adaptación

Ya no soy un esclavo

Antón Chéjov fue un maestro de los cuentos, dramaturgo y médico en la Rusia zarista. Es considerado uno de los más importantes autores en la historia de la literatura mundial. Chéjov introdujo un realismo y profundidad en sus obras que transformaron el teatro dando lugar a un enfoque más auténtico. Eduardo Galeano en Los Hijos de Los Días (2011) dice del autor ‘Escribió como diciendo nada. Y dijo todo’. Su obra era un espejo de la vida real y de la condición humana en toda su complejidad y ambigüedad. Un espejo en que todos podemos reflejarnos. Robert Greene, en Las leyes de la naturaleza humana (2018), afirma que la historia de Chéjov ‘es un paradigma de lo que todos enfrentamos en la vida’. Arrastramos traumas y heridas desde nuestra infancia, y a medida que envejecemos acumulamos desilusiones y desprecios. La vida de Chéjov ejemplifica la liberación de las ataduras impuestas por su pasado y circunstancias. Chéjov solía decir con ironía que su vida se dividía en dos partes: ‘el período en que su padre lo golpeaba y el período en que había dejado de hacerlo’. La escritora italiana Natalia Ginzburg, en su obra Antón Chéjov: Vida a través de las letras (2006), realiza un análisis literario, donde entrelaza la vida del autor con su obra, mostrando cómo sus experiencias personales influyeron en sus textos, especialmente en su capacidad para capturar la complejidad de la vida cotidiana, la belleza de lo ordinario, así como su profunda percepción ‘clínica’ de la naturaleza humana. Escribe Ginzburg:

Tanto la figura del padre como de la madre aparecen con frecuencia en los cuentos de Chéjov: el humor despótico y colérico de uno, la apática resignación de la otra, los cuartos en los que reinaba el miedo. La madre trataba de defender a los hijos de la cólera y los correazos del padre, pero su protección era débil, aterrorizada, resignada a lo peor.

Chéjov nació en 1860 en Taganrog al sur de Rusia, en el seno de una familia de siervos. Su abuelo Yegor por parte de padre, era el único que sabía leer y escribir en la familia. Logró liberarse de la servidumbre, ahorrando durante treinta años lo que ganaba como campesino y transportista del ganado de su Señor. Según Chéjov, Yegor, era un ‘tirano impenitente’, excéntrico y feroz, que impulsó el ascenso social de sus tres hijos, entre ellos Pável, el padre de Antón. Pável fue designado el comerciante de la familia. Pero tenía alma de artista. Pável era un fanático cristiano ortodoxo que llegó a ser director del coro, y estaba frustrado con su destino de administrar una tienda y cuidar de seis hijos. Su padre lo había golpeado, así que él también golpeaba a sus hijos. Aunque ya no era siervo, aún se inclinaba y besaba la mano de todos los funcionarios y terratenientes locales. Seguía siendo siervo en su corazón. Por el lado materno, la historia era similar, también habían comprado su libertad. Eran campesinos ucranianos. La madre de Antón era Evguenia, una mujer fuerte y abnegada que cuidaba de la familia, padeciendo la pobreza y la violencia de su esposo. Poseía un talento natural para contar historias, que había heredado de su padre, un comerciante de telas que viajaba por toda Rusia. Antón la amaba, pero también la compadecía. Mientras Pável era un despótico y fanático religioso, que obligaba a sus hijos a cantar en el coro bajo castigos físicos, Evguenia intentaba protegerlos como podía y los consolaba contándoles cuentos. Este contraste marcó los primeros años de Chéjov. Escribe Ginzburg:

De este ambiente nació la profunda aversión que el escritor sintió toda la vida hacia las prácticas religiosas y su constante preocupación por el dinero, aunque no en forma de pasión avara y ávida, como le ocurría a su padre, sino como una necesidad apremiante y obsesiva, como le ocurría a su madre.

