
Pensar lo que nos desborda
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la “Operación Epic Fury”: una ofensiva aérea conjunta contra Irán que incluyó el asesinato selectivo del líder supremo Alí Jamenei y de altos mandos militares, junto con el bombardeo sistemático de instalaciones nucleares, bases de misiles e infraestructura crítica. Irán respondió con oleadas masivas de misiles y drones contra Israel, bases estadounidenses en el Golfo Pérsico y estados árabes aliados, y cerró el Estrecho de Ormuz, provocando la mayor disrupción energética mundial desde la crisis de los años setenta. Hoy, más de un mes después, el conflicto persiste sin visos de alto al fuego. Más de 2.000 muertos en Irán, centenares de víctimas en el Líbano, Israel y los países del Golfo, millones de desplazados y un precio del barril de petróleo que supera los 100 dólares, con riesgos de escalada mayor. El 1 de abril de 2026, treinta y dos días después del inicio de los ataques, Donald Trump pronunció su primer discurso formal sobre la guerra. Como señaló The New York Times, “no ofreció información nueva ni aclaró su estrategia ni sus objetivos”. En cambio, recurrió a una comparación histórica: “Es muy importante poner este conflicto en perspectiva. La participación estadounidense en la Primera Guerra Mundial duró un año, siete meses y cinco días. La Segunda Guerra Mundial, tres años, ocho meses y veinticinco días. La Guerra de Corea, tres años, un mes y dos días. ¡La de Vietnam duró diecinueve años, cinco meses y veintinueve días! La guerra de Irak, ocho años, ocho meses y veintiocho días”. Trump asume, implícitamente, que las guerras son eventos lineales con principio, desarrollo y final predecible. Esta visión ha sido desmontada por Robert Pape, profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago y autor del clásico Bombing to Win (1996). Desde el comienzo de esta guerra, Pape, se ha convertido en uno de sus críticos más visibles. Durante tres décadas, ha estudiado los límites del poder aéreo como herramienta de coerción política. Es categórico: “el poder aéreo por sí solo nunca ha producido un cambio de régimen positivo. No raramente. Nunca”. En su Substack “Escalation Trap” (2026), describe un patrón recurrente: “los éxitos tácticos iniciales de una campaña aérea generan decepciones estratégicas que impulsan a los decisores a intensificar la fuerza, entrando en un ciclo autoalimentado sin salida clara”. En una reciente entrevista con The National, señaló:
Cada vez que haces un movimiento táctico, es un fracaso estratégico que te lleva a redoblar la apuesta en busca del éxito. A medida que escalas, fracasas de nuevo, y eso te empuja más arriba en la escalera de la escalada. Pero no es solo una escalera: es una trampa.
La “trampa de la escalada” ocurre cuando los bombardeos iniciales logran victorias tácticas, pero producen frustraciones estratégicas. Los líderes no interpretan el fracaso como un error de estrategia, sino como prueba de que “aún no se ha ido lo suficientemente lejos”. Se intensifica entonces la fuerza; el adversario se adapta y el ciclo se repite a niveles cada vez más peligrosos. La evidencia actual confirma este diagnóstico: Al inicio del conflicto, Trump enmarcó explícitamente la operación como “breve y limitada”. Sin embargo, hoy los objetivos se han ampliado de militares a civiles (puentes, plantas eléctricas, centros de investigación); se habla de 50.000 tropas en la región y de una posible invasión terrestre; y Trump ha amenazado con bombardear Irán “hasta la Edad de Piedra”.
La trampa identificada por Pape explica por qué el poder aéreo no logra, por sí solo, un cambio de régimen: la escalada se autoalimenta, mientras Irán conserva palancas económicas (control del estrecho, milicias regionales) que neutralizan la superioridad militar estadounidense. Como señaló la periodista Megyn Kelly en SiriusXM: “A medida que la situación se complica, necesitamos saber exactamente quién lo convenció y qué gestiones se hicieron para persuadir al presidente de que era una buena idea”. La pregunta de fondo persiste: ¿qué tipo de pensamiento diseña estas guerras?
