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Busco un hombre honesto

Una mañana soleada del año 336 a.C. en el mercado de Corinto, unos transeúntes observaban a un mendigo que yacía en el suelo. Recostado en una gran tinaja que parecía ser su hogar, vestía con un taparrabos, y estaba acompañado de unos perros. Era Diógenes de Sinope, uno de los filósofos más grandes de la historia. Diógenes, fue una figura controvertida, era un revolucionario y provocador, afirmaba que los dioses habían dado al hombre una vida fácil, pero que estos se encargaban constantemente de complicarla. Supuestamente fue desterrado de su ciudad natal por ‘alterar la moneda’, algo que lejos de tomárselo como afrenta, defendió con orgullo. Decía:

“Ellos me condenaron a irme, pero yo los condené a quedarse”.

Diógenes valoraba la pobreza como símbolo de independencia, pues para él no había nada más valioso que el hombre que podía vivir solo con lo justo. Para Diógenes, todo aquello que no fuera estrictamente necesario, era un lastre. Su objetivo era deshacerse de todo deseo que degenerara en dependencia. Lo fascinante de la figura de Diógenes, es que practicaba rigurosamente lo que enseñaba. Diógenes veía en el mundo de su época un gran problema, pues la gente, en lugar de forjarse a sí misma y desarrollar un pensamiento propio, actuaba en función de opiniones ajenas. Diógenes entonces, se ocupaba de demostrarles que eso era una estupidez. Se pasaba el día molestando y escupiendo a las personas, impartiendo clases a sus perros y masturbándose en público. Un día, unos hombres le recriminaron su actitud, a lo que respondió:

“¡Ojalá pudiera matar también el hambre frotándome el vientre!”.

Diógenes buscaba formas de calmar sus necesidades, sin depender de nadie. A menudo recorría las calles durante el día, con un farol encendido, diciendo:

“Busco un hombre honesto”.

Para Diógenes, la sabiduría era un fin en sí mismo, enseñaba que todo hombre o mujer estaba capacitado para alcanzarla con su propio esfuerzo. Afirmaba que un pensamiento propio u original era diez veces mejor que las enseñanzas de otros, pues de esa manera, si nos equivocábamos, podíamos enmendar nuestros errores. En su opinión, las escuelas, academias y liceos no eran más que un ejercicio de enorme soberbia por parte de los eruditos que las dirigían. Solía entrar en el teatro topándose con los que salían. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, contestó:

“Es lo mismo que he hecho a lo largo de toda mi vida”.

Diógenes, tenía fama de ser un tipo insolente, impulsivo y grosero. Platón lo llamaba Sócrates enloquecido. Asistía a las disertaciones de filósofos, con el único fin de molestar e interrumpirlos comiendo ruidosamente. A pesar de su mala fama, o gracias a ella, llamó la atención del hombre más poderoso en aquel tiempo: Alejandro Magno. Cuenta la leyenda, que el joven Alejandro de veinte años, decidió visitar a este viejo sabio de setenta años, al que encontró tomando el sol apaciblemente en su tinaja. Alejandro, se acercó probablemente resguardado por su escolta y sin escatimar elogios, expresó su admiración por él. Le ofreció concederle cualquier cosa que deseara. Diógenes alzó la vista, le hizo un gesto y le dijo:

“Apártate, me tapas el sol”.

Otra versión de la anécdota cuenta que Diógenes estaba escarbando una pila de huesos humanos, y le dijo a Alejandro:

“Estoy buscando los huesos de tu padre, pero no puedo distinguirlos de los de un esclavo”.

Plutarco, comenta que Alejandro quedó tan impresionado con la altivez y grandeza de este viejo grosero, que les dijo a sus seguidores mientras se alejaba:

“Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes”.

El encuentro entre Diógenes de Sinope y Alejandro Magno es una de las anécdotas más comentadas y discutidas de la historia filosófica. Ha generado múltiples interpretaciones, por el choque de visiones de mundo que representan estos dos personajes. Un joven príncipe que no está satisfecho hasta que conquiste el mundo entero y un viejo sin nada, pero capaz de disfrutar de las cosas más simples. Como mucha historia antigua, esta anécdota está sujeta a debate sobre su veracidad. Martin Puchner, profesor de literatura de la Universidad de Harvard en su obra The Written World, explica que Alejandro de Macedonia recibió el nombre de Magno porque consiguió unificar a las ciudades-estado griegas, conquistar en menos de trece años todos y cada uno de los reinos existentes entre Grecia y Egipto, derrotar al poderoso ejército persa y crear un imperio que se extendía sin interrupción hasta la India. Su padre, el rey Filipo, orgulloso con los éxitos de Alejandro, había convencido al filósofo vivo más prestigioso de la época: Aristóteles, para que se transformara en el tutor de su hijo. Puchner, reflexiona sobre los motivos de Alejandro por su afán de conquista. Propone como pista para entender su mentalidad, considerar los tres objetos que llevaba durante su campaña militar:

“El primero era una daga, junto a ella guardaba una caja, y en su interior había depositado el objeto más apreciado de los tres: una copia de su texto favorito, la Ilíada”.

