Capitalismo

Soft Power

El 14 de mayo de 2026, en el patio del Salón de la Oración por las Buenas Cosechas, Xi Jinping y Donald Trump posaron frente al Templo del Cielo, en Pekín. Se trató de la primera visita de un presidente estadounidense en funciones a este recinto desde Gerald Ford en 1975. Xi Jinping explicó a Trump que el Templo del Cielo expresa la idea de que el Cielo es redondo y la Tierra es cuadrada, y que ahí los antiguos soberanos rezaban por la prosperidad del país y la felicidad del pueblo. El emperador era el mediador entre el Cielo y la Tierra.

Que un presidente comunista contemporáneo invite a un presidente estadounidense al santuario más simbólico del orden imperial chino dice algo que ningún comunicado bilateral expresa abiertamente: en el orden multipolar que toma forma en 2026 no se disputa solamente la economía, la tecnología o la geografía militar. Se disputa también el lenguaje simbólico desde el cual cada potencia justifica lo que hace.

Durante décadas, el análisis de las relaciones internacionales se ha construido sobre el supuesto de que los Estados son actores racionales que maximizan poder y riqueza en un tablero predecible. Sin embargo, esta premisa se desmorona cuando observamos que naciones como Irán toman decisiones económicamente irracionales, pero teológicamente coherentes, que Rusia se prepara para un colapso civilizatorio que considera inevitable, o que China mide sus estrategias en siglos, no en ciclos electorales.

Autores como Ian Bremmer y su diagnóstico del “G-Zero” sin liderazgo claro, Robert Pape y su sociología de la radicalización política, Peter Turchin con sus ciclos seculares de fragmentación de élites, Anne Applebaum y su anatomía del autoritarismo trasnacional en red, coinciden en que el orden internacional ha entrado en una fase de fragmentación civilizacional. En este contexto Peter Mandaville, al editar y prologar The Geopolitics of Religious Soft Power (2023), argumentó junto a Jon Hoffman que bajo las decisiones de política exterior late un repertorio de símbolos, mitos, ritos y autoridades sagradas, que no determinan las decisiones, pero configuran el espacio de lo decible y lo defendible. Es la cosmovisión que hace sostenible el costo humano, cohesiona la heterogeneidad interna y comunica externamente una identidad.

Por qué importa el “soft power”. El concepto fue acuñado por Joseph Nye en 1990, que definió como “el poder de hacer que otros quieran lo que tú quieres”. Cultura, valores políticos, política exterior creíble. La fórmula funcionaba en un mundo aún unipolar, donde la atracción del modelo liberal estadounidense parecía “el fin de la historia”. Sin embargo, en 2026 esa premisa se ha derrumbado. La universalidad ya no se da por descontada; ha sido reemplazada por una pluralidad de relatos fundamentales sobre quiénes somos, de dónde venimos y a qué dios (metafórico o real) se debe el sacrificio.

Mandaville y otros teóricos han documentado el regreso del repertorio sagrado al lenguaje del Estado. Cada gran actor moviliza textos, ritos, lugares y autoridades para legitimar decisiones que, desde el enfoque puramente racional-burocrático, resultarían frágiles. Las cosmovisiones filosóficas y religiosas no son un simple barniz cultural, son lo que permite a una sociedad asumir bajas militares sin colapsar moralmente, lo que mantiene unida una coalición política diversa, lo que comunica al exterior un mensaje denso sobre quién es uno y por qué actúa como actúa. No es una causa única, una cosmovisión es un marco interpretativo del orden de las cosas que puede ser religioso, secular o híbrido, y que opera por debajo del nivel de las creencias declaradas. Las decisiones siguen respondiendo a intereses materiales, presiones internas y cálculos estratégicos. Pero el repertorio simbólico determina qué parte de eso puede decirse en voz alta, qué debe ocultarse y qué resulta políticamente sostenible. En un mundo que transita de la hegemonía unipolar a un orden multipolar incierto, comprender el “alma” de las naciones se convierte en una herramienta analítica indispensable para anticipar comportamientos que desafían la lógica racionalista convencional.

