
Semilla interdisciplinaria
Aaron Bernstein (1812-1884), fue un periodista y autor alemán del siglo XIX apasionado por la divulgación científica. Escribió los Volksbücher über die Naturwissenschaft (1853-1856), (Libros de divulgación científica para el pueblo), una serie de 21 volúmenes, en los que abordaba temas como la electricidad, el sistema solar, la gravedad, la óptica, la meteorología entre otros. Con un estilo accesible, narrativo y pedagógico acercaba conceptos científicos de su tiempo al público general. Entre sus relatos destacaba uno de viajes fantásticos a través del espacio, imaginando cómo un observador podría ver la historia de la Tierra desarrollarse en diferido. Escribió:
La luz de las escenas de la revolución científica está alcanzando en este momento cierto punto del espacio. En otro punto más alejado la invasión de los bárbaros está a la orden del día, y más allá Alejandro Magno sigue conquistando el mundo […] Y más allá aún, la representación del pasado de la Tierra mediante la luz avanzará hacia el futuro, retornando la vida a los acontecimientos históricos.
Bernstein invitaba a sus lectores a hacerse preguntas, a imaginar, a ‘ver’ de otra forma. Por ejemplo, proponía a sus lectores un viaje al espacio exterior sin caballos, trenes ni barcos, sino sobre una onda de una señal eléctrica. Uno de los lectores de Bernstein, fue Albert Einstein. Walter Isaacson, en Einstein: His Life and Universe (2007), señala que el joven Einstein leyó estas obras con “avidez casi incontenible” y aquellos textos sembraron en su mente ideas fundamentales. De hecho, se suele acreditar a Bernstein, haber inspirado el célebre experimento mental de Einstein de “cabalgar sobre un rayo de luz”. Esta inspiración, nacida de la literatura científica popular, durante la adolescencia de Einstein, fueron el germen de su teoría de la relatividad especial. Años después, le preguntaron a Einstein qué pensaba de la obra de Bernstein, vista retrospectivamente. Respondió: “Un libro muy bueno. Ha ejercido una gran influencia en toda mi evolución”.
La teoría de Einstein sobre el espacio-tiempo flexible tuvo un enorme impacto cultural, particularmente en movimientos artísticos de vanguardia en las primeras décadas del siglo XX. El ejemplo más icónico es quizás Salvador Dalí y sus famosos relojes blandos. En La persistencia de la memoria (1931), Dalí pintó una potente metáfora visual del tiempo dilatado y la falta de rigidez temporal. Dawn Ades, profesora emérita de Historia y Teoría del Arte en la Universidad de Essex, en Dali and Surrealism (1983), interpretó estos “relojes suaves” como “un símbolo inconsciente de la relatividad del espacio y el tiempo, una meditación surrealista sobre el colapso de nuestro concepto de un orden cósmico fijo”. En efecto, Dalí comprendía que ni el espacio ni el tiempo son absolutos, y llegó a hablar de crear “una nueva geometría del pensamiento poético” acorde con la física moderna. Otro artista innovador, Marcel Duchamp, también cuestionó la realidad convencional y la percepción del tiempo. Su Desnudo bajando una escalera (1912) fragmenta la secuencia del movimiento en una sola imagen, evocando la idea de ver múltiples momentos simultáneamente, un guiño plástico a la cuarta dimensión (el tiempo) y a la descomposición espacio-temporal estudiada por Einstein. Sea intencional o no, este tipo de arte puede proporcionar un vocabulario de imágenes que enriquecen nuestros marcos conceptuales. Estos artistas veían confirmación de sus intuiciones: la realidad “normal” era solo una entre muchas, no fija sino fluctuante e irracional, influida por el observador y el inconsciente. Los surrealistas leían ávidamente divulgaciones de física contemporánea y las incorporaban en clave poética a sus creaciones. Jessica Reed en su artículo “The Essence of Seeing: Surrealism, Relativity, and Quantum Mechanics” (2020), escribe “la física estaba desmantelando todo lo que creíamos saber sobre la naturaleza fundamental de la realidad […]; semejante ‘rareza’ científica brindó a los artistas nuevos territorios seductores”. En otras palabras, la realidad es mucho más de lo que parece a simple vista. El arquitecto, pintor y poeta Roberto Matta, llegó a afirmar que no era artista “Soy alguien que intenta construir imágenes que nos ayuden a comprender la esencia del verbo ’ver’”. Así, la ciencia generó cambios en la percepción artística, ensanchando los límites de lo imaginable en el arte; y a su vez, este cambio en la sensibilidad cultural “plantó semillas” para nuevas preguntas en la ciencia. Un notable ejemplo de este flujo bidireccional es analizado por el Nobel Eric Kandel en The Age of Insight (2012). Kandel explora la efervescencia intelectual en la Viena de 1900, cuando artistas, escritores, médicos y físicos (como Klimt, Freud y Schrödinger) intercambiaban ideas, revelando cómo la creatividad prospera al cruzar dominios. Según Kandel, la ciencia y el arte en el fondo comparten las mismas grandes preguntas sobre la naturaleza humana y el universo, aunque las aborden con métodos distintos. Por ejemplo, tanto un neurocientífico como un pintor pueden investigar la percepción: uno mediante experimentos y teorías cerebrales, el otro mediante colores y formas en el lienzo; ambos buscan desvelar verdades sobre cómo vemos y sentimos. Kandel demuestra que este diálogo continuo entre arte y ciencia ha sido fuente de insights profundos a lo largo de la historia. Subraya la importancia del contexto histórico en que surge una obra de arte y que no está completa sin la participación del observador. Escribe:
La función biológica del arte es la de un ensayo, un entrenamiento de gimnasia mental que aumenta nuestra tolerancia a lo inesperado.
