
Darwinismo social
El mundo está patas arriba. En su primer año en el cargo, Donald Trump ha intimidado a Ucrania, bombardeado Irán y derrocado al líder de Venezuela. La política exterior de Trump ha estado marcada por un enfoque transaccional y aislacionista, retirando a Estados Unidos de organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, el Acuerdo de París contra el cambio climático y ha cuestionado la colaboración con aliados tradicionales como la OTAN. A ojos de sus críticos, ha convertido a Estados Unidos en una superpotencia imperialista. Lo único en lo que todos pueden estar de acuerdo sobre por qué Trump hace lo que hace es que sus razones no son obvias. ¿Cuál es la ideología, si es que la hay, que sustenta sus acciones? John Bolton quién trabajó en la administración Trump entre 2018 y 2019 es categórico: “Trump no tiene filosofía, no tiene una gran estrategia de seguridad nacional… Todo es transaccional, todo gira en torno a Donald Trump”. Las opciones van desde “una marioneta de Vladimir Putin” a “un mafioso maquiavélico centrado exclusivamente en el enriquecimiento personal”. Sin embargo, algunos analistas sostienen que el imperialismo estadounidense ha permanecido latente y que lo que ha hecho Trump es quitarse la máscara de la hipocresía. Daniel Immerwahr, historiador en la Universidad Northwestern y autor de How to Hide an Empire (2019) afirma que “el imperio estadounidense nunca terminó realmente”. Estados Unidos todavía posee cinco territorios habitados permanentemente: Puerto Rico, las Islas Vírgenes Estadounidenses, Guam, las Islas Marianas del Norte y Samoa Americana, y mantiene cerca de 800 bases militares en todo el mundo. Kehinde Andrews, profesor en la Birmingham City University (Reino Unido) y autor de The New Age of Empire (2021) sostiene que “Estados Unidos ha estado haciendo esto desde siempre, pero la única diferencia aquí es que es simplemente descarado. No hay nada nuevo en esto. Esto es lo que hace Occidente; Trump simplemente lo dice con sinceridad. De hecho, me parece refrescante, para ser sincero”. Para que no quede ninguna duda sobre la magnitud de las ambiciones territoriales de Trump, el Departamento de Estado publicó el 5 de enero de 2026 en X el post: “This is OUR Hemisphere”. Stephen Miller, asesor de seguridad nacional, en una entrevista con CNN explicó el fundamento del enfoque de Trump en política exterior, señalando:
Somos una superpotencia. Y con el presidente Trump, nos comportaremos como tal. Vivimos en un mundo donde se puede hablar todo lo que se quiera sobre sutilezas internacionales y todo lo demás, pero vivimos en un mundo, en el mundo real… que se rige por la fuerza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder. Estas son las leyes de hierro del mundo desde el principio de los tiempos.
Según informa Macarena Vidal en El País, desde la operación militar estadounidense contra Nicolás Maduro, Trump se siente “cada vez más libre para actuar sin cortapisas frente a otros gobiernos”. Tanto él o algún miembro de su equipo han reiterado diariamente su voluntad de hacerse con Groenlandia, y siempre con la advertencia de que Trump no descarta el uso de la fuerza si lo considera necesario. En una reciente reunión con empresarios petroleros para tratar sobre la reconstrucción del sector energético en Venezuela, Trump señaló respecto de Groenlandia:
Me gustaría llegar a un acuerdo, ya saben, por las buenas…Pero si no lo hacemos por las buenas, lo haremos por las malas.