China: el regreso del Tianxia. La visita al Templo del Cielo cierra un ciclo que el Partido Comunista Chino había mantenido abierto durante décadas. Durante la era de Mao, el patrimonio imperial era un pasado feudal que había que superar. Sin embargo, bajo Xi Jinping, la cosmovisión confuciana, el lenguaje del Tianxia (“todo bajo el cielo”), el respeto a la armonía cósmica y a la “ley de la naturaleza” del taoísmohan sido recuperados como repertorio legitimador del Estado-Partido. La explicación de Xi a Trump: el pueblo como fundamento del Estado, la armonía entre todas las cosas, no es retórica casual, es la traducción a clave geopolítica de un mensaje ofrecido tanto al Sur Global como a las propias élites del Partido. Una civilización milenaria, paciente, que no impone porque no necesita imponer, frente a un Occidente impaciente, ideológico y, según el relato, agotado. Como señaló Henry Kissinger, los chinos juegan al Go, un juego de paciencia y posicionamiento progresivo, mientras que Occidente juega al ajedrez, orientado a la captura del rey adversario.

La ironía es triple. Primero, el Estado oficialmente ateo se convierte en custodio de la arquitectura sagrada de un imperio que la propia revolución había abolido. Segundo, mientras Pekín exhibe el Templo del Cielo a un visitante extranjero, conduce dentro de sus fronteras una política de “sinización” de las religiones (islam, budismo y cristianismo doméstico) que limita el repertorio religioso permitido a sus propios ciudadanos. Tercero, la elección del Templo del Cielo, Patrimonio de la Humanidad de la Unesco asociado con el ritual, el orden cósmico y la autoridad política, comunica autoridad sin connotaciones militares. Es ritual sin amenaza. La diplomacia china domina hoy ese registro con una sofisticación que pocos igualan.

Bajo el ruido de los aranceles y los misiles, China libra una batalla por el imaginario: ofrecer un relato cosmovisional alternativo: comunitarista, jerárquico, anclado en 5.000 años de historia, a sociedades cansadas del universalismo liberal. En la cosmovisión china, el orden se construye mediante un centro de gravedad civilizatorio que atrae a los demás actores hacia su órbita mediante el comercio, la cultura y el ejemplo moral. En el siglo de la disputa por la legitimidad, Pekín no compite solamente por capacidad. Compite por sentido.

Rusia: el imperio del Espíritu Santo. Donde China invoca al Cielo, Rusia invoca a la Santa Rus. Tras la caída de Constantinopla en 1453, Moscú se autoproclamó la “Tercera Roma”, depositaria de la verdadera fe cristiana frente a una Europa católica y posteriormente protestante considerada herética. Esta autopercepción ha experimentado un renacimiento bajo Vladimir Putin, para quien la restauración del estatus imperial ruso constituye una misión casi sagrada.

Desde 2009, cuando Kirill asumió como Patriarca de Moscú, la Iglesia Ortodoxa Rusa ha sido reconfigurada como brazo cosmovisional de la política exterior del Kremlin. La doctrina del Russkiy Mir (“Mundo Ruso”) fusiona ortodoxia, lengua rusa, memoria histórica común y misión civilizacional. Los sermones del Patriarca Kirill han enmarcado la guerra en Ucrania como una contienda espiritual contra la decadencia occidental. Occidente es una civilización moralmente corrupta cuyo colapso es inevitable y deseable. En enero de 2025, Kirill bendijo cruces con las iniciales de Putin destinadas a soldados rusos. Aquí las contradicciones son vertiginosas. El bautismo de Kievan Rus en 988 d.C. funciona como el acta fundacional sagrada de la civilización rusa. Y el patriarca santifica la invasión de esa misma tierra.

Pero quizás el logro más sorprendente del soft power ortodoxo ocurre en Occidente. Sectores conservadores en Estados Unidos, América Latina, África subsahariana y Europa Central, han encontrado en el discurso ruso un aliado en la defensa de los “valores tradicionales”. Putin impulsa políticas estatales que persiguen a la comunidad LGBTQ+. La ironía es que el Estado profundamente secularizado de Putin: con tasas de divorcio masivas y aborto como derecho amplio, se presenta hacia afuera como conservadora. La discordancia entre la realidad social interna y la marca externa ofrece a audiencias remotas el espejo que necesitan.

