complejidad

Entre la espada y la oración

Las primeras conversaciones directas de alto nivel entre Estados Unidos e Irán desde la revolución islámica de 1979 comenzaron este sábado 11 de abril en Islamabad. El encuentro ocurrió a apenas tres días del frágil alto al fuego de dos semanas anunciado el 8 de abril, fruto de una intensa mediación pakistaní, con fuerte apoyo de China.

La tregua, sin embargo, nació herida. Pocas horas después de su entrada en vigor, Israel desencadenó la mayor campaña aérea del conflicto sobre Líbano: más de cien ataques en diez minutos sobre zonas densamente pobladas, en una operación que Israel bautizó “Eternal Darkness” y el gobierno libanés llamó “Miércoles Negro”. El Ministerio de Salud libanés cifró inicialmente las víctimas en 303 muertos, cifra que en los días siguientes se elevó hasta 357, en la jornada más letal del frente libanés. Estados Unidos reconocería luego un “malentendido legítimo” sobre la inclusión de Líbano en el alto al fuego. Una contradicción de fondo: Pakistán e Irán sostienen que Líbano estaba incluido.

Mientras los misiles caen, otra batalla se libra en el terreno del lenguaje y la teología. El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, pidió a sus conciudadanos arrodillarse “todos los días, con sus familias, en sus escuelas, en sus iglesias” y orar por la victoria militar “en el nombre de Jesucristo”. En el servicio del 25 de marzo en el Pentágono, oró por “una violencia abrumadora de acción contra aquellos que no merecen misericordia” y para que Dios “rompa los dientes de los impíos”. El papa León XIV, primer pontífice nacido en Estados Unidos respondió en su homilía de Domingo de Ramos: “Jesús es el rey de la paz, que rechaza la guerra, a quien nadie puede usar para justificarla. No escucha las oraciones de quienes hacen la guerra, sino que las rechaza”. Dos días después, afirmó que la misión cristiana, ha sido a menudo distorsionada por un “deseo de dominación, completamente ajeno al camino de Jesucristo”.

Este duelo de invocaciones divinas parece confirmar lo que Samuel Huntington anticipó en 1993: que “las grandes líneas de conflicto del siglo XXI no serán ideológicas ni económicas, serán culturales”. Pero la guerra en curso, y las profundas divisiones internas que están desgarrando a cada uno de sus protagonistas, revela que la tesis de Huntington es a la vez iluminadora e insuficiente. Sobre las fallas civilizacionales se superponen también intereses geopolíticos de potencias revisionistas como Rusia y China, la disputa por las rutas energéticas globales y una crisis de gobernanza dentro de las propias alianzas occidentales. La teología militante de Hegseth, con su énfasis calvinista en la providencia divina, añade una capa aún más inquietante: una cosmovisión donde incluso las tragedias civiles pueden interpretarse como parte del plan de Dios.

La herencia cristiana, en disputa. En El choque de civilizaciones (1996), Huntington sostenía que, tras el fin de la Guerra Fría, las civilizaciones, definidas por cultura, lengua, tradición y, sobre todo, religión, se convertirían en las unidades básicas del conflicto global. Su tesis, criticada por esencialista y reduccionista, encuentra hoy en esta guerra un eco sorprendente. La alineación de Estados Unidos e Israel contra Irán parece, a primera vista, un caso de manual: “Occidente” frente al “Islam”. Pero una mirada más profunda amplía esos límites.

El historiador británico Tom Holland, en Dominion (2019), argumenta que la moral occidental, incluidos conceptos que hoy consideramos laicos y universales como los derechos humanos, la dignidad de las personas o el rechazo a la violencia sacralizada es, en su origen, profundamente cristiana. Su tesis no está exenta de críticos: historiadores como Tim Whitmarsh han recordado las raíces grecorromanas del humanismo secular, y otros, como Larry Siedentop en Inventing the Individual (2014), matizan el papel exclusivo del cristianismo en la formación del individualismo moderno. Pero incluso en su versión más matizada, la observación de Holland ilumina la paradoja que hoy presenciamos: el secretario de Defensa de una república constitucionalmente laica invoca el nombre de Cristo para bendecir una guerra, mientras el líder de la Iglesia católica, heredera de siglos de poder, abuso y violencia, le recuerda al mundo que Dios “no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra”.

En A la sombra de las espadas (2014), Holland exploró el nacimiento del islam en la antigüedad tardía, un período en que las grandes religiones monoteístas competían por el dominio imperial y espiritual. Según Holland, esa competencia nunca desapareció del todo: simplemente se transformó. Esta guerra es un eco de aquellas pugnas, pero mediado por siglos de evolución teológica, política y tecnológica, y ahora inserto en un tablero global donde Pekín y Moscú mueven sus propias fichas.