Alejandro, dormía con la daga porque, temía repetir la historia de su padre que fue asesinado. En cuanto a la caja, se la había arrebatado a Darío, su adversario persa. Mientras que la Ilíada, era el relato a través del cual interpretaba su vida, un texto que cautivó su mente, que lo impulsaba a no detenerse hasta conquistar el mundo. A medida que su reino se expandía, el ego de Alejandro también. Como Aquiles, Alejandro se empezó a creer un semidiós, y exigió que las ciudades-estado griegas le otorgasen el estatus divino. Sin embargo, cuantos más territorios conquistaba, más problemas tenía para conservarlos. Para mantener el dominio de estos territorios, Alejandro decidió adoptar las costumbres locales. Comenzó a vestir sus ropas, admitió extranjeros en el ejército griego, rendía culto a sus dioses e incluso se casó con una princesa afgana. Alejandro quería continuar su camino de conquistas y habría llegado a China, pero el descontento de su ejército se lo impidió. Puchner escribe:

“Divididos entre los generales griegos y macedonios cada vez más resentidos y una mescolanza de legiones extranjeras, sus soldados querían regresar a casa. Su propio ejército logró, a la postre, lo que ningún ejército extranjero había sido capaz de hacer: que Alejandro diese media vuelta”.

Alejandro, castigó a sus tropas con una marcha forzada a través del desierto que fue dejando un reguero de muertos. Empezó a trazar planes para una invasión de Arabia y el continente africano. Pero, tras una noche de borrachera, cayó enfermo y murió a los pocos días por causas desconocidas. Quizás asesinado como su padre. Tenía treinta y dos años. Nicholas Hammond en su libro Alejandro Magno: Rey, general y estadista, escribe:

“Hemos mencionado muchas facetas de la personalidad de Alejandro: sus profundos afectos, sus fuertes emociones, su valor sin límite, la brillantez y rapidez de su pensamiento, su curiosidad intelectual, su amor por la gloria, su espíritu competitivo, la aceptación de cualquier reto, su generosidad y su compasión; y, por otro lado, su ambición desmesurada, su despiadada fuerza de voluntad: sus deseos, pasiones y emociones sin freno […] en suma, tenía muchas de las cualidades del buen salvaje”.

Vivimos en una cultura que estimula los relatos de genios obsesivos y visionarios que construyen el mundo a su imagen con una fuerza irracional. Nuestra sociedad individualista, competitiva al extremo e insegura, influye en nuestra forma de pensar y en los rasgos de personalidad. El sistema favorece la confusión entre la seguridad en uno mismo y el ego patológico. En un mundo que enfatiza la riqueza, el poder y el estatus, el encuentro de Alejandro con Diógenes es un recordatorio de que existe un enfoque alternativo para la vida, en el que la sencillez, la espiritualidad y la sabiduría son lo que verdaderamente importa. Viktor Frankl, en el prefacio de su libro Man’s Search for Meaning, escribió:

“No aspiren al éxito: cuanto más aspiren a él y más lo conviertan en su objetivo, con mayor probabilidad lo perderán, puesto que el éxito o la felicidad no pueden conseguirse, deben seguirse como si fuese el efecto secundario de la dedicación personal a algo mayor que uno mismo”.

Diógenes fue uno de los primeros que vio claramente que es posible vivir sabiamente si uno controla o renuncia a sus deseos. Denunció y rechazó la obsesión por las apariencias exteriores. Despreció el lujo y el dinero, hasta la desconfianza por las cosas y las personas, y por supuesto la imperturbabilidad frente a la opinión de los demás. Los estúpidos, como él los calificaba, se esfuerzan en trabajos agotadores que les roban la vida, compran cosas que no necesitan y persiguen placeres superfluos que los frustran y empobrecen. Los sabios, por el contrario, saben dónde empieza el problema: sus deseos y necesidades ilusorias y los cortan de raíz. No es de extrañar que Diógenes dijera:

“La educación es sensatez para los jóvenes, consuelo para los viejos, riqueza para los pobres y adorno para los ricos”.

