
Tres gramáticas del poder
La Guardia Revolucionaria iraní anunció el cierre del estrecho de Ormuz hasta que Estados Unidos levante el bloqueo. Dos barcos con bandera india fueron atacados al intentar atravesar. Mientras Trump afirmaba que Estados Unidos mantenía “conversaciones muy positivas” con Teherán, amenazó con “volar Irán por los aires” si no acepta su plan. Posteriormente, elogió a su aliado de guerra, Israel, añadiendo que otros aliados habían “mostrado su verdadera naturaleza en momentos de conflicto y tensión”. Irán rechazó formalmente participar en la segunda ronda de conversaciones de paz “mientras exista un bloqueo naval”. Este no es un conflicto regional, el precio del petróleo vuelve a escalar y los mercados globales de fertilizantes, helio, microchips y seguros marítimos se tensan al límite.
Esta guerra actúa como prueba de estrés para los tres grandes modelos de organización política y económica contemporáneos: el capitalismo liberal meritocrático estadounidense, el capitalismo coordinado socialdemócrata europeo y el capitalismo autoritario estatal chino. Cada uno responde según su lógica interna, sus fracturas y sus incentivos. Y cada respuesta acelera las divergencias de un mundo que, como advierte el politólogo Ian Bremmer, ya habita un “orden postamericano” donde Estados Unidos no quiere seguir ejerciendo de policía global, y nadie más quiere ni puede tomar el relevo.
Los economistas políticos Peter Hall y David Soskice en Varieties of Capitalism (2001), distinguían entre economías liberales de mercado y coordinadas. Sin embargo, el auge de China obligó a añadir una tercera gramática: el capitalismo político autoritario. El economista serbio Branko Milanović en The Great Global Transformation (2025) plantea que “Hoy no hay alternativas sistémicas. Incluso China, que sigue gobernada por un partido comunista, tiene una estructura económica muy similar a la de los países capitalistas”. Estos tres modelos conviven y compiten:
- Estados Unidos articula un capitalismo liberal meritocrático que, sustentado en la desregulación estatal, la hiperfinanciarización y una capacidad de innovación tecnológica disruptiva, cultiva una excepcional tolerancia cultural al riesgo y a la desigualdad; un modelo dinámico en la creación de riqueza, pero socialmente tenso.
- Europa representa un capitalismo coordinado: redes densas de protección social, multilateralismo reglado, preocupación climática y énfasis en derechos humanos; pero el costo es un menor dinamismo productivo y dependencia estratégica exterior.
- China ejecuta un capitalismo dirigido por el Partido-Estado: planificación quinquenal, líderes industriales subsidiados, control digital total y legitimidad basada en el crecimiento y la soberanía colectiva, pero con riesgos demográficos y de deflación.
Cada modelo ha generado externalidades positivas y negativas para las personas, el planeta y la economía. Ninguno es estático: los tres mutan bajo presión de la digitalización, la transición energética y los conflictos geopolíticos. En la actual crisis en Irán, cada modelo ha reaccionado según sus paradigmas.
Estados Unidos: la revolución autoinfligida. La paradoja más sorprendente de 2026 es que la principal amenaza al orden internacional la encarna su propio arquitecto. El Eurasia Group sitúa la “revolución política estadounidense” como primer riesgo global del año, argumentando que Trump está desmontando activamente tanto los contrapesos internos como la arquitectura multilateral que Estados Unidos había construido después de la segunda guerra mundial. Las cifras del desajuste interno son elocuentes. La deuda nacional ha superado los 39 billones de dólares, y solo en el último mes se han pedido prestados 308.000 millones más. Se proyecta que, para 2036, el pago de intereses de esta deuda supere los 2 billones de dólares anuales (aproximadamente el 5% del PIB estadounidense). Ray Dalio en Principles for Dealing with the Changing World Order (2021), tras examinar 500 años de ciclos imperiales, describe un patrón repetido: todos los órdenes monetarios, políticos y geopolíticos surgen, evolucionan y colapsan en grandes ciclos de aproximadamente 75 años. Dalio sitúa a Estados Unidos en el Estadio 5: con alta deuda y conflicto interno, y entrando peligrosamente al Estadio 6: conflicto externo abierto. Peter Turchin aporta el diagnóstico sociológico complementario. En End Times (2023), describe cómo la concentración de riqueza y la sobreproducción de aspirantes a posiciones de poder escasas generan una espiral de inestabilidad. Turchin afirma que en Estados Unidos la transferencia de recursos de los trabajadores a las élites se activó a finales de los 70 y lleva décadas erosionando la cooperación social. El resultado político es tangible: polarización extrema y desprestigio institucional.
