{"id":1600,"date":"2026-06-30T13:12:27","date_gmt":"2026-06-30T16:12:27","guid":{"rendered":"https:\/\/www.imagen.cl\/blog\/?p=1600"},"modified":"2026-06-30T13:12:27","modified_gmt":"2026-06-30T16:12:27","slug":"el-hombre-que-aprendio-a-ser-nadie","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/www.imagen.cl\/blog\/index.php\/2026\/06\/30\/el-hombre-que-aprendio-a-ser-nadie\/","title":{"rendered":"El hombre que aprendi\u00f3 a ser Nadie"},"content":{"rendered":"\n<p><strong>Hay una escena en la&nbsp;<em>Odisea<\/em>&nbsp;de Homero que pocas veces se cita y que, sin embargo, lo contiene todo.<\/strong>&nbsp;Odiseo llega, n\u00e1ufrago y sin nombre, a la corte de los feacios. Durante el banquete, un aedo ciego empieza a cantar sobre la guerra de Troya: el caballo de madera, el saqueo, la astucia de los h\u00e9roes. Canta, sin saber que el propio h\u00e9roe al que alaba est\u00e1 presente. Y&nbsp;<strong>ese hombre, el m\u00e1s ingenioso de los griegos, el que ide\u00f3 el enga\u00f1o que destruy\u00f3 Troya, se cubre el rostro y rompe a llorar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Es un detalle desconcertante.&nbsp;<strong>\u00bfPor qu\u00e9 llora un h\u00e9roe al o\u00edr su propio elogio?&nbsp;<\/strong>La respuesta no es la nostalgia.&nbsp;<strong>Llora porque el hombre que logr\u00f3 todas esas haza\u00f1as ha dejado de existir.<\/strong>&nbsp;Algo ocurri\u00f3 en el largo camino de regreso a \u00cdtaca que lo dej\u00f3 fuera de su propia leyenda.<\/p>\n\n\n\n<p>Conviene no pasar por alto una iron\u00eda. Buena parte de las aventuras que conocemos de Odiseo: el c\u00edclope, las sirenas, el descenso al Hades, no las narra Homero en orden cronol\u00f3gico: las pone en boca del propio h\u00e9roe ante la corte feacia.&nbsp;<strong>Es un Odiseo ya herido, ya transformado, quien cuenta su relato.<\/strong>&nbsp;<strong>La metamorfosis no est\u00e1 solo en las peripecias, sino en la mirada desde la cual lo recuerda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Llevamos casi tres mil a\u00f1os leyendo la&nbsp;<em>Odisea<\/em>&nbsp;como la gran met\u00e1fora del h\u00e9roe que lucha, sufre, pierde a sus hombres y desaf\u00eda a los dioses con un solo objetivo: regresar a casa.<\/strong>&nbsp;Pero, en el fondo, es un viaje de transformaci\u00f3n interior. Decimos que los viajes nos cambian, y casi siempre mentimos un poco: volvemos con an\u00e9cdotas, con fotos, con alg\u00fan h\u00e1bito nuevo, pero, intactos en lo esencial.&nbsp;<strong>Lo que le ocurre a Odiseo es de otro orden.&nbsp;<\/strong>Y para entenderlo conviene un rodeo por la antropolog\u00eda del siglo XX.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Tres maneras de cambiar.<\/strong>&nbsp;En 1972, el antrop\u00f3logo Gregory Bateson present\u00f3 en&nbsp;<strong><em>Pasos hacia una ecolog\u00eda de la mente<\/em><\/strong>&nbsp;una idea enga\u00f1osamente simple:&nbsp;<strong>no todos los aprendizajes son iguales. Hay, dijo, distintos niveles, y entre ellos median abismos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El primero es el m\u00e1s familiar.<\/strong>&nbsp;Aprendemos a&nbsp;<strong>hacer mejor lo que ya sab\u00edamos: corregimos el tiro, afinamos la t\u00e9cnica, repetimos lo que funciona.&nbsp;<\/strong>Es el aprendizaje del oficio y de la costumbre.&nbsp;<strong>El segundo es m\u00e1s raro y profundo:<\/strong>&nbsp;ya no mejoramos una jugada, sino que cambiamos las reglas del juego; aprendemos a elegir entre opciones que antes ni siquiera consider\u00e1bamos.