
Ángel secreto
La religión no es simplemente un elemento más del amplio repertorio cultural. La historia de la religiosidad humana es, en esencia, un esfuerzo constante por encontrar sentido a nuestra existencia. Durante la Ilustración, la fe en la razón y la ciencia fue erosionando la autoridad de la religión. Nietzsche condensó este cambio en la frase “Dios ha muerto”, expresada primero en La gaya ciencia (1882) y luego en Así habló Zaratustra (1883). La muerte de Dios aludía a la pérdida de su relevancia como fuente suprema de verdad y moralidad en la cultura occidental. Según Nietzsche, la humanidad “mató” a Dios al dejar de creer en él, es decir, al sustituir las explicaciones y valores religiosos por una cosmovisión científica y secular. Este acto liberador, sin embargo, conllevaba un problema gigantesco. El “loco” de Nietzsche preguntaba “¿Quién nos limpiará esta sangre?… ¿Qué fiestas de expiación, qué juegos sagrados habremos de inventar?”. En la visión de Nietzsche, la muerte de Dios conduciría inevitablemente al nihilismo. Nietzsche definió el nihilismo como el momento en que “los valores supremos pierden su relevancia” y “falta el objetivo; falta la respuesta al ‘¿para qué?’”. Este panorama planteaba un desafío existencial y ético enorme: sin un fundamento trascendente, correspondía al ser humano crear nuevos valores que reemplacen los perdidos. Nietzsche alertaba que la sociedad podría degenerar en lo que llamó “el último hombre”, un ser apático, perezoso y sin aspiraciones elevadas, satisfecho solo con la comodidad y el entretenimiento, incapaz de grandes pasiones o sacrificios. En contraposición, aspiraba a que emergiera el Übermensch (superhombre), aquel capaz de trascender el nihilismo creando valores propios y dando un nuevo sentido a la existencia. La advertencia estaba clara: la muerte de Dios nos libera de dogmas antiguos, pero nos deja ante la tarea titánica de encontrar sentido en un mundo carente de propósito. En La voluntad de poder (1883-1888), Nietzsche profetizó:
Lo que cuento es la historia de los próximos dos siglos. Describo lo que está por venir, lo que ya no puede venir de otra manera: el advenimiento del nihilismo…
El filósofo y teólogo contemporáneo Byung-Chul Han ha sido ampliamente reconocido por su contribución a la comprensión de la sociedad contemporánea. En su discurso de aceptación del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades 2025, Han realizó una fuerte crítica a la “ilusión de libertad” que proyecta nuestra sociedad neoliberal, diciendo:
Sentimos difusamente que, en realidad, no somos libres, sino que, más bien, nos arrastramos de una adicción a otra, de una dependencia a otra. Nos invade una sensación de vacío. El legado del liberalismo ha sido el vacío. Ya no tenemos valores ni ideales con que llenarlo.
En ensayos como La sociedad del cansancio (2010), En el enjambre (2014) o La desaparición de los rituales (2019), Han describe un paisaje humano que, en muchos aspectos, encarna el nihilismo anticipado por Nietzsche. Han sostiene que la desaparición de las estructuras trascendentes y de las imposiciones externas no nos ha liberado plenamente, sino que han engendrado nuevas formas de dominación y vacío. Ya no existe, en la sociedad occidental, un “gran Otro” (Dios, la Iglesia, la tradición) que dicte qué está bien o mal; en su lugar, cada individuo se percibe soberano de sí mismo, pero a la vez obligado a rendir al máximo en el juego social del éxito y el consumo. Han describe al sujeto contemporáneo como un “individuo de rendimiento” que se explota a sí mismo bajo el lema del “yes, we can”. El neoliberalismo y la cultura de la autoayuda nos han inculcado la idea de que podemos (y debemos) siempre hacerlo mejor, ser más productivos, más eficientes, más felices mediante su esfuerzo. Así, cada persona se convierte en su propio tirano, autoexigiéndose sin descanso. El resultado es una población agotada. Nos sentimos culpables incluso por tener tiempo libre, porque hemos interiorizado la lógica de producir siempre. La promesa de libertad total degeneró en una obligación de optimización permanente. Para poder rendir bajo esta presión sin sentido, “muchas personas recurren a doparse”, ya sea con estimulantes, ansiolíticos o diversas formas de evasión. ¿No es esta la imagen del “último hombre” que anticipaba Nietzsche, que busca anestesiar su vacío con pequeñas satisfacciones y drogas, evitando abordar las grandes preguntas?
