
Objeto político
El pasado lunes, China aprovechó la Gala de la Fiesta de la Primavera (Chunwan), el programa de televisión más visto del mundo, para desplegar un poderío tecnológico que trascendió el mero espectáculo. El despliegue fue total: desde el sketch “lo favorito de la abuela”, que mostraba el potencial de la IA en una sociedad que envejece, hasta una exhibición de guerreros kung-fu realizada por niños y robots humanoides. En el artículo “Los guerreros robots de China, un alarde de poderío tecnológico que va más allá del espectáculo de Año Nuevo” (2026), publicado en El País, el experto en robótica y automatización Georg Stieler, señaló:
Un robot que hace una voltereta sigue siendo más espectacular que uno que sujeta con cuidado un vaso de plástico con agua, aunque este último es técnicamente mucho más exigente.
Lo que distinguió esta gala de otros eventos comparables fue la conexión directa entre la política industrial y el espectáculo en horario de máxima audiencia. En enero de 2019, el politólogo australiano John Keane, impartió una conferencia en Pekín que tituló “Tenemos que hablar de robots”. Keane afirmó que los efectos de la robótica y la IA no solo son tecnológicos sino también profundamente políticos y democráticos. Argumentó que estas tecnologías cambian las relaciones de poder y plantean importantes preguntas respecto de nuestra sociedad. En sus palabras:
Los humanos tienen un talento colectivo para el antropomorfismo, la desafortunada costumbre de perderse en sus propias creaciones. Es como si sufrieran una especie de autohipnosis narcisista. A menudo de manera inconsciente, los humanos se proyectan a sí mismos en el mundo de los objetos que han creado. Entonces los alaban y culpan de ser la fuente de su felicidad y liberación, o de su mala suerte y desgracias.
En su argumento, el problema no es solo psicológico, sino político: al “perdernos” en las máquinas, desplazamos hacia ellas, y no hacia las instituciones que las diseñan y gobiernan, nuestras expectativas, miedos y debates sobre trabajo, desigualdad y democracia. Este artículo explora que el robot humanoide no es solo una tecnología; es un “objeto político” que organiza percepciones públicas sobre agencia, progreso y destino social. Ese poder simbólico, alimentado por nuestra tendencia al antropomorfismo, puede oscurecer preguntas decisivas sobre quién controla la tecnología, quién captura sus beneficios y quién asume sus costos. Frente a ello, propongo un marco de “alfabetización tecnopolítica” que nos permita interrogar críticamente estos artefactos y los discursos que los acompañan.
La tesis de Keane encaja con una línea robusta de investigación. Nicholas Epley, Adam Waytz y John Cacioppo, en su artículo “On seeing human: a three-factor theory of anthropomorphism” (2007), propusieron que la atribución de rasgos humanos a agentes no humanos se potencia cuando: a) es factible atribuir conocimiento humano, es decir, cuando el objeto se parece a nosotros; b) buscamos eficacia explicativa, esto es, necesitamos comprender y predecir el comportamiento de algo; y c) tenemos motivación de afiliación social, un deseo de conectar con otros. Los robots humanoides activan simultáneamente estos tres factores: su forma hace accesible el conocimiento humano, su comportamiento (aparentemente) autónomo exige explicación, y su presencia como “compañero” potencial satisface necesidades de conexión.
Un segundo cuerpo de evidencia, clásico en comunicación, muestra que bastan señales mínimas para gatillar respuestas sociales. En el paradigma “computers as social actors”, sistematizado por Byron Reeves y Clifford Nass en The Media Equation (1996), plantearon que las personas aplican guiones sociales, cortesía, reciprocidad, trato diferenciado por voz, incluso cuando “saben” que interactúan con máquinas. La forma humanoide intensifica este efecto: no necesitamos que el robot sea realmente consciente para tratarlo como si lo fuera.
Heather Gray, Kurt Gray y Daniel Wegner, en su artículo “Dimensions of mind perception” (2007), identificaron dos dimensiones con las que juzgamos “quién tiene mente”: agencia (capacidad de planificar, autocontrolarse, actuar) y experiencia (capacidad de sentir dolor, placer, emociones). Estas dimensiones predicen juicios morales distintos y no se distribuyen uniformemente. Los robots humanoides, por su forma y comportamiento, tienden a ser percibidos como dotados de agencia, aunque carezcan de experiencia, lo que nos lleva a adjudicarles intencionalidad y, potencialmente, responsabilidad.