&nbsp;<strong>Cambia la mirada, cambia la estrategia.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y luego est\u00e1 el tercero, que Bateson describi\u00f3 casi con pudor.<\/strong>&nbsp;No consiste en saber hacer m\u00e1s cosas ni en ver nuevas opciones, sino en&nbsp;<strong>transformar el sistema mismo de premisas desde el cual construimos nuestro modo de ser.<\/strong>&nbsp;Es un terremoto en los cimientos del yo.&nbsp;<strong>Bateson lo asoci\u00f3 con experiencias como la conversi\u00f3n religiosa, la terapia que llega al fondo o ciertas formas de locura: eso que algunas tradiciones llaman, sin m\u00e1s, sabidur\u00eda.<\/strong>&nbsp;Advirti\u00f3 que era rar\u00edsimo, que muchos pasan la vida entera sin rozarlo, y que cuando ocurre suele doler, porque&nbsp;<strong>para que nazca un yo nuevo el anterior tiene primero que disolverse.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Medio siglo despu\u00e9s, esa intuici\u00f3n ha encontrado eco en la&nbsp;<strong>ciencia cognitiva<\/strong>. Markus Peschl, de la Universidad de Viena, ha reelaborado ese tercer nivel bajo la noci\u00f3n de&nbsp;<strong><em>triple-loop learning<\/em><\/strong>: no&nbsp;<strong>\u201caprender algo nuevo\u201d<\/strong>, sino un cambio que reorganiza los modos mismos de conocer y ensancha el campo de lo que puede percibirse como posible. En&nbsp;<strong>Human innovation and the creative agency of the world in the age of generative AI<\/strong>&nbsp;(2024), Peschl insiste en que la cognici\u00f3n no se limita a recombinar lo dado: puede hacer emerger&nbsp;<strong>\u201cposibles adyacentes\u201d<\/strong>&nbsp;antes invisibles para la persona.&nbsp;<strong>Es un cambio de orden existencial, en el que el sujeto se replantea sus intenciones, su prop\u00f3sito, su voluntad.<\/strong>&nbsp;La psicolog\u00eda del desarrollo adulto habla, en t\u00e9rminos parecidos, de una&nbsp;<strong>\u201cmente autotransformadora\u201d<\/strong>, capaz de poner en duda su propia manera de dar sentido al mundo.&nbsp;<strong>Es el cambio m\u00e1s infrecuente y profundo que un ser humano puede atravesar.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La tesis de este ensayo, una lectura entre otras posibles es que la&nbsp;<em>Odisea<\/em>&nbsp;muestra precisamente ese tercer tipo de aprendizaje, y que&nbsp;<strong>el momento exacto en que Odiseo empieza a transformarse es aquel en que renuncia a su nombre y a lo que ese nombre significa.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Los l\u00edmites de la astucia.&nbsp;<\/strong>Odiseo no es el m\u00e1s fuerte, ni el m\u00e1s veloz, ni el m\u00e1s bello de los h\u00e9roes griegos. Aquiles lo supera en furia guerrera; \u00c1yax, en fuerza bruta. Lo que lo distingue es su&nbsp;<strong><em>m\u00eatis<\/em><\/strong>. Marcel Detienne y Jean-Pierre Vernant, dos de los helenistas franceses m\u00e1s influyentes del siglo XX, mostraron en&nbsp;<strong><em>Les ruses de l\u2019intelligence: la m\u00e8tis des Grecs<\/em><\/strong>&nbsp;(1974) que&nbsp;<strong>la&nbsp;<em>m\u00eatis<\/em>&nbsp;es una forma de inteligencia pr\u00e1ctica: la agilidad mental, la simulaci\u00f3n, el disfraz, el enga\u00f1o.<\/strong>&nbsp;<strong>Odiseo es su encarnaci\u00f3n perfecta.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Durante media obra, no aprende nada fundamental.&nbsp;<\/strong>Aplica, una y otra vez, su repertorio de ingenio y salidas brillantes. Ante el c\u00edclope Polifemo recurre a su truco m\u00e1s conocido:&nbsp;<strong>cuando el monstruo le pregunta su nombre, responde \u201cNadie\u201d.