Edgar Morin, nacido en París en 1921, partisano de la Resistencia francesa, sociólogo heterodoxo y filósofo de la complejidad, ha dedicado más de un siglo de vida a entender por qué la humanidad tropieza, una y otra vez, con las mismas piedras. Desde su experiencia directa en la Segunda Guerra Mundial hasta los conflictos de Argelia, la crisis de los misiles, las guerras del Golfo y la devastación de Gaza, su obra gira en torno a una idea central: los grandes conflictos no se explican desde una sola dimensión, ni puramente geopolítica, ni exclusivamente económica, ni solo religiosa, porque la realidad es, en su raíz, compleja. Las simplificaciones lineales, advierte Morin, son la forma más segura de no comprenderla y, por tanto, de perpetuar los errores.
En sus obras recientes De guerra en guerra (2023), Si es medianoche en el siglo (2024) y ¿Hay alguna lección de la historia? (2025), Morin enseña que las separaciones que hacemos para analizar la realidad “solo operan en nuestras mentes”. Frente a la tendencia humana a parcelar el conocimiento, lo que él llama “inteligencia ciega”, que destruye totalidades y relaciones, propone el pensamiento complejo: “una estrategia para conectar las múltiples dimensiones contradictorias y entrelazadas de los fenómenos”. No busca resolver la paradoja, sino abrazarla; no reduce la realidad a variables aisladas, sino que la conecta como un tejido cuyos hilos son eventos, acciones, interacciones y azares.
El conflicto actual entre Estados Unidos, Israel e Irán constituye un laboratorio perfecto para profundizar en este enfoque. Lo que a simple vista aparece como un choque entre “democracia occidental” y “teocracia iraní” es, en realidad, un sistema de complejidad extrema: dialógico, recursivo y hologramático. Este ensayo propone leer esta guerra precisamente a través de estos principios del pensamiento complejo de Morin. No se trata de aplicar una teoría abstracta a una realidad brutal, sino de demostrar que la complejidad no es un lujo intelectual: es la condición mínima para comprender, y, quizá algún día, para evitar, catástrofes como esta.
Principio dialógico. Para Morin, los opuestos no se excluyen: se alimentan mutuamente. Orden y desorden, guerra y paz, destrucción y reconstrucción, autonomía e interdependencia no son alternativas mutuamente excluyentes, sino polos de una misma realidad en tensión permanente. Esta guerra ofrece un caso paradigmático del principio dialógico.
La administración Trump justificó los ataques como una operación de orden: “destruir los misiles iraníes, impedir la proliferación nuclear y propiciar un cambio de régimen que estabilice la región”. Sin embargo, la ofensiva ha generado, al mismo tiempo y en la misma medida, un desorden de proporciones globales. Irán cerró el Estrecho de Ormuz, por donde circula el 20 % del petróleo mundial, provocando la mayor interrupción del suministro energético desde la crisis de los años setenta. El precio del barril superó los 100 dólares; las aerolíneas redujeron drásticamente sus vuelos; Filipinas consideró implementar una semana laboral de cuatro días, y los estados del Golfo enfrentan una emergencia alimentaria, pues dependen del estrecho para más del 80 % de sus suministros básicos.
Aquí la dialógica actúa con toda su fuerza: la búsqueda de seguridad militar ha producido inseguridad económica y humanitaria a escala planetaria. Las sanciones previas que hicieron colapsar la moneda iraní detonaron, en enero de 2026, las mayores protestas desde la revolución de 1979. La represión sangrienta de aquellas movilizaciones y la propia guerra no han derribado al régimen; al contrario, según reportes de inteligencia filtrados a Reuters, tras cuatro semanas de bombardeos no se ha logrado destruir el arsenal de misiles iraní. El desorden que se pretendía eliminar se ha reproducido en formas nuevas e imprevistas: ataques a plantas desalinizadoras en Kuwait y Qatar, amenazas contra infraestructuras civiles y centros de datos, y disrupciones en la producción de fertilizantes que ya amenazan la temporada de siembra en el hemisferio norte.
Morin nos advierte que el pensamiento simplificador, aquel que cree posible eliminar el desorden mediante la aplicación de fuerza, es ciego ante la naturaleza compleja de los sistemas. En su lugar, el principio dialógico nos obliga a reconocer que orden y desorden son inseparables: cada intento de imponer uno genera, inevitablemente, la emergencia del otro. Comprender esta tensión no es un ejercicio abstracto; es la condición indispensable para dejar de repetir, una y otra vez, los mismos errores.
