
Dolor con Propósito
A principios del siglo XIX, la dinastía Nguyen unificó Vietnam. Sin embargo, la presión del imperialismo europeo pronto se hizo sentir. Francia, en su expansión colonial por Indochina, inició la conquista sistemática de Vietnam. Para 1887, había consolidado su dominio creando la “Unión de Indochina”, que englobaba a Vietnam, Camboya y Laos. Este período marcó el fin de las dinastías nativas y el comienzo de una administración colonial que explotó los recursos económicos e impuso profundos cambios sociales y culturales. Durante la Segunda Guerra Mundial, Japón ocupó Vietnam, aunque mantuvo inicialmente la administración colonial francesa. Al final de la guerra, en 1945, el líder independentista Ho Chi Minh, al frente del movimiento Viet Minh, de orientación comunista, aprovechó el vacío de poder para proclamar la República Democrática de Vietnam en Hanói. Francia, intentando restaurar su imperio colonial, se negó a reconocer la independencia, lo que desencadenó la Guerra de Indochina en 1946. La guerra concluyó con la derrota francesa en 1954. Los acuerdos de la Conferencia de Ginebra establecieron la independencia de Vietnam, pero también su división temporal en dos estados separados: el Vietnam del Norte, gobernado por Ho Chi Minh desde Hanói, y el Vietnam del Sur, con capital en Saigón. Se planeó la reunificación mediante elecciones generales en 1956, las que nunca se celebraron, consolidando la división y sentando las bases para la desastrosa y larga Guerra entre Vietnam del Norte, apoyado por la URSS y China y Vietnam del Sur, apoyado por Estados Unidos, en la compleja geopolítica de la Guerra Fría en Asia.
En el Sur, con el apoyo de Estados Unidos, Ngo Dinh Diem se consolidó como presidente de un país 80% budista. Su gobierno, de firmes convicciones católicas pronto mostró un claro favoritismo hacia la minoría católica. Las políticas de Diem permitieron que los católicos recibieran tierras, puestos en el gobierno y ventajas comerciales, mientras que el budismo, que sufría restricciones heredadas de la época colonial, no era reconocido oficialmente. David Richards, profesor en Saigon (actualmente Ho Chi Minh), en su artículo “Thich Quang Duc and the Power of Political Self-Sacrifice” (2021), afirma que, además de la guerra, esta discriminación religiosa, generó un profundo conflicto interno con la población budista mayoritaria. La bandera budista fue prohibida mientras se exhibía la bandera del Vaticano. Los monjes budistas organizaron protestas pacíficas, pero fueron reducidos por la policía. La tensión estalló en mayo de 1963 en la ciudad de Hue, cuando las fuerzas gubernamentales abrieron fuego contra una multitud budista que protestaba por la prohibición de izar su bandera durante una festividad religiosa, dejando nueve muertos incluidos dos niños. Las protestas se extendieron y la respuesta del gobierno fue de mayor represión y negativa a negociar.
El 11 de junio de 1963, en una intersección de Saigón, tres monjes salieron de un automóvil. Uno colocó un cojín en la calle. El segundo monje, Thich Quang Duc de 66 años, se acercó al cojín, se sentó en la postura del loto, cerró los ojos y comenzó a meditar. El tercer monje sacó un bidón de veinte litros de gasolina y se lo vació en la cabeza. Quang Duc recitó una breve oración y se prendió fuego. “Permaneció en paz mientras las llamas lo envolvían. Nunca gritaba de dolor. Su rostro permaneció tranquilo hasta que las llamas lo ennegrecieron tanto que ya no se podía distinguir”. David Halberstam corresponsal del New York Times en su libro The Making of a Quagmire (2007) relata:
Estaba demasiado perplejo para llorar, demasiado confuso para tomar notas o hacer preguntas, demasiado asombrado para pensar… Mientras se quemaba, no movió un solo músculo, no emitió sonido alguno, su autocontrol contrastaba con los gritos de la gente que le rodeaba.
Quang Duc dejó la siguiente nota para el presidente Diem: “Antes de cerrar los ojos y dirigirme hacia la figura de Buda, suplico respetuosamente al presidente Ngo Dinh Diem que tenga compasión de los habitantes de la nación y que desarrolle una igualdad religiosa que mantenga la fuerza de la patria para siempre”. Las impactantes fotografías de Quang Duc, quemándose sereno entre las llamas, dieron la vuelta al mundo. Sin embargo, en Occidente se interpretó el acto como un “suicidio”. Thich Nhat Hanh (1926-2022), contemporáneo y compatriota de Quang Duc, fue un monje budista, poeta y activista por la paz que pretendía “ofrecer un budismo que fuera una balsa para salvar al país de una desesperada situación de conflictos, división y guerra”.En una carta enviada el 1 de junio de 1965, a Martin Luther King, explicó que el acto de Quang Duc desde el punto de vista budista no era un suicidio ni siquiera una protesta, sino un “acto que solo buscaba alarmar, conmover a los opresores y llamar la atención del mundo sobre el sufrimiento que padecían los vietnamitas”. Escribió:
Quemarse en el fuego es demostrar que lo que uno dice es de suma importancia. No hay nada más doloroso que quemarse. Decir algo mientras se experimenta este tipo de dolor es decirlo con la mayor valentía, franqueza, determinación y sinceridad.
