{"id":1629,"date":"2026-08-10T13:07:27","date_gmt":"2026-08-10T16:07:27","guid":{"rendered":"https:\/\/www.imagen.cl\/blog\/?p=1629"},"modified":"2026-08-10T13:07:27","modified_gmt":"2026-08-10T16:07:27","slug":"palimpsesto","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.imagen.cl\/blog\/index.php\/2026\/08\/10\/palimpsesto\/","title":{"rendered":"Palimpsesto"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>Occidente naci\u00f3 dos veces.<\/strong>&nbsp;La primera,&nbsp;<strong>entre las olas color vino y las murallas de Troya<\/strong>, bajo la mirada de unos dioses que re\u00edan, envidiaban y sangraban como cualquier mortal. La segunda,&nbsp;<strong>con un Dios que decidi\u00f3 nacer en un humilde pesebre de una aldea insignificante.&nbsp;<\/strong>Dos matrices opuestas que, todav\u00eda hoy, tensan nuestra identidad.<\/p>\n\n\n\n<p>En el canto quinto de la&nbsp;<em>Odisea<\/em>&nbsp;ocurre algo asombroso:&nbsp;<strong>un hombre rechaza ser dios.<\/strong>&nbsp;La ninfa Calipso, que ha retenido a Odiseo siete a\u00f1os en su isla, le ofrece un trato:&nbsp;<strong>qu\u00e9date conmigo y te har\u00e9 inmortal, para siempre joven, libre de la vejez y de la muerte.<\/strong>&nbsp;Odiseo dice que no. Prefiere volver a \u00cdtaca, con una esposa que envejece, a una isla pobre y a una muerte cierta.&nbsp;<strong>En ese gesto est\u00e1 cifrada una manera entera de habitar el mundo.<\/strong>&nbsp;Y en su reverso,&nbsp;<strong>un Dios que se hace hombre para vencer precisamente aquello que Odiseo escogi\u00f3.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Occidente creci\u00f3 sobre estas dos matrices.<\/strong>&nbsp;La&nbsp;<em>Odisea<\/em>&nbsp;y el cristianismo encarnan dos formas de responder a las tres preguntas \u00faltimas de toda existencia humana:&nbsp;<strong>\u00bfqu\u00e9 sentido tiene vivir?, \u00bfqu\u00e9 hay m\u00e1s all\u00e1 de lo visible?, \u00bfqu\u00e9 hacer con el l\u00edmite que supone la muerte?<\/strong>&nbsp;La&nbsp;<em>Odisea<\/em>&nbsp;de Homero y el cristianismo responden de manera casi punto por punto invertida. Una es la&nbsp;<strong><em>inmanencia<\/em><\/strong>: cosmos increado, dioses dentro del mundo, sentido conquistado hacia fuera y muerte como disoluci\u00f3n. La otra es la&nbsp;<strong><em>trascendencia<\/em><\/strong>: universo brotado de un acto libre de amor, sentido recibido como don, y muerte vencida por un Dios que se deja morir en una cruz. Ambas nos han configurado; ambas nos resultan, a la vez, irreconciliables y familiares.&nbsp;<strong>La civilizaci\u00f3n que las hered\u00f3 se encuentra hoy ensayando una tercera respuesta que ninguna de las dos reconocer\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Erich Auerbach, en la primera p\u00e1gina de&nbsp;<strong><em>M\u00edmesis<\/em><\/strong>&nbsp;(1946),&nbsp;<strong>compar\u00f3 la escena en que la anciana Euriclea reconoce a Odiseo por una cicatriz con la escena en que Dios ordena a Abraham sacrificar a Isaac.<\/strong>&nbsp;Homero, dec\u00eda,&nbsp;<strong>lo ilumina todo por igual<\/strong>: los objetos, los gestos, los pensamientos est\u00e1n en primer plano, n\u00edtidos, sin sombras, sin nada oculto. El relato b\u00edblico, en cambio, est\u00e1&nbsp;<strong>\u201ccargado de trasfondo\u201d<\/strong>: Dios llama desde una altura invisible, los motivos permanecen en penumbra, el texto exige interpretaci\u00f3n porque algo esencial se retira de la vista.