Decepcionado por lo mal que marchaba la tienda, Pável quiso que sus hijos estudiaran. Sin embargo, con frecuencia no podían ir a la escuela porque no habían pagado, o porque no tenían zapatos o ropa adecuada. Siendo niño, Antón había estado a punto de morir de peritonitis, y se salvó gracias a la paciencia y la devoción de un médico. Así que decidió estudiar medicina. En 1875, todo cambió para la familia Chéjov. El padre quebró y arriesgaba la cárcel, por lo que huyó a Moscú, y luego lo siguió el resto de la familia. Antón de 15 años se quedó solo en Taganrog, decidido a terminar la escuela secundaria costara lo que costara. Durante tres años sobrevivió impartiendo clases particulares y realizando todo tipo de trabajos para pagar su sustento y algunas de las deudas paternas. En la escuela comenzó a producir la revista El hipo, que escribía a mano. También escribió artículos breves que intentó publicar a través de su hermano mayor en Moscú, firmando con el seudónimo de ‘Ortiga’. Gracias a su infatigable capacidad de trabajo, ingenio y resiliencia, Antón logró graduarse y obtener una beca para estudiar medicina en Moscú. Escribe Greene:

Ahora que estaba solo y se hacía responsable de sí mismo, Antón anhelaba ser libre en el verdadero sentido de la palabra. Quería liberarse del pasado, de su padre […] Al entender a su padre, pudo aceptarlo e incluso quererlo. No era un tirano imponente, sino un viejo desvalido. Y al fin pudo valorar también a su bondadosa madre y no culparla por ser tan débil.

Por fin en 1879, el joven Chéjov pudo reunirse con su familia en Moscú, e ingresar a la carrera de Medicina. Vivían apiñados en una pieza en el sótano de una casa en el sector de prostitución. Su padre bebía más que antes, sus hermanos ya no estudiaban. Así que, con 19 años, Antón decidió hacerse cargo de su familia. Rodeado del bullicio del lugar donde vivía y los deberes de sus estudios de medicina, para ganar algo de dinero empezó a escribir relatos humorísticos breves y viñetas satíricas en revistas bajo seudónimos como ‘Antosha Chejonté’. Le pagaban por línea. Esos primeros cuentos, parodias y relatos breves los escribía a un ritmo frenético. La muerte de un funcionario (1883) o El camaleón (1884) presentan situaciones ridículas de la burocracia y la picardía provinciana. No le interesaba predicar ningún mensaje grandilocuente; escribía con descaro y falta de prejuicios, riéndose de los vicios humanos sin vanas idealizaciones. ‘Algo me dice que hay más amor a la humanidad en la energía eléctrica y la máquina de vapor que en la castidad y la negativa a comer carne’. Los más de 400 cuentos que escribió en esa época financiaron los estudios de sus hermanos y la estabilidad familiar. En 1884 se graduó de la universidad y comenzó a ejercer la medicina en varias poblaciones simultáneamente, a la vez que seguía escribiendo en la prensa. Confesó: ‘Escribo para ganar dinero y para no aburrirme’. Solía decir que en realidad era médico y que pronto dejaría de escribir. ‘La medicina es mi esposa legal; la literatura, solo mi amante. Cuando una me cansa, paso la noche con la otra’. Y añadía que no tardaría en abandonar a esa amante. Sin embargo, fue ganando prestigio literario. En 1886, recibió una carta de Dmitri Grigórovich, un veterano y reconocido escritor. Grigórovich le manifestaba su inmensa admiración y que leía con entusiasmo todo lo que las revistas publicaban de ‘Chejonte’. Le escribió:

Tiene usted verdadero talento, un talento que lo coloca por encima de todos los escritores de la generación joven.