Estas tres líneas explicativas convergen en una conclusión útil para el debate público: cuando una tecnología adopta forma humanoide y se presenta como “trabajador”, “compañero” o “agente autónomo”, activa sesgos cognitivos que estructuran nuestra interpretación antes de que evaluemos evidencia concreta. Por ejemplo: ¿cuánto percibe realmente?, ¿cuánta autonomía tiene?, ¿en qué condiciones funciona? Ese “salto” interpretativo es exactamente la “autohipnosis” que denuncia Keane: primero proyectamos humanidad; luego adjudicamos salvación o amenaza.
En la Gala de la Fiesta de la Primavera, el antropomorfismo no fue un error marginal: fue el mecanismo de “legibilidad pública”. Los robots humanoides, eran fácilmente interpretables, comprensibles y significativos para su audiencia masiva no especializada, sin necesidad de mediación técnica ni explicaciones complejas. Stieler, sostiene que los robots humanoides “empaquetan” capacidades (IA, hardware, manufactura) en un formato narrativo “legible” para el público y los trabajadores. La atención mediática se vuelve así en un recurso estratégico: aparecer en este escenario trae recompensas tangibles: órdenes gubernamentales, atracción de inversionistas y acceso al mercado.
Sin embargo, la autonomía no es binaria. En robótica, se reconocen niveles que van desde la teleoperación remota (nivel 0) hasta la autonomía plena en entornos no estructurados (nivel 5). Lo que vimos en Chunwan se sitúa típicamente en niveles medios: rutinas preprogramadas ejecutadas en entornos controlados, con supervisión humana y, en muchos casos, teleoperación parcial. La “magia”, la aportamos nosotros con nuestra tendencia a antropomorfizar, ya que interpretamos estos despliegues como si fueran fruto de plena autonomía. Por ejemplo, en 2025 la empresa china Unitree patentó un sistema de control articular basado en equipos de captura de señales que permite transferir movimientos humanos a robots con alta precisión. Este sistema convierte datos de rotación articular humana en comandos ejecutables para el robot, logrando una reproducción fiel de movimientos naturales. La patente explicita que busca resolver la falta de “mecanismos efectivos para la colaboración humano-robot e interacción intuitiva”. Es decir, gran parte de lo que el público interpreta como autonomía es, en realidad, una sofisticada coreografía teleoperada. Con estos despliegues mediáticos, el debate público suele oscilar entre dos extremos: la tecno-euforia (“reemplazo masivo inminente”) y el tecno-escepticismo (“solo marketing”). La evidencia sugiere una imagen intermedia: la automatización es real y aumenta, pero el salto hacia “un mundo poblado por robots humanoides generalistas” es lejano; y en esa brecha florece la narrativa antropomórfica.
La International Federation of Robotics reportó más de 4,6 millones de robots industriales operando en fábricas en 2024. Este dato sugiere dos cosas:
· La automatización con robots ya forma parte del capitalismo contemporáneo a escala de millones de unidades;
· Sin embargo, el orden de magnitud de los robots humanoides está muy lejos de los “miles de millones” que algunos proyectaron.
En el Foro Económico Mundial del mes pasado Elon Musk señaló que “China es muy buena en IA y en manufactura, y sin duda será la competencia más dura para Tesla… Que sepamos, no vemos competidores importantes fuera de China”. Tesla, anunció que iniciará la producción masiva del robot Optimus Gen 3 a fines de 2026, para lo cual está transformando su planta de vehículos eléctricos de Fremont para dedicarla exclusivamente al robot. Aspira a producir un millón de unidades anuales a largo plazo, con un precio de unos 20.000 dólares. Independientemente de la factibilidad técnica, que muchos expertos cuestionan, el punto tecnopolítico es que la forma humanoide facilita que estos números se reciban como “destino casi natural” y no como apuesta empresarial que requiere trabajo humano, recursos, cadenas de suministro, regulación e incentivos. Los datos de cierre de 2025 permiten dimensionar con precisión el fenómeno. Según informes del sector, la producción global de robots humanoides alcanzó cerca de 18.000 unidades en 2025, un incremento del 508% respecto al año anterior, con un valor de mercado aproximado de 440 millones de dólares. Los fabricantes chinos concentraron alrededor del 90% de los envíos mundiales. La producción masiva permitió a Unitree comercializar su robot G1 por 13.500 dólares, muy por debajo de los costos estimados de robots occidentales equivalentes. En octubre de 2025, la empresa china Noetix Robotics lanzó el robot humanoide Bumi por cerca de 1.400 dólares. La “ventaja en integración de cadena de suministro china” se traduce en acceso a escala global, exportando no solo el objeto, sino todo el ecosistema industrial chino. El precio también se convierte en un arma geopolítica.