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Esa diferencia de luz es la diferencia entre las dos matrices.<\/strong>&nbsp;La inmanencia hom\u00e9rica es un mundo sin trasfondo: todo lo que hay est\u00e1 aqu\u00ed, a plena luz, disponible al ojo y a la astucia. La trascendencia introduce una profundidad que no se deja ver. El Dios cristiano crea el mundo de la nada, es el fundamento del cosmos, es un&nbsp;<strong>\u201cOtro\u201d<\/strong>&nbsp;y a la vez m\u00e1s \u00edntimo a nosotros que nosotros mismos. Donde el h\u00e9roe griego hom\u00e9rico ve un mar que hay que cruzar con astucia, el cristiano empieza a ver una traves\u00eda cuyo puerto est\u00e1 fuera del mapa.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El sentido: kleos conquistado o gracia recibida.<\/strong><strong>&nbsp;<\/strong>El mundo hom\u00e9rico es un mundo sin creador. El cosmos simplemente es eterno y los dioses habitan dentro de \u00e9l.Nacen y est\u00e1n sometidos, como los hombres, aunque a otra escala, a una potencia que los excede: la&nbsp;<em>Moira<\/em>,&nbsp;<strong>el destino,&nbsp;<\/strong>ante el cual incluso Zeus vacila.&nbsp;<strong>Los dioses hom\u00e9ricos son m\u00e1s poderosos que nosotros, pero no esencialmente distintos.<\/strong>&nbsp;No originan el sentido:&nbsp;<strong>a menudo lo estorban.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Por eso, en esta cosmovisi\u00f3n de la inmanencia, el sentido&nbsp;<strong>se conquista, y se conquista hacia fuera.<\/strong>&nbsp;El h\u00e9roe ans\u00eda el&nbsp;<em>kleos<\/em>, la gloria imperecedera. El h\u00e9roe muere biol\u00f3gicamente, pero sobrevive en el canto que relata sus haza\u00f1as.&nbsp;<strong>La inmortalidad hom\u00e9rica consiste en no ser olvidado.&nbsp;<\/strong>Cuando Odiseo desciende al Hades y conversa con las almas, comprende que&nbsp;<strong>el reino de los muertos no es un lugar de castigo ni de premio, sino una existencia olvidada en las sombras.&nbsp;<\/strong>Aquiles, el mejor de los aqueos, le confiesa que preferir\u00eda ser un jornalero al servicio de un amo pobre antes que reinar sobre todos los muertos. La muerte es disoluci\u00f3n, punto final. Frente a ella, solo queda una estrategia:&nbsp;<strong>dejar una huella tan profunda en la memoria colectiva que su nombre sobreviva a la destrucci\u00f3n del cuerpo.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El cristianismo invierte el eje.<\/strong>&nbsp;Aqu\u00ed el sentido se recibe. Dios crea el mundo&nbsp;<em>ex nihilo<\/em>, desde la nada, y la existencia misma es un regalo inmerecido.&nbsp;<strong>La gloria (<em>kleos)<\/em>&nbsp;pasa a ser gracia (<em>ch\u00e1ris<\/em>). El sentido ya no se construye a fuerza de haza\u00f1as, se recibe como regalo sin necesidad de hacer nada.<\/strong>&nbsp;San Pablo lo formula con una brutalidad que a un griego hom\u00e9rico le habr\u00eda resultado incomprensible:&nbsp;<strong>nadie se salva por sus obras, para que nadie pueda gloriarse.<\/strong>&nbsp;<strong>La gloria, motor entero de la \u00e9tica hom\u00e9rica, se vuelve la tentaci\u00f3n a evitar.&nbsp;<\/strong>El ideal humano ya no es el guerrero que se hace fuerte, sino el Dios que se vac\u00eda: la&nbsp;<em>k\u00e9nosis<\/em>, el que se hace siervo hasta la muerte.