En la actual guerra con Irán, el modelo estadounidense exhibe simultáneamente su potencia militar y su fragilidad política. La administración Trump, ha dado explicaciones cambiantes: frenar una amenaza inminente, destruir capacidades militares, evitar un arma nuclear, apoderarse del petróleo o provocar un cambio de régimen. Esa inconsistencia narrativa, sumada a un plan de paz de 15 puntos rechazado por Teherán y a un bloqueo naval improvisado, expone el precio de actuar sin coaliciones. Aliados europeos que se niegan a prestar bases militares, una AIE que libera 400 millones de barriles para contener precios, y una China que acepta mediar para cuidar sus intereses. La ironía es que la mayor economía del mundo puede seguir imponiéndose por la fuerza bruta al tiempo que erosiona las instituciones y alianzas internacionales que convertían esa fuerza en hegemonía estable.
Europa: el multilateralismo débil. Si Washington tiene fuerza sin legitimidad, Bruselas sufre del problema inverso. La respuesta europea al ataque contra Irán ha sido, según el Council on Foreign Relations, sorprendentemente desarticulada. El Reino Unido cedió la base de Akrotiri en Chipre sólo con fines defensivos; Francia autorizó el uso de bases el 5 de marzo; España, en cambio, denegó el uso de Rota y Morón y Pedro Sánchez calificó la guerra de “grave error”. Alemania, se alineó más abiertamente con Estados Unidos e Israel, mientras Kaja Kallas declaraba que no existe intención de extender la misión naval europea al Estrecho de Ormuz porque “esta no es la guerra de Europa”. Detrás de esta ambigüedad hay tres tensiones estructurales. Primera, la dependencia de seguridad: el Pentágono ha comenzado a redirigir sistemas Patriot destinados a Ucrania hacia Oriente Medio, y a Suiza le anunciaron un retraso de cinco años en la entrega de los suyos. El Instituto de Estudios de Seguridad (EUISS) afirma que la guerra expone los riesgos de la dependencia europea del apoyo estadounidense y obliga a acelerar la producción doméstica y la cooperación con Ucrania. Segunda, la economía: un Estrecho de Ormuz bloqueado encarece la energía, el helio y la industria, mientras Putin se beneficia de precios altos del petróleo ruso. Tercera, la cohesión democrática interna: Francia, Alemania y el Reino Unido enfrentan gobiernos frágiles asediados simultáneamente por populismos de izquierda y de derecha.
En medio de este cuadro, el 12 de abril de 2026, sorprendentemente Viktor Orbán perdió las elecciones húngaras por un margen aplastante frente a Péter Magyar. Atlantic Council describe el resultado como una pérdida para Moscú y para Trump de un “aliado estratégico” dentro de la Unión Europea. Con Orbán fuera, previsiblemente se levantará el veto húngaro al paquete de 90.000 millones de euros para Ucrania y se reordenará el flanco iliberal del bloque. Pero Magyar se ha mostrado contrario a la adhesión total a Kiev y continuará comprando gas ruso por “necesidad energética”. La lección es doble: las instituciones democráticas europeas conservan la capacidad de autocorrección, pero el modelo capitalista coordinado sigue restringido por la geografía y por una identidad estratégica débil. Según Stevem Everts de EUISS, Europa, es más creíble que Washington, pero su credibilidad carece de capacidad operativa: “Hoy los europeos ya no podemos confiar en Estados Unidos. Europa debe rearmarse. Y Rusia solo se concibe a sí misma como imperio”. Europa, es un actor diplomático y militar marginal en un conflicto cuyas consecuencias energéticas, migratorias y de seguridad paga íntegramente.
