{"id":1639,"date":"2026-08-25T11:06:16","date_gmt":"2026-08-25T14:06:16","guid":{"rendered":"https:\/\/www.imagen.cl\/blog\/?p=1639"},"modified":"2026-08-25T11:06:16","modified_gmt":"2026-08-25T14:06:16","slug":"esto-es-agua","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.imagen.cl\/blog\/index.php\/2026\/08\/25\/esto-es-agua\/","title":{"rendered":"Esto es agua"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>Ninguna generaci\u00f3n ha tenido tanto acceso al conocimiento y tan poca claridad sobre s\u00ed misma.<\/strong>&nbsp;Llevamos en el bolsillo bibliotecas enteras, consultamos enciclopedias instant\u00e1neas, dialogamos con inteligencias artificiales capaces de redactar ensayos, traducir idiomas y resumir tratados. Y, sin embargo, la sensaci\u00f3n de fragilidad, polarizaci\u00f3n y desconcierto no deja de crecer.&nbsp;<strong>Sabemos m\u00e1s datos, pero no necesariamente comprendemos mejor. Estamos m\u00e1s informados, pero no siempre m\u00e1s desarrollados.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El psic\u00f3logo Robert Kegan, profesor em\u00e9rito de Harvard y uno de los te\u00f3ricos m\u00e1s influyentes del desarrollo adulto, dedic\u00f3 cuarenta a\u00f1os a defender la idea de que&nbsp;<strong>la madurez no es cuesti\u00f3n de informaci\u00f3n, sino de transformaci\u00f3n<\/strong>. No depende de&nbsp;<strong>\u201c<em>cu\u00e1nto<\/em>\u201d<\/strong>&nbsp;sabemos, sino de&nbsp;<strong>\u201c<em>c\u00f3mo<\/em>\u201d<\/strong>&nbsp;sabemos. Y esa forma de conocer, esa arquitectura invisible que da sentido a la experiencia, puede estancarse incluso mientras acumulamos t\u00edtulos, lecturas, cursos y notificaciones.&nbsp;<strong>La madurez no se descarga.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Kegan se dedic\u00f3 a mostrar que el desarrollo humano no termina en la adolescencia.&nbsp;<strong>La mente adulta puede seguir evolucionando<\/strong>, volvi\u00e9ndose m\u00e1s compleja, m\u00e1s capaz de tolerar la ambig\u00fcedad, de observar sus propias creencias y de relacionarse con el mundo sin quedar atrapada en una \u00fanica perspectiva. Sin embargo,&nbsp;<strong>la era tecnocient\u00edfica, con su promesa de progreso ilimitado, ha multiplicado las exigencias de esa madurez. Pero, al mismo tiempo, ha construido un entorno que con frecuencia la desalienta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El pez y el agua.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>David Foster Wallace, en el discurso de graduaci\u00f3n de 2005 en Kenyon College, comenz\u00f3 con una par\u00e1bola: dos peces j\u00f3venes nadan y se cruzan con un pez m\u00e1s viejo que les dice:&nbsp;<strong>\u201cBuen d\u00eda, muchachos, \u00bfc\u00f3mo est\u00e1 el agua?\u201d<\/strong>. Los j\u00f3venes siguen nadando y al rato uno pregunta:&nbsp;<strong>\u201c\u00bfQu\u00e9 demonios es el agua?\u201d<\/strong>. La an\u00e9cdota ilustra que&nbsp;<strong>las realidades m\u00e1s obvias y determinantes son a menudo las m\u00e1s dif\u00edciles de ver<\/strong>, porque son el medio en el que vivimos.&nbsp;<strong>Solo cuando el pez salta, o cuando el agua falta, el elemento en que existe se hace visible.<\/strong>&nbsp;Algo parecido ocurre con la mente humana. Vivimos dentro de&nbsp;<strong>supuestos, emociones, lealtades y estructuras de significado que no vemos<\/strong>, no porque est\u00e9n ocultos, sino porque son el medio en el que pensamos. Kegan llama a eso&nbsp;<strong><em>sujeto<\/em><\/strong>: aquello a lo que estamos&nbsp;<strong><em>sujetos<\/em><\/strong>, aquello que nos gobierna. En cambio, cuando tomamos distancia de nuestro modo de pensar, se vuelve&nbsp;<strong><em>objeto<\/em><\/strong>: podemos observarlo, nombrarlo, cuestionarlo y actuar sobre ello.