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La \u00e9tica: entre la verg\u00fcenza hom\u00e9rica y la culpa.&nbsp;<\/strong>El sentido que depende de la mirada ajena y el sentido que brota de una mirada interior define dos gram\u00e1ticas morales diferentes. Con todas las cautelas que hoy rodean a esta tipolog\u00eda, Bernard Williams en&nbsp;<strong><em>Shame and Necessity<\/em><\/strong>&nbsp;(1993), reexamin\u00f3 la&nbsp;<strong>\u201ccultura de la verg\u00fcenza\u201d<\/strong>&nbsp;y la&nbsp;<strong>\u201ccultura de la culpa\u201d<\/strong>.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El h\u00e9roe hom\u00e9rico se valora por los ojos de los dem\u00e1s.<\/strong>&nbsp;Su honor, depende del reconocimiento p\u00fablico, y la peor de las cat\u00e1strofes no es haber obrado mal, sino caer en el olvido o en la deshonra, convertirse en alguien de quien nadie hablar\u00e1. No hay intimidad que valga: la vida lograda es una obra de arte ef\u00edmera hecha de haza\u00f1as, palabras y cicatrices que otros recordar\u00e1n.&nbsp;<strong>La sanci\u00f3n \u00faltima es la verg\u00fcenza que se siente cuando los iguales retiran su estima.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El cristianismo, en cambio, introduce la interioridad como escenario decisivo del drama humano.<\/strong>&nbsp;La culpa, adem\u00e1s de deshonra social, es la conciencia de haber defraudado un amor previo, de haber respondido con ingratitud a un don. La \u00e9tica resultante es de responsabilidad y compasi\u00f3n. Charles Taylor en&nbsp;<strong><em>Sources of the Self&nbsp;<\/em><\/strong>(1989) situ\u00f3 en esta distinci\u00f3n uno de los nacimientos de la identidad moderna<strong>. El cristianismo hace posible la idea de un yo que vale por lo que es ante los ojos del Creador y no por lo que aparenta ante los ojos de los dem\u00e1s.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Nietzsche, que amaba a los griegos, vio en esta inversi\u00f3n la gran&nbsp;<strong>\u201ctransvaloraci\u00f3n de todos los valores\u201d<\/strong>, la rebeli\u00f3n de los d\u00e9biles contra la moral aristocr\u00e1tica.&nbsp;<strong>Las Bienaventuranzas coronan a los mansos, a los pobres, a los que lloran: exactamente a quienes el mundo hom\u00e9rico consideraba perdedores.&nbsp;<\/strong>Nietzsche lo describi\u00f3 como derrota y resentimiento, pero tambi\u00e9n podr\u00eda leerse como el descubrimiento de que la fuerza no era lo \u00faltimo, y de que un Dios crucificado revela algo sobre el amor que el poderoso Zeus no alcanza a vislumbrar.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El l\u00edmite: la astucia que negocia y la muerte que se vence.&nbsp;<\/strong>Ninguna de las dos cosmovisiones ignora la muerte; lo que cambia es qu\u00e9 se hace con ella. Para Homero, el l\u00edmite es infranqueable. El inframundo del canto once es uno de los pasajes m\u00e1s sombr\u00edos de la literatura antigua:&nbsp;<strong>las almas son sombras sin fuerza, la muerte es disoluci\u00f3n, p\u00e9rdida real. No hay consuelo metaf\u00edsico.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Frente a este l\u00edmite estricto,&nbsp;<strong>la inteligencia hom\u00e9rica propone navegarlo.