China: el capitalismo autoritario desplegado. El desempeño chino en este conflicto ilustra la frialdad estratégica del modelo de Pekín. Irán es miembro de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, de los BRICS y de la Organización de Cooperación de Shanghái, y proveedor clave de petróleo. Sin embargo, China ha mantenido una posición deliberadamente cauta, limitándose a pedir ceses de hostilidades incluso cuando el Estrecho de Ormuz por donde pasa el 40 % del petróleo importado chino, está cerrado. La razón no es desinterés sino jerarquía de intereses nacionales. Según el análisis de Al Jazeera, en la llamada telefónica entre Xi Jinping y Trump previa al ataque, la posición china omitió las tensiones iraníes y centró la conversación en Taiwán y el comercio bilateral. A cambio del silencio, Trump pospuso una venta multimillonaria de armas a Taipéi. Mientras tanto, Pekín juega a dos bandas: condena públicamente “la ley de la selva” y ofrece un plan de cuatro puntos, mientras empresas chinas han suministrado imágenes satelitales de bases estadounidenses en Oriente Medio a mandos de la Guardia Revolucionaria iraní, y se preparan envíos de sistemas antiaéreos portátiles a través de terceros países. Esta conducta encaja perfectamente en la arquitectura del modelo chino. El XV Plan Quinquenal (2026-2030) prioriza la autosuficiencia tecnológica, la “Nueva Calidad de las Fuerzas Productivas” y el dominio de la electric stack: vehículos eléctricos, baterías, drones, robots, IA. China es ya el primer “electroestado” mundial, y ofrece infraestructura energética a precios bajos a los mercados emergentes, mientras Washington sigue exportando energía fósil. En 2025, el superávit comercial chino alcanzó 1,2 billones de dólares.
Pero el modelo chino también exhibe fracturas. La economía padece deflación persistente, sobrecapacidad industrial, una prolongada crisis inmobiliaria, alto desempleo juvenil y un declive demográfico estructural. El crecimiento objetivo oficial para 2026 se sitúa entre 4,5 y 5 %, el más bajo en décadas. Respecto a Taiwán, el analista Joe Keary, en The Strategist, sostiene que 2026 no es el año para una intervención militar china: los costos económicos rondarían billones de dólares y pondrían en jaque el pacto de legitimidad del Partido Comunista, basado en mejorar el nivel de vida. La coerción sin guerra (maniobras, presión diplomática, operaciones de información, desgaste) sigue siendo la opción más racional.
La paradoja china es que su modelo funciona mejor cuando el entorno internacional está ordenado y predecible, precisamente el que Estados Unidos está demoliendo. Xi gana influencia relativa en cada movimiento de Trump, pero hereda un mundo donde sus propias vulnerabilidades (dependencia energética, tecnologías críticas de Estados Unidos, acceso a mercados) se amplifican.
Irán como policrisis. La guerra en Irán ha sido una prueba para los tres modelos capitalistas dominantes que revela divergencias estructurales en cinco dimensiones:
- Seguridad. Estados Unidos ejerce poder duro unilateral; Europa redescubre su dependencia de los Patriot estadounidenses y debate un rearme sin coordinación real; China prefiere dar apoyo comercial y satelital, a involucrarse militarmente.
- Energía. Con el bloqueo de Ormuz, los precios escalan. Europa paga caro su salida del gas ruso y su dependencia del GNL qatarí. China acelera la diversificación hacia energías renovables, pese a su propia dependencia del crudo iraní. Estados Unidos, petroestado, obtiene ganancias internas, pero costos externos.