<\/strong>&nbsp;As\u00ed, cuando los dem\u00e1s c\u00edclopes acuden a sus gritos y preguntan qui\u00e9n lo ataca, Polifemo contesta que&nbsp;<strong>\u201cNadie\u201d<\/strong>&nbsp;lo hace, y todos se marchan:&nbsp;<strong>si nadie lo ataca, nada pueden hacer. Odiseo escapa.&nbsp;<\/strong>Para Odiseo,&nbsp;<strong>\u201cNadie\u201d<\/strong>&nbsp;<strong>es la estrategia que mejor define su forma de estar en el mundo, porque la&nbsp;<em>m\u00eatis<\/em>&nbsp;siempre act\u00faa desde la invisibilidad, la ambig\u00fcedad, la negativa a dejarse fijar en una categor\u00eda.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Pero fij\u00e9monos en lo que no ocurre. Odiseo no ha aprendido nada nuevo sobre s\u00ed mismo: ha comprobado, una vez m\u00e1s, que su ingenio funciona.&nbsp;<\/strong>Conf\u00eda tanto en \u00e9l que, ya a salvo en el barco, no resiste la tentaci\u00f3n de llevarse la gloria y le grita a Polifemo que recuerde bien qui\u00e9n lo ceg\u00f3:&nbsp;<strong>Odiseo, el destructor de ciudades, el hijo de Laertes, rey de \u00cdtaca<\/strong>. Ese gesto de soberbia le costar\u00e1 diez a\u00f1os de penurias: Polifemo es hijo de Poseid\u00f3n, y el dios del mar perseguir\u00e1 su nave por todo el Mediterr\u00e1neo.&nbsp;<strong>La fama sigue siendo, para Odiseo, el valor supremo. A\u00fan no ha cambiado nada.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>El primer giro llega en el reino de los muertos.<\/strong>&nbsp;El adivino Tiresias le revela el camino de regreso y le advierte que necesitar\u00e1 una capacidad que no es t\u00e9cnica, sino casi moral:&nbsp;<strong>contener el deseo, el suyo y el de los suyos.<\/strong>&nbsp;Hasta entonces, la astucia de Odiseo consist\u00eda en vencer lo de fuera; ahora se le pide&nbsp;<strong>frenarse por dentro<\/strong>. El problema ya no es&nbsp;<strong>\u201cc\u00f3mo supero este obst\u00e1culo\u201d<\/strong>, sino&nbsp;<strong>\u201cc\u00f3mo soporto la espera, la renuncia, la p\u00e9rdida\u201d<\/strong>.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Es un aprendizaje de segundo nivel: un cambio de estrategia, y Odiseo lo ejecuta magistralmente.&nbsp;<\/strong>Ante las sirenas, cuyo canto enloquece a quien lo oye, no se tapa los o\u00eddos:&nbsp;<strong>pide a sus hombres que lo aten al m\u00e1stil y que, si suplica que lo suelten, aprieten m\u00e1s las cuerdas.<\/strong>&nbsp;En fr\u00edo, dise\u00f1a la salvaguarda para cuando su propia voluntad flaquee. Sabe que va a querer arrojarse al mar, y levanta de antemano la estructura que se lo impedir\u00e1. Frente a Escila y Caribdis aprende a elegir, ya no la victoria absoluta, sino el mal menor:&nbsp;<strong>sacrificar a unos pocos para no perder la nave entera.&nbsp;<\/strong>Es un c\u00e1lculo que su viejo c\u00f3digo no contemplaba.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y, sin embargo, este segundo aprendizaje tambi\u00e9n tiene su techo.<\/strong>&nbsp;Cuando sus hombres, hambrientos, devoran las vacas sagradas del dios Sol pese a la advertencia, Zeus fulmina la nave con un rayo y todos mueren. Solo Odiseo sobrevive, porque no particip\u00f3.&nbsp;<strong>La lecci\u00f3n es amarga: el conocimiento no basta para transformar el n\u00facleo de lo que somos. Para eso hace falta otra cosa. Algo m\u00e1s parecido a morir.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Convertirse en Nadie.