Chéjov, tomó conciencia de su ‘dimensión como artista’ y empezó a abandonar la escritura fácil que le daba dinero rápido. Fruto de esta nueva seriedad creativa, su obra se volvió más profunda. En Relatos de colores variados (1886) abundan personajes ingenuos e ilusos, seres indefensos, humillados y fracasados en sus aspiraciones. Al mismo tiempo, que emerge con más fuerza la denuncia social. Comienza a escribir contra la injusticia, la crueldad y la estupidez que observa en su entorno. En Enemigos (1887) explora la amargura, la enfermedad y la incomunicación, anticipando la visión desencantada que dominará su madurez. Ya en 1884, atendiendo pacientes, se había contagiado de tuberculosis, una condición entonces incurable, que la ocultó, pero progresó rápidamente. En 1887, con solo 27 años, fue diagnosticado con tuberculosis. La enfermedad lo obligó a abandonar la medicina activa, pero profundizó su compromiso social. En 1889, sufrió un duro golpe personal: la muerte de su hermano mayor Nikolái, pintor de talento, pero alcohólico, víctima de la tuberculosis a los 31 años. Antón había cuidado de Nikolái durante su agonía y su pérdida lo dejó deshecho anímicamente. Pero también ‘Sabía que el mismo tenía los días contados’. Esa conmoción precedió a una de las decisiones más sorprendentes de su vida: viajar por cuenta propia a la remota isla de Sajalín. A pesar de su enfermedad, emprendió el viaje de casi tres meses a la colonia penal siberiana para documentar las condiciones inhumanas en que vivían los presos y sus familias. Ese era como un estado oculto de Rusia, nadie sabía realmente que pasaba allá. Las condiciones de vida de los niños lo indignaron. Las escuelas no funcionaban y carecían de todo. Chéjov presionó para que creasen bibliotecas. Telegrafió a sus amigos solicitando donaciones de libros y otros materiales. Chéjov definió su travesía a Sajalín como ‘viaje al infierno’. Comentaba que ‘los rusos debían ir a Sajalín igual que los turcos van a La Meca’, es decir, conocer el horror para no ignorarlo. En 1892 publicó El pabellón n.º 6, un relato estremecedor sobre un médico insensible que dirige un manicomio opresivo y acaba convirtiéndose en víctima de su propio manicomio: una alegoría de la crueldad institucionalizada y la locura de la indiferencia ante el dolor ajeno. Chéjov quería ‘saldar una deuda con la medicina’ al estudiar esa sociedad de parias y luego escribir un libro que sirviera de denuncia. Su libro La isla de Sajalín (1895), atrajo la atención del público y redundó en mejoras sustanciales a las condiciones de la isla. En una carta escribió:

Cuando Dios creó ese lugar, lo que menos tenía en mente era al ser humano.

Desde su viaje a Sajalín hasta su muerte prematura, Chéjov alcanzó la cumbre de su arte tanto en el cuento como en el teatro, y su cosmovisión experimentó importantes cambios. ‘Cuando el enfermo de tisis escupe sangre… la frivolidad desaparece’. La muerte dejó de ser un recurso cómico para convertirse en una presencia existencial. Al recibir el Premio Pushkin, criticó la ‘futilidad’ de su obra temprana: ‘Escribía como un periodista, sin ver al hombre tras los personajes’. Esta autocrítica marcó su giro del pensamiento satírico al pensamiento humanista. Se propuso retratar a las personas tal como son, con sus claroscuros, evitando dividirlas en ‘buenos y malos’‘Los dramaturgos contemporáneos llenan sus obras solamente con ángeles, pícaros o bufones… Yo he querido hacer algo original: no he creado un solo pícaro ni ángel […] No he condenado a nadie y no he justificado a nadie’. Chéjov comprendió que el mundo real está lleno de preguntas sin resolver.Su literatura renuncia a las respuestas fáciles. Decía: ‘El artista no debe convertirse en juez de sus personajes ni de lo que hablan, sino en un testigo imparcial’. Por ello, en sus cuentos y obras tardíos abundan finales abiertos y situaciones ambiguas que invitan a la reflexión, en lugar de sentencias morales. Su madre y su hermana María fueron pilares en su vida. En una carta escribió: ‘para nosotros, nada es más valioso que nuestra madre en este desordenado mundo’. En obras como En el barranco (1900), los padres son víctimas de un sistema opresivo. En una carta a su hermana María le escribió: ‘Padre es como un niño… Sus caprichos son el último refugio de un hombre que nunca pudo ser libre’. En una carta escribió:

No juzgar es la única forma de madurar. Padre fue mi primer verdugo, pero también mi primer maestro de resistencia. Sin él, ¿habría aprendido que la compasión es más fuerte que la justicia?