Principio de recursividad. El principio de recursividad rompe con la causalidad lineal. Según Morin, en los sistemas complejos los efectos “retroactúan” sobre las causas y modifican permanentemente el propio sistema. La guerra, en consecuencia, no es solo el resultado de causas previas; se convierte ella misma en causa generadora de más guerra.
La crisis actual no comenzó el 28 de febrero de 2026: es el fruto de décadas de interacciones recursivas. La revolución islámica de 1979 y la crisis de los rehenes crearon una hostilidad estructural entre Washington y Teherán. Las sanciones sucesivas debilitaron la economía iraní, alimentaron el resentimiento popular y fortalecieron a las facciones más duras del régimen. El acuerdo nuclear de 2015 intentó romper ese ciclo, pero la retirada unilateral estadounidense en 2018 lo reactivó con mayor intensidad. La política de “máxima presión” de la primera administración Trump colapsó la moneda iraní. Scott Bessent, secretario del Tesoro, en su testimonio ante el Comité Bancario del Senado de Estados Unidos, se refirió al colapso de la banca iraní ocurrida en diciembre pasado como “gran culminación”, pero al mismo tiempo cerró las vías diplomáticas y radicalizó las posiciones de ambos bandos.
La recursividad se hizo trágicamente visible en las semanas previas al conflicto. Negociaciones indirectas en Omán habían alcanzado lo que el canciller omaní Badr Al-Busaidi calificó de “avance significativo”: Irán había aceptado suspender el almacenamiento de uranio enriquecido y someterse a la verificación plena del OIEA. Sin embargo, Trump declaró que no estaba “entusiasmado” con las conversaciones. Al día siguiente del anuncio del progreso diplomático, comenzaron los bombardeos. La diplomacia había creado las condiciones para la paz; la lógica bélica, en cambio, se retroalimentó con mayor rapidez.
Esta recursividad posee también una dimensión económica global. El cierre del Estrecho de Ormuz no solo disparó el precio del petróleo: la región produce casi la mitad de la urea mundial y el 30 % del amoníaco global. Desde el inicio de la guerra, los precios de la urea se han incrementado en un 50 %. La escasez de fertilizantes durante la actual temporada de siembra amenaza con reducir las cosechas de maíz en Estados Unidos, principal insumo de su industria cárnica y láctea, y con elevar los precios mundiales de los alimentos hasta 2027. Esta guerra, concebida para proteger intereses estadounidenses, genera así las condiciones precisas para una crisis alimentaria que terminará afectando a las mismas poblaciones que supuestamente debía defender. Morin nos recuerda que ignorar esta recursividad es condenarse a repetir, con mayor intensidad, los mismos errores. La historia no avanza en línea recta: se enrosca sobre sí misma, y cada vuelta amplifica las consecuencias.
Principio hologramático. El principio “hologramático” afirma que, en los sistemas complejos, el todo está presente en cada parte, y cada parte contiene el todo. La sociedad global se revela en cada individuo; cada evento local encierra la estructura completa del sistema que lo genera.
El bombardeo de la escuela primaria Shajareh Tayyebeh, en Minab, donde, según informa Amnistía Internacional, murieron 168 personas, en su mayoría niños de entre siete y doce años, contiene, la totalidad del conflicto. En esa imagen se condensa la asimetría tecnológica abismal entre quien lanza bombas guiadas por satélite y quien las recibe; la tensión irresoluble entre objetivos militares y costos civiles; la narrativa ya conocida de “error en los datos” o “daño colateral” que ha acompañado todas las guerras asimétricas desde Vietnam hasta Gaza; y la pregunta radical sobre qué tipo de “orden” puede construirse sobre tragedias de esta naturaleza.