Estados Unidos: entre la providencia y la cruzada. La retórica de Hegseth no es una anomalía; se inscribe en una tradición estadounidense que combina excepcionalismo nacional y providencialismo cristiano. Hegseth ha institucionalizado ceremonias cristianas mensuales en el Pentágono y, según reportajes de The Guardian y Foreign Policy, su consejero espiritual más cercano, el pastor Brooks Potteiger, citó Mateo 10 en un sermón reciente: “Si nuestro Señor es soberano incluso sobre la caída de un gorrión, pueden estar seguros de que es soberano sobre todo lo demás que cae en este mundo, incluidos los misiles Tomahawk y Minuteman… Jesús tiene la última palabra sobre todo esto”. El propio Hegseth, en su libro American Crusade (2020), había descrito la separación entre Iglesia y Estado como “un mito de izquierda”, y lleva tatuada en el brazo la consigna cruzada Deus Vult (Dios lo quiere).

Esta teología, arraigada en una rama evangélica calvinista reformada, enfatiza la soberanía absoluta de Dios y la predestinación. Sin embargo, en la ortodoxia calvinista clásica la providencia no exime de responsabilidad humana: Dios puede “permitir” el mal sin justificarlo moralmente. Esta distinción se difumina en la retórica de Hegseth, donde voluntad divina y acción militar parecen fundirse sin fisuras. La Fundación por la Libertad Religiosa Militar afirma haber recibido más de doscientas llamadas de uniformados que denuncian que sus mandos describen la guerra como cumplimiento de profecía bíblica; sobre este tema, congresistas demócratas han pedido una investigación interna del Pentágono.

Pero la respuesta no ha venido solo de la izquierda secular. El arzobispo Timothy Broglio, máxima autoridad católica de las Fuerzas Armadas estadounidenses, y quien en enero había elogiado a Hegseth, manifestó públicamente en Face the Nation su desacuerdo con la idea de que Jesús pueda justificar esta guerra. Es desde dentro de la propia tradición cristiana, no desde fuera, donde surge la crítica más demoledora. Es allí donde León XIV ha recuperado una línea teológica que, desde Agustín de Hipona hasta Juan Pablo II, ha problematizado la noción misma de “guerra justa”.

Israel: seguridad existencial, fractura interna y un ausente clave. La sociedad israelí también está atravesada por tensiones entre lo secular y lo religioso. Para el ala nacionalista-religiosa, las operaciones contra Irán, Gaza y Líbano se inscriben en una narrativa de cumplimiento bíblico y defensa de la Tierra Prometida. Para el bloque secular-libertario, plantean un costo moral creciente y erosionan la legitimidad democrática del país. Las divisiones se han profundizado tras más de dos años de conflicto en Gaza: informes de Human Rights Watch y de la Comisión Independiente de la ONU han documentado crímenes de guerra, y la Corte Penal Internacional mantiene órdenes de detención contra Benjamin Netanyahu y Yoav Gallant, su exministro de Defensa. El 16 de marzo, la Oficina de Derechos Humanos de la ONU señaló: “Matar a familias enteras en sus hogares y refugios ha sido un rasgo constante de la actividad militar israelí en Gaza desde el 7 de octubre de 2023, borrando generaciones enteras y causando un elevado número de víctimas civiles, incluidas mujeres y niños”. La fatiga de guerra, las protestas por los rehenes y los escándalos de corrupción han debilitado la cohesión interna.

A esta ecuación falta sumar a Hezbolá, cuya ofensiva del 2 de marzo, presentada como represalia por el asesinato del ayatolá Jamenei en el primer día de la guerra, reabrió el frente libanés y arrastró al país a su episodio más letal en décadas. Tratar a Líbano solo como víctima pasiva oscurece el rol del Eje de la Resistencia como actor con agenda propia, capacidad militar autónoma y teología política específica, distinta tanto del chiismo iraní de Estado como del nacionalismo árabe secular.

Irán: teocracia, martirio y la fragilidad bajo la unidad táctica. La doctrina chiita del velayat-e faqih fusiona autoridad religiosa y poder político, y la teología del martirio transforma la derrota en victoria espiritual. La resistencia antiimperialista proyecta esta mística hacia el exterior: Estados Unidos es el “Gran Satán”, Israel el “pequeño Satán”. Pero esta caracterización, aunque útil, simplifica una República Islámica que es también una compleja burocracia estatal con tecnócratas, facciones pragmáticas y una sociedad civil más plural de lo que sugiere su retórica oficial.