Diógenes terminó siendo hecho prisionero y vendido como esclavo. Jeníades, que conocía su fama, decidió comprarlo para que fuera el tutor de sus hijos y luego le dio la libertad. El viejo sabio aceptó la oferta y se puso manos a la obra. Obligó a los niños a caminar descalzos como él, a vestir siempre la misma ropa, como él, a comer frugalmente, como él, a beber sólo agua, como él y a raparse el pelo. Les enseñó a vivir, fundamentalmente, con lo esencial. Pero no solo vigiló sus hábitos, también los formó intelectualmente, haciéndoles aprender de memoria pasajes enteros de los más grandes filósofos y poetas de la época, además de enseñarles a montar a caballo y a manejar el arco y las flechas. Y los jóvenes, pese a la rigidez de su maestro le tuvieron gran cariño. La prueba es que nunca abandonó su hogar, muriendo en la ciudad de Corinto en el 323 a.C. a la edad de 89 años. Dedicó toda su vida a demostrar que la felicidad y la virtud no depende de nadie más que de uno mismo, a fin de cuentas, como él decía:

“Todo puede conseguirse con esfuerzo, incluso la virtud”.

Luis Navia, especializado en filosofía griega antigua, en su libro Diogenes The Cynic: The War Against The World, afirma que más que en cualquier otro filósofo del mundo occidental, algunos han visto en Diógenes el epítome de una larga lista de rasgos y dotes personales e intelectuales dignos de elogio: un compromiso absoluto con la honestidad, una notable independencia de juicio, una decisión inquebrantable de vivir una vida sencilla y sin trabas, una firme devoción a la autosuficiencia, un apego incomparable a la libertad de expresión, un saludable desprecio por la estupidez humana, un grado inusual de lucidez intelectual y, sobre todo, un tremendo coraje para vivir de acuerdo con sus convicciones. Y, sin embargo, también hay quienes, como Peter Sloterdijk, en libros como Crítica de la razón cínica, han descrito a Diógenes como ‘un hombre-perro, un filósofo inútil, un hippie primitivo y el bohemio original’. Escribe Sloterdijk:

“Un espíritu burlón que produce distanciamiento, como un mordaz y malicioso individualista que pretende no necesitar de nadie ni ser querido por nadie, ya que, ante su mirada grosera y desenmascaradora, nadie sale indemne”.

Parece que, pese a los siglos transcurridos, aún no hemos comprendido bien las enseñanzas de Diógenes. Luis Navia, se pregunta:

“¿Qué verdad y validez puede haber en estas afirmaciones y valoraciones dispares de quienes han canonizado a Diógenes como un santo filosófico y ensalzado su valor como gran filósofo, o lo han condenado como un bribón trastornado, un hombre sin valor y un psicópata, y lo han descartado como un pseudofilósofo?”.

Tal vez sea precisamente ese el gran problema del mundo actual:no hay nadie brutalmente honesto que nos despierte de nuestros deseos y dependencias.Diógenes mostraba que la verdadera felicidad no necesita del apoyo ni de la intervención de los poderosos. Este acto fue un rechazo simbólico de la sociedad que valoraba excesivamente el estatus y la riqueza. La filosofía de la autenticidad aboga por vivir de manera coherente con la naturaleza y la razón, sin dejarse influenciar por el lujo o la fama. En palabras de Navia:

“Diógenes, al vivir de acuerdo con estos principios, desafiaba las normas y expectativas de su tiempo, ejemplificando con su vida una crítica a la cultura predominante”.

El biógrafo de los filósofos griegos Diógenes Laercio y Plutarco informan que Alejandro y Diógenes de Sinope murieron el mismo día, en el 323 a.C. Aunque esta coincidencia es sospechosa, la reflexión sobre el encuentro, vida y muerte de estos dos personajes es oportuna respecto de nuestra visión de mundo. Asociamos que el éxito material nos lleva a la felicidad, pero por desgracia, existen infinidad de casos donde personas materialmente exitosas experimentan una profunda pérdida de su sentido existencial. Cuando alguien le preguntó a Diógenes si la vida era mala, respondió:

“No la vida en sí, sino vivir una vida mala”.

Este era Diógenes, un eterno aprendiz, capaz de luchar diariamente en la búsqueda de la virtud. Una virtud consistente en la autonomía, la imperturbabilidad frente a lo externo, el autogobierno y el dominio sobre sí mismo. A quienes le decían: eres ya viejo, descansa ya; les contestaba:

“Si corriera la carrera de fondo, ¿debería descansar al acercarme al final, o más bien apurarme más?”.

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