<\/p>\n\n\n\n<p>El desarrollo cognitivo, en este marco, consiste en convertir lo que nos&nbsp;<strong><em>sujeta<\/em><\/strong>&nbsp;en un objeto visible. Lo que antes&nbsp;<strong><em>\u00e9ramos<\/em><\/strong>, ahora lo&nbsp;<strong><em>tenemos<\/em><\/strong>. Lo que antes nos dirig\u00eda, ahora podemos examinarlo y cuestionarlo. Implica una reorganizaci\u00f3n de la identidad, de las creencias, de los apegos y del modo en que nos situamos frente a los dem\u00e1s. Por eso Kegan insiste en que&nbsp;<strong>el cambio profundo consiste en cambiar la forma en que conocemos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Esta distinci\u00f3n resulta especialmente relevante en un tiempo en el que se celebra el aprendizaje continuo, pero se confunde con la acumulaci\u00f3n de informaci\u00f3n.<\/strong>&nbsp;Podemos leer cientos de art\u00edculos sobre polarizaci\u00f3n, asistir a talleres de liderazgo o escuchar p\u00edldoras de filosof\u00eda sin transformar la estructura desde la que interpretamos esos contenidos.&nbsp;<strong>La informaci\u00f3n que consumimos puede reforzar exactamente aquello que ya cre\u00edamos, aunque nos d\u00e9 la ilusi\u00f3n de estar cambiando.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Cinco maneras de habitar el mundo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Sobre esa base, Kegan describi\u00f3 una sucesi\u00f3n de&nbsp;<strong>\u201c\u00f3rdenes de conciencia\u201d<\/strong>. Cada una representa una forma cualitativamente distinta de construir significado.&nbsp;<strong>No se trata de m\u00e1s inteligencia, sino de habitar el mundo de otra manera.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En la primera infancia, la mente es impulsiva<\/strong>. El ni\u00f1o&nbsp;<em>es<\/em>&nbsp;sus impulsos:&nbsp;<strong>no los tiene, los vive<\/strong>. No puede reflexionar sobre sus deseos porque no existe a\u00fan una distancia entre \u00e9l y ellos. Con la aparici\u00f3n de la&nbsp;<strong>mente instrumental<\/strong>, los impulsos comienzan a ser objeto. El ni\u00f1o puede usarlos para satisfacer necesidades. Entiende que puede manipular el entorno, pero su universo sigue girando alrededor de sus propios intereses.&nbsp;<strong>El otro aparece como medio u obst\u00e1culo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El salto viene con&nbsp;<strong>la mente socializada:<\/strong>&nbsp;la persona internaliza las normas, valores y expectativas de su grupo.&nbsp;<strong>Construye su yo desde fuera hacia dentro<\/strong>. Se siente culpable cuando defrauda a los dem\u00e1s, se enorgullece de pertenecer, se define por v\u00ednculos y roles. Su autoestima depende, en gran medida, de la mirada ajena. Muchos adultos viven buena parte de su vida desde este orden de conciencia. No es una patolog\u00eda; es una forma funcional de habitar comunidades. Pero tiene un l\u00edmite:&nbsp;<strong>la persona no puede ver sus propias lealtades como una opci\u00f3n entre otras, ya que est\u00e1 inmersa en ellas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Con la&nbsp;<strong>mente<\/strong>&nbsp;<strong><em>autoautora<\/em><\/strong>, la persona desarrolla un sistema interno de valores. Se construye desde dentro hacia fuera. Puede evaluar las expectativas del entorno sin quedar disuelta en ellas. Sabe lo que defiende y por qu\u00e9.&nbsp;<strong>Es autodirigida, pero tambi\u00e9n puede volverse r\u00edgida:<\/strong>&nbsp;<strong>su propio marco ideol\u00f3gico se convierte en el nuevo sujeto invisible, la lente a trav\u00e9s de la cual juzga todo sin cuestionarla.