<\/strong>&nbsp;Ese es el sentido de la&nbsp;<em>m\u0113tis<\/em>, la astucia pr\u00e1ctica de la que Odiseo es maestro: el de los mil recursos. La&nbsp;<em>m\u0113tis<\/em>&nbsp;es el ingenio que se acomoda a lo que hay, que se hace llamar&nbsp;<strong>\u201cNadie\u201d<\/strong>&nbsp;para burlar al c\u00edclope, que resiste el canto de las sirenas at\u00e1ndose al m\u00e1stil en lugar de taparse los o\u00eddos. Es la raz\u00f3n de quien sabe que no cambiar\u00e1 las reglas del mundo y decide, en cambio, jugar sus cartas mejor que todos. En su ejercicio m\u00e1s noble,&nbsp;<strong>la&nbsp;<em>m\u0113tis<\/em>&nbsp;es tambi\u00e9n la conciencia del l\u00edmite<\/strong>, el saber que existe una desmesura, una&nbsp;<em>hybris<\/em>&nbsp;que los dioses castigan duramente.<\/p>\n\n\n\n<p>El cristianismo hace lo impensable: declara vencida la muerte.&nbsp;<strong>\u201c\u00bfD\u00f3nde est\u00e1, muerte, tu aguij\u00f3n?\u201d<\/strong>, escribe Pablo, y hace central la resurrecci\u00f3n. Pero el precio de esa victoria es una inversi\u00f3n completa de la escala de valores heroica. La cruz reemplaza la espada; el modelo deja de ser el guerrero heroico, y es reemplazado por el Dios que se hace siervo y muere crucificado. La resurrecci\u00f3n es la promesa de que la carne, la historia y los v\u00ednculos humanos ser\u00e1n transfigurados. Eso cambia tambi\u00e9n la gesti\u00f3n de los l\u00edmites cotidianos:&nbsp;<strong>el sufrimiento deja de ser un obst\u00e1culo que la astucia debe sortear, y se redefine como un lugar donde el amor puede desplegar su mayor intensidad.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Figuras h\u00edbridas: dos mundos que se contaminan.&nbsp;<\/strong>Cada matriz lleva dentro, algo de su contraria. El cristianismo invirti\u00f3 los valores heroicos y, sin embargo, no pudo prescindir de su lenguaje. El creyente es&nbsp;<em>miles Christi<\/em>,&nbsp;<strong>soldado de Cristo<\/strong>; Pablo habla de&nbsp;<strong>\u201cpelear la buena batalla\u201d<\/strong>&nbsp;y de correr como atletas;&nbsp;<strong>el m\u00e1rtir es un nuevo tipo de h\u00e9roe<\/strong>, cuya muerte p\u00fablica se recuerda, se canta y se conmemora con una l\u00f3gica sospechosamente parecida a la del&nbsp;<em>kleos<\/em>. La agon\u00edstica persiste, disfrazada de humildad. El propio concepto de&nbsp;<strong>\u201cvirtud heroica\u201d<\/strong>&nbsp;que la Iglesia exige para canonizar a un santo es un gui\u00f1o a aquella&nbsp;<em>aret\u00e9<\/em>&nbsp;griega que brillaba en el campo de batalla.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y a la inversa, la Odisea est\u00e1 tejida de nostalgia. As\u00ed como el h\u00e9roe suspira por el regreso a \u00cdtaca, el&nbsp;<em>n\u00f3stos<\/em>; el cristiano, ans\u00eda la patria celestial.<\/strong>&nbsp;El hogar perdido y el reino prometido riman m\u00e1s de lo que parece. Uno mira hacia atr\u00e1s y el otro hacia adelante, pero los dos viven en el anhelo de una casa que no es esta. La historia de Occidente no ha cesado de buscar s\u00edntesis imposibles: el monje guerrero medieval, el humanista renacentista que ama a Cicer\u00f3n y a la Virgen con similar devoci\u00f3n,&nbsp;<strong>el conquistador que mezcla el hambre de oro, el ansia de fama y la misi\u00f3n evangelizadora en una s\u00edntesis tan explosiva como contradictoria.<\/strong>&nbsp;En cada una de estas figuras h\u00edbridas se palpa la tensi\u00f3n irresuelta:&nbsp;<strong>el&nbsp;<em>kleos<\/em>&nbsp;tironea del coraz\u00f3n mientras el Evangelio recuerda que los \u00faltimos ser\u00e1n los primeros.