en el estallido, solo en la anticipación de este”. Estamos en un estado de alerta permanente ante potenciales “desastres” globales, ya sean una recesión económica, un colapso ambiental, un conflicto mayor o un avance tecnológico disruptivo, y esa incertidumbre prolongada pasa factura a nuestra salud mental.

Los riesgos globales actuales están interconectados. Esta interconexión muestra cómo en sistemas post-totalitarios la ansiedad emerge de la incertidumbre existencial de un mundo deshumanizado. El estrés crónico de “llegar a fin de mes” o temer perder el empleo por la IA o los “robot” reconfigura nuestro cerebro, aumentando la vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión. Nos encontramos, en la “era de la ansiedad” una época en que las amenazas existenciales (reales o percibidas) disparan en muchos la sensación de que el mundo está fuera de control. Llegados a este punto, conviene preguntarse: ¿es la ansiedad un mal moderno que debemos erradicar, o un componente intrínseco de la naturaleza humana que debemos reencauzar? Samir Chopra profesor emérito de Filosofía en el Brooklyn College, en su libro Anxiety: A Philosophical Guide (2024) afirma que “la ansiedad es una condición fundamental de la existencia humana que siempre ha estado presente. Cada generación la experimenta de forma única, moldeada por sus circunstancias culturales, sociales y tecnológicas”. Según Chopra, “ser es estar ansioso”, ya que surge de nuestra confrontación con la finitud, la libertad y las condiciones materiales de la vida. Vivir conlleva enfrentar incertidumbres y riesgos, y la respuesta ansiosa es una señal de nuestro organismo y mente ante lo desconocido. La ansiedad nos impulsa a mantenernos en una “hipervigilancia constante”, desarrollando una sensibilidad extrema a los conflictos y anticipándonos a los riesgos, además nos insta a “aferrarnos a estructuras”, refugiándonos en sistemas y figuras de autoridad que ofrecen “reglas claras”, y por último creemos que nuestro mejor mecanismo de protección es “fortalecernos en el rendimiento”. Sin embargo, pretender nunca sentir ansiedad sería tan irreal como vivir sin dolor físico alguno: ambas son alarmas que, en su justa medida, cumplen una función adaptativa. Por supuesto, la ansiedad patológica existe, causa gran sufrimiento y requiere tratamiento. Pero Chopra sugiere que, a nivel existencial, cierta dosis de ansiedad es normal y necesaria para llevar una vida significativa. Escribe:

Al reconocer y aceptar como inevitable la ansiedad y vivir con ella, nos acercamos un poco a la comprensión de quiénes y qué somos. Si estamos dispuestos a sentarnos con nuestra ansiedad, podemos descubrir que esta refleja las decisiones más importantes de nuestra vida, nuestros compromisos y valores más personales y profundos.

En este sentido, el momento histórico actual, lleno de desafíos angustiosos, podría catalizar también una toma de conciencia individual y colectiva. No cabe duda de que mejorar las circunstancias externas, más justicia social, paz y sustentabilidad, reduciría la ansiedad general. Pero incluso en un mundo ideal, nuestra incertidumbre jamás desaparecerá del todo. “Vivir es inseguro por definición”, y reconocer nuestra fragilidad intrínseca, es parte del crecimiento. Sin embargo, como enfatizó Havel en Disturbing the Peace (1986), impulsar una reconstrucción moral y política exitosa de la sociedad, requiere previamente de una “revolución existencial individual”, entendida como un “retorno a la humanidad inherente”. Esta precedencia es clave, ya que, sin restaurar nuestra dignidad como seres humanos, los cambios sistémicos son superficiales y pueden reproducir el miedo en nuevas formas. Mirado así, quizá la ansiedad contiene una semilla de esperanza, ya que implica que aún tenemos opciones y que nos importa el porvenir. Havel escribió:

Estamos misteriosamente conectados con todo el universo, estamos reflejados en él, igual que toda la evolución del universo se refleja en nosotros.