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El quinto orden, que Kegan llama&nbsp;<strong>mente autotransformadora<\/strong>, es menos frecuente. Quien lo alcanza tiene un sistema de valores, pero puede observarlo tambi\u00e9n como un objeto m\u00e1s. Reconoce que hay muchas maneras leg\u00edtimas de entender la justicia, la verdad o la valent\u00eda.&nbsp;<strong>No renuncia a sus principios, pero deja de confundirlos con la realidad.<\/strong>&nbsp;Tolera la paradoja, revisa sus certezas y se siente c\u00f3modo, o al menos interesado, en la contradicci\u00f3n. No es un estado de superioridad moral; es una forma de mayor complejidad cognitiva y emocional. Y, como veremos, no siempre es c\u00f3moda ni aplaudida.<\/p>\n\n\n\n<p>El modelo de \u00f3rdenes de conciencia de Kegan es influyente y disputado; su utilidad est\u00e1 en&nbsp;<strong>nombrar el movimiento de supuestos ocultos a objetos visibles<\/strong>, que a casi todos nos cuesta hacer y a casi ninguna cultura le conviene fomentar.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Un mundo que exige m\u00e1s de lo que la cultura devuelve.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En 1994, cuando internet apenas comenzaba a transformar la vida cotidiana, Kegan public\u00f3&nbsp;<strong><em>In Over Our Heads<\/em><\/strong>, un t\u00edtulo que podr\u00eda traducirse como&nbsp;<strong>\u201cpor encima de nuestras cabezas\u201d<\/strong>. Su tesis era que las demandas de la vida moderna (<strong>trabajo colaborativo, diversidad, cambio acelerado, responsabilidades m\u00faltiples<\/strong>), exig\u00edan una&nbsp;<strong>mente&nbsp;<em>autoautora<\/em><\/strong>, pero que la mayor\u00eda de las instituciones educativas, laborales y familiares no estaban dise\u00f1adas para promover ese desarrollo.&nbsp;<strong>Viv\u00edamos, dec\u00eda, por encima de nuestras cabezas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Hoy esa tesis se ha intensificado. La era tecnocient\u00edfica exige lidiar con incertidumbre sist\u00e9mica, crisis clim\u00e1tica, desinformaci\u00f3n, identidades fluidas y dilemas \u00e9ticos in\u00e9ditos. Un mundo as\u00ed no premia a quien tiene&nbsp;<em>la<\/em>&nbsp;respuesta correcta de una vez por todas, sino a quien puede sostener varias hip\u00f3tesis a la vez, revisar su enfoque sobre la marcha y actuar sin la comodidad de la certeza. Dicho en t\u00e9rminos de Kegan: el mundo actual nos empuja, cada vez m\u00e1s, hacia formas&nbsp;<strong><em>autotransformadoras<\/em><\/strong>&nbsp;de conciencia.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La iron\u00eda es que la cultura digital predominante no favorece esa complejidad mental<\/strong>.Las redes sociales, los sistemas de recomendaci\u00f3n y las plataformas de contenidos est\u00e1n optimizadas para el compromiso emocional, no para el desarrollo del yo.&nbsp;<strong>Recompensan la reacci\u00f3n, no la reflexi\u00f3n.<\/strong>&nbsp;Favorecen la pertenencia tribal, no el distanciamiento cr\u00edtico.&nbsp;<strong>Convierten la identidad en una etiqueta que se exhibe y se defiende, no en un proceso que se explora.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Aunque la imagen de un algoritmo que nos encierra en c\u00e1maras de eco es atractiva, la evidencia reciente la ha debilitado. Revisiones sistem\u00e1ticas, como la del&nbsp;<strong><em>Reuters Institute<\/em><\/strong>&nbsp;de la Universidad de Oxford, sugieren que las burbujas de filtro son menos frecuentes de lo que se supone y que el papel de las redes sociales en la polarizaci\u00f3n es, en el mejor de los casos, mixto. La polarizaci\u00f3n tiene ra\u00edces anteriores a las plataformas:&nbsp;<strong>pol\u00edticas, econ\u00f3micas, hist\u00f3ricas<\/strong>. El algoritmo no fabrica desde cero nuestras tendencias:&nbsp;<strong>las detecta y las satisface.