Irán: la revolución teñida de luto. Si Rusia opera con una iglesia consolidada al servicio del Estado, Irán opera con un Estado clerical en duelo. El impacto del asesinato del Líder Supremo Ali Jamenei el 28 de febrero de 2026, en el marco de la guerra abierta por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica, es incomprensible sin el Islam Chiita Duodecimano, cuyo núcleo narrativo es una historia de injusticia, martirio y esperanza redentora.

En el año 680 d.C., el Imán Hussein, nieto del Profeta Muhammad y figura venerada por los chiíes, fue masacrado junto a un pequeño grupo de seguidores en la batalla de Karbala por el califa omeya Yazid. Este evento fundacional no es solo un recuerdo histórico: es un trauma cultural que se conmemora anualmente y que estructura la identidad política chiita. Hussein se convirtió en el arquetipo del mártir que se sacrifica frente a un poder tiránico e impío, y su derrota militar, en una victoria moral eterna.

Esta teología política del martirio genera dos consecuencias estratégicas. La primera es una cultura de resistencia que glorifica el sacrificio. Para un actor imbuido de esta cosmovisión, la supervivencia no consiste en evitar el sufrimiento, sino en soportarlo con dignidad. Como la tesis de Pape sobre la coerción aérea anticipa, los bombardeos sobre objetivos iraníes no han hecho sino reforzar la legitimidad del régimen al validar su narrativa de resistencia frente al opresor extranjero. La segunda es una doctrina de guerra asimétrica y de desgaste meticulosamente planificada. Teherán lleva décadas preparándose para un conflicto existencial con Estados Unidos, y ha desarrollado un arsenal de drones de bajo costo, entre 20.000 y 50.000 dólares, capaces de saturar sistemas que cuestan millones. No se trata de vencer en una batalla decisiva, que Irán sabe que perdería, sino de prolongar el conflicto hasta que la impaciencia democrática del adversario haga insostenible su posición.

La paradoja es que Estados Unidos, está siguiendo exactamente el guion previsto por Teherán. Cada ronda de sanciones, cada ataque aéreo, refuerza la economía de asedio que controlan los Guardianes de la Revolución y debilita a las fuerzas reformistas. Como en la tragedia griega, el protagonista lucha contra un destino que sus propias acciones contribuyen a materializar. La ironía iraní es que el régimen que más explícitamente fusionó teología y Estado se enfrenta hoy a la posibilidad de una deriva hacia una forma más militar y menos clerical de gobierno, justamente cuando la legitimidad religiosa interna, en particular entre la juventud urbana se estaba erosionando. Y, sin embargo, el martirio de Jamenei, refuerza el relato. El sacrificio confiere autoridad. Cuando el líder es asesinado por imperios, su causa se consagra.

Estados Unidos: dos cosmovisiones en pugna. Estados Unidos es el caso más complejo, porque libra simultáneamente dos guerras cosmovisionales: una contra adversarios externos y otra interna. La narrativa de la “ciudad sobre la colina”: misión democrática, derechos humanos, mercado libre como “liturgia civil”, sigue presente, pero ha cedido un espacio significativo a un repertorio explícitamente religioso-nacionalista. La cosmovisión estadounidense hunde sus raíces en un cristianismo puritano que, secularizado, ha producido lo que los historiadores denominan “excepcionalismo americano”: la convicción de ser una nación elegida con la misión providencial de expandir la libertad y la democracia. Ronald Reagan actualizó esta narrativa al calificar en 1983, ante la Asociación Nacional de Evangélicos en Orlando, a la Unión Soviética como el “Imperio del Mal”, y George W. Bush la consolidó tras el atentado de las torres gemelas con la doctrina del “Eje del Mal”. Esta teología política genera una cosmología maniquea que divide el mundo entre fuerzas del bien y del mal, sin matices. No hay espacio para la neutralidad: quien no está con Estados Unidos, está contra él. Este enfoque explica por qué Washington ha tendido históricamente a interpretar conflictos locales complejos como episodios de una lucha cósmica, aplicando soluciones militares a problemas que requerían abordajes políticos.