En su libro más reciente, Sobre Dios: Pensar con Simone Weil (2025), Han se aproxima al pensamiento de esta filósofa inclasificable, a quien describe como “la figura intelectual más brillante del siglo XX”. En el artículo “‘Sobre Dios’: la amistad filosófica de Simone Weil y Byung-Chul Han” (2025), Alejandro Martínez señala que una pléyade de poetas y filósofos ha profesado devoción por Weil, lo cual hace pensar, ¿no es Weil el ángel secreto de lo mejor del pensamiento moderno? Su vida y obra ofrece un camino coherente de integración de lo político y lo teológico, a través de una ética de la atención. Simone Weil (1909-1943) nació en Francia, en una familia judía, intelectual y agnóstica. Su padre, Bernard Weil, era un médico de renombre, y su hermano André, uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX. Según Simone Pétrement en Vida de Simone Weil (1997), su conciencia social se despertó precozmente. Ya a los cinco años, renunció al azúcar en solidaridad con los soldados de la Primera Guerra Mundial. A los dieciséis, ingresó al Lycée Henri IV, donde estudió bajo el filósofo Alain (seudónimo de Émile-Auguste Chartier), quien la introdujo en los clásicos y el pensamiento filosófico. Dos años después, accedió a la École Normale Supérieure de París con la nota más alta, seguida por Simone de Beauvoir. Estudió filosofía, literatura clásica y ciencias, compartiendo aulas con de Beauvoir. En sus memorias, esta última relató: “Una gran hambruna había sacudido China y me dijeron que ella (Weil) prorrumpió en sollozos cuando recibió aquella noticia; esas lágrimas me obligaron a respetarla aún más que por sus dotes para la filosofía. La envidiaba porque tenía un corazón capaz de latir por todo el mundo”. En un debate sobre la hambruna, de Beauvoir recordó: “No sé cómo entablamos la conversación… me explicó en un tono cortante que una sola cosa contaba hoy en toda la Tierra: una revolución que diera de comer a todo el mundo. De manera no menos perentoria le objeté que el problema no es hacer felices a los hombres, sino encontrar un sentido a su existencia. Ella me miró fijamente y dijo: cómo se nota que usted nunca ha pasado hambre. Este fue el final de nuestras relaciones”.
Tras graduarse, Weil enseñó filosofía en liceos femeninos, pero chocó con las autoridades por su activismo político y pedagogía heterodoxa. Participaba en piquetes, limitaba su alimentación a las raciones de los necesitados y escribía en prensa izquierdista. Viajó a Alemania, donde presenció el auge nazi y predijo sus funestas consecuencias. Transferida repetidamente por insubordinación, persistió en su compromiso: formaba obreros en sindicatos, colaboraba en revistas políticas y auxiliaba refugiados de Hitler y Stalin. Incluso albergó a León Trotsky y su familia en casa de sus padres, debatiendo con él sobre la revolución y el valor de la vida en la dictadura proletaria. A los veinticinco años, abandonó la docencia para experimentar personalmente el sufrimiento obrero y comprender los efectos psicológicos del trabajo industrial. Se empleó en la fábrica Alstom cortando piezas y luego en Renault en cadenas de montaje. Escribió: “Allí recibí para siempre la marca de la esclavitud, como la marca a hierro candente que los romanos ponían en la frente de sus esclavos más despreciados. Después, me he considerado siempre una esclava”. Criticó el adormecimiento espiritual inducido por las máquinas y experimentó una primera comunión con Dios, reafirmando que “la religión consuela a los afligidos y a los miserables”. Despedida por torpeza y fragilidad física, anotó en una carta: “Al ponerse ante la máquina, uno tiene que matar su alma ocho horas diarias, el pensamiento, los sentimientos, todo. Y estés irritado, triste o disgustado… tienes que tragártelo, debes reprimir en lo más profundo de ti mismo la irritación, la tristeza o el disgusto”.
De regreso en París, pronto partió a Barcelona al estallar la Guerra Civil Española, atraída por sus ideales. Pacifista radical, llegó como periodista voluntaria y se unió a los Republicanos en el frente de Aragón. Escribió: “La guerra no me gusta, pero lo que más me indigna de ella es la actitud de los que se cruzan de brazos”. Sin embargo, su idealización se evaporó rápidamente al presenciar ejecuciones realizadas por su propio bando: “Nunca he visto a nadie expresar ni siquiera en la intimidad repulsa, asco o simplemente desaprobación ante la sangre inútilmente derramada”. Herida en un accidente, volvió a Francia; planeaba regresar, pero desistió: “He dejado de sentir la necesidad interior de participar en una guerra que ya no era, como me pareció al principio, una guerra de campesinos hambrientos contra terratenientes y un clero cómplice de los terratenientes, sino una guerra entre Rusia, Alemania e Italia”.