<\/strong>&nbsp;Reconocerlo no exculpa a la tecnolog\u00eda, pero nos obliga a mirar tambi\u00e9n el agua en la que ya nad\u00e1bamos antes de abrir las aplicaciones.&nbsp;<strong>El relato del algoritmo omnipotente es, con frecuencia, otro pez que no ve el agua.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>El resultado es una contradicci\u00f3n estructural. Disponemos de herramientas capaces de conectar a millones de personas, pero a menudo lo hacen reduciendo la complejidad a esl\u00f3ganes. Celebramos la creatividad individual, pero medimos el valor personal por&nbsp;<strong>\u201cme gusta\u201d<\/strong>. Exigimos pensamiento cr\u00edtico, pero castigamos la ambig\u00fcedad. Queremos adultos aut\u00f3nomos, pero dise\u00f1amos entornos que cultivan una dependencia constante de la validaci\u00f3n externa.&nbsp;<strong>Es como querer nadar en una piscina sin agua.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El or\u00e1culo y el interlocutor.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La inteligencia artificial generativa a\u00f1ade una vuelta de tuerca m\u00e1s. Un sistema conversacional puede responder preguntas, resumir teor\u00edas, imitar estilos de pensamiento. Sabe mucho, o al menos habla como quien sabe, sin comprender en el sentido en que un humano comprende. Y ofrece una nueva tentaci\u00f3n:&nbsp;<strong>la delegaci\u00f3n cognitiva disfrazada de aprendizaje.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En&nbsp;<strong><em>Immunity to Change<\/em>&nbsp;<\/strong>(2009) Kegan y Lahey retoman la distinci\u00f3n de Ronald Heifetz entre desaf\u00edos t\u00e9cnicos y adaptativos. Los&nbsp;<strong>desaf\u00edos t\u00e9cnicos<\/strong>&nbsp;se resuelven con conocimiento existente, pero los&nbsp;<strong>desaf\u00edos adaptativos<\/strong>&nbsp;exigen cambiar la mentalidad desde la que miramos. La IA puede ayudarnos con los desaf\u00edos t\u00e9cnicos, pero el trabajo adaptativo sigue siendo irreductiblemente humano. Puede entregarnos una respuesta impecable sin habernos ayudado a formular mejor la pregunta.&nbsp;<strong>No sustituye el trabajo de reorganizar nuestra manera de dar significado<\/strong>. Si usamos la IA como or\u00e1culo, confiando en sus veredictos sin examinar c\u00f3mo los genera, se convierte en un&nbsp;<strong><em>sujeto invisible<\/em><\/strong>&nbsp;m\u00e1s, una autoridad que nos gobierna sin que la cuestionemos. Si la usamos como interlocutor para discutir nuestros paradigmas y as\u00ed verlos,&nbsp;<strong>puede que sea una herramienta de ayuda para convertir sujeto en objeto.<\/strong>&nbsp;Todo depende de la postura desde la que nos acerquemos. El problema es que la tendencia dominante, por comodidad y por dise\u00f1o, es la primera.<\/p>\n\n\n\n<p>Detr\u00e1s de esa comodidad opera un mecanismo m\u00e1s profundo que Kegan y Lahey llamaron<strong>&nbsp;<em>inmunidad al cambio<\/em><\/strong>: un sistema de protecci\u00f3n psicol\u00f3gica que nos defiende del riesgo de dudar de nuestros supuestos.&nbsp;<strong>No cambiamos solo por falta de informaci\u00f3n o de motivaci\u00f3n, sino porque a menudo tenemos compromisos ocultos que conservan el&nbsp;<em>statu quo<\/em>.<\/strong>&nbsp;Por ejemplo, un directivo puede querer escuchar m\u00e1s a su equipo, pero teme que si deja de imponer su criterio perder\u00e1 autoridad.