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>La tercera respuesta: la era tecnocient\u00edfica.&nbsp;<\/strong>La civilizaci\u00f3n que hered\u00f3 ambas matrices ensaya hoy una respuesta que no es hom\u00e9rica ni cristiana, y que sin embargo las saquea a las dos.&nbsp;<strong>Prolongar la vida indefinidamente, revertir el envejecimiento, trasladar la conciencia a un sustrato digital, colonizar otros planetas para escapar de un planeta agotado, persigue el objetivo cristiano con los medios hom\u00e9ricos.<\/strong>&nbsp;Y lo hace sin nada de lo que uno y otro consideraban esencial.&nbsp;<strong>Los transhumanistas proclaman que la muerte es un fallo t\u00e9cnico y que la astucia algor\u00edtmica lograr\u00e1 lo que ni Aquiles ni Odiseo so\u00f1aron: abolir el l\u00edmite.&nbsp;<\/strong>La promesa de una inmortalidad inmanente, construida por nuestras propias manos, es una&nbsp;<strong>cristolog\u00eda invertida<\/strong>: no un Dios que se hace hombre para vencer la muerte desde dentro, sino un hombre que pretende hacerse dios mediante la t\u00e9cnica, con el riesgo de generar una eternidad carente de amor y de sentido.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Es un h\u00edbrido inestable.<\/strong>&nbsp;Quiere la victoria de Pablo por los m\u00e9todos de Odiseo, pero olvida que Odiseo dijo que no. Bernard Williams en su ensayo&nbsp;<strong><em>El caso Makropulos: reflexiones sobre el tedio de la inmortalidad&nbsp;<\/em><\/strong>(1973) argument\u00f3 que una vida infinita agotar\u00eda tarde o temprano los deseos que la hacen&nbsp;<em>m\u00eda<\/em>, y se hundir\u00eda en el tedio. Los proyectos, los deseos, incluso el amor extraen su intensidad de que el tiempo se agota. Sin muerte no habr\u00eda kleos, porque&nbsp;<strong>una haza\u00f1a que puede repetirse infinitas veces deja de ser una haza\u00f1a.&nbsp;<\/strong>La astucia siempre fue la virtud de los mortales que aceptan su finitud y juegan con ella; convertirla en un proyecto de inmortalidad ilimitada es la desmesura:&nbsp;<em>hybris,<\/em>&nbsp;que el propio poema castig\u00f3 con diez a\u00f1os de naufragios.&nbsp;<strong>Tal vez la astucia contempor\u00e1nea consista, precisamente, en saber qu\u00e9 cosas no deben fabricarse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El emprendedor contempor\u00e1neo es un Odiseo sin dioses, convencido de que el sentido se construye con resiliencia y visibilidad.<\/strong>&nbsp;Las redes sociales han convertido al viejo kleos en una m\u00e9trica de seguidores y reacciones; nunca fue tan literal aquello de existir en la medida en que otros pronuncian tu nombre. Sin embargo, esa reactivaci\u00f3n de la matriz hom\u00e9rica convive con la pervivencia, a menudo no reconocida, de la matriz cristiana.&nbsp;<strong>Cuando nuestra sociedad afirma que la vida de un anciano con demencia o de un ni\u00f1o con discapacidad grave: una vida sin fama, sin productividad, sin astucia, es sagrada y merece cuidado hasta el final, pronuncia una frase que al h\u00e9roe hom\u00e9rico le resultar\u00eda ininteligible, ya que floreci\u00f3 en el suelo de la trascendencia cristiana.&nbsp;<\/strong>Sus defensores seculares replican, que esa dignidad puede fundarse sin Dios, en la autonom\u00eda kantiana, en la capacidad de sufrir, en un humanismo que no necesita cielo, aunque la propia noci\u00f3n de una dignidad inalienable de cada persona, incluso de la m\u00e1s fr\u00e1gil, hunde sus ra\u00edces hist\u00f3ricas en aquella inversi\u00f3n cristiana de los valores que declar\u00f3 sagrada la vida del que nada tiene.