&nbsp;<\/strong>La segunda mitad del poema es una larga ceremonia de vaciamiento. Aquel&nbsp;<strong>\u201cNadie\u201d<\/strong>&nbsp;que Odiseo invent\u00f3 como artima\u00f1a empieza a revelarse como una profec\u00eda sobre s\u00ed mismo.&nbsp;<strong>El h\u00e9roe va perdiendo, uno tras otro, todos sus atributos.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La tentaci\u00f3n m\u00e1s extrema se la ofrece la ninfa Calipso, que lo retiene siete a\u00f1os en su isla.&nbsp;<strong>Le propone lo que cualquier mortal so\u00f1ar\u00eda: inmortalidad y juventud eternas, a su lado, para siempre.<\/strong>&nbsp;Aceptar ser\u00eda disolver su identidad de esposo, de padre, de rey, de ser humano sujeto al tiempo.&nbsp;<strong>Odiseo elige envejecer, sufrir y morir. Elige, sobre todo, regresar junto a una mujer que ha envejecido, en una peque\u00f1a isla pedregosa.<\/strong>&nbsp;No es un c\u00e1lculo astuto: es una renuncia a la pulsi\u00f3n m\u00e1s honda del h\u00e9roe, la de no tener l\u00edmites, la de ser como un dios. Ah\u00ed empieza a disolverse el yo antiguo de Odiseo.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Por eso llora en Feacia al o\u00edr su propia gesta. El hombre que destruy\u00f3 Troya ya no cabe en el relato de Troya.&nbsp;<\/strong>El yo guerrero ha quedado atr\u00e1s, y el nuevo todav\u00eda no ha nacido.&nbsp;<strong>Odiseo atraviesa una tierra de nadie interior, ese tr\u00e1nsito por el vac\u00edo que Bateson describi\u00f3 como el lado peligroso de toda transformaci\u00f3n profunda: de \u00e9l se sale convertido en otro, o no se sale.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>Aqu\u00ed la neurociencia ofrece una analog\u00eda, no una explicaci\u00f3n. Investigadores como Robin Carhart-Harris, del&nbsp;<strong>Imperial College de Londres<\/strong>, han estudiado c\u00f3mo, en estados de meditaci\u00f3n profunda o bajo el efecto controlado de sustancias como la psilocibina,&nbsp;<strong>se aquietan las redes cerebrales que sostienen la narraci\u00f3n del yo, y c\u00f3mo el sistema se reorganiza despu\u00e9s de un modo m\u00e1s flexible.<\/strong>&nbsp;La forma en que se derrumba Odiseo, y su posterior recomposici\u00f3n, hoy resulta reconocible.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Aprender a ser reconocido.<\/strong>&nbsp;De ese desierto, Odiseo sale convertido en mendigo. Y el disfraz de pordiosero no es un nuevo truco para colarse en su palacio:<strong>&nbsp;es la forma exterior de un cambio interior<\/strong>.&nbsp;<strong>El hombre que ha regresado a \u00cdtaca ya no se presenta desde el poder, sino desde la vulnerabilidad. Y desde ah\u00ed ve cosas que, como rey, no pod\u00eda ver.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p><strong>Hay un instante m\u00ednimo y perfecto.<\/strong>&nbsp;Cuando llega como mendigo a la caba\u00f1a del porquerizo que le fue fiel, los perros guardianes se le echan encima ladrando.&nbsp;<strong>Un guerrero habr\u00eda desenvainado; un rey habr\u00eda exigido respeto. Odiseo se sienta en el suelo y suelta el bast\u00f3n. Se hace peque\u00f1o, se desarma, deja caer su \u00faltima defensa<\/strong>. Es un gesto que ning\u00fan Odiseo anterior habr\u00eda sido capaz de hacer. Pertenece a alguien que ya ha pasado por la nada.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Y entonces comienzan los reconocimientos.<\/strong>&nbsp;Ninguno llega por el nombre, el aspecto, las riquezas o el rango.&nbsp;<strong>Lo reconoce su viejo perro Argos<\/strong>, que, moribundo en un estercolero, mueve la cola y deja caer las orejas antes de morir.