El Secretario de Defensa Pete Hegseth pidió a sus conciudadanos arrodillarse “todos los días, con sus familias, en sus escuelas, en sus iglesias” y orar por la victoria militar “en el nombre de Jesucristo”. En el Pentágono, oró por “una violencia abrumadora de acción contra aquellos que no merecen misericordia” y para que Dios “rompa los dientes de los impíos”. Este mensaje resuena especialmente entre el sionismo cristiano y comunidades evangélicas. El 17 de mayo, se espera que miles de personas se unan a una concentración de oración de nueve horas para “Rededicar Estados Unidos como una nación bajo Dios”.

Estados Unidos se percibe como el arquitecto de la historia, pero exige resultados inmediatos. Esta impaciencia tiene raíces múltiples: ciclos electorales de cuatro años, una cultura política que demanda victorias rápidas y “televisables”, y una opinión pública hipersensible a las bajas propias. El resultado es la creencia de que la fuerza y la tecnología puede doblegar voluntades políticas. Sin embargo, la evidencia empírica es contundente: la coerción militar, cuando no va acompañada de una estrategia política viable, tiende a fortalecer la determinación del adversario en lugar de quebrarla. El soft power estadounidense clásico: Hollywood, universidades, ONG, inglés como lengua franca no ha desaparecido, pero opera ahora en un marco discursivo distinto: ya no se ofrece como universal, sino como civilizacional. Donde Obama hablaba de valores compartidos, la actual administración habla de identidades a defender.

La contradicción salta a la vista. En el Templo del Cielo, Trump escuchó sobre una cosmología ajena. Pocas semanas antes, desplegó un lenguaje providencial sobre las tropas que combaten a Irán. La superpotencia que durante décadas exportó secularismo de mercado descubre que necesita repertorios cosmovisionales propios para sostener su poder. Para celebrar el 250 aniversario de Estados Unidos, Trump busca consolidar la idea de que la fundación de la nación fue un proyecto intencionalmente cristiano. La ironía es profunda: al sacralizar su política exterior, Washington adopta exactamente la gramática que critica en sus adversarios. Y, en el camino, debilita el activo más valioso de su soft power histórico: la diferenciación entre un imperio que se justifica por valores universales y otros que se justifican por destino providencial.

Europa: liturgia laica y altar vacío. Europa presenta un caso singular: el del actor que construyó su identidad sobre la renuncia a un fundamento metafísico único. Incluso la literatura especializada en soft power religioso ha omitido a Europa, precisamente porque su liturgia es laica. La Ilustración enseñó al continente que las verdades absolutas, impuestas por la fuerza, producen guerras civiles. La Unión Europea nació en 1957 de esa memoria: no como comunidad de fe, sino como comunidad de derecho diseñada para desactivar los absolutismos que desangraron el suelo europeo. Esta apuesta impulsa derechos humanos, Estado de derecho, integración pacífica, mercado social, sostenibilidad, que proporcionan cohesión sin recurrir a un absoluto trascendente. Es un edificio post-religioso construido con materiales heredados de un substrato judeocristiano que rara vez se menciona.

El soft power europeo es normativo: ser europeo es alcanzar un estándar. Quien se acerca no es conquistado, sino transformado. La ampliación hacia el Este fue su demostración más exitosa. Sin embargo, la Unión Europea, con un PIB comparable al de Estados Unidos y una población superior, sigue siendo un actor geopolítico débil. Los valores comunitarios se disuelven en veintisiete interpretaciones nacionales. En una fórmula repetida desde Mark Eyskens en 1991, Europa sigue siendo un gigante económico, pero un enano geopolítico. Esa fragmentación responde a causas institucionales: soberanías nacionales en defensa, vetos en el Consejo, heterogeneidad de intereses entre Norte y Sur, Este y Oeste, que Europa busca superar mediante una autonomía estratégica aún en construcción. La respuesta a la invasión rusa de Ucrania mostró ambas caras: una determinación insospechada y, simultáneamente, la lentitud de los procesos decisorios.