- Orden internacional. En la votación de la Resolución 2817 del Consejo de Seguridad de la ONU que condenaba los ataques iraníes contra estados del Golfo, China y Rusia se abstuvieron; Europa publicó declaraciones conjuntas, pero sin capacidad operativa real. La ONU aparece como foro testigo, no árbitro.
- Tecnología. Los drones iraníes, el uso de IA para generar desinformación, los ataques cibernéticos sobre redes eléctricas y la vigilancia satelital comercial china muestran que la guerra del siglo XXI es disputada también por actores privados con tecnología dual.
- Moral. La Unión Europea invoca la Carta de la ONU y el derecho internacional humanitario; Washington los subordina a la autodefensa preventiva; Pekín habla de “soberanía” mientras vende imágenes satelitales. Los tres discursos normativos son incompatibles.
Tres gramáticas y una encrucijada común: A largo plazo, los tres modelos capitalistas enfrentan riesgos existenciales distintos pero convergentes.
Estados Unidos corre el riesgo diagnosticado por Turchin y Dalio: que la combinación de polarización, sobreproducción de élites, deuda insostenible y destrucción de instituciones multilaterales desemboque en una “ruptura”, no necesariamente guerra civil, pero sí un reordenamiento sistémico que pueda durar décadas. Su ventaja tecnológica sigue siendo formidable, pero la salida de científicos, los recortes a la investigación pública y la hostilidad al talento inmigrante socavan la fuente última del “excepcionalismo”. La apuesta de Trump es que el poder duro compense el desmantelamiento del poder blando. Es una hipótesis no probada y reversible sólo a un costo altísimo.
Europa, si sobrevive a su propia parálisis, puede ejecutar el giro más ambicioso de su historia reciente: autonomía estratégica real, unión fiscal y de defensa, pilar europeo de la OTAN, liderazgo climático y tecnológico especializado en nichos. La caída de Orbán, el paquete de 90.000 millones para Ucrania y los clústeres de defensa franco-alemanes son pasos en esa dirección. El riesgo es que el ascenso de la extrema derecha y la fatiga fiscal aborten el proyecto. La promesa moral de derechos humanos, Estado de bienestar y multilateralismo, sigue siendo su mayor activo, pero la credibilidad exige capacidad operativa concreta.
China debe reconciliar tres contradicciones: crecer sin consumo interno, innovar sin libertad académica, liderar un Sur Global sin intervención armada. Si logra el giro hacia una nueva productividad tecnológica, transición verde y desapalancamiento inmobiliario ordenado, puede convertirse en el socio preferente del mundo emergente. Si falla, enfrentará una combinación de deflación crónica con presiones sociales explosivas. Taiwán seguirá siendo el pivote: la mera coerción puede bastar mientras el pacto económico con Estados Unidos se mantenga; una guerra sería catastrófica para todos.
Estos tres modelos capitalistas comparten una responsabilidad moral negligente sobre la policrisis climática, energética y de IA. Estados Unidos se retiró formalmente del Acuerdo de París el 27 de enero de 2026; Europa pierde velocidad regulatoria; China lidera energías renovables mientras abre centrales a carbón. Ninguno ha construido gobernanza para la IA ni para el agua, que Eurasia Group describe como la próxima arma geopolítica.
La lección final de la prueba de estrés iraní es incómoda: no hay ganador estructural en el orden “postamericano”. Hay tres perdedores relativos que gestionan su declive con estilos distintos. Bremmer llama a esto un mundo G-Zero; Dalio, great disorder; Turchin, end times. La diferencia entre un aterrizaje suave y un quiebre dependerá menos de la fortaleza militar o del PIB que de una variable básica y olvidada: la capacidad de reconstruir un pacto social interno que devuelva legitimidad a sus instituciones. Sin eso, ningún capitalismo: liberal, coordinado o autoritario, sobrevivirá al siglo. En palabras de Milanović:
El mundo no volverá a ser como antes de Trump. Las tensiones geopolíticas, el declive de la globalización y la fragmentación del poder han llegado para quedarse. Este es un mundo nuevo y el peligro es intentar enfrentarlo con las ideas del pasado.