&nbsp;<strong>Lo reconoce su anciana nodriza<\/strong>&nbsp;cuando, al lavarle los pies, sus dedos tropiezan con una cicatriz de la infancia. Esta es la escena a la que Erich Auerbach dedic\u00f3 el c\u00e9lebre primer cap\u00edtulo de&nbsp;<strong><em>Mimesis<\/em><\/strong>&nbsp;(1953).&nbsp;<strong>El reconocimiento no viene por la vista ni por los signos del poder<\/strong>, sino por el olfato de un perro fiel y el tacto de una nodriza sobre una vieja herida.&nbsp;<strong>Odiseo ha aprendido algo que no se parece a ninguno de sus trucos: ha aprendido a ser reconocido. Y ser reconocido es muy distinto de ser visto.<\/strong><\/p>\n\n\n\n<p>La \u00faltima prueba la pone Pen\u00e9lope, la m\u00e1s astuta de todos. Atenea ha devuelto a Odiseo el esplendor de sus mejores d\u00edas, pero ella no se f\u00eda de las apariencias: ordena a una sirvienta que saque del dormitorio el gran lecho nupcial y lo prepare para el hu\u00e9sped. Odiseo replica:&nbsp;<strong>es imposible, porque \u00e9l mismo tall\u00f3 ese lecho sobre el tronco de un olivo vivo<\/strong>; no podr\u00edan moverlo sin cortarlo. Al o\u00edr que el mendigo conoce el secreto que solo la pareja compart\u00eda, Pen\u00e9lope por fin lo abraza. Homero compara entonces su dicha con la del n\u00e1ufrago que, tras ver hundirse su barco, alcanza la tierra firme.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Esto es, en el vocabulario de Peschl, una reconfiguraci\u00f3n del campo perceptivo: en el mundo del nuevo Odiseo han aparecido relaciones que en el del viejo no exist\u00edan.<\/strong>&nbsp;El guerrero que solo ve\u00eda haza\u00f1as y tesoros percibe ahora una red invisible hecha de fidelidad: un perro, una nodriza anciana, una esposa sabia. \u00cdtaca es la misma roca de siempre. Pero el hombre que ha llegado a ella es otro.<\/p>\n\n\n\n<p>Constantino Cavafis ley\u00f3 la Odisea desde su final, all\u00ed donde \u00cdtaca deja de ser un lugar para volverse un estado de la conciencia. En su poema&nbsp;<strong><em>\u00cdtaca<\/em><\/strong>&nbsp;(1911) aconseja al viajero que pida un camino largo, que no apresure la llegada; y le advierte que, aun si encuentra la isla pobre, no lo habr\u00e1 defraudado:&nbsp;<strong>regresar\u00e1 tan colmado de experiencia, tan sabio, que comprender\u00e1 al fin qu\u00e9 significan las \u00cdtacas.&nbsp;<\/strong>La isla no era el premio. Era el viaje.<\/p>\n\n\n\n<p>Quiz\u00e1 por eso la Odisea sigue interpel\u00e1ndonos. Vivimos rodeados de promesas de transformaci\u00f3n instant\u00e1nea, de versiones mejoradas de nosotros mismos que no exigen perder nada por el camino.&nbsp;<strong>La Odisea dice lo contrario, y lleva tres milenios dici\u00e9ndolo: que el cambio verdadero, el que nos transforma, se paga siempre con una p\u00e9rdida<\/strong>; que aprender de la manera m\u00e1s profunda no es acumular respuestas, sino atreverse a una sola pregunta:&nbsp;<strong>\u00bfqui\u00e9n es el que aprende?<\/strong>&nbsp;y dejar que esa pregunta nos vac\u00ede. Odiseo descubre, al final, que \u00cdtaca nunca fue un destino.&nbsp;<strong>Fue una forma de mirar que solo pudo conquistar el hombre que, para volver a casa, tuvo que aprender a ser Nadie.<\/strong><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Hay una escena en la&nbsp;Odisea&nbsp;de Homero que pocas veces se cita y que, sin embargo, lo contiene todo.&nbsp;Odiseo llega, n\u00e1ufrago y sin nombre, a la corte de los feacios. 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