Del mismo modo, el cierre del Estrecho de Ormuz, un paso de apenas 34 kilómetros en su punto más angosto revela la fragilidad estructural de la economía globalizada. En ese estrecho paso se concentra la interdependencia de un mundo que ha levantado su prosperidad sobre cuellos de botella frágiles. Cuando Irán advirtió que no permitiría que “un litro de petróleo” atravesara el estrecho y que los buques vinculados a Estados Unidos e Israel serían “blancos legítimos”, no solo ejecutaba una maniobra militar: exponía una verdad sistémica que los planificadores de la guerra habían subestimado o ignorado deliberadamente.
En cada familia israelí que vive entre sirenas de alarma, escuelas cerradas y la presión de mantener la normalidad mientras los niños permanecen en refugios, se inscribe la totalidad de la apuesta geopolítica de su gobierno. En cada refugio antimisiles late la contradicción de un sistema de seguridad nacional que prometió protección absoluta y hoy revela su fragilidad. En el extremo opuesto, cada iraní que huyó de Teherán tras la orden de evacuación lleva consigo la totalidad de las contradicciones del régimen: un Estado incapaz de proteger a su población pero que exige su lealtad absoluta; una economía estrangulada por sanciones externas y corrupción interna; y la memoria aún fresca de los miles de manifestantes asesinados en enero por las mismas fuerzas que ahora se presentan como defensores de la nación frente al agresor.
Morin nos enseña que ignorar esta realidad hologramática es condenarse a ver solo partes aisladas y, por tanto, a comprender mal el todo. El pensamiento complejo no es un lujo teórico: es la única mirada capaz de percibir, en cada fragmento de horror, la estructura completa del sistema que lo produce. Solo entonces podremos empezar a imaginar formas de intervenir que no reproduzcan, una y otra vez, la misma tragedia.
Conclusión. En su libro De guerra en guerra, Morin reflexiona sobre cómo la humanidad pasa de un conflicto a otro sin haber extraído las lecciones del anterior. La guerra de Irán de 2026 confirma trágicamente su diagnóstico: el pensamiento simplificador, aquel que reduce la realidad a una sola dimensión y cree poder controlar sistemas complejos mediante intervenciones lineales, sigue dominando las más altas esferas del poder mundial.
Este pensamiento se revela en la creencia de que el asesinato selectivo de un líder produce automáticamente el colapso de un régimen. Se revela en la suposición de que una superioridad militar aplastante garantiza resultados políticos predecibles. Se revela en la afirmación de que el Estrecho de Ormuz puede ser “asegurado fácilmente”, cuando su reapertura se ha convertido en un problema que reúne a más de cuarenta países en conferencias de emergencia sin resultado alguno. Y se revela, sobre todo, en la pretensión de librar una guerra regional sin consecuencias económicas globales, cuando una escuela bombardeada en Minab y un barril de petróleo a más de cien dólares en Londres nos afecta a todos.
Morin no afirma que pensar de manera compleja baste para detener las guerras. Sí sostiene, en cambio, que el pensamiento complejo es la condición necesaria, aunque no suficiente, para actuar con responsabilidad en un mundo interdependiente. Comprender que toda acción genera efectos imprevistos, que causas y efectos se retroalimentan, que los antagonismos coexisten sin resolverse, que cada parte contiene la estructura del todo y que toda autonomía depende de un entorno no impide necesariamente la guerra, pero sí impide la ignorancia arrogante con la que las guerras suelen iniciarse.
Mientras escribo estas líneas, el presidente de Estados Unidos exige a Irán: “¡Abran el maldito estrecho, malditos locos, o vivirán en el infierno!”. El portavoz iraní responde que “toda nuestra región va a arder”. Efectivamente, Kuwait informa del incendio de su mayor refinería tras un ataque con drones, y cuarenta países debaten en el Consejo de Seguridad de la ONU cómo reabrir un estrecho que nadie pensó, o quiso pensar, que llegaría a cerrarse. La complejidad no espera a que la comprendamos, sino que la abracemos, ya que sigue desplegándose, indiferente a nuestras ilusiones simplificadoras.
El pensamiento complejo de Edgar Morin es, más que nunca, una invitación urgente: no a poseer todas las respuestas, sino a formular las preguntas que el pensamiento simplificador ni siquiera nos permite concebir. Es, en última instancia, una exigencia ética. En palabras del propio Morin: “La primera y fundamental resistencia es la del espíritu”.