Según Nhat Hanh, el sufrimiento no es un error para eliminar, sino la materia prima esencial para generar comprensión y compasión. En su libro Sin barro no crece el loto (2018) escribió: “Mucha gente tiene miedo a sufrir, pero sufrir es como el barro que permite que crezca la flor de loto de la felicidad. Sin él, la flor no existiría”. La comprensión y la compasión sólo son posibles gracias al sufrimiento. Nuestro dolor nunca es completamente “nuestro”; está interconectado con el dolor del mundo. No se trata de evadirse del sufrimiento, sino de abrazarlo atentamente para observar su naturaleza y, desde ahí, encontrar el camino hacia su curación y el de los demás. El dolor, así entendido, adquiere valor como lugar de encuentro ético, como puente que disuelve la ilusión del yo separado y nos obliga a reconocer nuestra responsabilidad mutua. Nhat Hanh, dijo al pueblo vietnamita:
Si no transformamos el sufrimiento y las heridas ahora, se transmitirán a la próxima generación. Sufrirán y no entenderán por qué. Es mejor hacer algo de inmediato para transformar el sufrimiento.
El budismo es una tradición que ha reflexionado amplia y profundamente sobre el sufrimiento. La primera de las Cuatro Nobles Verdades proclamadas por Buda es precisamente la verdad del dukkha (sufrimiento): “la vida contiene sufrimiento” es una realidad fundamental. No obstante, el budismo no glorifica el dolor, sino que le atribuye un valor pedagógico y liberador. Según la filosofía budista, reconocer y comprender el sufrimiento es el punto de partida del camino. El dolor nos impulsa a buscar sus causas y a transformarnos para superarlo. En este sentido, el dolor tiene un valor redentor: es el maestro que nos enseña la necesidad de cambiar. Buda enseñó que, solo enfrentando serenamente el sufrimiento propio y ajeno, surge la compasión y el desapego liberador. El dolor, entonces, se resignifica como herramienta para despertar. Quang Duc convirtió su dolor físico en un acto de compasión, demostrando la enseñanza budista de que “solo el amor universal trasciende el sufrimiento interminable”. La autoinmolación de Quang Duc, se convirtió en un punto de inflexión que aceleró el colapso del régimen de Ngo Dinh Diem. Ese mismo año, el 2 de noviembre, se realizó un golpe de estado con el respaldo de la CIA, que culminó con el asesinato del presidente Diem y su hermano.
Pero ¿Qué es el dolor? El dolor, en su manifestación más básica, es una señal neurofisiológica de alarma, una “sensación vital negativa” que advierte de un daño o disfunción en el organismo. Desde esta perspectiva biológica, su valor es puramente instrumental y su finalidad es la preservación. Sin embargo, la experiencia humana del dolor trasciende con creces este marco. Sabrina Coninx de la Universidad VU de Ámsterdam, en su artículo “Pain Philosophy” (2024), afirma que el dolor es una parte común de nuestra vida cotidiana y tiene al menos cuatro componentes: 1. Alteración fisiológica, 2 Experiencia sensorial y afectiva, 3 Tendencia a la acción y 4. Alteración mental. Ernst Jünger, en su ensayo “Sobre el dolor” (1934), presentó el dolor no como un mal a erradicar, sino como una fuerza formativa en un mundo dominado por la tecnología y el confort. Para Jünger, el dolor es inescapable y revela la vulnerabilidad de la vida. En lugar de huir de él mediante narcóticos o ilusiones racionalistas, propuso una actitud de desapego, integrando el dolor en un propósito superior. Escribió:
¡Dime cuál es tu relación con el dolor y te diré quién eres!