Sin embargo, las ideas de Einstein no se quedaron en el plano teórico, investigación científica, debates filosóficos ni inspiración para artistas; también se han materializado en aplicaciones tangibles que utilizamos a diario. Su teoría de la relatividad predijo fenómenos como la dilatación temporal debido a la velocidad (relatividad especial) y al campo gravitatorio (relatividad general). Estas predicciones encontraron aplicación práctica, por ejemplo, en los sistemas de navegación satelital. La Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN), en el artículo “Einstein’s Relativity in Action – the GPS Navigation System knows it” (2022), explica que el funcionamiento preciso de nuestros GPS depende de la relatividad. Los satélites GPS portan relojes atómicos que, al estar moviéndose rápidamente y en un campo gravitatorio más débil que el de la Tierra, “no marcan el tiempo igual que un reloj en la superficie”. En efecto, combinando ambos efectos relativistas, un reloj en órbita es aproximadamente 38 microsegundos más rápido por día respecto a uno en la Tierra. Esta diminuta fracción de segundo podría parecer despreciable, pero sin corrección, la posición calculada por un GPS acumularía un error de aproximadamente 11 kilómetros por día. En otras palabras, sin las teorías de Einstein, las aplicaciones de geolocalización de nuestros teléfonos móviles serían inútiles. Afortunadamente, los ingenieros integraron estas correcciones relativistas en el GPS, demostrando cómo una idea teórica imaginativa (el tiempo es elástico, no absoluto) se transforma en utilidad práctica. Einstein predijo y explicó un aspecto contraintuitivo del mundo, y la ingeniería aplicó ese conocimiento para crear una solución útil. Aunque inicialmente los GPS eran de uso militar, ingenieros y diseñadores convirtieron este complejo entramado de más de 24 satélites, relojes atómicos y relatividad en aplicaciones móviles amigables que cualquier persona puede usar para orientarse, planificar rutas o compartir su ubicación. Así, el diseño tomó la innovación tecnológica de la ingeniería y la convirtió en comportamientos y cultura cotidiana. Un ejemplo a gran escala de este diálogo interdisciplinario en la búsqueda de conocimiento es el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) en Suiza, que, con un presupuesto aproximado de 9.000 millones de euros, es uno de los instrumentos científicos más caros jamás construidos. En el documental Particle Fever (2013) David Kaplan, físico teórico, tuvo el siguiente diálogo con un economista:
- Economista: “Supongamos que tienes éxito y todo sale bien. ¿Qué ganamos con ello? ¿Cuál es el retorno económico? ¿Cómo justificas todo esto?”
- David Kaplan: “La respuesta es muy simple. No tengo ni idea… No tenemos ni idea. Cuando se descubrieron las ondas de radio, no se llamaban ondas de radio porque no existían radios. Se descubrieron como un tipo de radiación. La ciencia básica para grandes avances debe darse a un nivel en el que no se pregunte ‘cuál es la ganancia económica’, sino ‘¿qué desconocemos y dónde podemos progresar?’. Entonces, ¿para qué sirve el LHC? Podría ser para nada, salvo para comprenderlo todo.”
Uno de los efectos del capitalismo neoliberal es que ha vinculado todo lo que hacemos a un precio, privilegiando “saberes productivos”. Al final del documental, el físico Savas Dimopoulos pregunta: “¿Por qué los humanos hacen ciencia, o por qué hacen arte?” y responde: “Las cosas menos importantes para nuestra supervivencia son justamente las que nos hacen humanos”.
La creatividad fluye y emerge entre la percepción artística, la exploración científica, la invención conceptual y la comunicación cultural, en un ciclo continuo de retroalimentación que expande el conocimiento humano. Neri Oxman del MIT Media Lab formalizó esta dinámica inspirándose en la ruta metabólica del ciclo de Krebs (que convierte nutrientes en energía en los organismos vivos). En su artículo “The Krebs Cycle of Creativity” (2016) delineó una analogía en la que las “moléculas” son las cuatro modalidades de creatividad humana, que interactúan en un ciclo virtuoso. En su definición:
- El Arte cuestiona el comportamiento humano y crea nuevas percepciones de la información, convirtiendo ese comportamiento en nuevas perspectivas o interrogantes. El artista digiere la realidad y la reformula en obras que nos hacen reflexionar, sentir e imaginar diferente.