Existe, sin embargo, una vulnerabilidad más profunda. La liturgia laica funciona magníficamente cuando alguien quiere entrar en ella: Ucrania libra una guerra que es también una guerra por el reconocimiento como parte de Europa, pero dentro de las fronteras europeas suena con frecuencia burocrático. La paradoja es profunda: Europa renunció a la religión como fuente de conflicto, y esa fue una conquista civilizatoria; pero al hacerlo perdió también un lenguaje compartido para articular aquello por lo que una comunidad está dispuesta a sacrificarse. Bruselas habla en términos jurídicos; sus adversarios hablan en términos de destino. En la economía contemporánea de la atención, la prosa pierde frente al mito.

La pregunta para Europa no es si debe abandonar su liturgia laica, eso sería traicionar su ADN y reabrir las heridas que la propia Unión fue diseñada para cerrar, sino si esa liturgia laica puede re-encantarse sin traicionarse. ¿Existen recursos en la tradición europea que permitan dotar de densidad existencial a los valores que los tratados enuncian? ¿Puede la defensa de la democracia liberal, del pluralismo y de la dignidad humana ser vivida no solo como un procedimiento correcto, sino como una causa que merezca el sacrificio? La respuesta no está garantizada. El tiempo no juega a favor. Pero la historia europea demuestra que este continente ha encontrado, en sus momentos más graves, recursos que ningún analista preveía. La cuestión es si sabrá movilizarlos antes de que el altar vacío de su liturgia laica sea ocupado por relatos que ella misma creyó haber superado para siempre.

Conclusión: el Cielo, el espejo y los puentes. Cinco potencias compiten con sus respectivas gramáticas sagradas. China retorna al Tianxia. Rusia invoca Santa Rus. Irán, se acoge al martirio. Estados Unidos se rededica a Dios. Europa busca el altar de sus propios valores. En cada caso, la capa cosmovisional no decide las acciones, pero las hace decibles, defendibles y sostenibles. No es accesorio: es infraestructura. De este diagnóstico se desprenden tres implicaciones estratégicas:

La primera es analítica. Los gobiernos, empresas e instituciones que operan en el plano internacional necesitan leer los repertorios simbólicos de sus interlocutores con el mismo rigor con que leen indicadores económicos o arsenales. La oferta china al Sur Global no se entiende sin Confucio. La ofensiva rusa en África subsahariana no se entiende sin la Iglesia Ortodoxa. La política iraní en el chiísmo trasnacional no se entiende sin el martirio. Y la fragilidad europea no se entiende sin la erosión de su liturgia laica. Ignorar esta capa es operar con un mapa incompleto.

La segunda es normativa. Hay un peligro real en la sacralización de la política. Cuando los Estados invocan la providencia para enviar tropas, o la “guerra santa” para justificar invasiones, los conflictos pierden algunos mecanismos clásicos de salida: negociación, agotamiento, compromiso, porque ningún dios firma una tregua. Jolyon Mitchell, ha advertido que: las guerras territoriales terminan; las guerras teológicas se enquistan. Mantener la distinción analítica entre interés y trascendencia, no es un lujo intelectual.

La tercera es civilizacional. En un orden multipolar consolidado, la pregunta no es cuál cosmovisión prevalecerá, ya que ninguna lo hará en términos absolutos, sino cómo coexisten sin destruirse. Mandaville, en su trabajo sobre el soft power religioso, sugiere que la alternativa al choque de civilizaciones es establecer puentes entre lenguajes sagrados. La fotografía de Trump y Xi, saliendo del Templo del Cielo, es una metáfora del nuevo orden multipolar, que deja flotando una pregunta que ningún comunicado conjunto respondió: ¿en nombre de qué actuamos? Bajo el Cielo redondo, la Tierra sigue siendo cuadrada: tiene esquinas, fricciones, vértices irreductibles. Ese, quizás, es el horizonte realista. No la improbable armonía universal, sino la convivencia inteligente de cosmovisiones que han aprendido a no confundirse a sí mismas con el universo.

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