&nbsp;<strong>Ese miedo no es irracional: es una defensa.<\/strong>&nbsp;El cambio adaptativo exige reconocer esas defensas, no solo recibir m\u00e1s datos.<\/p>\n\n\n\n<p>El problema es que la informaci\u00f3n masiva puede&nbsp;<strong>\u201cahogar\u201d<\/strong>&nbsp;el cambio adaptativo.&nbsp;<strong>Leemos, guardamos, compartimos, nos sentimos ocupados aprendiendo lo que nos confirma<\/strong>, pero no tocamos la estructura desde la que interpretamos.&nbsp;<strong>El aprendizaje se vuelve acumulativo, no transformador.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La incomodidad de ver demasiado.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Supongamos que alguien lo logra: que desarrolla una mirada capaz de sostener matices, de cuestionar sus certezas, de no confundir sus principios con la realidad. La recompensa no es el aplauso. Kegan observ\u00f3 que&nbsp;<strong>las personas con una mentalidad m\u00e1s compleja que su cultura suelen resultar inc\u00f3modas.<\/strong>&nbsp;Sol\u00eda mencionar a Jes\u00fas, S\u00f3crates y Gandhi, figuras que hoy veneramos pero que en vida fueron una molestia. La madurez autotransformadora no garantiza aceptaci\u00f3n. Al contrario, quien ve matices donde el grupo exige pureza puede quedar aislado.&nbsp;<strong>Quien cuestiona el marco propio y ajeno puede parecer tibio o traidor.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>En la esfera p\u00fablica digital, el castigo es inmediato.&nbsp;<strong>Los algoritmos tienden a premiar la certeza, la indignaci\u00f3n y la pertenencia.<\/strong>&nbsp;Un an\u00e1lisis matizado genera menos interacci\u00f3n que un veredicto contundente.&nbsp;<strong>El pensamiento autotransformador, que se caracteriza por la disposici\u00f3n a revisar las propias convicciones, choca con una cultura que interpreta cualquier cambio de opini\u00f3n como debilidad.<\/strong>&nbsp;As\u00ed, quienes alcanzan una mayor complejidad mental pueden sentir que no encajan, que hablan un idioma distinto.<\/p>\n\n\n\n<p>La sociedad tecnocient\u00edfica proclama el pensamiento cr\u00edtico como valor supremo. La educaci\u00f3n habla de formar ciudadanos reflexivos. Las empresas piden innovaci\u00f3n y adaptabilidad. Pero cuando aparecen personas que cuestionan los marcos dominantes, los percibimos como amenazas.&nbsp;<strong>Pedimos madurez y desconfiamos de ella.<\/strong>&nbsp;Queremos adultos aut\u00f3nomos, pero no estamos dispuestos a soltar el control.<\/p>\n\n\n\n<p>El impacto de esa contradicci\u00f3n es doble.&nbsp;<strong>En lo individual<\/strong>, produce una fragilidad silenciosa.&nbsp;<strong>Personas que confunden ocupaci\u00f3n con desarrollo, que leen sin parar y no cambian, o que, al alcanzar una complejidad mayor que su entorno, se sienten aisladas, agotadas de mediar, tentadas a callar.<\/strong>&nbsp;En lo colectivo, erosiona la deliberaci\u00f3n misma. Una comunidad que castiga el disenso se incapacita para abordar los problemas clim\u00e1ticos, tecnol\u00f3gicos, pol\u00edticos, que solo pueden pensarse en com\u00fan.&nbsp;<strong>La complejidad social crece; la complejidad individual, empujada por la cultura hacia la certeza reactiva, se queda atr\u00e1s. Seguimos viviendo por encima de nuestras cabezas.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Entornos donde el agua se hace visible.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Entonces, si el desarrollo mental no llega solo con m\u00e1s informaci\u00f3n,&nbsp;<strong>\u00bfc\u00f3mo se cultiva?