El filósofo Byung-Chul Han reconocido por su capacidad para diagnosticar la sociedad contemporánea, en ensayos como La sociedad paliativa (2021) y Sobre Dios: Pensar con Simone Weil (2025), plantea que, en nuestra era de positivismo exacerbado, el dolor se medicaliza y privatiza, perdiendo su dimensión social y política. Argumenta que adolecemos de “algofobia” (miedo patológico al dolor). Esto lleva a una anestesia permanente, donde incluso el amor doloroso se evita, enfocando a la sociedad en la supervivencia, crisis de opioides y estímulos intensos. Su crítica resalta que evitar el dolor nos deja insensibles, exacerbando problemas mentales como la depresión. Sin dolor compartido no hay revolución, solo depresión individual. Han propone que solo a través del dolor accedemos al mundo, a la belleza y también al amor. “A través del dolor, la belleza del mundo penetra en el cuerpo. Sin dolor, nos quedamos sin mundo. El dolor ancla el ser en el cuerpo.”. Para Han, el dolor, es una “revelación del ser” que fomenta la atención y el silencio contemplativo.
El escritor Mark Manson, en su libro Everything Is F*cked (2019), afirma que el dolor no es solo inevitable, sino esencial para la construcción de significado, propósito y esperanza en la vida humana. Argumenta que, la sobreabundancia material, la desconexión emocional, la comodidad y la búsqueda constante de placer que caracteriza a las sociedades contemporáneas, ha generado una crisis de esperanza, porque hemos intentado eliminar el dolor de nuestras vidas, lo cual es un error fundamental. Para Manson “el dolor es la constante universal de la existencia humana”. Inspirado en metáforas budistas distingue dos tipos de dolor: 1. El dolor físico o inevitable (por ejemplo, una lesión o una pérdida) y 2. El dolor mental autoimpuesto (el sufrimiento emocional que surge de resistir o rumiar el primero). En un mundo hedonista, donde las redes sociales prometen placer constante, evitamos el dolor a toda costa, lo que nos deja vacíos y sin propósito. Manson propone que el dolor no debe evitarse, sino elegirse y abrazarse. Escribe:
Podemos elegir qué dolor traemos a nuestras vidas. Y esta elección hace que el dolor sea significativo; es lo que hace que la vida valga la pena.
Según Manson, ser humano implica lidiar con la alegría y con el dolor; la clave está en “elegir el dolor que queremos asumir” y sufrirlo por razones correctas, como el crecimiento personal, relaciones significativas o principios universales. Así, el dolor no es un enemigo, sino un aliado: es la base de la esperanza en un mundo caótico, y abrazarlo nos permite vivir con autenticidad en lugar de en una ilusión de felicidad perpetua. El mundo es inmenso y rebelde. No podemos controlarlo y, a cada paso, nos lo recuerda. Hay condiciones, accidentes o enfermedades tan graves que no podemos ‘arreglar’ directamente, pero sí mitigar sus efectos. Aunque los daños primarios puedan resultar irreparables, siempre es factible encontrar nuevas vías de bienestar. Aceptar lo que ocurre forma parte de las reglas del juego y nos brinda el poder de elegir nuestro propio destino y estado de ánimo. Así, hasta los eventos negativos más extremos se pueden convertir en oportunidades para cultivar un bienestar interior y darle sentido a nuestra existencia. El ingeniero egipcio Mo Gawdat, quien, tras una exitosa carrera profesional, en 2014 sufrió la muerte repentina de su hijo de tan solo 21 años, en su libro Solve for Happy (2017) escribió: “Elijo creer que todo en la vida, incluso el sufrimiento, tiene un lado bueno. No hay nada absolutamente malo. No ver el lado bueno de una situación nos vuelve sesgados”. Leonard Cohen en Anthem (1992), escribió: “Hay una grieta, una grieta en todo. Así es como entra la luz”.
El dolor con propósito es un enfoque que ilumina facetas profundas de la condición humana: nuestra capacidad de dar significado incluso a lo más adverso, de transformar heridas en perlas, de que el sacrificio de uno redima a muchos. Aunque el cuerpo de Thich Quang Duc, se quemó por completo, su corazón quedó intacto y hasta hoy es venerado como símbolo de su compasión al punto de ser honrado como bodhisattva, un ser iluminado en el budismo. Reconocer esto nos hace apreciar ejemplos admirables de cualquier persona que convierte su dolor y sufrimiento en fuente de ayuda a otros. Pero simultáneamente, nos obliga a un cuidado ético: no idealizar el dolor ni instrumentalizarlo fríamente. Como cultura, debemos apoyar a quien sufre a encontrar sentido, pero sin fomentar que el sufrimiento sea visto como requisito de valía. Podemos honrar a los mártires y resilientes, sin por ello desear más mártires. Y, ante todo, hay que recordar que el objetivo último de toda lucha sea psicológica, política o social, es disminuir el sufrimiento inútil en el mundo. En última instancia, quizás el mayor valor del dolor sea que nos conecta con lo esencialmente humano, recordándonos nuestra fragilidad común y la necesidad de dotar de propósito a nuestras experiencias, por más duras que sean. En palabras de Thich Nhat Hanh:
Escuchar el sufrimiento permite que broten la compasión y la comprensión, y sufrimos menos.