Es justo señalar aquí que existen voces tecno-optimistas calificadas que ofrecen argumentos más matizados. Erik Brynjolfsson, investigador de Stanford, señaló: “Tener máquinas que imitan principalmente a los humanos reduce los salarios; tener máquinas que los complementan los potencia”. Desde esta perspectiva, el problema no es la tecnología en sí, sino las decisiones institucionales sobre cómo desplegarla. Incluir esta voz no debilita la crítica, sino que la enriquece: el debate no es entre “tecnología buena” y “tecnología mala”, sino entre modelos de despliegue alternativos. En el Consumer Electronics Show (CES) 2026 celebrado en Las Vegas, de las 38 empresas expositoras en la categoría de robótica humanoide, 21 eran chinas, pero lo más interesante fue la divergencia de estrategias:
- China: Apuesta por la producción masiva de robots humanoides de propósito general. Su objetivo es dominar la manufactura y construir un ecosistema capaz de operar en diversos entornos industriales y cotidianos.
- Estados Unidos: Se centra más en la funcionalidad específica que en la forma humanoide. Empresas como Richtech Robotics (robot barista) o Mammotion (cortador de pasto) priorizan la utilidad sobre la apariencia.
- Corea: Boston Dynamics (propiedad de Hyundai) con su robot Atlas, apuesta por la integración en plataformas industriales.
El gobierno chino formalizó su respaldo al sector. En enero de 2026, el viceministro de Industria y Tecnología de la Información, Zhang Yunming, reveló que durante 2025 se lanzaron más de 330 modelos de robots humanoides y que el número de empresas fabricantes supera las 140. En sus palabras, los robots humanos ya pueden “estar de pie, caminar firmes y correr rápido”, y están acelerando la transición “de moverse en el escenario y correr en la pista a ser utilizados en el hogar y trabajar en las fábricas”. En cuanto a propiedad intelectual, la ventaja china es igualmente contundente. Según un informe de Morgan Stanley de diciembre de 2025, en los últimos cinco años entidades chinas presentaron 7.705 patentes relacionadas con robots humanoides, frente a 1.561 en Estados Unidos. La forma humanoide es una apuesta industrial china consciente para dominar la próxima plataforma tecnológica. Pero, como advierte The Guardian, el desempeño en el escenario se logra tras entrenar rutinas cientos o miles de veces y “no equivale” a robustez industrial en entornos no estructurados. La automatización industrial muestra otra dimensión: cuando el robot no es humanoide, el debate público suele ser menos “mítico” y más pragmático.
La tesis de Keane puede traducirse a riesgos democráticos concretos. Si antropomorfizamos, tendemos a adjudicar agencia moral y causalidad donde deberíamos rastrear cadenas de decisión humanas (intencionalidad política, diseño estratégico, incentivos, despliegue, regulación). Esto produce al menos cuatro efectos problemáticos. Cuando un sistema híbrido (teleoperación + automatización parcial) se presenta como “robot que trabaja”, la audiencia puede concluir que la máquina “decide” y “responde” como un agente generalista. La evidencia de estos eventos mediáticos sugiere precisamente esa ambigüedad interpretativa. En China, especialistas advierten que una rutina ensayada, aunque impresionante, implica baja percepción al contexto y no demuestra adaptabilidad fuera del guion. La literatura sobre interacción humano-máquina distingue entre uso adecuado y fallas por “misuse” (uso excesivo o indebido), “disuse” (subutilización) y “abuse” (diseño organizacional que automatiza sin considerar consecuencias). Raja Parasuraman y Victor Riley en su artículo “Humans and Automation: Use, Misuse, Disuse, Abuse” (1997) advierten que la automatización cambia roles, carga cognitiva y patrones de confianza, con implicaciones de seguridad y desempeño. En clave tecnopolítica: el antropomorfismo puede actuar como acelerador de “misuse”, porque cuando atribuimos intencionalidad y competencia humana, relajamos la supervisión sobre límites y condiciones de operación.