Darnos cuenta de que ni la riqueza ni los fármacos eliminarán por completo nuestra ansiedad natural, nos insta a afrontarla y aprender a convivir con ella. Y convivir con la ansiedad no significa rendirse a vivir angustiados, sino desarrollar nuevas habilidades emocionales y sociales para gestionarla conscientemente, de modo que no nos desborde. Las estrategias existen a nivel individual y colectivo, y combinarlas puede marcar la diferencia entre una ansiedad paralizante y una ansiedad canalizada en acciones positivas:

  • Cuidar lo básico y establecer rutinas: En épocas turbulentas, mantener hábitos diarios, horarios regulares de sueño, alimentación saludable y algo de ejercicio, aporta una sensación de estabilidad dentro del caos. Una rutina cotidiana funciona como un ancla que nos recuerda que no todo está fuera de control. También es importante limitar la sobrecarga de información y fuentes alarmistas para reducir la ansiedad anticipatoria.
  • Apoyarse en los demás: La ansiedad tiende a aislarnos en espirales de pensamiento catastrófico. Romper ese aislamiento es fundamental. Compartir preocupaciones con amigos, familiares o grupos de apoyo nos alivia al sentirnos comprendidos y a menudo relativiza nuestros temores al contrastarlos con otras perspectivas. Saber que no enfrentamos solos la incertidumbre, sino como comunidad, proporciona resiliencia.
  • Enfocarnos en lo controlable y tomar acción: Una causa central de ansiedad es la sensación de falta de control. Por ello, un consejo recurrente es identificar qué sí está bajo nuestro control y qué no, para enfocar nuestras energías adecuadamente. Por ejemplo, no podemos individualmente detener una guerra lejana, pero quizá sí participar en iniciativas locales de ayuda humanitaria o educación. La acción conectada a nuestros valores actúa como antídoto del miedo, dándonos propósito.
  • Exigir cambios sistémicos: Estrategias colectivas implican también abogar por políticas que reduzcan la incertidumbre estructural. Esto puede ir desde fortalecer redes de protección social, para que una recesión no signifique la ruina total para las familias, hasta impulsar la cooperación internacional en la resolución de conflictos y la regulación de tecnologías disruptivas. Como señala Carney, se trata de que las potencias medianas colaboren para “invertir en resiliencia colectiva”, en lugar de refugiarse tras barreras nacionales.
  • Finalmente, es útil recordar que la ansiedad, bien gestionada, cumple una función: nos mantiene alerta ante riesgos y nos motiva a prepararnos. Un nivel moderado de ansiedad moviliza nuestros recursos cognitivos, para aumentar opciones y construir resiliencia. Tal como hoy las “naciones medianas” deben diversificar sus estrategias para sobrevivir en un mundo incierto. En el plano personal, esto significa planificar con prudencia, sin caer en el pánico. Si bien vivimos tiempos peculiares, no estamos completamente a la deriva. Podemos apoyarnos en la experiencia pasada de la humanidad, en la ciencia, la razón, y en nuestros valores compartidos para navegar la tormenta.

En conclusión, el convulso contexto actual ciertamente exacerba la ansiedad natural humana, pero también nos permite dar un salto de conciencia. Paradójicamente, nos brinda la oportunidad de reconocer nuestra ansiedad, entender sus mecanismos y aprender a gestionarla de forma consciente, transformando parte del temor en resiliencia y conocimiento. ¿Qué nos está pidiendo cambiar o proteger? ¿Qué nos revela sobre lo que más valoramos como individuos y como sociedad? Si logramos responder a estas preguntas, habremos convertido nuestra ansiedad de una enemiga en una aliada incómoda pero útil. Quizás entonces dejemos de estar tan ansiosos por sentir ansiedad, y podamos enfocarnos en construir, con esa energía, un futuro más habitable a pesar de los pesares. En última instancia, la incertidumbre no desaparecerá, pero nuestra manera de encararla puede marcar la diferencia entre un miedo paralizante y una vida consciente y comprometida. “Vivir en la verdad” como resistencia. En palabras de Havel:

La salvación de este mundo reside únicamente en el corazón humano, en la capacidad humana de reflexionar, en la mansedumbre y la responsabilidad humanas. La tragedia del hombre moderno no es que conozca cada vez menos el significado de su propia vida, sino que esta le incomoda cada vez menos.

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