Según Trump, si Estados Unidos no actúa de un modo u otro para anexionarse este territorio geoestratégico, Rusia y China “lo acabarán controlando”. Julian Borger, en el artículo “Trump’s territorial ambition: new imperialism or a case of the emperor’s new clothes?“ (2026),publicado en The Guardian, señala que la retórica de Trump con su “mentalidad de promotor inmobiliario”, gira en torno a la “recuperación de activos”, como la infraestructura de la industria petrolera en Venezuela, que había sido “robada” a Estados Unidos. “Por lo tanto, en opinión de Trump, hacer que Estados Unidos vuelva a ser verdaderamente grande exige inevitablemente un retorno a la expansión”. Erik Baker, profesor de Historia en Harvard, en su artículo “Trump’s Darwinian America” (2025), propone que la ideología del “darwinismo social” tiene quizás el mayor poder explicativo en las acciones de Trump, es decir, la aplicación de la “ley del más fuerte” a las relaciones humanas y políticas. Cuando Darwin, escribió El origen de las especies (1859), se encontró con un problema. De sus estudios y observaciones estaba claro que las especies evolucionaban, pero no sabía que era lo que la impulsaba. Darwin vio en los instintos animales “una ley general, que conduce al progreso de todos los seres orgánicos”, a saber: “multiplicarse, variar, dejar que el más fuerte viva y el más débil muera”. Tomando una idea del economista Herbert Spencer, Darwin postuló que el conductor invisible podría ser la competencia. Carolyn Burdett, en su artículo “Post Darwin: social Darwinism, degeneration, eugenics” (2014) explica que muchas personas en la época victoriana encontraron en el pensamiento evolutivo una visión del mundo que parecía encajar con su propia experiencia social. Según Burdett, Spencer creía que: “Las leyes físicas fundamentales de la evolución significaban que el progreso de todo tipo dependía de la lucha y la competencia”. El darwinismo social es una teoría que pretende aplicar los conceptos biológicos de selección natural y supervivencia del más apto a la sociedad humana, justificando diferencias de riqueza, poder, raza o éxito. Aunque Darwin no la promovió directamente, sus ideas fueron popularizadas por académicos de Europa occidental y América del Norte en la década de 1870. “La biología hizo superiores a los ricos, a los blancos y a los hombres, y les otorgó el derecho a dominar a sus inferiores”. Históricamente, este ideario se ha empleado para justificar la desigualdad social, el imperialismo e incluso políticas eugenésicas, argumentando que los éxitos o fracasos de individuos y naciones son resultado de aptitudes innatas o fuerza relativa. El darwinismo social perdió popularidad como concepto tras la Primera Guerra Mundial, y fue desacreditado en gran parte al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en parte por su asociación con el nazismo y en parte por el creciente consenso científico de que carecía de fundamento. El historiador Carl Degler en su libro In Search of Human Nature: The Decline and Revival of Darwinism in American Social Thought (1992), afirmó que la lucha contra el nazismo había dejado al darwinismo social “definitivamente muerto, no meramente aniquilado”. Pero si estas ideas verdaderamente hubieran estado muertas, no habrían revivido con tanta rapidez y vitalidad. Trump, en su libro Think Like a Champion (2009), afirma que “Gran parte de la vida se trata de la supervivencia del más apto y la adaptación, como señaló Darwin”. En su libro Think Big: Make It Happen in Business and Life (2007) precisa su actitud hacia las personas. Escribe:
El mundo es un lugar feroz y despiadado. Creemos que somos civilizados, pero en realidad, el mundo es cruel y las personas son desalmadas; te muestran una cara amable, pero realmente quieren acabar contigo. Tienes que saber cómo defenderte. Las personas son malas, desagradables y tratarán de hacerte daño para pasar el tiempo. Los leones de la selva sólo matan en busca de alimento, pero los humanos lo hacen por diversión. Incluso tus amigos intentarán perjudicarte: quieren tu trabajo, tu casa, tu dinero, tu esposa y hasta tu perro. Esos son tus amigos, ¡tus enemigos son aun peores!. Mi lema es ‘Contrata a los mejores, y no confíes en ellos’.
Trump, concluyó a temprana edad que la razón y los principios son engaños, que solo hay poder, dominación e instinto. En una entrevista con la revista Time en 2017 señaló “Soy una persona muy instintiva. Pero mi instinto resulta ser correcto. Resulta que soy una persona que sabe cómo funciona la vida”. Es necesario contrastar la cruda caracterización que Trump hace de la sociedad y las personas con la visión idealizada de los valores democráticos. David Spener profesor de sociología de la Trinity University, en una entrevista con El Mostrador (2025), afirmó “la ideología de Trump es el darwinismo social, o sea la ley del más fuerte o la ley de la selva aplicada a las relaciones humanas”. Esta visión de mundo es compatible con la ideología y la práctica del neoliberalismo extremo, por su énfasis en la competitividad en todos los aspectos, postulando una sociedad donde “siempre tiene que haber ganadores y perdedores”. Bajo esta óptica, Trump enarbola un individualismo radical y un culto al éxito personal, celebrando a los “winners” y menospreciando a los “losers”. Lo que presenciamos es el último brote de una ideología supuestamente desacreditada que nunca se ha extinguido del todo. El economista Branko Milanovic en su artículo “El 20 de enero de Donald J. Trump” (2025), describe la visión de mundo de Trump como una combinación de beneficio económico, nacionalismo neomercantilista con tintes imperialistas. Tras el ocaso de la globalización neoliberal, lo social y lo igualitario habrían quedado relegados: “sus componentes sociales, igualdad étnica y de género, libre circulación, multiculturalismo, han muerto. Sólo quedan los impuestos bajos, la desregulación y el culto al beneficio”.