El debate social puede degradarse a: “los robots nos salvarán” o “los robots nos quitarán el trabajo”. Este es exactamente el patrón que critica Keane: “tememos a nosotros mismos y disfrazamos la fuente del miedo atribuyéndosela a ellos”. Esto vuelve opaca la pregunta decisiva: ¿quién decide qué se automatiza, con qué criterios y para beneficiar a quién? Las proyecciones de PwC respaldan esta preocupación: la IA podría agregar 15,7 billones de dólares a la economía global para 2030, pero China y Estados Unidos concentrarían cerca del 70% de ese impacto. David Autor del MIT en su artículo “AI and the future of work” (2025), muestra que el efecto histórico de la automatización no es tanto la desaparición de profesiones como su recomposición. Esta distinción importa porque permite pasar de una pregunta fatalista “¿los robots nos reemplazarán?” a una pregunta política “¿qué tareas decidimos automatizar?, ¿cuáles preservar como humanas?, y ¿cómo distribuimos las ganancias de productividad?”. Una lectura crítica no implica rechazar la robótica: implica rechazar la autohipnosis. Si el antropomorfismo es un reflejo cognitivo y cultural, la tarea democrática es construir contra-reflejos: preguntas públicas que vuelvan visible lo que el espectáculo tiende a ocultar. La evidencia citada sugiere que la forma humanoide aumenta la legibilidad social y la utilidad propagandística, pero no garantiza robustez en contextos reales. Por eso, cada vez que veamos un “robot humanoide” en un escenario corporativo o estatal, conviene exigir información en cuatro planos:
- ¿Qué porcentaje de la conducta fue “teleoperada”? ¿En qué condiciones? ¿Qué grado concreto de autonomía tiene?
- ¿La tarea se resolvió en entorno no estructurado o es rutina repetida? ¿Hay evidencia de adaptación a imprevistos?
- ¿Cuánto trabajo humano (recolección, anotación, teleoperación) requiere el “aprendizaje” del sistema?
- ¿Quién captura las ganancias? ¿Quién absorbe costos (desempleo, precarización, presión salarial)? ¿Cuál es el impacto ambiental? ¿Qué regulaciones lo gobiernan?
La pregunta “¿los robots reemplazarán a los humanos?” es demasiado pobre. Una pregunta más adecuada podría ser “¿qué decisiones institucionales harán que la tecnología complemente o sustituya, empodere o precarice?”. Esta preocupación atraviesa el debate que sintetizaron Daron Acemoğlu y Simon Johnson en Power and Progress (2023): el progreso no es automático, sino resultado de elecciones sociales y correlaciones de poder. La tecnología no es una fuerza externa que nos impacta; es una herramienta desarrollada para apoyar las agendas de quienes detentan el poder. La expansión de robots industriales (millones en operación) sugiere que la transformación productiva comenzó hace muchos años; la “novedad” de los robots humanoides es, en parte, su potencia simbólica. En la industria, el debate gira en torno a costos, productividad y mano de obra, no a mitologías. Esta lección es valiosa: podemos discutir la automatización sin caer en la autohipnosis. Los cuatro planos anteriores pueden sintetizarse en una guía de bolsillo para la alfabetización tecnopolítica, utilizable en contextos educativos, periodísticos y de activismo. Ante un robot humanoide, pregunte:
1. ¿Cuánto de lo que ve es autónomo y cuánto es control remoto o rutina ensayada?
2. ¿Funcionaría igual si el entorno cambiara imprevisiblemente?
3. ¿Cuántas personas y en qué condiciones trabajaron para que el robot “aprenda”?
4. ¿Quién se beneficia y quién podría perder con su despliegue?
Conclusión: La imagen de un niño practicando kung fu con un robot en la televisión china es una metáfora perfecta de nuestro tiempo: es asombrosa, es entrañable y, para algunos, inquietante. Demuestra un progreso tecnológico imparable, una integración de la máquina en el tejido cultural y social, y una carrera geopolítica por dominar la próxima gran plataforma industrial. Pero el asombro no debe paralizar el pensamiento crítico. China no solo lidera en narrativa, sino en volumen de fabricación y en propiedad intelectual.
La revolución robótica no es un fenómeno natural, sino una construcción social, económica y política. El hecho de que China lidere en escala industrial y Estados Unidos en innovación algorítmica no es solo una curiosidad empresarial: definirá qué tipo de robots dominarán el mundo, quién poseerá los datos que generan y cómo se redistribuirá (o no) la riqueza producida. La investigación muestra que la tendencia a humanizar se entrena desde edades tempranas a través del juego y la interacción social. El antropomorfismo no se elimina; se gobierna. Y gobernarlo es una tarea tecnopolítica. Implica insistir en evidencia (autonomía, desempeño, costos), iluminar la infraestructura humana detrás del “robot”, y reabrir el debate democrático sobre qué tipo de progreso queremos, y para quién, antes de que el espectáculo lo decida por nosotros. En palabras de Keane:
El debate se ha centrado en cómo la tecnología nos deshumaniza o transforma el trabajo, pero hay todavía pendiente una importante discusión sobre la democracia.