La muerte de Alí Jamenei el 28 de febrero, en el primer día de los ataques estadounidenses e israelíes, abrió un vacío sucesorio que aún no se ha resuelto. La candidatura de su hijo Mojtaba Jamenei, largamente discutida, podría profundizar la fractura entre el pragmatismo de supervivencia y la pureza revolucionaria, pero nada está aún resuelto. Las protestas de finales de 2025 dejaron al descubierto un descontento social que la guerra ha logrado, por ahora, suspender en una frágil unidad táctica frente al agresor extranjero.

Rusia y China: el tablero más amplio. Rusia se presenta como arquitecto de un mundo multipolar donde cada civilización tiene derecho a su propio modelo político-cultural. Putin habla de “sinfonía de valores humanos” y defiende una “visión correcta” de la historia. Protege “valores espirituales-morales” frente al “decadente” individualismo occidental. En este conflicto ha proporcionado inteligencia y sistemas de defensa. Por su parte, China se presenta como guardiana de un orden donde la soberanía cultural prima sobre la liberal universal. No busca desmantelar el orden actual de golpe; lo transforma desde dentro mediante instituciones paralelas. Pekín, principal comprador del petróleo iraní, presiona por un alto al fuego que proteja sus inversiones y su acceso energético. Rusia y China son proyectos civilizacionales distintos: “comparten cama, pero sueñan distinto”. Luchan por la reconfiguración del poder global y el desplazamiento del orden liberal estadounidense.

El enemigo también está en casa. El bloque Israel-Estados Unidos muestra fisuras crecientes. La administración Trump critica a la OTAN por su escaso apoyo, y sigue amenazando con una eventual retirada. La retórica religiosa de Hegseth genera críticas en sectores conservadores y libertarios que exigen justificar la guerra en términos de interés nacional, no de providencia divina. La purga reciente de oficiales superiores en plena campaña bélica evidencia la profunda reestructuración ideológica del Pentágono. En Europa, las cancillerías francesa y británica condenaron explícitamente los ataques israelíes del 8 de abril sobre Líbano, profundizando su distancia con Washington.

En Irán, la guerra generó unidad táctica temporal, pero las tensiones de fondo persisten. En Israel, la fractura entre sionismo religioso y liberalismo democrático aumenta. Y en Estados Unidos, la tensión entre providencialismo militante y universalismo secular, ambos, paradójicamente, herederos de la misma tradición cristiana, se vuelve cada día más visible.

La pregunta abierta. Esta guerra parece confirmar a Huntington, pero una mirada detallada revela que el conflicto no se libra solo entre civilizaciones, sino dentro de cada una de ellas, superpuesto a un tablero geopolítico y económico mucho más amplio. La gran ironía es que, mientras los líderes invocan a Dios para bendecir ejércitos o justificar “violencia abrumadora” como parte de un plan predestinado, las poblaciones que dicen representar están más divididas que nunca sobre el significado de esa invocación.

Mientras escribo estas líneas, tras más de dieciséis horas seguidas de reuniones en Islamabad, Estados Unidos e Irán no llegaron a ningún acuerdo. El domingo, Trump amenazó que Estados Unidos “bloquearía” el estrecho de Ormuz. ¿Cuál de las tres capas, la teológica, la geopolítica, la energética, tiene primacía causal? Creo que ninguna por sí sola explica este conflicto: la teología militante de Hegseth no existiría sin un electorado evangélico movilizado, pero tampoco sin oleoductos que defender; la doctrina del velayat-e faqih no sostendría a la República Islámica sin los ingresos del petróleo; el cálculo chino no sería tan urgente sin el estrecho de Ormuz. Las tres capas se sostienen mutuamente y se refuerzan, la pregunta de cuál es “la más importante” es probablemente equivocada.

El choque de civilizaciones existe, pero también, y quizá, sobre todo, es un choque de cosmovisiones dentro de cada civilización. En esa batalla interna, las armas no son misiles, sino ideas, valores y la pregunta que todas estas religiones monoteístas en pugna llevan siglos intentando responder: ¿qué significa, exactamente, invocar el nombre de Dios?

El novelista y ensayista israelí, Amos Oz, advirtió que el fanatismo representa ‘la plaga del siglo XXI’. Para Oz, la diferencia entre idealismo y fanatismo radica en pasar de la devoción a la obsesión, donde los fines justifican cualquier medio. En un mundo marcado por la polarización, el fanatismo se erige como una fuerza destructiva que trasciende fronteras, culturas y ámbitos de la vida. En Contra el fanatismo (2004), escribió:

El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera.

Esta guerra demuestra, al mismo tiempo, que la fe por sí sola no basta para explicarlo todo. Los oleoductos, las rutas marítimas, los cálculos de Moscú y Pekín y la crisis energética global son parte inseparable de la ecuación. En la intersección de la espada, la oración y los recursos se está escribiendo el próximo capítulo del orden mundial.

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