<\/strong>&nbsp;Kegan hablaba de&nbsp;<strong>entornos de contenci\u00f3n<\/strong>: contextos que sostienen y desaf\u00edan a la vez, que ofrecen seguridad suficiente para arriesgarse a mirar lo que preferir\u00edamos no ver.&nbsp;<strong>Puede ser una relaci\u00f3n, un grupo, una pr\u00e1ctica, una instituci\u00f3n.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>En la era del ruido, construir estos entornos es urgente.&nbsp;<\/strong>Una educaci\u00f3n que priorice la&nbsp;<strong>comprensi\u00f3n sobre la acumulaci\u00f3n de datos<\/strong>; organizaciones que recompensen&nbsp;<strong>revisar supuestos<\/strong>, no solo cumplir metas; plataformas que expongan a los usuarios a&nbsp;<strong>perspectivas distintas sin convertirlas en espect\u00e1culo<\/strong>. Pero tambi\u00e9n importan las pr\u00e1cticas personales.&nbsp;<strong>La lectura lenta, el silencio, la conversaci\u00f3n profunda, la escritura reflexiva, la meditaci\u00f3n o el psicoan\u00e1lisis pueden crear espacios donde el sujeto se vuelve objeto.<\/strong>&nbsp;No se trata de acumular m\u00e1s contenidos, sino de cambiar la relaci\u00f3n con lo que ya sabemos.<\/p>\n\n\n\n<p>Nada de esto es f\u00e1cil ni rentable a corto plazo, pero&nbsp;<strong>es la \u00fanica v\u00eda para que la complejidad social no supere a la complejidad individual.&nbsp;<\/strong>Kegan no ofrece recetas r\u00e1pidas. Describe un proceso lento, a veces doloroso, que involucra tanto la mente como el coraz\u00f3n, y que no est\u00e1 garantizado.&nbsp;<strong>En la sociedad de la inmediatez, esa lentitud es contracultural.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La madurez en la era tecnocient\u00edfica no consiste en dominar m\u00e1s herramientas, sino en dejar de ser dominados por ellas.<\/strong>&nbsp;No se trata de rechazar la tecnolog\u00eda, sino de convertirla en objeto. De usarla sin quedar atrapados en sus l\u00f3gicas invisibles. El desaf\u00edo es desarrollar una mente capaz de sostener la complejidad sin sucumbir al cinismo ni a la certeza dogm\u00e1tica.&nbsp;<strong>Wallace llama a despertar del piloto autom\u00e1tico; Kegan describe las sucesivas transformaciones que hacen posible ese despertar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Kegan nos recuerda que&nbsp;<strong>el crecimiento adulto es posible, pero no inevitable.<\/strong>&nbsp;Depende de entornos que lo sostengan, de relaciones que lo desaf\u00eden y de una disposici\u00f3n personal a mirar lo que preferir\u00edamos ignorar. En un mundo saturado de informaci\u00f3n, esa mirada se ha vuelto radical. Porque&nbsp;<strong>ya no basta con saber m\u00e1s. Hace falta aprender a ver lo que nos mira, lo que nos constituye, lo que nos sujeta.<\/strong>&nbsp;Solo entonces podremos dejar de ser peces que ignoran el agua y&nbsp;<strong>empezar a explorar, con lucidez y sin soberbia, el oc\u00e9ano en el que pensamos.&nbsp;<\/strong>La madurez no se descarga. Se desarrolla.&nbsp;<strong>Y en tiempos de respuestas instant\u00e1neas, dar un paso atr\u00e1s sigue siendo el acto de resistencia m\u00e1s valioso, y el menos aplaudido.<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Ninguna generaci\u00f3n ha tenido tanto acceso al conocimiento y tan poca claridad sobre s\u00ed misma.&nbsp;Llevamos en el bolsillo bibliotecas enteras, consultamos enciclopedias instant\u00e1neas, dialogamos con inteligencias artificiales capaces de redactar ensayos, traducir idiomas y resumir tratados. Y, sin embargo, la sensaci\u00f3n de fragilidad, polarizaci\u00f3n y desconcierto no deja de crecer.&nbsp;Sabemos m\u00e1s datos, pero no necesariamente comprendemos mejor. 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