La experiencia española reforzó su pacifismo. Escribió sobre el devastador impacto de la guerra en el alma y abandonó el activismo por la búsqueda trascendente. En Italia, la belleza espiritual de Asís le brindó una experiencia mística. Aunque conectada con Dios, rechazó la Iglesia cristiana por subsumir al individuo en la masa, similar a los totalitarismos europeos. Criada en un hogar judío, repudiaba el judaísmo y su identidad comunitaria. Sin formación judía, en 1940 huyó de París con su familia por temor al estigma “no-ario”. En Marsella, reflexionó sobre reconciliar modernidad y tradición cristiana, retomando labores agrícolas. En 1941, emigró a Estados Unidos con su familia, pero regresó a Londres para unirse a la Resistencia francesa. Obsesionada con servir a su patria ocupada por los nazis, solicitó participar en misiones militares, pero su debilidad física la limitó a redactar artículos en France Libre. En 1943, dejó la organización y profundizó en una espiritualidad cristiana heterodoxa, interesándose en la no violencia de Gandhi. Estudió profundamente el hinduismo y el budismo, encontrando resonancia en sus conceptos de desapego, atención y la naturaleza del sufrimiento, viéndolos como caminos hacia la verdad divina. Creía en la autenticidad de las revelaciones en todas las tradiciones. Diagnosticada con tuberculosis, ingresó en un sanatorio en Ashford. Enferma, limitó su ingesta a raciones de la Francia ocupada y durmió en el suelo por solidaridad. El 24 de agosto de 1943, a los 34 años, falleció de paro cardíaco mientras dormía. Antes de morir, escribió. “Creo en Dios, en la Trinidad, en la Encarnación, en la Redención, en la Eucaristía y en las enseñanzas del Evangelio“. Sin embargo, “hasta ahora nunca he pedido formalmente el bautismo a un sacerdote”. No se bautizó.Hasta el final permaneció en el “umbral de la Iglesia”, entre su profunda fe en Dios y amor por los excluidos. Sus obras, publicadas póstumamente en veinte volúmenes por amigos, cautivan por su ética auténtica, brillante lucidez y profunda espiritualidad. Albert Camus, Nobel de Literatura, describió a Weil como “el único gran espíritu de nuestro tiempo”. Martínez recomienda que, para adentrarse en el pensamiento de Weil, es indispensable leer sus Cuadernos (Cahiers), que califica como una obra maestra de la prosa filosófica del siglo XX.
En La gravedad y la gracia (1941-1942), Weil planteó que el “dinero, maquinismo y álgebra” eran “monstruos” impersonales que anulan lo concreto y humano: el dinero cuantifica relaciones cualitativas, rompiendo acción-consecuencia; el maquinismo subyuga el trabajo humano a la máquina, reduciendo al obrero a apéndice; el álgebra crea signos autorreferenciales, desconectados de lo real. Así, el álgebra modela la reducción cuantitativa que el dinero socializa y el maquinismo materializa. Juntos: “es la cosa la que piensa y el hombre el que es reducido al estado de cosa”. Han, Escribe:
La observación de Weil acerca del dinero, la maquinización y el álgebra requeriría hoy una actualización: los tres monstruos de la civilización actual son el capital, la digitalización y la inteligencia artificial. Los tres rebajan al ser humano, al espíritu, hasta transformarlo en esclavo de la cuantía y de la eficiencia. Una vez más, nos hemos convertido en esclavos de nuestras propias producciones.
Han recupera el pensamiento de Weil para señalar la existencia de una realidad trascendente. Escribe: “existe otra realidad más elevada… que puede sacarnos de una vida completamente desprovista de sentido”. Según su análisis, la “muerte de Dios” no es un fenómeno teológico, sino antropológico. “No es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”. Este declive tiene su raíz en el colapso de la capacidad humana para la atención contemplativa. El impedimento estructural que bloquea esta apertura a lo trascendente es, para Han, la lógica centrada en la producción, el consumo y la comunicación que vacía de significado la existencia. Esta dinámica genera una crisis de la atención, fomenta el culto narcisista al yo e instaura una “algofobia” (miedo al dolor) que, anula también la posibilidad de una transformación y un conocimiento profundos. Frente a este panorama, Han desarrolla un itinerario espiritual basado en siete ideas que Weil propone como vías de acceso a lo trascendente (Dios, lo infinito o lo sagrado). Han explora la potencia de estas vías, mientras diagnostica cómo las estructuras de la sociedad actual las obstruyen sistemáticamente.