- La Ciencia explica y predice el mundo, convirtiendo información en conocimiento. A partir de los datos y la observación de la realidad, el científico elabora teorías y modelos que nos permiten comprender fenómenos y anticipar comportamientos.
- La Ingeniería aplica el conocimiento científico para desarrollar soluciones prácticas a problemas concretos, convirtiendo el conocimiento en utilidad. Emplea los principios teóricos para crear herramientas, máquinas, infraestructuras o procesos que funcionan en la realidad y satisfacen necesidades humanas.
- El Diseño toma la utilidad creada por la ingeniería y la transforma en comportamiento y cultura, impulsando nuevas prácticas y experiencias. Integra la innovación en sistemas usables y deseables para las personas, dándoles forma estética y funcional, traduciendo las invenciones en hábitos sociales.
Este ciclo es continuo: el arte, al ofrecer nuevas percepciones y preguntas, cierra el ciclo alimentando de vuelta a la ciencia con nuevos “datos” cualitativos o visiones que inspiran la próxima ronda de exploración científica. Sin embargo, en la era de la inteligencia artificial y la hipercompetitividad económica, a menudo observamos un desequilibrio marcado hacia la ciencia aplicada y la ingeniería. El auge de la IA y la presión por resultados comerciales rápidos han impulsado una cultura tecnocéntrica motivada por el mercado, que frecuentemente subvalora la ética, el arte y la reflexión humanista. Confusiones así, ya las hemos vivido, el diseñador y arquitecto inglés Charles Ashbee (1863-1942), figura central del movimiento Arts & Crafts, en 1888 dijo: “No rechazamos la máquina. La acogemos. Pero deseamos verla dominada”. Hoy el desafío es similar, adoptar las capacidades de las nuevas tecnologías, pero, al mismo tiempo, garantizar que la creatividad y los valores humanos sigan siendo fundamentales.
Los desafíos globales sin precedentes que hoy enfrentamos, desde las tensiones geopolíticas, las tecnologías disruptivas hasta la desigualdad y la emergencia climática requieren romper las barreras disciplinarias. En un contexto impredecible, no es un lujo intelectual, sino una condición indispensable para sobrevivir y prosperar. Joichi Ito, ex-director del MIT Media Lab, en su artículo “Antidisciplinary” (2014), afirma que “a medida que afrontamos problemas cada vez más complejos que requieren muchas perspectivas, la separación en disciplinas causa cada vez más daño”. En contextos complejos, es imprescindible adoptar modelos de pensamiento interdisciplinarios y antidisciplinarios, lo que implica fomentar en la educación, la investigación, la industria, la empresa y la sociedad una colaboración auténtica entre especialistas de todas las áreas, así como la capacidad de crear en los “espacios en blanco” que no encajan en ninguna disciplina tradicional.
La preponderancia exclusiva de la ciencia y la ingeniería, impulsada por el crecimiento económico a cualquier precio, privilegia una innovación deshumanizada y desequilibrada. Sin la brújula ética y la sensibilidad cultural que aportan el arte y las humanidades, la innovación tecnológica se vuelve miope e incluso perjudicial. Como señaló Adela Cortina, profesora de Ética en la Universidad de Valencia, en El País (2024): “La IA es un saber científico-técnico que hay que encaminar en alguna dirección. Si quienes lo controlan son grandes empresas que quieren poder económico o países que quieren poder geopolítico, entonces no queda nada garantizado que sea bien usado”. Es urgente recuperar enfoques que unan ciencia y arte, colocando la ética, el diseño centrado en la vida y la sensibilidad cultural en el núcleo de la innovación tecnocientífica. Solo así garantizaremos que las soluciones ideadas sean eficaces, equitativas, sostenibles y genuinamente humanas. La tecnología por sí sola no salvará al mundo, ni tampoco lo harán las humanidades aisladas. Pero unidas en un ciclo sinérgico, donde el Arte cuestiona, la Ciencia explica, la Ingeniería aplica y el Diseño integra en la vida cotidiana, puede catalizar avances verdaderamente sostenibles. Recuperar el equilibrio de este ciclo creativo, integrando la ética y la estética en el corazón del progreso técnico es un imperativo. Solo así, podremos afrontar efectivamente los retos globales, manteniendo lo que nos hace humanos en el centro de nuestro quehacer. En palabras de Oxman:
Se trata de alcanzar una ‘conciencia’ en diseño e innovación que combine lo crecido y lo construido, lo natural y lo artificial, el organismo y su entorno, de formas novedosas que sostengan y nutran nuestro planeta y sus habitantes.