Bajo esta lógica, el éxito y la supervivencia serían indicadores de mérito intrínseco, mientras que la pobreza, la vulnerabilidad o la derrota se interpretan como prueba de ineptitud o falta de valor, justificando así la falta de apoyo a quienes “se han quedado atrás”, ya sean minorías o países más débiles. En el ámbito interno, el segundo gobierno de Trump ha impulsado una serie de políticas que tienden a beneficiar a los grupos dominantes o más privilegiados, mientras reducen protecciones o apoyos para colectivos vulnerables, bajo la premisa de que los recursos deben concentrarse en los “más merecedores”. Esto se ha traducido en recortes fiscales masivos y desregulación económica, que benefician desproporcionadamente a quienes más ganan. La desregulación ha seguido la misma tónica. Un ejemplo ilustrativo es la orden ejecutiva de Trump de eximir automáticamente de evaluaciones ambientales a cualquier megainversión privada superior a 1.000 millones de dólares. En 2025 se fortaleció a las agencias migratorias (ICE), con el propósito de contratar miles de agentes, intensificar redadas y llevar a cabo deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados. Según observadores críticos, estas políticas “dividen a la población en función de quiénes merecen salvarse y quiénes no”. Coherente con su desprecio por lo que denomina “políticas identitarias” o “woke”, Trump ha revertido iniciativas de diversidad e inclusión. Estas acciones transmiten el mensaje de que las minorías marginadas no merecen protección especial. También ha amenazado con recortar fondos a universidades y centros que considera contrarios a su línea ideológica. Según Spener, los ataques de Trump a la educación superior buscan amedrentar un espacio de “pensamiento libre e investigación crítica” que promueve la tolerancia. La ciencia climática tampoco ha escapado: Trump retomó el negacionismo climático, llegando a declarar irrelevantes las evidencias sobre calentamiento global y así no “desviar recursos” a esa causa. En suma, se consolida una ética social del descarte, en la cual cualquier grupo considerado débil, “perdedor” o prescindible para los intereses del líder queda relegado o directamente atacado por las políticas públicas.
La ideología darwinista social reflejada en las políticas de Trump plantea profundas implicaciones. Ian Bremmer, fundador y presidente de Eurasia Group, emite anualmente el informe “Top Risks” que evalúa las amenazas más críticas a nivel mundial. El informe de 2026, publicado el 5 de enero, posiciona a Estados Unidos como la principal fuente de inestabilidad global. Según el informe el principal riesgo global 2026 es la “revolución política en Estados Unidos”. Esta “revolución política” se refiere al intento sistemático de Trump de desmantelar los controles y equilibrios sobre su poder, capturar la maquinaria del gobierno y utilizarla como arma contra sus enemigos. Bremmer describe esto como una transformación a nivel sistémico. Trump percibe la “amenaza principal como interna”, proveniente de un “establishment corrupto” que debe ser “purgado”. Según los autores, 2026 representa un “punto de inflexión” en medio de una gran incertidumbre geopolítica, donde Estados Unidos está desmantelando su propio orden, convirtiéndose en la fuente principal de riesgo mundial. Esto tiene repercusiones globales, como inestabilidad en alianzas internacionales, políticas económicas impredecibles y un debilitamiento en temas como el cambio climático, el comercio y la seguridad.
El análisis de las acciones recientes de Donald Trump a la luz del darwinismo social, desde la política fiscal y migratoria interna hasta la estrategia exterior, muestra una lógica de poder y supervivencia donde los “ganadores” imponen su voluntad. Esta ideología explica tanto la dureza de sus medidas domésticas, que benefician a élites económicas y castigan a marginados, como su desprecio por los acuerdos internacionales y aliados tradicionales en favor de pactos entre grandes potencias y ambiciones expansionistas. Si bien este enfoque ha entusiasmado a su base política con la promesa de un país “fuerte” y “respetado”, sus costos éticos y sociales son enormes, sobre todo para las personas y naciones débiles que dependen de un orden basado en reglas. No obstante, también ha emergido resistencia. Sectores de la sociedad civil, la academia y la comunidad internacional cuestionan abiertamente este giro ideológico, defendiendo valores de dignidad humana, estado de derecho y solidaridad global. La pugna entre estas visiones definirá en buena medida el futuro próximo de Estados Unidos y del mundo. Adela Cortina, profesora de Ética de la Universidad de Valencia, acuñó el término “aporofobia” entendido como odio, rechazo o aversión hacia las personas pobres o desfavorecidas. En su libro Ética cosmopolita (2021), escribe: “Por primera vez en la historia, el género humano se ve confrontado con retos universales y tiene que responder desde distintas instancias, una de ellas, es la ética, porque es la que se ocupa de los fines”. Entender la ideología de Trump bajo el prisma del darwinismo social, al menos nos permite poner en perspectiva las tendencias actuales y refinar el debate imprescindible: qué tipo de principios queremos que guíen nuestras políticas en el siglo XXI. La respuesta a esa pregunta determinará si prevalece la “ley de la selva” en las relaciones humanas, o si se reafirma un orden basado en derechos, cooperación y respeto mutuo incluso frente a los desafíos más complejos. Sin embargo, Baker advierte:
La principal razón por la que los estadounidenses siguen escuchando a los propagandistas que les informan que algunas personas son inherentemente mejores que otras es que viven en una sociedad cuya organización y funcionamiento diario les refuerza ese mismo mensaje.