- Atención: Weil la define como una mirada pura y desinteresada hacia el mundo, el prójimo o lo divino, sin distracciones ni intereses egoístas. Es “la forma más rara y pura de generosidad”. Han la contrasta con la sociedad moderna, donde los “smartphones” y el “binge watching” fomentan la “obesidad crónica del yo” y bloquean la percepción de lo trascendente.
- Descreación: Según Weil, la “descreación” es el “acto voluntario de renuncia al yo gracias al cual ‘nos transformamos en nada’”. Esta acción crea “espacio” interior permitiendo acceso a lo infinito. Han plantea que hoy bajo la presión de la autenticidad, “tratamos desesperadamente de ser algo, alguien”. Así, el culto al yo, la autoafirmación y la lógica del “empresario de sí mismo”, es exactamente lo opuesto a la descreación.
- Vacío: Es el espacio liberado por la descreación donde puede brotar lo Otro (la misericordia, lo divino). Al generar una “grieta” para lo eterno, se produce “una especie de corriente de aire”, y surge una recompensa sobrenatural. Han lo opone al consumismo voraz, de un mundo ansioso y con necesidad de control, que nos impele a llenar todo vacío con distracciones y posesiones.
- Silencio: Es el antídoto contra el “ruidoso mercado” donde “todo es bullicioso y reclama a gritos atención”. Crea la pausa necesaria para escuchar lo que está más allá del yo, es una concentración sin esfuerzo, un “servicio perpetuo”. Han lo asocia al declive contemplativo en un mundo ruidoso donde se mercantiliza toda la vida, la comunicación es compulsiva y reclama atención inmediata.
- Belleza: Weil afirma que “toda obra de arte tiene un autor, pero, cuando es perfecta, tiene algo de anónima”. La belleza es un esplendor divino accesible solo con atención pura, más allá del consumo. Han afirma hoy en día, lo bello carece de toda sacralidad, de toda espiritualidad. El capitalismo ha convertido lo bello en autorreferencia y espectáculo. Es un objeto de consumo. Su lema es el “like”.
- Dolor: Para Weil, el dolor es una “experiencia límite transformadora”. El dolor, no negado ni narcotizado, se revela como el lugar de la verdad más cruda y un medio para una apertura espiritual auténtica. Para Han, las estructuras sociales actuales bloquean esta vía mediante la medicalización, negación y optimización del sufrimiento, lo que conduce a una existencia plana.
- Inactividad: Para Weil la inactividad es un “no-hacer” libre de esfuerzo, un fluir en armonía, opuesto a la sociedad del deseo y la eficiencia. Weil la equipara al “wu wei” o “vairāgya”, donde el vacío permite que entre la luz. Han afirma que, en la sociedad del rendimiento, la productividad y la auto optimización constante “dejar de buscar sería malo para la economía”.
Los siete conceptos analizados revelan que la crisis contemporánea de sentido no es solo la consecuencia de que el relato religioso haya perdido credibilidad. Es el resultado de una mutación estructural y antropológica que ha incapacitado a los individuos para las disposiciones fundamentales que permiten tener experiencias de significado profundo. Es la “muerte del hombre que percibe a Dios”. Es la atrofia de las facultades receptivas del ser humano: su capacidad para atender, para callar, para vaciarse, para soportar el dolor y la inactividad sin pánico. La recuperación que proponen Weil y Han no es un retorno al pasado, sino un ejercicio paradójico para el presente. Implica buscar a un Dios que se define por su ausencia, practicar la atención en un mundo de distracción, valorar el vacío en una cultura plena de estímulos y encontrar fuerza en la inactividad dentro de una tiranía de la hiperactividad. Estas prácticas, son formas de resistencia espiritual contra la lógica totalizante del rendimiento y la transparencia. El diálogo entre Han y Weil nos señala que la respuesta al nihilismo no está en inventar nuevos dioses o relatos trascendentales. En una época marcada por realineamientos geopolíticos impactantes, crisis ambientales, desigualdades económicas extremas y la proliferación de la posverdad, nuestros valores, que antes considerábamos universales, se revelan menos compartidos de lo que creíamos. ¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿Cuál es el propósito de los sistemas que hemos establecido? Quizá la tarea ética y espiritual más urgente podría ser, entonces, desaprender las compulsiones de la actual sociedad y reaprender el arte de la atención, del silencio y de la espera. Solo en el espacio abierto por estas prácticas podría volver a acontecer algo que, sin pertenecer al orden de la producción ni el consumo, merezca verdaderamente el nombre de sentido. El ejemplo lo tenemos. Gustave Thibon, en 1941, acogió en su casa a Simone Weil y señaló:
Era la única persona en la que no veía ninguna discrepancia real entre los ideales que defendía y la vida que llevaba.