Chéjov se instaló en una finca rural en Mélijovo, donde ejerció de médico rural. Atendía gratis a los campesinos enfermos, llegando a izar una bandera en su casa cada vez que el ‘doctor Chéjov’ estaba disponible. Participó activamente en campañas de ayuda durante la hambruna de 1891-92 y la epidemia de cólera de 1892. En 1902 renunció a su nombramiento en la Academia Imperial de las Ciencias para protestar por la censura arbitraria de Maksim Gorki. En el invierno de 1904, cuando su enfermedad empeoró, repentinamente deseó hacer un viaje al campo en un trineo abierto. Escuchar las campanas del trineo y aspirar el aire frío había sido siempre uno de sus mayores placeres, y necesitaba sentir esa libertad una vez más. Esto lo animó tanto que las consecuencias no le importaron. En julio de ese año, consumido por la tuberculosis llamó al médico y le dijo ‘Me muero’. El médico quiso mandar a buscar un tubo de oxígeno. Chéjov le dijo: ‘Es inútil. Cuando lo traigan me habré muerto’. Entonces, el médico le ofreció una copa de champán. Chéjov la aceptó y le dijo: ‘Hacía mucho que no bebía champán’. Antón Chéjov falleció el 15 de julio de 1904, a los 44 años. Tras su muerte, se tomaron las medidas necesarias para trasladar el cuerpo a Moscú. No se sabe por qué llegó en un tren destinado también al transporte de ostras. Los amigos y familiares que esperaban vieron llegar un tren de color verde, uno de cuyos vagones llevaba un cartel con la palabra ‘Ostras’. En el andén de la estación, una banda militar tocaba una marcha fúnebre. Los amigos pensaron que las autoridades habían querido saludar a Chéjov con aquella banda. Así que se formó el cortejo y todos lo siguieron. Pero de repente se dieron cuenta de que ese no era el funeral de Chéjov, sino el de un general, que había fallecido en Manchuria. La banda militar era para el general no para Chéjov. Su muerte fue el epílogo perfecto para un ‘cuento de Chéjov’. Janet Malcolm en Reading Chéjov (2001) escribe:

Su vida fue su obra maestra inacabada: un relato sobre la dignidad en la derrota, donde el héroe nunca se da por vencido, pero tampoco gana.

Todos tenemos momentos de grandes dudas sobre nosotros mismos. Sin darnos cuenta, asumimos una actitud negativa y temerosa ante nuestra herencia y circunstancias de la vida, lo que se convierte en una prisión autoimpuesta. Esclavizándonos con resignación, victimismo, falta de autenticidad y miedo a la crítica. La libertad que Chéjov experimentó fue producto de una decisión. Escogió deliberadamente una nueva forma de ver el mundo. Cambió su actitud. La libertad procede en esencia de adoptar un espíritu de servicio hacia los demás y a nosotros mismos. Al aceptar a las personas, entenderlas y, si es posible, quererlas por su propia naturaleza, liberaremos nuestra mente de emociones destructivas. En una carta a un amigo, Chéjov resumió su experiencia en su pueblo de Taganrog hablando de sí mismo en tercera persona:

Escribe acerca de cómo ese joven echa de sí hasta la última gota de su condición de esclavo y despierta una hermosa mañana para descubrir que la sangre que corre por sus venas ya no es la de un esclavo, sino la de un auténtico ser humano.

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