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>La discusi\u00f3n sigue abierta.<\/strong>&nbsp;Pero es dif\u00edcil no advertir que Occidente defiende con pasi\u00f3n valores cuyo fundamento ya no comparte del todo, en un mundo que Taylor llam\u00f3 el&nbsp;<strong>\u201cmarco inmanente\u201d<\/strong>: una casa cerrada sobre s\u00ed misma, con una puerta hacia arriba que sigue ah\u00ed, aunque casi nadie sepa ya si se abre. Nietzsche, que hab\u00eda decretado la muerte de Dios, fue el primero en reconocer que su sombra seguir\u00eda proyect\u00e1ndose durante siglos. La sacralidad del vulnerable es, acaso, la m\u00e1s tenaz de esas sombras:&nbsp;<strong>un valor que sobrevive a su fundamento teol\u00f3gico como un hijo que ha olvidado el nombre de su padre, pero conserva sus gestos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Occidente es un palimpsesto.<\/strong>&nbsp;Bajo las l\u00edneas de los discursos de mercado, innovaci\u00f3n y autoexpresi\u00f3n, se adivinan las dos escrituras antiguas:&nbsp;<strong>la del h\u00e9roe que acept\u00f3 ser mortal y la del Dios que no se qued\u00f3 en la muerte.<\/strong>&nbsp;No parece posible borrar una de ellas sin da\u00f1ar el tejido entero de nuestra identidad. Tampoco parece sensato decretar una s\u00edntesis forzada que aplane sus diferencias irreductibles.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Quiz\u00e1 la tarea consista en habitar la tensi\u00f3n. Reconocer qu\u00e9 tipo de ser humano asoma cuando elegimos la gloria que resuena en los o\u00eddos de los otros y qu\u00e9 tipo de ser humano florece cuando nos dejamos encontrar por un sentido recibido<\/strong>. Mientras la ingenier\u00eda gen\u00e9tica, la inteligencia artificial y la exploraci\u00f3n espacial nos convierten en protagonistas de una nueva odisea c\u00f3smica, conviene recordar el consejo que, en el Hades, el profeta ciego Tiresias le dio a Odiseo para&nbsp;<em>terminar bien su vida<\/em>: camina&nbsp;<strong>tierra adentro<\/strong>&nbsp;con un remo al hombro, hasta llegar donde nadie sepa qu\u00e9 es el mar, clava all\u00ed el remo y vuelve a casa a morir en paz, de una muerte dulce, en la vejez.<\/p>\n\n\n\n<p>Entre el h\u00e9roe que regresa y el sepulcro abierto, Occidente sigue buscando y haci\u00e9ndose las mismas tres preguntas que Homero y los Evangelios contestaron de formas tan distintas.&nbsp;<strong>Mantener vivas esas preguntas, sin apresurarse a cerrarlas, es quiz\u00e1 la forma m\u00e1s alta de sabidur\u00eda en este tiempo de certezas sint\u00e9ticas.<\/strong>&nbsp;Porque, al fin y al cabo, lo que est\u00e1 en juego no es qu\u00e9 relato prevalece, sino si seremos capaces todav\u00eda de reconocer, en medio del ruido, la diferencia entre una salvaci\u00f3n que se fabrica y una que se recibe; entre una gloria que llena los ojos y un amor que sana las heridas.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Occidente naci\u00f3 dos veces.&nbsp;La primera,&nbsp;entre las olas color vino y las murallas de Troya, bajo la mirada de unos dioses que re\u00edan, envidiaban y sangraban como cualquier mortal. 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